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Las señales ya están ahí: la distopía de Gilead en el espejo latinoamericano

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Las señales ya están ahí, en los discursos que celebran la dictadura militar como una época de paz, en los memes y personajes públicos que ridiculizan el feminismo, en las leyes que criminalizan a los defensores de la tierra y en los púlpitos que bendicen la persecución sexual. La derecha latinoamericana actual no usa túnicas rojas, pero usa tuits virales; no tiene quemas públicas, pero tiene linchamientos mediáticos; no destruye libros de forma explícita, pero vacía de contenido la esfera pública.

Quien lee o ve la serie de El cuento de la criada (el libro es del 1985, la serie de 2016), de la autora canadiense Margaret Atwood, suele sentirse aliviado por el carácter ficticio de Gilead, esa república teocrática y totalitaria que nace tras un golpe de Estado justificado en la «restauración del orden»; sin embargo, la literatura distópica no es adivinación, sino amplificación de los susurros del presente. Hoy, al observar el avance de la derecha radical en América Latina, esas señales que Margaret Atwood advirtió, ya no son susurros: son gritos en las plazas, leyes en los parlamentos y discursos virales en las redes sociales. Las señales ya están ahí, y la correlación con Gilead no es una metáfora literaria, sino un espejo político.

En Gilead, el régimen de los Hijos de Jacob justifica su asalto al poder mediante el miedo al caos y al «enemigo interno»; en América Latina, el anticomunismo resurge no como una doctrina geopolítica de la Guerra Fría, sino como un comodín semántico para deslegitimar a cualquier oposición, hoy, la etiqueta de «comunista» se aplica a gobiernos progresistas, a movimientos indigenistas o simplemente a quienes defienden los derechos humanos. Pero el salto cualitativo está en la criminalización de la protesta bajo la figura del «terrorismo». En países como El Salvador, con el régimen de excepción, o en las narrativas que equiparan a los movimientos sociales con grupos armados, vemos el calco de Gilead: la suspensión de garantías bajo el pretexto de la seguridad.

La señal está ahí cuando un manifestante es juzgado por «terrorismo» por bloquear una carretera, o cuando se militariza la frontera interna para «combatir a los enemigos de la patria». Así como Gilead borró la Constitución de Estados Unidos bajo el pretexto de la «traición» de los políticos corruptos, la derecha latinoamericana actual utiliza el miedo al «caos» para erosionar el estado de derecho, construyendo un orden donde el disenso es un delito de lesa patria.

Si Gilead se sostenía sobre la subyugación biológica de la mujer (seres meramente reproductivos), el auge del movimiento tradwife en la región es su heraldo cultural, este discurso, impulsado por influencers y figuras políticas conservadoras, no es un simple retroceso estético; es una ideología política que aboga por la sumisión femenina como virtud, la maternidad forzosa como destino y la expulsión de la mujer del espacio público. Esta corriente se alimenta directamente de la homofobia y la obsesión por la «ideología de género». En Gilead, la diversidad sexual era erradicada por considerarla una aberración contra la reproducción. Hoy, en países como Brasil, Argentina o México, los discursos de odio contra la comunidad LGTBIQ+ se intensifican al mismo tiempo que se impulsan leyes que penalizan la «promoción de la homosexualidad» en las escuelas, o que equiparan la educación sexual con el adoctrinamiento. La señal está ahí cuando las candidaturas de ultraderecha proponen eliminar los ministerios de la Mujer o derogar leyes de aborto, replicando la lógica de Gilead: la mujer es un recipiente, y el cuerpo es territorio de conquista del Estado y la Iglesia.

El paralelismo más aterrador no está en las medidas individuales, sino en el método, Gilead no llegó con tanques, sino con una lenta manipulación de la narrativa: primero se desacreditaron los medios de comunicación, luego se cooptó el poder judicial y, finalmente, se impuso una lectura literal y fanática de la religión como ley suprema. En América Latina, la señal está en el ataque sistemático a la prensa independiente, en el desprecio por los tratados internacionales de derechos humanos y en la alianza explícita entre el poder político y los liderazgos evangélicos o católicos conservadores. Cuando un presidente en turno califica a los jueces que frenan sus excesos como «activistas» o «enemigos del pueblo», está sentando las bases de un sistema donde la ley es un estorbo y la voluntad del líder es la única verdad. Cuando se insta a las fuerzas armadas a «patrullar las calles» sin control civil, se replica el núcleo duro de Gilead: la confusión entre orden público y represión militar.

La diferencia entre nosotros y los personajes de Gilead es que nosotros tenemos el privilegio de ver la foto completa, podemos leer las señales. La pregunta no es si América Latina se convertirá en una réplica exacta de la república de Atwood, sino si permitiremos que la normalización de estos discursos nos adormezca hasta que, cuando miremos atrás, sea demasiado tarde para decir que no vimos venir el golpe. Porque, como bien lo saben las criadas de Gilead, el horror no se anuncia con sirena, sino con la lenta y burocrática anulación de la libertad bajo el manto de la salvación.

Licenciado en Literatura y Ciencias del Lenguaje impartida en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Maestro en guion por Centro de diseño, cine y televisión. Director y editor de la revista de literatura, arte y pensamiento crítico Jeronimomx. info Su trabajo editorial se centra en la búsqueda de temáticas y proyectos poco explorados por las publicaciones actuales.