El mundo de las revistas culturales independientes, tal como lo conocimos hace quince o veinte años, parece hoy atravesar una lenta y larga agonía. Cada vez es más frecuente escuchar que proyectos impresos migran al ámbito digital, desaparecen tras algunos números o, simplemente, ya nacen pensados exclusivamente para la pantalla. En ese panorama de transformaciones y pérdidas, una revista de aquellos años que fue —y sigue siendo— profundamente relevante es La Tempestad. Haciendo honor a su nombre, continúa resistiendo los embates del tiempo, las crisis económicas y los cambios en los hábitos de lectura, como un bastión de diálogo crítico y resistencia cultural.
Hace unos días, en mi feed de Facebook —esa máquina de nostalgia—, un amigo, Daniel Lazarini, publicó una fotografía de hace algunos años acompañada del siguiente texto:
“Extraño a Revista La Tempestad, fue el primer trabajo donde me trataron con dignidad en una labor cultural. Todas las mañanas, junto a Carlos Rodríguez, disfrutábamos de charlas memorables sobre cine, y por las tardes se despilfarraba el sucio dinero en la librería de segunda mano El Hallazgo.”
No lo pensé dos veces, e invadido por la nostalgía, le escribí para pedirle esta entrevista y, con generosidad, me respondió: “venga”.
Edgar Rivas: Hola, Daniel. ¿Cómo estás? Han pasado ya algunos años (siete u ocho aproximadamente) desde ese primer trabajo: ¿a qué te dedicas ahora?, ¿sigues vinculado al ámbito cultural?
Daniel Lazarini: Hola, Edgar, gracias por esta invitación. Honestamente, me siento afortunado de poder seguir relacionado con el ámbito cultural; actualmente estoy involucrado en radio, periodismo musical y un sello fonográfico, en su mayoría inclinado al patrimonio experimental local. También he dedicado mucho de mis investigaciones a proyectos sonoros personales y grupales como Nøvaxpress, Virgen Siamesa y Bramasolar y mi sello Subliminal Kid, además de considerarme un contrabandista cultural facilitando discos, libros y cintas a criaturas en busca de amuletos y formatos audiovisuales físicos.

ER: Mirando en retrospectiva, ¿cómo era trabajar en ese momento?, ¿qué aprendizajes —profesionales y personales— te dejó esa experiencia?
Entendí cómo operaba una estructura cultural independiente profesional, el cómo permanecer 20 años en el mercado imprimiendo sin perder los principios estético-culturales en los que estás fincado. Sin duda fue una inspiración; ser parte de su equipo me permitió pulir mi estilo, además de tener oportunidad de entrevistar y conocer artistas muy significativos para mí. El que con más gusto recuerdo es el cineasta John Waters; convivir con el equipo de redacción, en especial con Carlos Rodríguez, en una constante charla de exploración e iluminación cinematográfica y literaria es mi ideal de un espacio de trabajo. Evidentemente siempre es agotadora la labor de redacción, como cualquier otro empleo de oficina, pero tener un cómplice con quien disfrutar los momentos libres o poder despejar la mente con una charla o chisme sobre cine italiano o qué libro acaba de lanzar la editorial Cátedra siempre levanta el ánimo.
En cuestiones más específicas de la forma de trabajo, tomé mucho de la organización de Nicolás Cabral y Laura Pardo; ambos llevan Periscopio Media, que es o era (desconozco el estatus actual) la casa editorial a la que pertenece La Tempestad al igual que Vocero Universitario. Esta última fue el motivo por el cual me uní a su equipo de trabajo. La revista se originó como un suplemento para universidades, en especial para las carreras de Ciencias de la Comunicación, Periodismo u otras licenciaturas que tenían interés en contenidos culturales. La revista tenía un tiempo que se había dejado de editar para enfocarse en otros proyectos y, para cuando buscaron nuevo staff, la intención era levantarla de forma digital, ya sin imprimir; sin embargo, la idea era tener otro medio activo con contenido relevante y dirigido a un público más joven, ya que el target de La Tempestad estaba bastante definido para gente, digamos, más adulta. Era muy importante que Vocero fuera redituable ya que, por obvias razones, los medios impresos estaban atravesando una tremenda picada. Allí entré yo para ser el editor de Vocero; evidentemente fracasé en la misión y eventualmente pasé a la cartera de colaboradores de La Tempestad, haciendo principalmente entrevistas con artistas que se ajustaban a mi línea editorial.

