*Este texto contiene spoilers.*

Dice Felix Guattari en “The Micro Politics of Fascism” que Adolfo Hitler es algo más que una figura histórica específica: es un deseo, la realización ideal de una “máquina totalitaria” capaz de verificarse una y otra vez; hoy, aquí, ahora, por ejemplo. La máquina totalitaria fascista, dice Guattari, es viril. Al observar esta máquina totalitaria/deseo por largo tiempo me resulta evidente además que se nutre y produce masculinidades asustadas, amenazadas y amenazantes, pero violentas en todo caso. Masculinidades que luego se reúnen alrededor de esta amenaza y actúan, en consecuencia, contra quien la representa.

Este es el caso de la premisa de la serie chilena La Jauría (Amazon, Chile, 2020): por medio de un “juego virtual” un hombre apodado el Lobo (desconocido la mayor parte de la serie) recluta jóvenes enojados con las mujeres o frustrados a causa de sus malas relaciones con ellas o con otros pares que los consideran “débiles”; los reúne en “jaurías” y los involucra en una cacería de “presas” que varía según un catálogo de misoginias que el Lobo pone en juego: mujeres líderes, frágiles, vulnerables, rebeldes… La cacería comienza con seguimientos y acosos sutiles hasta escalar a violencia cruel. Aquí se juntan rugbiers, incels y neonazis por igual bajo la promesa de que el cumplimiento de este juego los convertirá en alfas o demostrará que ya lo son.

Este juego encarna las metáforas que usamos para referirnos a los hombres depredadores: jauría, presas, cacería. Y este aspecto es para mí quizá el más interesante del guion de La jauría. Recupera lo que en otros momentos y textos he dado en llamar el “psicosoma militar” y que de alguna manera extiende por fuera de las fuerzas armadas los alcances de la “masculinidad militarizada”,[i] un concepto de la academia anglosajona dedicada al estudio del género y el ejército. En nuestra serie se busca, mediante esta plataforma y sus pasos, que estos hombres se entrenen como un ejército al servicio de la misoginia de un superior, pero también de la suya propia. Pero ya sin necesidad de la presencia física de su general. Sí, como los “lobos solitarios”, terroristas y supremacistas blancos a quienes se llama así por actuar “en solitario” pero al mismo tiempo formando parte de una estructura de entrenamiento remoto. El objetivo de esta dinámica es hacerlos poner en acto su odio hacia las mujeres, pero a diferencia de los “lobos solitarios”, lo hacen según pasos establecidos que su superior les indica en tiempo y forma.

La cabeza de Medusa

El odio que el Lobo de La jauría sonsaca en sus cachorros pasa por el miedo; un miedo atávico patriarcal y misógino a las mujeres en su potencia de destruirlos. Una lectura añeja que tanto el filólogo Klaus Theweleit como la filósofa Adriana Cavarero han sabido recuperar en la figura de Medusa. Para Adriana Cavarero, esta gorgona constituye un miedo mítico hacia las mujeres. La cabeza sin cuerpo de Medusa se vuelve inmirable, nos dice Cavarero en su libro Horrorismo, y peor: simboliza una violencia que no se atiene a matar solamente, sino que debe destruir, desmembrar.

De vuelta a la serie, los pasos del entrenamiento, como nos enseñara el nazismo, comienzan en la vida y percepción del propio recluta: deben permanecer despiertos noches enteras y mirar porno antes de comenzar a seguir a una mujer/presa, de quien el Lobo les ha advertido deben temer. Es decir, pasan por el control de sus propios cuerpos en un endurecimiento de sí mismos que responde a la amenaza que constituyen las mujeres. Actúan de modo semejante al que el filólogo Klaus Theweleit ‒quien estudió los escritos del grupo paramilitar anticomunista Freikorps producidos en el periodo de entreguerras‒, atribuye a sus protonazis: infundidos por un temor exacerbado hacia las mujeres, en específico a su capacidad de castrarlos. En el caso de La Jauría, el Lobo teme que las mujeres cambien la distribución tradicional de los comportamientos según el género, pero sobre todo que las mujeres arrebaten su poder a los hombres. Es decir, que los castren simbólicamente. La mujer-rifle de Theweleit se convierte en la mujer-feminista de 2019. Este grupo de feministas/medusas amenazan con destruirlos, así que es preciso defenderse al atacar “primero”. Theweleit también nota una necesidad de eliminar “lo femenino” de cada paramilitar, tal como lo hace la “masculinidad militarizada” como cita Milena Abrahamyan de Heather Höpfl. Y tal como pretenden hacerlo el Lobo y sus jurías. Esto tiene por efecto, desde luego, la imposibilidad de romper el binarismo genérico masculino-femenino. Y quizá aquí asiento mi interés en este tema, pocas cosas como en la subjetividad militar (y en los cuerpos armados en sí mismos) se juegan con tanta crudeza el género, las diferencias sexogenéricas y otras complicaciones.

