1.- [El demonio de la interpretación] Puede ser percibido como huidizo, pues tiene rostro de totalidad y de vacío al mismo tiempo. Esto a pesar de presentarse con una sonrisa oscura, con la cual aparenta seguridad. Es imposible identificarle si se le mira a la faz con atención; sus facciones se desdibujarán, mientras argumenta que su postura pretende objetividad: la posible, la que no interrumpa el flujo de los privilegios. En eso consiste su peligro, pues anidado en los fetiches de la interpretación en tiempos de parcialidad política, puede muy bien ser partidario de ideas de muy distinta índole, o servir a señores dispuestos a vehementes conflictos, a la vez que extravagantes.

 

Antes, pues, que indagar sobre el objeto de su crítica imposible, se puede pensar a la crítica como su objeto de poder. Por eso decir que tal energúmeno no existe en un determinado lugar (ya se sabe: la cantaleta acerca de que aquí o allá no hay crítica) habrá que aceptar que sus dominios están hechos de una parcialidad endemoniada. Y es que su hábitat es un enramado de intrincadas vías, cada una en el intento por ocupar el sitio más alto en la copa. Es banal esfuerzo el pensar en desterrar su identidad múltiple, sobre todo si atendemos el hecho de que estos lugares en los que habita son posibles gracias a una multitud de voces que a duras penas pudieron acordar los términos de un Estado más o menos coherente. Porque lo que una unidad crítica buscaría para intentar combatirle, es un punto de partida suficiente para elaborar las condiciones de una hegemonía general. Luego, lo que termina por ocurrir bajo tales influjos –sobre todo en épocas de entreguismo al mercado global–, es el abandono de las particularidades, la aceptación de una ‘universalidad’ de piel escurridiza. En tales condiciones, este demonio se lame los bigotes.

 

Ha influido en polémicas sobre selecciones en bienales, fallos en concursos de diversa índole, dictámenes sobre variopintos quehaceres vinculados a la literatura y al arte en general.

 

2.- [El demonio de la mercancía] Transparente, a veces invisible. Si el fetiche es fantasmal en tanto se separa de su productor, como ya lo ha señalado Marx con precisión, este demonio hoy más que nunca se vuelve la materia corporal del trabajador, aislado del uso efectivo de aquello que produce. Su transparencia es líquida, en la medida de una modernidad nombrada antes de su propia existencia, y en el ejercicio de un enfermizo progresismo. Así, a pesar del carácter volátil de las obras que se producen bajo su influencia, la lógica de equivalencias en su ecosistema mercantil permite una circulación al interior del campo cultural en el que la cosificación es regulada para nunca parar. Por ello la inflación de significados en mucho del arte que hoy es producido, por ejemplo: emulación contaminante desde la torre de marfil en la producción de objetos en masa. Una especie de sobrevaloración de mitologías particulares en eterna reconstrucción. Quizá por eso bajo sus dominios, el problema del nombre del artista y su genio no resulta ya tan importante, como el empuje de subsistemas productivos cuyo sentido depende de un circuito organizado al rededor de diversas ideas. O, dicho de otro modo; pulsión de poseídos que crean hiper-mercancías, a contrapelo de la convencionalidad y de un valor de uso directo. El arte y su circulación ahí es reificado entonces por aparatos culturales autónomos, que lo convierten en procedimientos para una inteligencia parcial, parcelada y apenas percibida por una mayoría, gracias a lo cual negocia bien los términos del poder. Por ello quizá a esta bestia se le sigan ofrendando sacrificios, pues por muy caprichoso que sea su comportamiento, acoge muchos tipos de disidencias –de las más mediocres, a las más sublimes–, que sería imposible sostener en otros sistemas de producción.

 

Un ejemplo representativo de sus oficios se ha manifestado recientemente en forma de cadenas comerciales -como el Oxxo-, convertidas en piezas de arte.

 

3.- [El demonio del fetiche] Marrullero, cuando no está dormido. Pero cuando duerme, ronda los sueños de quienes le adoran. Y es que es muy útil para señalar el rumbo de nuestros procedimientos más obsesivos. Sin embargo, definirlo supone complicaciones, pues el rango que abarca su sentido es tan amplio, que puede confundirse según si se le explica desde lo sexual, lo mágico, lo económico, lo mortuorio, etc. Además suele dirigir su mirada a hechos que, a pesar de estar concentrados en el uso de objetos, implican un orden abstracto cuyas referencias son muy antiguas. El origen de su nombre viene del portugués ‘feitiço’, que quiere decir ‘artificial’, ‘fabricado’. Charles de Brosses (1760) en una tesis llamada Du Culte des Dieux fétiches, habla de los intercambios realizados por distintas tribus africanas en los que los objetos cobran una importancia central, debido a que se les atribuye una fuerza superior según el espíritu contenido en ellos. Nada mejor para comenzar a invocarle.