ER: Con el paso del tiempo, ¿cómo has observado la transformación de las revistas culturales independientes en México y América Latina? ¿Qué se ha perdido y qué, en tu opinión, se ha ganado?
DL: Hemos perdido lo tangible, la importancia del tacto que crea una sinapsis con el cerebro, la conexión de nuestros sentidos y las descargas eléctricas que envían impulsos con la información que estamos recibiendo; todo eso ha cambiado. En algún momento las revistas fueron coleccionables, además solían ser los puntos de acopio de información más fidedignos del ámbito cultural. Antes uno se afiliaba a las ideologías político-culturales de una publicación, y el hecho de pagar por una revista y recibir un material impreso en el que el tipo de papel, colores y letra jugaban funciones importantes junto con las convicciones y creencias de dicho material, hacía valer nuestro dinero.
Hoy todo es desechable. Warhol predicaba 15 minutos de fama; hoy es un reel de 15 segundos. Ya no se mencionan revistas como tal, hoy se habla de perfiles, de cuentas, de followers, de influencers… todo el esfuerzo por un puñado de likes, por views que claro que monetizan, pero todo eso no vale nada, no hay una aportación tangible al patrimonio cultural. ¿Qué vamos a poner en los museos en 100 años sobre esta época? En los años veinte, la revista japonesa Mavo invitaba a la revolución y en uno de sus primeros números incluía un petardo auténtico; por supuesto, la publicación fue retirada de circulación por las autoridades incluso antes de llegar a los puntos de venta, pero a lo que voy es a la intención: la acción directa y contundente lista para volar en mil pedazos las injusticias, la represión, el capital.
¿Qué hemos ganado? La inmediatez. Para lxs que buscamos e investigamos, tener la información al instante es muy útil. Claro, la verificación de las fuentes es importante. Antes se valoraban las cosas con una publicación con cierto prestigio (que eso tampoco era una garantía de 100%, pero ayudaba mucho); los medios digitales le dieron voz a todos, no solo a las personas que tienen algo importante que decir; también las criaturas que invitan al odio, a la indiferencia, a la estupidez ahora son escuchadas masivamente.

ER: Hoy en día, ¿sigues la pista de alguna revista cultural independiente?, ¿dónde consumes información cultural fuera de las redes sociales?
DL: Honestamente no sigo ninguna con dedicación. Claro que apoyo el trabajo de muchas amistades que trabajan en distintas publicaciones, pero ya no sigo como tal a las revistas, ya no creo en ellas. Ahora creo en la gente; sigo a periodistas independientes, a las editoriales, a los sellos discográficos; busco estar atento a las fuentes y no a quienes filtran y procesan la información. Pero con mucha sinceridad me duele; extraño tener total fe en una publicación en la que, sin importar quién escribiera el artículo, estaba abierto al aprendizaje, a la sorpresa, al asombro. Soy viejo, y la vida te amarga: dejas de ser suave y te vuelves tieso como un pedazo de carne expuesto al sol.
Fuera de las redes sociales sigo acudiendo a blogs especializados y a las bases de datos como Discogs, IMDb o WhoSampled (que tristemente la acaba de adquirir Spotify, situación peligrosa porque es evidente que buscan manipular el discurso y la narrativa completa de la música) donde, después de ver alguna película o escuchar un disco, investigo en qué sello está, quiénes trabajan en la producción y en qué otras obras han estado involucrados. Eso me lleva a la ramificación cultural y me permite conocer trayectorias ligadas o afines.
