Un silencio oloroso que te ve… El espacio vientre de Delcy Morelos*
En el arte es difícil decir algo, que sea mejor que no decir nada
Ludwig Wittgenstein
Este epígrafe inicial resume la manera en que pretendo acercarme al arte de Delcy Morelos desde la filosofía, pues hablaré de mi propia experiencia con su obra El espacio vientre, como una vivencia estética que me condujo a algunas reflexiones filosóficas sobre la relación del arte con nuestra vida y la expresión de esa vivencia en nuestro lenguaje.
Cuando entré por primera vez a esa entraña terrenal, plena de la silenciosa humedad que pulula vida entre sus cavernosos caminos aromáticos, exclamé: “¡Es un silencio oloroso que te ve!” Una expresión en la que se plasmó mi shock estético al reconocer, en esa materia fundante de la vida, una capacidad de dirigirse a mí. Quiero decir con ello que, pretender explicar el sentido de la obra -de cualquier obra de arte- con palabras que sólo hablan de lo que vemos, esto es, literalmente, resulta absurdo; en virtud de que, lo que el arte produce cuando nos con-mueve, nosotros sólo podemos decirlo con palabras carentes de sentido (metafóricas), que son las que nos permiten decir cómo nos interpelan las obras de arte. Ese lenguaje que va más allá de la mera descripción del mundo me permitió establecer una complicidad con esa presencia creada, que representó, para mí, una epifanía: la de percatarme que el silencio de ese vientre era más profundo y contundente que el parloteo vacío que caracteriza a los discursos contemporáneos que piden respeto hacia la naturaleza. Y es que este encuentro entre el silencio y el decir es el que convierte la admiración que nos produce un trabajo estético en un ritual que encausa la formación de una comunidad de almas, al dotarla de un carácter sagrado, distante de la información monologante y de las batallas comunicativas que se apropian de lo que dicen que es la realidad.
Lejos de representar esta limitación del lenguaje una deficiencia del arte, lo que quiere mostrar la paradoja que presenta Wittgenstein, es que el silencio del que habla es un lenguaje que no sirve para decir nada lógicamente, pero que muestra algo profundo e importante, en lo que respecta al sentido del mundo como totalidad y no en cuanto a los hechos que acaecen en un tiempo y un espacio. Una perspectiva que Wittgenstein denomina con el término que toma de Spinoza: sub specie aeterni, como lo establece en el aforismo 6.45 de su famoso Tractatus Logico-Philosophicus, que escribió durante la Primera Guerra Mundial, mientras se encontraba en las trincheras del frente austríaco, y que a la letra dice: “La visión del mundo sub specie aeterni es su contemplación como un todo -limitado. /Sentir el mundo como un todo limitado es lo místico.” [2]

La esfera de lo místico es, entonces, ese lugar que está fuera del espacio-tiempo y es donde habita lo sagrado. Su indecibilidad es fruto de que se trata de una vivencia del mundo que proviene, no sólo de percibirlo, sino de habitarlo; de ahí que poco antes, en el aforismo 6.421, haya establecido que: “Es claro que la ética no se puede expresar. / La ética es trascendental. / (Ética y estética son lo mismo).”
A primera vista, la identificación de ética y estética pareciera referir simplemente a la idea platónica de que lo bello es bueno y en cierto sentido sí, pero lo que le interesa a Wittgenstein es determinar los límites de lo decible lógicamente que, en el Tractatus, refiere a aquello que puede enunciarse en proposiciones lógicas, que son aquellas que tienen un valor de verdad; esto es, en las que es posible validar su verdad o falsedad, a partir de su contrastación empírica con el estado de cosas que describen. Por ejemplo: “La obra El espacio vientre se encuentra expuesta en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo” es una proposición verdadera porque la obra a la que me refiero tiene una denotación -es perceptible-, así como el Museo donde se encuentra. Si se encontrara en otro museo, sería falsa; así como si no hubiera tal obra denominada El espacio vientre. Sin embargo, el enunciado: “El espacio vientre es un silencio oloroso que te ve” no correspondería a ningún estado de cosas que pudiera corroborarse en una contrastación empírica. Esto no implica que esta imposibilidad no sea expresable, aunque no sea decible lógicamente. Podríamos concluir de ahí, que la expresión: “es un silencio oloroso que te ve”, es un sinsentido que muestra una experiencia que no es decible en un lenguaje literal.
El espacio vientre es una escultura monumental que, cuando la miré, me percaté de que me veía, en un diálogo que me recuerda esa creencia medieval de que los enamorados intercambian sus almas a través del río de la mirada. Y sabemos bien que la atención es un acto amoroso, y que reconocer un cambio de aspecto es un regocijo que produce alegría porque nos asombra. Esta capacidad de asombro, que no sólo se experimentaría ante las obras de arte, constituiría la experiencia ética fundamental, como lo señaló Wittgenstein en su famosa Conferencia de ética, impartida en 1929 ante el grupo de Bloomsbury, en la que agregaba que esa experiencia consistía en ver la vida como un milagro:
Me siento inclinado a decir que la expresión lingüística correcta del milagro de la existencia del mundo -a pesar de no ser una proposición en el lenguaje- es la existencia del lenguaje mismo.
Pero entonces, ¿qué significa tener conciencia de este milagro en ciertos momentos y en otros no? Todo lo que he dicho al trasladar la expresión de lo milagroso de una expresión por medio del lenguaje a la expresión por la existencia dellenguaje, todo lo que he dicho con ello es, una vez más, que no podemos expresar lo que queremos expresar y que todo lo que decimos sobre lo absolutamente milagroso sigue careciendo de sentido.[3]

