Si bailas solo, no puedes sanar ―Canzoniere Grecanico Salentino―

En el mundo actual, la enfermedad nos aísla; cuando el cuerpo deriva y fuga, y las lesiones del ánimo lo toman presa, el individuo, con ayuda de su entorno, intenta ocultarlo, negarlo y, en el mejor de los casos, busca remedios rápidos y lo seda. La orden es ser, estar, permanecer sanos, de preferencia por nuestros propios medios, sosteniendo esa ínsula del Yo que es uno y sí mismo.

La región de Puglia, al sur de Italia, conserva en su vida sociocultural y pasado comunitario una historia de salud y vida colectiva muy peculiar que atravesó al norte de España, en particular Aragón. Tal como se recoge en decenas de fuentes ―por ejemplo, Francisco Xavier Cid y su Tarantismo observado en España con el que se prueba el de Pulla, de 1787―, a partir del siglo XV y presumiblemente desde antes, y bien entrado el siglo XVIII, una epidemia atravesó el territorio salentino: el tarantismo.

Según se documentó sobre todo en el siglo XVIII, en esta región, aquellas personas que eran picadas por una tarántula, tarantola en italiano (por la localidad de Taranto, en la península de Salento), presentaban síntomas neurológicos:  turbación de la conciencia, entumecimiento de músculos, dolor generalizado, sudoración, agitación y temblores, acompañados de un tipo de sinestesia en la que algunos colores afectaban al paciente. Dependiendo de la fuente, el cuadro comienza con movimientos irrefrenables, o bien, con extrema debilidad, y los movimientos se suscitan cuando comienza la terapia.

Así, pues, a este padecimiento se lo conoció en España como tarantismo y a la persona afectada como atarantada (la acepción de atarantado/a en el diccionario sigue remitiendo al piquete de la tarántula). Y entonces, por un golpe de intuición, los vecinos de estas comunidades de “la bota” de Italia encontraron una cura: música y baile. A la casa del atarantado llegaban los músicos del pueblo, que tocaban la música tradicional de la zona: pizzica, un ritmo acelerado y repetitivo que acompasaba el movimiento caótico del cuerpo envenenado del enfermo. Además de los músicos, a la vivienda del enfermo se acercaba prácticamente toda la población para acompañar su baile curativo, y se bailaba por horas hasta que la extenuación y el sudor frenaran el episodio. En los registros se habla de epidemia, lo que quiere decir que en algún momento toda la comunidad tuvo que bailar para participar del tratamiento de los atarantados. Casos de tarantismo se siguieron registrando en el siglo XX.

Me interesa poco la etiología de este padecimiento que ha sido estudiado por neurólogos, psiquiatras, antropólogos y coreógrafos. Lo más factible es que, como se ha dicho ya, no se trate de una enfermedad fisiológica, sino de un proceso psicosomático; no quiero insistir en la histeria, por tener este diagnóstico el estandarte en subestimar la vida de las mujeres . Me interesa el pensamiento colectivo que decide que una comunidad que baila puede curar. Me interesa la intuición de un sentir colectivo que se siente implicado en la enfermedad de uno de sus miembros, que sabe que si enferma uno, enfermamos todos. Que intuye que el cuerpo de quien sufre debe moverse arropado por los cuerpos que no han sido envenenados, que entran sin miedo, sin pudor, sin titubeos a ayudar al enfermo a sanar. Que sabe que esos cuerpos no envenenados podrían enfermar un día y allí estará la comunidad para bailar por horas y ayudarlo a sanar.

Como dice la bailarina e investigadora Manuela Adamo, especialista en tarantela y jota como danzas medicinales: “Hoy estás solo, aislado, pero en los pueblos había comunidad: lo que le pasa a uno les pasa a todos. Por eso la comunidad se implicaba en la cura: los músicos, vecinos, familia…” (La Vanguardia, “La tarantela y la jota son danzas medicinales)

Aunque se ha visto que mordeduras de arañas como la viuda negra provocan efectos neurológicos similares a los descritos por autores italianos y españoles (lactrodectismo), en el caso del tarantismo, el veneno de la araña ha sido visto como imaginario, como quizá simbólico, y el tarantismo se ha atribuido a problemas de orden psicosocial; el origen de esta epidemia, una manía de movimiento y de baile podría haber sido propiciado tal vez por condiciones económicas o melancolía, y se extendió por contagio al cuerpo comunitario. El tarantismo es acaso un devenir, una metáfora corporal, una “somatización” de la depresión. La comunidad sureña de Italia fue lo suficientemente sabia e intuitiva para decidir que sólo el abrazo, el baile, el trabajo con el cuerpo, el acuerpamiento de la comunidad con el enfermo podía curar el envenenamiento. Tal vez fue, en efecto, una epidemia de lactrodectismo que la comunidad atendió con lo que encontró a su alcance: música y baile.

no sea que le haia picado la tarantéla, y si fuese asi mui pronto estará bueno, pues Fulgencio Martin Negrillo sabe tocar el son conqe se curan todos… (Expediente de la tarántula, 1782–1787, fol. 1v – 18v, en “La danza de la araña. En torno a los problemas del tarantismo español (1)”, Anna Gruszczynska Ziolkowska).

 

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