Han pasado quince años desde aquel abril de 2011 en el que a, solicitud de Aldo, un amigo de la universidad que tenía una publicación electrónica, escribí una crónica sobre mi participación en el Vive Latino con el grupo Los Licuadoras de Pati Peñaloza y Diego Elgarte. Aquel texto terminó publicándose con el nada ingenioso y muy pretencioso título de “El día que toqué en el Vive Latino”.
En aquella ocasión la mayor expectativa estaba en la imposible reunión de la alineación original de los Caifanes. En perspectiva, este suceso ya tiene casi la misma edad que tenía aquella separación. Tal como esta banda, de ese viejo artículo ya sólo queda mi nostalgia, además del fugaz recuerdo de aquella narración que hice sobre cómo me había amargado toda la experiencia entre los hilos que hay detrás de la parafernalia del festival.
Este año asistí al Vive Latino sin mayor expectativa que disfrutar de la nostalgia y, salvo por el acto de Rusowsky, eso fue lo que obtuve. Aunque éste también removió mis memorias, pues portaba una playera de los Deftones, la cual conseguí dos semanas después, afuera de su concierto en los puestos de mercancía no oficial, misma a la que los integrantes de este grupo sucumbieron por su originalidad y creatividad.
No se trata de ningún descubrimiento, “la nostalgia vende”; pero creo que vale la pena comenzar a darle un nuevo valor para quienes ya superamos las cuatro décadas de vida. Esto no excluye a los lectores más jóvenes, creo que puede servirles de algún modo para poner atención en aquello que más tarde habrá de convertirse en su propia experiencia.
Tengo la sensación últimamente de que la memoria se torna distinta con los años. Esos recuerdos que antes se sentían intensamente, como ráfagas que me sacudían y descontrolaban, ahora son como sutiles probadas de una miel espesa que no suelta todo su sabor desde el inicio, o de una tableta de chocolate amargo que de a poco va desnudando sus caramelos, sus cítricos, sus minerales y sus ácidos, convirtiéndose en una experiencia mucho más compleja, rica, y, por momentos, deliciosa.

La vida a través de la memoria se vuelve experiencia y con los años transmuta en sabiduría. No es alarde, no es presunción, orgullo ni sabihondez, simplemente a uno le parece que las cosas ya no le sorprenden de la misma manera y que, dadas ciertas circunstancias, uno comienza a saber qué es lo que puede esperar. Es otro modo de comprender el significado de hacerse viejo. Así, casi de forma espontánea, la paciencia empieza a tomar su lugar en nuestras cabezas, en la toma de decisiones, las esperas de resultados, los cuidados que requiere nuestro cuerpo y el de quienes nos acompañan, entre otras experiencias que se van acumulando al ir ganando tiempo en este mundo junto con los demás.
El paso del tiempo con otros es un ámbito más en donde le vamos ganando a nuestras ansias. Por horas, nos sentamos en torno a una mesa a escuchar las mismas historias y anécdotas; las repetimos en cada ocasión para revivirlas y disfrutarlas, como cuando con el mismo placer se come o se bebe un platillo o bebida favorita. De distinto modo pasa con aquello que no disfrutamos: preferimos alejarlo, no lo toleramos, sobre todo porque ahora somos conscientes de que es inútil, que no va a cambiar para bien nada en nosotros y, por ende, no vale la pena seguir gastando o invirtiendo nuestro tiempo, cada vez más precioso, en ello.
A la luz de los años, aquel episodio del que comencé hablando se ha ido diluyendo, pero hoy esas nuevas sensaciones del tiempo y de la memoria que estoy apenas comenzando a reconocer, me permiten saber que, primero, no todo lo que en el primer momento parece ser muy importante tiene tanta importancia (por ejemplo: ni tocar en el Vive ni escribir sobre ello me tenía que haber hecho famoso o significar un éxito a largo plazo). Segundo, que lo verdaderamente importante puede venir mucho tiempo después en forma de un recuerdo que nos permite revivir o disfrutar más de una experiencia pasada o nueva, como quiero describir a continuación.

Dos días de festival, conciertos, mareas de gente, sed, hambre, costos elevados, calor, frío o lluvia, nunca se sabe, la incertidumbre misma, todos esos imponderables que antes eran excitantes parecen ahora inclemencias innecesarias cuando se podría estar en casa cómodamente haciendo lo que a uno más le plazca. No obstante, aunque confieso que sólo fue un día, me lo pasé de lo lindo. ¿Por qué? ¿Qué cambió? Esta vez yo no toqué en el Vive Latino y fui mucho más feliz. Tocar o no tocar fue lo de menos. Lo importante fue la experiencia y quienes me acompañaron en el lugar y desde casa, dándome seguridad y tranquilidad con su amor a su manera. Este fue el caso de mi querido amigo Edgar, que se acordó de mí y me envió un mensaje para desearme que lo pasara muy bien desde horas antes, o mi querida Sam, que siguió por streaming cada uno de los actos que yo veía, y eso nos mantuvo conectados a la distancia.