Volvamos a La Jauría. Aunque actúen como presuntos lobos solitarios, el proceso de entrenamiento de estos soldados no es solitario. El Lobo conforma jaurías, grupos de hombres que en adelante actuarán como una célula interdependiente, que se “apoyan” y se “acompañan”, pues si uno de ellos se aísla, las posibilidades de que “flaquee” incrementan.

Traigo a colación a Hitler a causa de Klaus Theweleit y sus lecturas de los Freikorps, pero también porque creo que eso que Guattari ve en el fascismo viene a expresarse en ciertos despliegues de masculinidad bélica representados acaso con mucha obviedad por La Jauría. Pero como esto no es una reseña propiamente, no ahondaré en los cabos sueltos del guion, sino en este acierto. Quizá habría sido más cinematográfico hacer el despliegue de masculinidad militarizada/psicosoma militar menos explícito, pero tiene en su favor que las jaurías están conformadas por hombres de diversas edades, historias de vida y adscripciones sociales (aunque casi todos clase media/alta).

Traigo a colación al nazismo también porque representa, como dije al principio, el clímax de un grupo que se reúne en torno a la violencia, la vuelve su política y actúa en consecuencia.

Tengo, sin embargo, un problema con la idea de manada/Lobo asociada con depredadores sexuales, y esto es culpa de Deleuze y Guattari. Pienso en la manada que se propone en Mil mesetas como una línea de fugaque las víctimas debieran tomar para sí mismas, y no como el dispositivo que usan los victimarios. Celeste y Z, por ejemplo, y esa manadade hackers que darán pelea encarnan para mí una máquina de guerra que puede dar respuesta al Lobo y sus cachorros. Devenir lobas ellas también, pero no al modo de la jauría. No un ejército, como dice Elisa: una manada de lobas.

Como sea, no debe entenderse desde la perspectiva de “los dos demonios”, un pequeño peligro de lectura. Las mujeres no contamos con las herramientas del poder patriarcal y sus instituciones de nuestro lado: esta lucha es dispareja. De allí que la manada de hackers se me presente como más interesante que la tripleta de policías (la policía es una institución patriarcal de dominio ella misma).

Me parce urgente derribar esas estructuras patriarcales-misóginas (la masculinidad como dispositivo de captura del patriarcado, por ejemplo) que crean soldados/depredadores, entender por qué hacen nicho en el binarismo de género y cómo instrumentalizan los estereotipos del mismo es un buen inicio. Entender que los resabios de la dominación masculina (que entendemos como patriarcado) ponen al servicio de hombres depredadores como estos un aparato institucional es otra veta. Y hemos de actuar no solo en lo macro, sino en lo micro, en el corazón y la psique de estos hombres que aún son susceptibles a la invocación del poder destructor de Medusa. Hemos de hacerlo o darle la espalda a ese mundo y comenzar a construir otro.


[i] La investigadora armenia Milena Abrahamyan lo desarrolla ampliamente aquí: http://feminism-boell.org/en/2017/02/08/tough-obedience-how-militarized-masculinity-linked-violence-army?fbclid=IwAR0UyVKsiKCczZ9tuoxygZVtvyCv9wq7wxBUk2tf-cwlIhKjw5k4pAb01ts