Eran los primeros días de junio de 1921 y en Berlín comenzaba a celebrarse el juicio contra Soghomon Tehlirian por haber asesinado a Mehmet Talaat Pasha. Este juicio que conmocionó a la Europa casi recién salida de la Primera Guerra Mundial constituye un acontecimiento tal como lo concibe Rancière, que irrumpe sobre su tiempo-espacio histórico y político y expande el límite de lo que se puede mostrar y decir; un acontecimiento de justicia, memoria y verdad.

Comencemos por lo que Eric Bogosian nos ha informado sobre este personaje-médium-vector: Tehlirian era un jovencito de veinticuatro años que había sobrevivido al genocidio armenio que inició el 24 de abril de 1915 en territorio de la Armenia occidental dentro del Imperio otomano. Allí, como voluntario del ejército ruso y movilizado en la guerra contra los turcos, que aglutinados en el partido Jóvenes Turcos (Ittihad) dirigían y ejecutaban masacres contra la población armenia, Soghomon Tehlirian encontró un paisaje de desolación y horror. Caminatas de muerte, con el eufemismo de deportaciones, conducían a los armenios por el desierto en condiciones tan extenuantes que los mataban antes de que sus perpetradores pudieran ejecutarlos; los niños huérfanos andaban por las calles de las aldeas en estado de shock; en su casa, en Erzincan, Tehlirian no encontró rastro de su familia. Por dos años se mantuvo en la región rescatando niños huérfanos, hasta que en 1919 viajó a Constantinopla con la esperanza de saber algo de su familia. Allí, una mujer, Yeranuhi Danielian, lo puso al tanto de los detalles de la destrucción que él solo podía vivir mediante un aglutinamiento de sus emociones que lo hacía colapsar, ataques aparentemente nerviosos.

Danielian es la mensajera que hace a Tehlirian entender que se trató de un plan sistemático y que buena parte de los artífices habían huido a Europa; además le dijo que hubo un traidor entre los suyos, Harutiun Megerditchian, que entregó a los Jóvenes Turcos una lista con 300 nombres de hombres considerados líderes en la comunidad armenia, que fueron aprehendidos y asesinados el 24 de abril de 1915. Soghomon Tehlirian se grabó este nombre y comenzó a obsesionarse con cobrar venganza. Ese mismo año, 1919, Tehlirian se apostó afuera de la casa de Megerdichian y una vez que lo identificó le disparó desde la ventana. Megerdichian murió en el hospital. Este acto sería, un año después, la carta de presentación con la que Danielian lo recomendaría ante los líderes de la Federación Revolucionaria Armenia en Boston: Armen Garo y Shahan Natali. En 1920, Tehlirian recibió, mediante una carta, la instrucción de viajar a Estados Unidos. Allí, dice Bogosian, sería reclutado para ejecutar a Talaat Pasha, exministro del Interior y Gran Visir de Turquía en los años del genocidio, como parte de la Operación Némesis. El plan incluía dejarse aprehender y llegar hasta el juicio:

Tehlirian fue convocado a Boston no solo para ser reclutado como el asesino de Berlín, sino también para que se evaluara su idoneidad para presentarse ante el público. Un elemento clave del plan de Garo y Natali sería la entrega voluntaria del asesino en Berlín, seguida de un juicio ampliamente difundido. Este juicio ofrecería una oportunidad única para que los armenios expusieran su caso —presentaran los hechos del genocidio y denunciaran la falta de justicia— ante los ojos del mundo.[1]

El resto de la operación incluía el asesinato de otros líderes del gobierno de Jóvenes Turcos durante 1915-1918, Bogosian nos da los siguientes nombres: Khan Javanshir, Said Halim Pasha, Behaeddin Shakir y Djemal Pasha. El hecho de que algunos de estos líderes huyeran a Alemania no es gratuito, es debido decir que el gobierno alemán fue un aliado importante de los turcos otomanos durante la guerra y en la comisión del genocidio. Que el juicio se celebrara allí cobraba una especial relevancia.

Dos historias, una verdad

El juicio de Berlín estaba inteligentemente pensado para exponer los pormenores de las atrocidades que los turcos cometieron contra los armenios y para ello se confeccionó una versión de los hechos que ponía a Tehlirian en un escenario diferente del que luego dará cuenta él mismo. Me refiero a la muerte de sus hermanos y de su madre, y de la violación de su hermana. Tehlirian contará en el tribunal que su familia fue sacada de la casa para sumarse a una caminata de muerte y antes de ponerse en marcha un turco abrió el cráneo de su hermano con un hacha. Acto seguido la madre cayó desplomada, Tehlirian no sabe decir si por un disparo o por qué, y él se desplomó después; los turcos lo dieron por muerto y pudo sobrevivir. Sin embargo, Eric Bogosian nos refiere otra versión que toma de las memorias del propio Tehlirian y de la historiografía.

