Andar a tientas: huellas de la mirada 2*
Fotografías gritonas. Retrato de una maratonista nocturna y su criatura en capacitación
Encima de las piedras que sostuvieron la antigua Tenochtitlan y entre los espíritus de quienes habitaron el lago de Texcoco, se construyó un conjunto arquitectónico a finales del siglo XVI que fue puesto a disposición del canónigo Pedro de Nava; en su momento estuvo conformado por cuatro viviendas y tres tiendas, hoy, poco después de 400 años, el edificio aloja el Museo Archivo de la Fotografía. El 11 de septiembre del 2026 en el recibidor del museo se inauguró una modesta exposición fotográfica que dialoga con el barullo del centro histórico de la Ciudad de México.
La muestra lleva por título 333 y se exhibe a la par de otras tres exposiciones. Los textos de sala que acompañan cada conjunto fotográfico proponen lo cotidiano como materia prima de las imágenes y se convierte en el común denominador de las exposiciones. A mi me parece, y claro que es un comentario abierto a discusión, que de todas, solo 333 cumple con el cometido tanto en forma como en contenido. Me permito exponer una parábola histórico-teórica: quienes intentan retratar lo cotidiano usando la fotografía ya van de pierde. La desventaja no tiene nada que ver con la pericia de la persona fotógrafa, la escisión entre la foto y lo cotidiano viene del pasado antropológico de la práctica. La historia de la fotografía muestra con creces que desde muy temprano el quehacer fotográfico no se preocupó por la vida propia sino por la ajena; con ello, se creó una paradoja en la que se presume interés por lo cotidiano ajeno convirtiéndolo en algo excepcional.

Me da la impresión que Gabriel Indra Camargo (Indraxus) logra escapar de esa paradoja. Pero esa salida no es fortuita; las fotografías son hechas renunciando de manera consciente a los pilares de la tradición fotográfica. Además de ser manufacturadas con un proceso analógico, no recurren a la nitidez, claridad ni literalidad. Desde ahí el proyecto ya se muestra propositivo: rechaza la dependencia a la mímesis que se presenta intrínseca a la foto para explorar lo borroso, lo oscuro, lo opaco y lo no definido. Estos elementos permiten ver en las fotos de Indraxus lo cotidiano propio y no un momento ajeno cristalizado en el tiempo. De esa manera es que en general, las fotografías expuestas en 333 parecen formar parte directamente de las experiencias de las transeúntes de esta ciudad.
No me cabe la menor duda que al estar frente a las fotos, una de ellas me susurró un grito: —¡Córrele, apúrale, ya casi amanece! El cuchicheo de las fotos, aunque inusual, me resultó con total sentido; pues lo que se muestra en las fotografías es la mirada cansada, inquieta y fugaz de las que a diario le ganamos al sol. Al mismo estilo del metro de la zona oriente a las 5:20 de la mañana, los rostros de las imágenes se convierten en uno y en varios a la vez, las manos que podemos ver se mueven y estiran nerviosas, pero con convicción, los cuerpos parecen deidades, las figuras religiosas se muestran tan mundanas como un tatuaje y otras imágenes se niegan a manifestarse si no se les dedica un momento de quietud.

