“A través de esta relación con la gravedad, la piel deviene un órgano del movimiento…” Marie Bardet

Primero, una recapitulación obligada. Son los primeros años de la década de los setenta del siglo pasado y un sonido domina los centros nocturnos, la televisión, el cine, la calle de las ciudades de Estados Unidos: la música disco. El entretenimiento de los jóvenes y las celebridades estadounidenses gira, literalmente, en torno a este ritmo. Pero para gozar de sus mieles y sudores se necesita algo más que un buen guardarropa: dinero. Allí, en la atmósfera colmada por el diámetro de la esfera de cristales, los barrios marginales vivían una vida alejada del humo del hielo seco; entonces, un jovensísimo DJ de Kingston, Jamaica y migrado a un barrio neoyorquino, South Bronx, atravesado por la pobreza, el crimen, el abandono, decide que el derecho a la fiesta no puede ser privilegio de unos cuantos, que a sudar la pista de baile tenemos derecho todos. Kool Herc toma su tornamesa, su micro, sus bocinas, sus vinilos y organiza fiestas barriales en las que sobre todo se escucha funk.

Sucede algo providencial: a las fiestas de Kool Herc llegan los primeros danzantes del movimiento que no mucho tiempo después se conocerá como hip-hop (dicen las crónicas que este término fue acuñado por Keef Cowboy, MC del crew de otro prócer del HH, Grandmaster Flash and The Furious Five). Kool Herc, mago del arte de proveer fiesta y conducir el gozo, sabe leer cómo responden los cuerpos de estos bailarines: esperan que reviente el beat para tirarse sobre el piso (o sea,que la sección rítmica se escuche en todo su esplendor). El audaz Kool Herc hace sonar un invento suyo, el Merry-Go-Round, la técnica que le permite aislar y extender esos momentos sonoros al usar dos discos del mismo álbum y mover la aguja ―de este modo puede producir la explosión del beat y volver a él cuanto quiera―. El mundo explota. AcontecimientoEureka de la historia sociosónica (concepto este de Wayne Marshall, el etnomusicólogo, no el músico) de la humanidad: Kool Herc inventa el breakbeat. La técnica al servicio de la fiesta. Kool Herc, como un virtuoso del flamenco, sabe leer el cuerpo de sus bailaores y desde su tornamesa les hace palmas. Aquí, se sabe y se ha contado muy bien, nace el hip-hop. DJ y B-boys/B-girls dejan caer la semilla sobre la tierra en la que crecerá el hip-hop.

https://www.youtube.com/watch?v=K3_5Tcc9REU

Antes de que el rap pudiera articular nada, antes de que trajera a los beats letras críticas y de conciencia social, himnos anti policía, cumbres de la sexualización, swag… fueron los breakdancers quienes dotaron al incipiente HH de su corporalidad, de su compleja rítmica corporal. Sin conceptos teóricos, sin panfletos, allí donde la danza se cruza con la filosofía, la espiritualidad y la potencia política, los B-boys y B-girls dotaron de gravedad y peso al hip-hop. No sólo no es menor: es enorme.

Dice la filósofa y bailarina Marie Bardet en su Pensar con mover. Un encuentro entre danza y filosofía, “Todas las partes o casi de la superficie del cuerpo son aptas para entrar en contacto con el suelo, para sentir la cualidad de ese tacto, para ponerse en movimiento, en el sentido de aquello que Trisha Brown llama una «democratización del cuerpo»; es decir, una jerarquización de las partes que trabajan…”. Y este es un saber que acontece en el vientre mismo del hip-hop sin mediación de las palabras, sin necesidad de ellas. Los cuerpos de los breakdancers hacen posicionamientos, reclaman cosas, le dan volumen a un movimiento que encontrará poco a poco las vetas de sus reivindicaciones espirituales, raciales, políticas, de género.

Es Tiosha Bojórquez en Somos Lengua, documental de Kyzza Terrazas sobre el rap en México, quien dice del breakdance “Cuando puedes hacer ese tipo de pasos, estás controlando tu espíritu”, como los derviches cuando giran para alcanzar el trance. Pero un advenimiento del hip-hop invierte los códigos y estos cuerpos giran sobre sus cabezas. Tienen una necesidad obvia por tocar la tierra, por hacer tierra, siempre alguna parte del cuerpo,
distinta de los pies, toca el piso. Una flotación construida a partir de invertir el régimen de los pesos (para seguir en la línea de Marie Bardet), con los pies flotando mientras la cabeza sostiene el mundo. El cuerpo volcado a partes: cabeza, pies, brazos, cuellos, bocas, voz…

El hip-hop nació en y para la fiesta, para el baile, para que los cuerpos precarizados se encontraran en el ocio; allí, sus pioneros echaron mano de la tecnología a su alcance para crear códigos y arte. ¿Eso lo hace menos político? No, desde luego. El saqueo de 1977 a las tiendas de electrónica y audio, cuando Nueva York estuvo en un apagón de veinticuatro horas, que permitió que los crews se equiparan, ¿obnubila su conciencia social? No, todo lo contrario. Ya lo dice Judith Butler: “Sería un error pensar que un reclamo político siempre debe ser articulado en lenguaje; por cierto, las imágenes de los medios hacen reclamos que no son fácilmente traducibles al discurso verbal” (lo dice en Contingencia, hegemonía, universalidad, en su capítulo “Universalidades en competencia”). Y esta es una de sus muchas potencias, el hip-hop no necesita una limpieza con discurso moral, un values washing; insisto, a sudar la pista de baile tenemos derecho todos, a ser banales o comprometidos, también. La potencia política del HH danza su heteronomía, y en esta singularidad, su suciedad, sus esquinas corroídas, su fanfarroneo, su gusto por el dinero, su masculinidad exacerbada, su fiereza o su mainstream, deja caer su peso sobre el mundo en lugar de sostenerlo, por debajo, en el último eslabón de la cadena alimentaria, nunca más literalmente dicho: con la cabeza bien puesta en el piso. La reivindicación primera de un derecho contundente a la existencia.

Una playlist con guiño a Hegel, de quien tomo el concepto “furia del desaparecer”: https://open.spotify.com/playlist/3nP2nTuZL9jKz4IEnYVZt9

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