Ética y estética, que son lo mismo, son indecibles, como ya se había planteado en el Tractatus, pero la capacidad de asombro a la que se refiere ahora parece estar más próxima a lo que propone con su concepto de “ver-como”, pues el reconocimiento de un cambio de aspecto se traduce en un gesto de asombro. Por tanto, si antes decíamos que semánticamente el lenguaje de lo indecible es metafórico, ahora podemos afirmar que se expresa como una interjección, esto es, como un gesto de asombro que responde a una situación y no meramente a un proceso de estímulo-reacción. De tal forma que la exclamación: “¡Es un silencio oloroso que te ve!”, es una metáfora que muestra lo indecible, pero estableciendo un diálogo con la obra que expresa así la visión alcanzada: la de verla como un milagro. Esa experiencia estética tiene un sentido comunitario, en cuanto adquiere un valor reverencial que nos reúne en su reconocimiento. El arte que tiene un compromiso con la vida tendría la obligación de conseguir esa condición como praxis.
No tengo ninguna duda de que El espacio vientre invita a una manera de estar juntos, pues en el lugar donde la instalación está expuesta, no sólo es posible un intercambio de ideas, que surge “en el sentido en que percibimos, comentamos y nos movemos en el mismo espacio”, sino también en tanto: “El arte es el lugar de la producción de una sociabilidad específica […]”[4]
El espacio vientre crea una heterotopía porque siendo su materia la tierra, la artista nos propone verla como un vientre femenino que crea vida, para que podamos reconocer un cambio de aspecto en esa apariencia que resulta tan lejana para una persona que habita una urbe como la Ciudad de México, convocándonos a cambiar nuestra relación con la tierra para verla como el terreno de lo común.

Delcy Morelos ha dicho que para crear esta obra se ha inspirado en la pirámide de Cuicuilco porque la ha visto como un vientre que simboliza nuestra unión con la tierra, de manera semejante a un abrazo materno sobre su misterio fecundo que tiene un vínculo con lo divino. De ahí que la manera en que ella se acerca a su material de trabajo sea de profundo respeto, pues elige la tierra del lugar donde se ubicará la instalación que va a crear, buscando una conexión que le permita dialogar con ella y ofrecernos una visión que nos sitúe en un diálogo común, que Delcy Morelos nos pide que se dirija a disolver nuestra distancia como espectadores y fundirnos en su materia como símbolo sagrado de la vida, tal y como ella se aproxima a la tierra, inspirándose en la visión del mundo de las comunidades indígenas de nuestra América.
Si como piensa Bourriaud, el arte que necesitamos es aquel en que el artista se mueve en una ética de lo común que despliega mundos posibles: “que ubica su obra entre el “mírame” y el “mira esto”[5], El espacio vientre es una obra indispensable para nuestra época porque consigue crear un contra-espacio en el que el silencio habla como un silencio que está vivo, porque tiene aroma de petricor y ese barro que se eleva, y te mira desde arriba, nos observa como los volcanes de esta ciudad lo hacen todos los días, formando un vientre que nos acoge y nos congrega en una experiencia visionaria que hace posible que recuperemos el sentimiento de concebirnos como parte de esta tierra que siempre es nuestra tierra y nunca, mi tierra.
Obras consultadas
Bourriaud, Nicolas. Estética relacional, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2013.
Ibarz, Mercè. No pienses, mira. Ante la obra de arte, Anagrama, Barcelona, 2024.
Labastida, Alejandra. Delcy Morelos: The Womb Space, Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), UNAM, México, 2025.
Langer, Susanne. Philosophy in a New Key, Cambridge, Harvard University Press, 1978. Feeling and Form, London, Routledge & Kegan Paul, 1953.
Lenkersdorf, Carlos. La semántica del tojolabal y su cosmovisión, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, México, 2006.
Rancière, Jacques. El espectador emancipado, Manantial, Buenos Aires, 2010.
El tiempo de la igualdad. Diálogos sobre política y estética, Herder, Barcelona, 2011.
Wittgenstein, Ludwig. Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Universidad, México, 1987.
Conferencia sobre ética, Paidós/ICE-UAB, Barcelona, 1989.
Investigaciones filosóficas, Ed. Crítica/UNAM, Barcelona/México, 1988.
* La instalación consiste en una estructura circular en forma de terrazas de tierra que se levanta hasta el techo de la sala donde se encuentra ubicada, en alturas variadas. La tierra elegida por la artista fue del pueblo de Otumba, próximo a las pirámides de Teotihuacán, en el Estado de México; la cual será devuelta a su lugar de origen, con el fin de que pueda ser reutilizada, aunque para otros propósitos que no serán los del cultivo. (Labastida, 13-14) El despacho de arquitectura mexicano, Agencia Social de Paisaje (ASPJ), estuvo a cargo del montaje y de la producción de la obra.
[2] L. Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, p. 197.
[3] L. Wittgenstein, Conferencia de ética, p. 42.
[4] N. Bourriaud, p. 15.
[5] N. Bourriaud, p. 25.