La fotografía que detonó mi experiencia sinestésica se encuentra a la derecha del texto de sala. Se compone de una lucha encarnizada entre luz y sombras que parece ser dominada por la luz, pues ella consume la mayor parte del espacio visual, pero sin rendirse, se escucha que el cuerpo que ocupa el lugar central de la composición, grita —¡Córrele, apúrale, ya casi amanece! El grito susurrado por la fotografía me transporta a fragmentos del cuento de una compañera. Mi memoria se reúsa compartirme el título, pero recuerdo la trama: en una ciudad estaba prohibido caminar; todo debía hacerse corriendo so pena de muerte. En esa sociedad, se exigía que desde el despertar hasta el dormir, toda actividad se hiciera a la carrera; el sudor en la frente era la garantía de un día más de vida. Quiero estar seguro que era un cuento, pero la verdad, lo dudo. ¿No era un documental sobre la famosa población flotante? ¿No era un recuerdo infantil de mi madre alistándonos? —¡Córrele, apúrale, ya casi amanece! Siento que he escuchado esa urgencia toda la vida, incluso desde antes de tener uso de razón. La tenue, apenas distinguible línea divisoria entre la ficción, los recuerdos, los sueños y la realidad no me permite ubicar el lugar de una sociedad que obliga a sus habitantes a andar corriendo. Estoy seguro que era un cuento.
Ni cuento, ni documental, ni recuerdo; es la voz de mi vecina correteando a sus creaturas: —¡Córrele, apúrale, ya casi amanece! Sí, es su voz: un grito que condensa la vida en las periferias. No conozco a mi vecina ni a esas infancias que como a mí, se les ha impuesto el atletismo olímpico como oficio; pero conozco su urgencia. Como ellas, soy maratonista nocturno, porque claro, no somos maratonistas así a secas, nuestras carreras se desarrollan en la oscuridad, con la vista cansada, la espalda adolorida y unas botas con casquillo. En la insistencia por la velocidad que se expone en el grito, se cuela la desconfianza a la luz: la carrera es contra el alba, quien le gana al sol alcanza asiento en el metro, tamal oaxaqueño y leche liconsa.

Recuerdo un texto del 2008 de Giorgio Agamben —ahora sí estoy seguro que es memoria—. Para el filósofo, la luz enceguece. Su metáfora busca advertir sobre dejarse deslumbrar por todo aquello que se denomine avance, ya que ese resplandor impide percibir las carencias, las faltas y las necesidades que siguen imperando. Agamben, tan certero como poético, recomienda voltear a las sombras; en ellas no solo descansa la vista, sino que se encuentra la posibilidad.[1] La sombra todavía permite explorar, tropezar, andar a tientas y redirigir la mirada hacia aspectos novedosos, mientras que la luz abruma y da una falsa sensación de completud.
Yo creo que las maratonistas nocturnas al nacer traemos nuestras botas ya amarradas con doble nudo y ese texto bien leído. Apenas acaba el permiso laboral, o a veces, incluso antes, todas escuchamos: —¡Córrele, apúrale, ya casi amanece! En nuestra competencia perpetua para ganarle al sol está implícita nuestra desconfianza a la luz, que, además, es alimentada por una ciudad iluminada al estilo de consultorio de dentista, o cuarto de interrogación. Las maratonistas nocturnas de esta ciudad le queremos ganar al sol porque en la sombra se puede continuar soñando, se puede seguir amando; los fondistas chilangos saben que en la Glorieta de Insurgentes los momentos antes del alba son la extensión de la habitación, el hogar de las caricias.
Hasta el 18 de octubre se podrá ver exhibida la foto de esa mamá maratonista que grita —-¡Córrele, apúrale, ya casi amanece! sosteniendo la mano de un futuro fondista nocturno que se cuelga de ella pues aún le pesan sus botas, pero no abandona el paso. —Lástima compita, ese paso aún no tranquiliza la prisa de tu madre. Ustedes, ¡corranle, apúrenle que les amanece! Y esta vez se quedan sin asiento, tamal, leche y expo.

*Andar a tientas: huellas de la mirada es una columna mensual de crítica de arte que parte de una premisa: toda obra tiene algo que decirnos. Estos textos son el registro de las huellas que deja una caminata interpretativa; trazados con una escritura poco económica que a veces tropieza, invitan a emular un andar a tientas para construir colectivamente nuevas rutas interpretativas, de modo que al interactuar con las obras podamos pintar melodías, entonar imágenes y sentir memorias, siguiendo el ciclo de poiesis que estas detonan en lugar de perseguir un significado fijo o un veredicto sobre su calidad.
[1] Giorgio Agamben, «¿Qué es lo contemporáneo?», trad. Ariel Pennisi (2008).