Un oficial ruso lo detuvo y le pidió que explicara qué hacía allí. Tehlirian respondió: «Esta es nuestra casa. Quiero verla». El oficial le preguntó dónde estaba ahora su familia. Él contestó: «No lo sé». El ruso sacó tabaco y se lo ofreció en señal de solidaridad. La casa se había convertido en un cuartel para soldados rusos. […] Tehlirian había llegado a Constantinopla [en 1919] para averiguar qué había sido de su madre y sus cuñadas, de las que había perdido el rastro. Aunque temía que hubieran fallecido, necesitaba creer que existía la posibilidad, por remota que fuera, de que hubieran sobrevivido. Quizá las hubieran trasladado a algún campo de refugiados lejano o hubieran emigrado a Grecia o a Francia.[2]

En el juicio, Tehlirian declararía que el fantasma de su madre le ordenaba insistentemente asesinar a Talaat Pasha y no que se trató de una operación dirigida con premeditación. Y, sin embargo, no son elementos que se excluyan: Tehlirian, en efecto, pudo vivir con visiones de su madre a la que nunca volvió a ver y además ser recluta de una operación de ajusticiamiento. Los sucesos sobre la muerte de sus familiares no se tratarían de una mentira como tal, sino de una construcción a partir de sucesos que sí le ocurrieron a decenas de familias armenias. Hoy, gracias en parte a juicios como los del Tribunal Especial para la Ex Yugoslavia o los que se siguieron contra las Juntas Militares en Argentina en 1985 (y los que vinieron en la década de los dosmiles) es muy evidente para nosotros que existan espacios donde las víctimas puedan dar su testimonio, si bien son insuficientes. Si aceptamos la versión de que Soghomon Tehlirian fue el brazo ejecutor de la Operación Némesis en 1921, él y los conspiradores crearon un ámbito de justicia posible en un escenario en el que esta opción estaba prácticamente clausurada. Justicia incompleta, pero posible. Reconstruida o ficcionada, pero verídica. Soghomon, como un Quintiliano renacido, se presenta allí con su relato, y por su cuerpo, vector-médium, hace pasar el relato de las otras víctimas. Se da así la verdad, enárgeia.[3] Lo que se muestra —el horror del genocidio, la atrocidad, la sistematicidad—, allende lo que se dice, nos da cuenta de una realidad más allá y más acá de los hechos que le da a este juicio una importancia meridiana.

Este era el plan. Es debido entender el momento; aun cuando la Triple Entente había prometido ya desde mayo de 1915 que juzgarían y sancionarían a las autoridades del gobierno de Jóvenes Turcos por “crímenes contra la humanidad”, esto no sucedió. Entonces el derecho internacional no contaba con la tipificación de genocidio, la palabra ni siquiera existía, aunque este hecho, el juicio de Tehlirian, motivaría a su creador, Raphael Lemkin, a trabajar durante largo tiempo para conseguirlo. Con la misma obsesión con la que Tehlirian se mantendría firme sobre su deseo de matar a Talaat, Lemkin se mantuvo firme y “fanático” por conseguir la Convención para la Prevención y Sanción del delito de Genocidio.

En una versión, los armenios que habían sobrevivido tenían muy claro que un hecho así debía ser castigado, pero sobre todo debía mostrarse al mundo, evidenciarse. Y diseñaron un plan, con los pocos recursos al su alcance, para lograrlo. En la otra, el trauma habría conducido al joven justiciero a cumplir, en nombre de su madre, una sentencia obtenida en Constantinopla durante un juicio in absentia. La verdad, en todo caso, entre ambas versiones es la que nos da el juez Eugenio Zaffaroni:

el derecho penal se había quedado sin base ética para condenar a Tehlirian. Talaat estaba privado de la paz, sufría una Friedlssigkeit, la impunidad del criminal frente a la magnitud tan formidable del Unrecht cometido hacia que el derecho penal perdiese la fuerza ética necesaria para sancionar al que le diese muerte. La impunidad de la masacre condenaba a Talaat y determinaba la absolución de Tehlirian. Talaat había dejado de ser considerado persona. La impunidad del genocida lo deja en condición de no persona, pues le retira la cobertura jurídica, quien lo ejecuta no puede ser condenado, aunque nadie lo confiese y aunque se fuercen los argumentos —-y argucias-— jurídicas para no condenarlo.[4]

Un enfermo perturbado

ACUSADO- No. En Salónica estuve con unos parientes para curarme.

PRESIDENTE- ¿Qué padecía?

ACUSADO- Ataques nerviosos.

¿Y la epilepsia del título? Perdón si he tardado en llegar a ella. En su tesis de maestría, Osik Moses[5] es muy insistente en subrayar cómo la defensa de Tehlirian se abocó a llevar al estrado la débil salud del acusado y su estado de perturbación, con la intención de no focalizar los vericuetos políticos que un juicio de este talante habría suscitado, considerando, de nuevo, la amistad entre turcos y alemanes apenas unos años antes. Tanto el crimen como el juicio le granjearon a Soghomon Tehlirian la simpatía de armenios en el exilio (como la del traductor del tribunal, nos dice el juez Zaffaroni) y de ciudadanos alemanes. La enfermedad que Tehlirian venía experimentando desde sus días como conscripto entonces apareció como una llave maestra.

