Letras

Butes, la experiencia radical frente al viaje de Odiseo

Mucho se ha dicho y escrito ya sobre La Odisea de Nolan. En realidad, no quisiera adentrarme en ese debate, porque lo primero que debemos tener claro es que se trata de una adaptación, lo que permite que el director cuente con toda la libertad creativa para hacer lo que desee con el texto. Si bien especialistas en el mundo griego ya han señalado errores garrafales o sesgos en su mirada, no me compete a mí, como simple lector/espectador, juzgar esos aspectos. Lo que sí quiero agradecerle a Nolan es haber rescatado, sin pretenderlo (me imagino) y quizá solo en mi memoria, la figura de Butes, de quien supe por un texto del escritor francés Pierre Quignard. ¿Cómo lo rescata? En la secuencia de la película en que atraviesan la isla de las sirenas —unas sirenas muy modernas y poco griegas, es decir, muy alejadas a pájaros con cabeza de mujer-, se puede ver en una escena de manera muy rápida a uno de sus tripulantes arrojarse al mar.

Si bien en el canto XII de la Odisea (y en la película), Circe advierte a Ulises sobre el peligro de las sirenas y le propone taparse los oídos con cera; existe otro episodio con los pájaros con cabeza de mujer, quizá menos célebre, ocurrido en la expedición de los Argonautas, un relato de la mitología griega sobre un grupo de héroes que navegaron en el barco llamado Argo para encontrar el Vellocino de Oro, y cuya expedición fue dirigida por Jasón e incluyó a Hércules y Orfeo. Allí, este último, neutraliza el canto de las sirenas con su cítara, un caparazón de tortuga tensado con nueve cuerdas; pero uno de los tripulantes, Butes, quien no puede resistirse, abandona el remo, salta al mar y nada hacia las rocas de las encantadoras sirenas.

Butes es, en la tradición griega, un personaje marginal, nos dice Quignard; sin embargo, su salto encierra una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el canto no se neutraliza ni se soporta, sino que se escucha hasta el fondo? ¿Qué pasa cuando el deseo de conocimiento o belleza no se calcula?

Pascal Quignard, en su libro Butes (Sexto Piso, 2011), rescata el acto de este personaje al que define como: “un olvidado del recuerdo del mundo”, el cual no pretende descifrarlo y, más bien, lo utiliza como paradigma de la renuncia a la sociedad reglamentada. Quignard, en su libro, contrapone tres figuras: Ulises (Odiseo), que se las arregla para no renunciar a nada -escucha el canto y regresa a casa; Orfeo, que neutraliza el peligro con su música ordenada y salvífica; y Butes, el boyero, hijo de Teleonte, que simplemente cede al impulso: abandona los remos, se arroja al mar y nada «con fuerza, hasta tal punto su corazón arde por escuchar» las voces de los pájaros con cabeza de mujer y acceder al gran silencio mediante la música animal, que se opone a la bella mesura de la música órfica. Así, frente a la astucia de Ulises y la razón de Orfeo, Butes encarna una pulsión más primaria: abandonarse al abismo.

Para Quignard, Butes no es un perdedor, sino el héroe que se contrapone del modelo ejemplar que ha fundado nuestra cultura. Es el que se disocia del grupo de remeros para lanzarse hacia «lo radicalmente Otro». Su salto no es un fracaso, sino un acto de afirmación vital. La figura de Butes se convierte así en una metáfora del artista, del músico y/o del amante de la música, pero no de cualquier música, ya que Quignard contrapone la música órfica, que conjura y ordena, a la música de las sirenas, que es puro llamado, puro deseo. Por eso, el autor sostiene que la música occidental se ha vuelto «extraordinariamente instrumental» y ha sacrificado «el baile originario». El gesto de Butes, su salto, es un retorno a ese origen: «¿Qué es la música originaria? El deseo de arrojarse al agua». Es la danza y no solo la escucha; la caída y el ascenso en un acto de entrega total.

Quignard plantea así una dicotomía: elegir entre lo salvaje y el instante o la cómoda muerte a manos de las normas sociales por anquilosamiento. Butes elige el instante. Su salto no es un fracaso —en algunas versiones, Cipris lo rescata y lo lleva a la sensualidad y al amor— sino una entrega. Como escribe Quignard, Butes es movido por el deseo de levantarse de modo irreprimible. No es una víctima; va tras la muerte sabiendo que va a morir. Esa conciencia lo distingue.

En estos tiempos en que el todos queremos ser tan astutos como Ulises, o estar en la  armonía universal y la purificación del alma como Orfeo, el arrojo y el abandonarse a lo otro, quizá lo místico o lo irracional, es castigado; por fortuna, textos como los de Quignard nos recuerdan que la norma no siempre salva, sino que constriñe el alma, Su Butes no es un héroe ni un mártir, es un desobediente que busca. Este texto nos recuerda que hay formas de escuchar y hacer que no buscan la utilidad, que hay gestos y acciones que no persiguen recompensa.

Nolan, en su película, convierte el canto de las sirenas en una reflexión sobre la culpa y el deseo: las sirenas no ofrecen sabiduría, sino que enfrentan a Odiseo con aquello que más anhela y con los horrores que ha cometido. Pero al mostrarnos a un marinero que, como a Butes, se arroja al mar, Nolan para mi me devuelve la mirada a ese personaje que lo abandona todo, que se deja llevar y no calcula; el que salta, y en ese salto, quizás, hay una verdad más antigua que todas las astucias: la de quien prefiere el abismo antes que la cautela; la música, el arte, antes que la norma.

Comunicólogo de formación, especialista en narrativas trasmediales. Apasionado de la cumbia rebajada y el ron. Actualmente trabaja en un guion para largometraje.