Letras,  Pensamiento

Vivir entre el “casi”, la ilusión y el golpe de realidad. Carta a mi hijo*

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Esta vez no quiero hacer un análisis antropológico, ni meter autores, teorías, ni ponerme a citar conceptos, porque realmente solo quiero contar una anécdota que vivimos ayer; una sensación que me pegó mientras veía el partido con mi familia y que me hizo pensar en algo que quizá muchos ya traemos encima “cargando” desde hace años sin darnos cuenta y es el cómo uno aprende a vivir entre el “casi”, la ilusión y el golpe de realidad, hasta el punto en que perder deja de sorprenderte, aunque todavía te emocione intentarlo; y no, no hablo solamente del fútbol.

Yo ya había dicho muchas veces que no soy futbolero, no soy ese vato que sabe alineaciones o que se pelea por jugadores; de hecho, entro tarde al chisme del fútbol y muchas veces ni entiendo bien todo lo que pasa dentro de la cancha, pero siempre me ha llamado la atención lo que ocurre alrededor: la emoción de la gente, el ambiente, las conversaciones, el cómo cambia el humor de todos dependiendo de un partido, porque al final el fútbol también termina siendo una excusa para convivir, para emocionarse juntos, para creer, aunque sea un rato, que algo grande puede pasar.

Ayer domingo salimos camino a casa de unos familiares en valle de Chalco para ver el partido y mi hijo iba emocionadísimo, hablando todo el trayecto sobre el partido. En mi familia nos organizamos para que todos lleváramos la playera de México, comer algo y pintarnos la cara. Pero mi niño, desde que salimos, venía hablando de que ahora sí México se veía fuerte, que ahora sí había posibilidades reales, que nunca había visto a la gente tan ilusionada. Su mamá y yo nos reíamos porque entendíamos perfectamente esa emoción. No era burlarnos de él, al contrario, creo que nos daba ternura escuchar esa seguridad con la que hablaba, porque nosotros también llegamos a sentir eso alguna vez.

Entonces de pronto nos dijo:

—Es que ustedes no saben, ahorita sí se puede.

-ustedes jamás estuvieron tan cerca.

-En su época jamás había posibilidad.

Y ahí fue cuando me cayó el veinte de algo bien raro, porque nosotros sí sabíamos, más bien sabíamos cómo se siente esa ilusión cuando ya la has vivido varias veces antes.

Yo le decía que desde que tengo memoria cada mundial se siente parecido, que siempre aparece la idea de que “ahora sí”, de que esta generación viene distinta, de que por fin México puede romper la historia, y sí, claro que México suele tener buenos jugadores y buenos partidos, pero también uno entiende que las selecciones que normalmente terminan llegando al final casi siempre son las mismas: Francia , España, Inglaterra, Alemania, Brasil, Argentina, las potencias de siempre que ya tienen otro ritmo, otra estructura y otra historia dentro del fútbol, esas que ya están en el imaginario colectivo y permanecen inamovibles; porque ya sabemos casi siempre cómo termina todo. Entonces no era malinchismo, ni querer menos a México, simplemente era tener los pies más aterrizados; porque una cosa es querer que algo pase y otra muy distinta es pensar que por desearlo ya va a suceder. Pero, aun así, sabiendo todo lo anterior, uno se emociona, eso es lo más raro, aunque tengas claro el panorama, aunque sepas que está complicado, uno también quiere entrarle a la ilusión colectiva.  Uno también grita, se emociona, hace corajes y por un momento quiere creer que ahora sí puede ser distinto.

Mi hijo seguía insistiendo en que nunca se había vivido algo así y yo me acordaba de otros mundiales, de otras veces donde la gente decía exactamente lo mismo. Me acordé del famoso quinto partido, de cuando muchos juraban que ahora sí venía “la buena”, “del pensemos cosas chingonas” y me dio risa porque entendí que cada generación cree que su momento es el diferente.

Ya cuando empezó el partido todos estaban gritando, comiendo, haciendo comentarios, disfrutando el ambiente y yo también estaba metido en eso, pero al mismo tiempo me quedé escuchando una parte del análisis de Luis García y Martinoli y hubo algo que dijo Luis García que se me quedó muy grabado, porque hablaba de cómo durante toda la semana la gente estuvo diciendo que si las limpias, que si las energías, que si ahora sí había buena vibra, que si México de local no podía perder,  pero él decía algo muy simple:

“Todo eso está bien, pero en la cancha hay que resolver.” “México tiene que ser superior”. “México tiene que …”

Y creo que ahí fue donde realmente conecté con todo esto, porque muchas veces dejamos demasiadas cosas en manos de la suerte, de la esperanza o de factores externos, como si desear algo muy fuerte fuera suficiente para cambiar la realidad, y sí, la esperanza ayuda, claro que ayuda, quizá hasta nos mantiene de pie muchas veces, pero también hace falta aterrizar las cosas, entender qué sí está pasando realmente y qué hace falta para lograr algo.