Se da por sentado que Tehlirian padecía epilepsia, pero lo cierto es que el diagnóstico no me resulta transparente. Las transcripciones del juicio no consignan esta palabra, epilepsia, y dan más bien la sensación de poner en el aire un diagnóstico difuso reducido al paraguas ataques nerviosos. Bogosian dice en algún momento respecto de estos ataques que después se supo que eran epilepsia, pero no da más detalles. No he tenido acceso a las memorias de Soghomon Tehlirian ni en inglés ni en español y el diagnóstico se levanta como un muro de niebla que es difícil traspasar. Y esto es relevante. Durante el juicio, constantemente se le preguntará al acusado por los ataques, por las consultas, y él dirá constantemente que se “sentía mal”.

Soghomon Tehlirian se me presentó como una especie de mandato y no he parado de leer sobre él todo a lo que he tenido acceso. Cuando supe de su enfermedad y de cómo fue un recurso utilísimo en el juicio pensé en todo mi trabajo con el tema de los cuerpos enfermos, y comencé a discutir conmigo misma si en esta movida astuta de la defensa de Tehlirian no se sacrificaba, en cambio, la agencia política del joven ajusticiador. Para nada creo que debió ir a prisión (como sea que me deje parada esta afirmación), pero una de las cosas que causaban más contrariedad en el juicio era precisamente cuando él se “desdecía” de la seguridad con la que había decidido asesinar a Talaat Pasha. Algo me hace sentir que Tehlirian mismo tenía esta batalla en su interior: la de pasar por un enfermo perturbado o la de reclamar su agencia…. ¿Y si era la enfermedad? Recientemente, mi amiga Hercilia Castro me hizo pensar en esto: ¿y si la memoria de Tehlirian estaba afectada por lo que sea que lo hacía desmayarse, epilepsia o no y las versiones se encontraban en su cuerpo como una síntesis eléctrica?, ¿y si el trauma se expresaba con las apariciones fantasmales de su madre en las que ―según dijo en el juicio― le pedía cobrar venganza?

Además de la enfermedad, otro elemento que termina de configurar el perfil de perturbado que la defensa de se esforzaba en crear son esas visiones del fantasma de su madre que Soghomon vivenciaba con angustia. Digo “además de la enfermedad”, pero quizá sean parte de ella: alucinaciones auditivas en las que la voz de la madre pide venganza, desvanecimientos, trauma.

Pocas veces una víctima de violencia atroz y de enfermedad tiene la oportunidad de blandir en un estrado estas dos cualidades, que a otros enfermos les han costado la vida (todos los psiquiatrizados y enloquecidos por cuestiones políticas, por ejemplo), en su favor y convertir un juicio en su contra en un juicio contra sus perpetradores. Esta es la genialidad del juicio de Tehlirian, que en la prensa alemana se anunciaba como Juicio a Talaat Pasha. Como acontecimiento fue más allá de sentenciar o no al hombre Tehlirian y partió las aguas. Por ejemplo, el joven estudiante de derecho Raphael Lemkin entendió las lagunas jurídicas, comprendió el aspecto moral también, y decidió dedicar su vida a tipificar el genocidio en el derecho internacional. La justicia alemana, o al menos estos jueces y abogados, intentaron —aunque tímidamente— resarcir su participación en el genocidio armenio.

El genocidio armenio nos dejó lecciones que debimos aprender hace más de cien años, la de la necesidad de juicios de lesa humanidad, por suerte, comienza a cundir. La de prevenir la destrucción de grupos nacionales, religiosos y étnicos, por desgracia, todavía no. Los perpetradores, en cambio, replicaron sus pedagogías de crueldad. Dirán muchos, y seguramente será cierto, que venganza no es justicia, pero estoy convencida de que debemos mucho, pues, a la FRA, a Tehlirian y a su cuerpo médium-vector-epiléptico. Vaya para él esta pequeña aportación al conocimiento de su figura que yo a mi modo siento como mandato.


[1] Eric Bogosian, Nemesis Operation: The Assassination Plot that Avenged the Armenian Genocide, Little, Brown and Company, Nueva York, 2015, pos. 123.

[2] Ibídem, pp. 97 y 110.

[3] Guiño a Carlo Ginzburg en El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso, lo ficticio. Le debo a Alexis Herrera esta referencia.

[4] Eugenio Zaffaroni, Estudio preliminar, en Anónimo, Un proceso histórico. Absolución al ejecutor del genocida turco Talaat Pasha, Buenos Aires, Ediar, 2012, pp. 32-33.

[5] Osik Moses, The Assassination of Talaat Pascha in 1921 in Berlin. A Case Study of Judicial Practices in the Weimar Republic. [Tesis para obtener el grado de maestro en Historia del Arte], California State University, Northridge, 2012.