Mi hermanita Gloria, cómplice de toda la vida, hace quince años corrió de la puerta al escenario para alcanzar a verme tocar en el primer acto de aquel Vive, atravesando a la policía montada que amenazaba a quienes pretendían dar un portazo tempranero para ver a los Caifanes. Este año, contraria a sus gustos, me siguió para ver a Rusowsky en un horario más temprano del que ella hubiera preferido.
¿Qué hacen dos cuarentones viendo a este novel artista a la hora en que Emmanuel y Mijares están extasiando al resto de los chavorrucos en el escenario principal? Buscamos sorpresas, como cuando por casualidad descubrimos a Die Antwoord en el Corona Capital. Estos últimos actualmente están choteados y funados, y este chaval puede que pasado mañana deje de ser lo más cool y alternativo de un evento tan orientado a la nostalgia como éste. Lo que hemos descubierto Gloria y yo es que no se trata de los artistas por sí mismos, sino de lo que su audiencia genera cuando los escucha. Eso nos abre la puerta a volver a sentir sorpresa como cuando a los catorce y diecisiete años, respectivamente, vivimos por primera vez un concierto de Zurdok, Plastilina Mosh, Control Machete y Molotov, por un solo boleto de 300 pesos, en el Metropolitan.
Una vez ungidos de jovialidad fue más fácil ir a ver a los viejos artistas de nuestra generación: Fobia, Illya Kuryaki, Los Fabulosos Cadillacs, Smashing Pumpkins y Banda Machos. Tras ese primer acto iniciático, con los siguientes grupos ya no solo se sintió el recuerdo; se vivió con entusiasmo, con la expectativa y la energía de quien está reviviendo su pasado, no a la distancia, no con pesadumbre como algo ya acabado, sino como el presente que les corresponde. Mi hermana y yo, juntos de nuevo, como a lo largo de toda nuestra vida, disfrutando de ese espacio y tiempo que procuramos crearnos desde nuestra infancia a través de la música y el arte.
Hay que agradecer a estos músicos y artistas extraordinarios que, sin importar el desgaste del trabajo que han desempeñado por varias décadas, hoy siguen haciendo arte y música que a algunos nos permite vivir en medio de tantas penalidades, incertidumbres y amenazas contra la vida en este planeta.
“Espectáculo para masas”, dirán los críticos. “¿Qué más da?”, digo yo; los tacos, las garnachas, los tamales, las enchiladas, las tortillas, los frijoles y las hierbas son las que alimentan a la mayor parte de la gente del país y nos han mantenido vivas y vivos. Dejemos de clasificar y entreguémonos a disfrutar.
Cabe aclarar que este tipo de experiencia no es exclusiva de costosos festivales masivos ni de eventos similares. En otro contexto quisiera poder expresar lo que significó para mí el participar en múltiples encuentros de huapango, convivir en un Son Para Milo, en un festival de folclor o en algún otro de esos eventos afortunados que la música y el arte me han regalado. Hoy simplemente recordé que mi participación en el Vive ya es quinceañera y le quise hacer su pastel e invitarles una rebanadita.
Terminaré evocando a Vicentico que, no esta vez, pero hace como veintitantos años, en el cierre del concierto de Los Fabulosos, grabado en un disco conocido como Chau, al batir de la marcha fúnebre de su canción “Los Condenaditos”, dijo algo que silenciosamente resonó en esta última presentación a la que acudí:
“Esta fiesta de hoy
Este cumpleaños es solo una excusa para vernos
Éste, éste de acá, es un mundo real
Éste es el mundo real
No el mundo de esos senadores del orto
No el mundo de esos políticos de mierda
Éste es el mundo real al que nosotros debemos vivir
El mundo de la música, el mundo del arte
Dejemos afuera a esos imbéciles
No pertenecemos a ese mundo
Éste es nuestro mundo
Niño argentino
¡No dejes que te duerman!
¡Despertate!
¡Largá la botella!
¡No escuches a esa gente!
Sigamos creciendo frente a este mundo
Este mundo es real, real
Por qué si no, niño
El cielo se nubla, se nubla
Se nubla, se nubla, se nubló
Se nubla, se nubla, se nubla, se nubló…”
Creo que en el contexto de Latinoamérica estas palabras significan mucho: los gobiernos nos matan, nos mortifican todos los días con el trabajo, con el transporte, con los bajos salarios y los altos costos, con los impuestos y los fondos de ahorro para el retiro, con alimentos que ya no nutren, con medicamentos y suplementos que nos enferman; nos quieren ver infelices y que nos contentemos con nada, pero nosotros tenemos el poder de hacernos cargo de nosotros mismos, de cuidarnos, de querernos y de amarnos. No nos soltemos y hagamos florecer la felicidad entre nosotros con ayuda de la belleza y el amor. Por eso, a pesar de ellos, bailemos, cantemos, escribamos, dibujemos, pintemos, esculpamos y expresémonos como mejor se nos antoje, construyamos y disfrutemos de ello porque eso es lo verdaderamente nuestro, no hay nada ni nadie más, solo nosotros juntos.
