Los pies comenzaban a enfriarse.

 

Sentada en la barandilla del balcón, balanceaba los pies hacia adelante y hacia atrás, alternándolos en una actitud de niña pequeña que estaba a punto de cometer una travesura. Y lo estaba. El vestido de novia que traía puesto y el velo blusher que se acomodaba en su cabeza daban un guiño de ese cambio. Estaba a punto de dar el gran paso.

 

En sus piernas descansaba una cajetilla de mentolados y un encendedor; sacó uno de los cigarros, lo puso en su boca y cubriendo el encendedor con ambas manos lo prendió. Dio una calada que exhaló acompañada de un suspiro. Pensó en el hombre que se encontraba en la habitación contigua, ese, el que era el indicado según las estadísticas, las amigas y los padres. Decían que eran tan perfectos juntos, que cuando reencarnaran, en esa otra vida, en la que hasta ella creía, seguramente volverían a encontrarse y a situarse en este mismo punto, en el que ella respiraba un poco sentada en el balcón de su habitación y él se arreglaba acompañado de su familia y amigos, todos en la disposición de celebrar la construcción de una vida en pareja, la construcción de una familia y en futuro, la construcción de un “fruto del amor de ambos”. Sacó otro cigarro, lo encendió.

 

Todos hablaban de la construcción como si no hubiera un precedente, como si ella no tuviera ya construido un mundo antes de que su prometido/futuro esposo llegara. “Hora de construir” decían todos. Lo que no veían es que era hora de reconstruir, de reconstruir o de destruir para volver a comenzar. Su corazón se aceleró. No estaba lista para ese gran paso. Aún tenía sueños jóvenes en la cabeza, ideales que faltaban completar, camas que probar y suspiros en otros balcones. Lo amaba infinitamente, de eso no tenía duda, pero no estaba lista y aunque siempre lo supo, nunca supo cómo salir del apuro, nunca hasta que una de las madrinas colocó en sus manos el velo largo, el que iría arrastrando durante la ceremonia en la iglesia.

 

En ese momento, escuchó los golpes de la puerta de su habitación, los gritos de sus padres de desesperación, su prometido llamándola por ese apodo cariñoso que ella detestaba. Ya se habían percatado de todo, tal vez alguna persona del hotel pudo distinguir a lo lejos, el velo que le rodeaba el cuello y se aferraba a la barandilla en la que ella estaba sentada, fumando.

 

Pensó que tal vez, en la siguiente vida, cuando otra vez se vieran a los ojos y se enamoraran, ella ya estaría lista para todo lo que él deseaba, ya habría oportunidad de reconstruir sin culpas. Cerró los ojos y dio el gran paso.

 

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