México hizo un buen partido, sí, pero también era difícil entender cómo no pudieron resolver teniendo un hombre más durante tanto tiempo y mientras todos gritaban o se frustraban yo me quedé pensando en eso, en cómo muchas veces vivimos esperando el “a ver si ahora sí”, no solo en el fútbol sino en muchas partes de la vida, porque creo que muchos crecimos así, acostumbrados al “casi” ,casi nos fue bien, casi salimos adelante, casi  lo logramos, pero llega un punto donde uno aprende a protegerse bajándole un poco a la ilusión para que el golpe no duela tanto después.

Lo más duro del partido no fue perder, porque realmente yo lo sabía desde antes del juego, yo tenía claro que era una posibilidad muy grande, quizá la más realista, pero lo más duro del partido fue tratar de consolar a mi hijo cuando metieron los goles y verlo completamente inconsolable, llorando como un niño pequeño, aunque ya tiene casi 16 años.  Y eso sí me partió el corazón.  Porque una cosa es escribir textos, analizar cosas, decir que uno entiende cómo funcionan las expectativas, las hegemonías o la historia del fútbol, y otra muy distinta es ver a alguien viviendo una decepción real frente a ti; una de esas decepciones que parecen pequeñas porque vienen de un partido, una de las primeras de la vida, pero que para esa persona en ese momento se sienten enormes.

Mi hijo lloraba de verdad, no era berrinche ni coraje solamente, era esa tristeza genuina que aparece cuando uno todavía cree mucho en algo y de pronto entiende que no pasó y mientras intentaba hablarle, yo solo pensaba en cómo explicarle a un niño que esto también pasa, que a veces las cosas no salen, aunque uno quiera muchísimo que salgan, pero sin convertirlo tampoco en una persona resignada o triste antes de tiempo.

Porque ese es el problema: ¿Cómo le enseñas a alguien a tener los pies en la tierra sin quitarle completamente la ilusión?

Yo le decía que todavía era muy joven, que seguramente a él sí le tocaría ver cosas distintas, que le quedaba muchísimo por delante, pero mientras lo abrazaba también sentía raro, porque junto a él estaba mi hermano y de pronto me acordé de cuando éramos niños.

Mi hermano es cuatro años menor que yo y cuando estábamos chicos él veía los partidos solo en su cuarto, por qué además de carencias materiales también nos faltó unión familia, cada quien estaba en su mundo. Ayer, mientras veía sus ojos rojos y su cara tratando de aguantar las lágrimas, me regresó de golpe esa imagen de él de niño llorando porque perdía México y nadie lo consolaba realmente, no porque no lo quisieran, sino porque en mi familia cada quien estaba intentando sobrevivir a sus propias cosas. Entonces sentí algo extraño, como si ayer no solamente estuviera intentando consolar a mi hijo, sino también a mi hermano y quizá hasta a una parte de nosotros mismos que desde muy pequeños aprendió a tragarse las decepciones casi en silencio. Y creo que eso fue lo que más me pegó del partido. No la derrota, sino ver cómo algo tan simple como un juego puede tocar emociones tan profundas, porque al final no lloramos solamente por fútbol. A veces lloramos por la ilusión, por las expectativas, por las ganas de que algo salga bien, aunque sea una vez.

AUNQUE SEA, POR UNA VEZ…

Y mientras veía a mi hijo tratando de secarse las lágrimas para que nadie lo viera llorar tanto, pensé que quizá crecer también es eso: aprender poco a poco que el mundo no siempre responde como uno espera, pero aun así seguir teniendo el valor de emocionarse otra vez.  Y honestamente no sé cómo se enseña eso sin romperle algo bonito a alguien.

*****

Mi amor, sé que lees mis escritos y quiero que sepas, que hoy aprendí mucho de ti, la ilusión no es mala por la derrota, la ilusión es el hilo que aún nos une con la humanidad, con el amor y con la gente, gracias por devolverme algo de ilusión en los otros y en la vida misma, aunque sepamos el final, gracias por enseñarme a seguir confiando, porque te confieso que yo estoy tan acostumbrado al fracaso, que había dejado de permitirme ese momento.

Tú todavía tienes mucho tiempo para creer, emocionarte, enojarte, llorar y volver a levantarte, y ojalá nunca pierdas eso, porque, aunque ayer te dolió, también me recordaste algo muy bonito: que todavía vale la pena sentir las cosas con el corazón completo.

Gracias por devolverme esa pequeña emoción que pensé que ya había dejado atrás. Te amo muchísimo, hijo.

Relatos de barrio, academia y memoria. Antropología sin pedestal. Para quien está cansado de echarle ganas. Antropología Con Ciencia. Etnohistoriador de día, cholo de noche.