ER: Siempre ha sido un reto trabajar y sostenerse dentro de la esfera cultural en México —y quizá en toda América Latina—. ¿Cómo ves actualmente ese sector?, ¿avizoras algún futuro alentador o nuevas formas de resistencia?
DL: Solo veo explotación, miseria, desesperanza. La única vía segura sigue siendo la guerra de guerrillas; no se puede combatir de otra forma a un enemigo tan implacable y poderoso como El Capital y sus prácticas tentaculares de abuso corporativo. La formación de colectivos culturales, el fanzine, los sellos independientes, el regreso inminente de los formatos físicos como única vía de resistencia, las tiendas de discos, la autogestión, el «hazlo tú mismo» y, lo más importante, apoyar a tus amistades artistas: comprar sus libros, su música, sus diseños, pagar por su trabajo, no regatearles. No hay aportación más valiosa que eso y tal vez, en algún momento después de una lucha constante, podamos disfrutar del regreso de los formatos físicos de forma colectiva y no solo para freaks coleccionistas y obsesivos como yo y otro puñado de dementes que se resisten a usar servicios de streaming que envenenan el patrimonio cultural del mundo.

ER: A partir de tu experiencia, ¿qué condiciones consideras indispensables para que un proyecto cultural trate con dignidad a quienes lo hacen posible?
DL: Principalmente un salario competitivo o justo; si no puedes pagarle a tus colaboradores, lo recomendable es no invitar a nadie, hazlo solo. Y esto no tiene nada de malo, muchas empresas culturales han comenzado así: el sueño de dos o tres personas que levantan un espacio y, cuando el proyecto está definido y la entrada económica es posible, ya se puede invitar a gente a colaborar. Otra forma es hablar con la verdad; ser honestos y claros es muy importante. Mucha gente paga con intercambios o trueques y esto es válido mientras lo hables desde el principio y la gente esté interesada y dispuesta a trabajar a cambio de ello. Por ejemplo, el intercambio de bienes culturales: cambiar textos por sesiones de foto, limpiar audios a cambio de iluminación en una producción, hacer trueque de una mezcla de audio por un trabajo de corrección de color, etcétera.
ER: Finalmente, si alguien quisiera hoy iniciar una revista cultural independiente, ¿qué consejo le darías desde lo vivido y lo aprendido en estos años?
DL: Principalmente tener bien definido tu concepto y axis de ejecución; mientras más delimitado esté el proyecto todo será más claro, los errores saltarán rápido y será fácil corregirlos o identificarlos. Tener responsables de la operación (redacción, diseño web o editorial, área comercial, diseño gráfico) y limitar a dichas áreas su responsabilidad; que nadie meta su nariz en áreas a las que no pertenecen ayuda a un flujo saludable del proyecto. Meditar dos veces antes de iniciar una cosa así con tus amistades de toda la vida; en muchas ocasiones (no siempre), cuando hay dinero y responsabilidades de por medio, la amistad se termina, en especial cuando son inexpertos. Por un proyecto que dure unos años puedes perder amistades de toda la vida.
Piensa en grande, sé impulsivo, arriésgate, sé legal y leal con tu equipo de trabajo; no los traiciones, procura a tu gente y tu gente cuidará también de ti. No hables de lo que todos los medios están hablando, no quieras pertenecer, dale oportunidades a proyectos con muy poca o nula atención: es gente igual que tú, con necesidad de visibilidad. Y cuando entrevistes a un artista, trátalo con todo el respeto que cualquier persona creadora merece; no hagas menos a nadie solo porque va comenzando.
Estas cosas abonan mucho y, cuando sigues en esto después de años, son situaciones y acciones tan básicas que cosechan lazos y relaciones fuertes.

