Alguien decía que en sociedades como la nuestra la comunicación es tecnológica o no es. Cada vez más, flota en las formas en las que imaginamos la sociedad la idea de que los dispositivos móviles son un ejemplo claro de comunicación. Más allá de enviarnos mensajes de voz o de texto por las aplicaciones en turno (del ICQ propio de la computadora de escritorio con conexión a internet vía modem, al Whatsapp del teléfono inteligente conectado a internet sin cables), el advenimiento de las pantallas móviles con cámara digital integrada promueve otros modos de vida y de “volverse público”.

 

De las formas de comportarse ante la tragedia siempre habrá mucho qué decir. Entre escenarios como el terremoto del 19 de septiembre del 85 y el del mismo día pero del 2017 hay otras formas de relación con los objetos tecnológicos. Una alerta sísmica hoy posibilita que sepamos segundos antes que un movimiento telúrico de cierta escala llegará en seguida, quizás algunxs tengan posibilidad de salir de un edificio antes de que el movimiento sea fuerte; aunque este sistema todavía no se ha llevado a la “perfección”, como la llamaríamos en una sociedad marcada por la idea occidental de progreso como la nuestra, en la que siempre se exige un paso más.

 

A estas alturas de los hitos cronológicos de la tecnología, hay quienes preguntan a @Skyalert si en algún momento detectará todos los sismos, o si “liberará” la versión pagada de la aplicación para poder personalizar las alertas y recibir sólo las de interés. Quizás sea una forma de poner en el terreno de lo público una necesidad que debe ser satisfecha, es decir, otra forma de volverse público.

 

 

Estos cambios en nuestros modos de vida atestiguan el paso de una sociedad donde los capitales se acumulaban de forma rígida, es decir, a través del modelo de producción fabril, o como se denominaba a partir de modelos de producción como los de los automóviles: fordista, a una sociedad donde los capitales se acumulan de forma flexible, es decir, que la propias mercancías se han transformado y, por consiguiente, su forma de circular y ser consumidas. Hoy, Skyalert se presenta como una mercancía que satisface una necesidad apremiante de nuestro tiempo y geografía capitalina: la seguridad frente a los sismos.

 

Quizás descargar una aplicación, en su practicidad e instantaneidad, para algunxs borra la posible pregunta por el acceso: ¿quiénes en un país como México tienen acceso? Los más optimistas dirán que un amplio porcentaje de la población mexicana tiene un smartphone, otros dirán que estas posibilidades no llegan a todos, otros que quizás hay otras formas de conocer la tierra y no verán a esta mercancía como un objeto que satisfaga una necesidad.

 

En estas formas de relación con los objetos tecnológicos y en sus formas de consumo se generan lazos sociales, relaciones basadas en la fugacidad y la instantaneidad. Durante las horas y días posteriores al sismo, sobre todo el del 19 de septiembre de 2017 que tuvo graves efectos en la capital del país (a diferencia del sismo del 7 y las dinámicas que generó en otros estados de la República), circularon millones de imágenes a través de las redes sociales virtuales (Facebook, Twitter, Instagram, etc.) que detentaban emergencia: “urge material de curación en Chimalpopoca y Bolívar”, “urgen botitas para perro en Álvaro Obregón 286”.

 

 

La instantaneidad no siempre fue suficiente, pues las formas de interacción con las aplicaciones tienen ciertas reglas: por ejemplo, hacer una búsqueda en Twitter hoy implica una segunda elección entre publicaciones destacadas o publicaciones recientes, es decir que lo que se muestra dependerá, en el primer caso, del número de retweets o likes de la publicación y, en la segunda opción, se mostrarán las que se publican segundos antes de la búsqueda.

 

Volverse público hoy, es una posibilidad para cualquier persona con smartphone. Decidir qué mostramos de nosotros mismos en Facebook u otras plataformas, hoy, es una decisión trascendental. Hacemos una cuidadosa selección de nosotros mismos y con ella, una forma de producirnos como espectáculo:  como algo que debe ser mirado a través de un acto de consumo. La mirada hoy, no es inocente, ni tampoco las formas de hacerse ver. Más allá de una alabanza o una condena de los objetos tecnológicos con los que vivimos en la segunda década del siglo XXI, en estas reflexiones cabe la pregunta por los modos de relación y las formas en las que nuestros cuerpos, tanto en sus dimensiones orgánicas como psico-sociales, configuran sus experiencias en el mundo.

 

Tomar una foto de los escombros, o desear captar la adrenalina de voluntarixs o rescatistas, compartir fotos de herramientas necesarias en un edificio colapsado para facilitar las labores de rescate también marcó otras formas de ayuda y de conformación de lazos sociales. En algunos casos la ayuda era necesaria, mientras que, en otros casos, objetos como alimentos preparados y víveres deambulaban de un centro de acopio a otro pues ya no eran necesarios. La información, las imágenes parecían circular con cierto “desface”. Somos una sucesión de imágenes que por momentos parece producirse de manera infinita como el scroll del mouse, o el movimiento del dedo en la pantalla táctil, donde nuestros cuerpos se acomodan a los objetos y los objetos a nuestros cuerpos. Somos la dimensión orgánica de la tecnología que pone en evidencia la falsa oposición humano/máquina.

 

En la trama de las relaciones de nuestros cuerpos con la tecnología, hay quien dice que un eslabón fundamental es la forma de concebir la idea de intimidad. De los álbumes de fotos familiares guardadas en la caja de los recuerdos, a la sobreexposición del yo en las redes sociales virtuales, devenimos sujetos producidos para la “extimidad”: una producción constante de nosotros mismos a través de imágenes para el exterior.  Aquello que antes se resguardaba para la intimidad de la sala familiar o la charla del café, compartida sólo con algunxs, hoy es puesto en circulación para su consumo masivo: una forma de ser y estar el el mundo. Mirar a ese otro desconocido, a través de las imágenes clasificadas en un hashtag también es un rasgo de ese vouyerismo contemporáneo, quizás en esas “búsquedas” encontremos intereses, preguntas, afectos o miedos compartidos, o al contrario:  puede ser que,  siguiendo las dinámicas propias de la “era de la dispersión”, pasemos a otra página, aplicación, o simplemente apaguemos todo por un instante.

 

 

Nota: en este texto se han omitido las citas con la finalidad de volver más “accesible” su lectura para aquellxs que frecuentan el  ciberespacio, estas reflexiones están basadas en los aportes de Boris Groys (Volverse público), Lucien Sfez, (Crítica de la comunicación), Esteban Dipaola (La producción imaginal de lo social: imágenes y estetización en las sociedades contemporáneas), Paula Sibilia (La intimidad como espectáculo) y Gilbert Simondón (El modo de existencia de los objetos técnicos).

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