 

Hay que colocar su razón de ser justo en ese punto, con insistencia ‘objetiva’: uno de los planteamientos fundamentales sobre su proceder concibe a la mercancía como cosificación de las relaciones de producción, que son aquellas que ocurren entre las cosas y los individuos. Esto da como consecuencia que este diablo se manifieste como cultura al rededor de los bienes materiales. Es decir: la separación entre capital y trabajo. Luego la adoración a los objetos o espacios donde dicho capital crece, en la medida de su especulación simbólica: fanatismo frente a los símbolos de poder y las instituciones, que le dotan de una particular influencia sobre consignas y representaciones específicas. Así la ‘magia’ o la ‘obra de arte’.

 

Uno de sus trabajos recientes: un anillo realizado con las cenizas del cadáver de un arquitecto religioso.

 

 

4.- [El demonio artista-productor] Posee una curiosa cualidad: expande su cuerpo con la misma velocidad con la que se devora a sí mismo. Su ambiente propicio es el sueño positivo de la precariedad y el rencor contemporáneo. Un demonio de especulación significativa: vuelca las relaciones entre el sujeto y el objeto, al colocar al uno al servicio del otro. Un ejemplo de su embrujo es cómo el mismo concepto ‘hombre’ se ha cosificado para ser interpretado como quien sirve para la configuración de objetos en el sistema capitalista. Y son las relaciones sociales las que permiten que éste sea posible: el valor de algo que no sólo está determinado por su uso, sino también por las ideas sobre su función. Es decir que reduce la vida misma a una labor de significantes concatenados según la inflación de sus significados. Por tanto, las nociones sobre el objeto no son el objeto mismo, pero sí implican la posibilidad para que éste se siga reproduciendo.

 

Por eso la sobrevaloración de uno de sus representantes más acabados: el sujeto ‘artista’, pues es él quien cumple con todas las condiciones para la mistificación sobre su propia labor. Algo que W. Benjamín habría advertido para liberarlo de sus influencias, instándole a asumir una participación más allá de la observación. Las repercusiones de esto pudieron observarse a lo largo del siglo XX, con variopintos resultados: frente al hecho de que los trabajadores fuesen concebidos también como objetos, se luchó a favor de la emancipación de los productores enajenados, lo que a su vez abriría la posibilidad para que el semio-capitalismo naciente engordara vendiendo productos con dicha consigna. Así, estar al servicio del arte ya no implicaba una idea romántica acerca de la inspiración o la confluencia del creador con su musa, sino un llano asunto de cómo superar una precariedad significativa, pero con el peligro de hundirse en otra peor de índole individualista. Un aparato para que aquella conciencia de clase en la cual Benjamín insiste, termine por no empujar al cognitariado a organizar a las masas para que contradigan radicalmente al sistema que les ha engendrado: racionamiento de los privilegios, y el despliegue casi religioso de curiosos castillos de vapor.

 

En su honor muchas nuevas leyes de cultura han sido aprobadas.

 

 

5.- [El demonio de los mil aprendices] Compuesto de cuerpos diminutos, insaciables, caníbales, que a las faldas de sus grandes amos pueden vivir embrujados con su nombramiento. Movido por el deseo, este ser múltiple progresa como afirmación de la inmovilidad. De esta forma, su voluntad es guiada por lo social y con la promesa de pertenencia. Así, el ‘deber ser’ es moneda de cambio que le da rumbo, en contra de la sensación de pérdida de objetivo que aparece desde los años de infancia. Es, pues, un alto en el camino que funciona como retraso de la fatalidad lograda por el presentimiento de finitud. Desde ahí todo ser es transgredido, en la observación de su doblez. Es decir, pierde su indivisibilidad, para ser adjetivado más allá de sí mismo. Luego aquella aparente objetividad en la justificación de su existencia mediante el “esfuerzo”, coloca cualquier cimiento de su labor sobre piso inestable.

 

Cualquier principio para regularle es, por tanto, coercitivo. O, dicho con mayor prudencia; la búsqueda de una estabilidad en aquello que la masa no realizada sostiene, se concretará desde la obediencia a la forma. Sin embargo, se trata de un demonio cuyo poder radica en la simulación de totalidad, pero que a la vez administra la potencia de sus parcialidades. En esa medida, su influencia puede ser contrarrestada en el ejercicio de un pensamiento cáustico, y en sus prácticas subsecuentes.

 

El público que recorre las ferias de arte con los bolsillos vacíos, es una de sus formaciones más acabadas.

 

 

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