Tiempo destrozado llega para cerrar la década de los cincuenta como uno de los libros de cuentos de tipo fantástico que comienzan a sorprender en la literatura mexicana, tan dada al aprecio de la narrativa realista. Lo que los estudiosos y críticos literarios solían apreciar era la narrativa en la que se reconociera el referente realista o histórico, es decir, aquella en la que se sintiera un reflejo claro y un esfuerzo escritural comprometido con los sucesos o situaciones nacionales. De esta manera, no obstante que esta década se publican libros de corte fantástico tan importantes como Confabulario y Tapioca Inn. Mansión para fantasmas (1952), Los días enmascarados (1954) y La sangre de Medusa (1958) de José Emilio Pacheco, se les consideró en aquel entonces como un entretenimiento que iba en “detrimento de la responsabilidad ante la sociedad”(Chumacero 9) y que es una “literatura de avestruz”,[1] como se juzga el libro de Fuentes de quien también se dice que tiene “los ojos puestos en la decrépita literatura inglesa”.[2] De esta manera, la expectativa nacionalista y realista prevalecía como entre los estudiosos y críticos, mientras que algunos de los jóvenes escritores ya buscaban otras formas de expresión. Enrique López Aguilar describe:

Después de treinta años de arrogante jicarismo, se pudo apreciar un nuevo estado de ánimo despuntado junto con la producción literaria y filosófica de la década de los cincuenta: el inicio de una profunda reflexión en torno de los componentes estructurales que parecían hacer de México una nación moderna. (…) La novedosa proclama pareció ser la del derecho de la imaginación contra los agotados y desprestigiados límites del realismo social y sus fórmulas de apoyo a la “revolución institucionalizada”.[3] (López Aguilar 28)

Cuando se confía plenamente en que el realismo narrativo consiste en contar tal cual suceden las cosas, se pierde de vista que toda literatura es una forma de representación de la realidad, aunque en algunos géneros narrativos parezca que la imaginación ha prescindido de ella y que sólo se busca un juego imaginativo. Si se analiza en términos de un marco referencial externo e interno para crear la verosimilitud de un texto se puede observar que a veces el marco interno está trazado a partir del externo y en otras, se procesa metafóricamente. Eso que se llama realidad, concepto tan complejo al que aquí se remite desde la preconcepción que se suele tener de él, está en relación directa a la manera de estructurar la lógica de las acciones y los comportamientos en una sociedad y en una época. En la representación (mimesis) que lleva a cabo el escritor en las acciones de sus personajes está más o menos reconocible. Aunque el género fantástico y el de ciencia ficción suelen considerarse como distantes de la realidad, en el momento de interpretar se puede ver su relación con temas, con preocupaciones de la época, como se espera mostrar aquí que pasa en algunos cuentos de Amparo Dávila.

Cuando uno lee sus libros de cuentos salta a la vista que hay una diversidad de formas narrativas y aunque algunas pueden categorizarse en lo fantástico hay otras que van hacia otras formas no tan claramente reconocibles. Desde ahora se puede afirmar que no es suficiente tener a mano algunas características consignadas por teóricos ni tener muy claras las características de los relatos fantásticos canónicos. Hay que acercarse a los cuentos de la zacatecana y ver cómo es su forma narrar.

Empecemos por Tiempo destrozado, su primer libro de cuentos, ya que antes había escrito poesía. Ya en él hay algunas de las características más contundentes y más apreciadas de Dávila. Me interesa revisar cómo los cuentos a veces cumplen con la expectativa del manejo de lo fantástico, qué características tienen y también mostrar cómo ese “universo femenino”[4] que parece sobresalir en sus cuentos apunta a develar un sistema social injusto.

Tomando en cuenta la afirmación de Peter Berger acerca de que hay una construcción social de la realidad y que eso llamado sentido común está construido en el mundo intersubjetivo, (Cfr. Berger/ Luckman) reviso cómo Dávila hace emerger lo extraño o terrible en el mundo normalizado, es decir, desde la comprensión común de cómo son las relaciones entre hombres y mujeres en la vida cotidiana. Así, aparecen personajes que viven situaciones de intranquilidad y/o de angustia en ese mundo tan familiar que parece estar bien. Habrá que ver de dónde se deriva la angustia si las acciones y expectativas de los personajes están ancladas en lo conocido. Dejo para un apartado posterior los cuentos en los que sí se revela algo sobrenatural mediante la creación de un umbral.

Lejos de establecer una sola forma de desarrollar lo fantástico en Dávila, lo que busco es realzar cómo la violencia estructural podía ser presentada en forma de ambigüedad en algunos de sus cuentos destacando lo que pasaba por normal y el lector se da cuenta que no lo es.

Como ya se dijo que se puede considerar que en su narrativa recurre al mundo femenino, qué hay en ese mundo lindo de color de rosa e ilusión, como todos suponen, que pueda ser tratado en una narración fantástica. El discurso con el que se trama la realidad pertenece al que hoy se menciona tanto: el sistema patriarcal que ha definido con gran eficacia mediante los roles de género aquello a lo que aspiran las mujeres y lo que corresponde a los varones. Desde el siglo XXI vemos con mayor precisión cómo se consideró como natural lo que ha sido una construcción social, seguramente porque ahora gracias a que las mujeres tienen acceso a los métodos anticonceptivos se dan cuenta que la maternidad no es lo que define su ser. Y es que ese discurso de que la mujer nace para ser madre fue llevado al ámbito de la moral en el que una mujer honesta sólo conocerá a su marido, tendrá todos los hijos que Dios le mande y procurará que su hogar esté limpio. Y como ningún hombre se casará con mujer fea, descuidada y/o indecente, es juzgada por la sociedad a partir de que alguien se haya casado con ella. De esta manera, es una moral que plantea que la mujer ontológicamente no tiene proyecto per se sino que se trata de ver siempre por los demás. Así considerado, requiere siempre de alguien de quien depender en su propio proyecto. De esto se deriva que la virtud de sufrir, tolerar, callar y sacrificarse.

En ese sistema patriarcal, la mujer es educada para autorrestringirse y autopostergar (Cfr. Butler) sus anhelos y acompañarlos de silencios. Axiológicamente, la acostumbran a creer que lo valioso es casarse y tener hijos. Este es un punto muy importante para entender el sentido de las acciones de los personajes femeninos de Dávila, de sus obsesiones y de sus miedos.

Dicho objetivamente, el sistema patriarcal ha organizado una forma de relaciones de poder asimétricas que socialmente se han traducido en una serie de características, obligaciones y derechos en forma de roles que deben desempeñar diferenciadamente una mujer y un varón. Las psicólogas Roberta de Alecar-Rodrigues y Leonor Cantera señalan que los géneros masculinos y femeninos han sido dispuestos socialmente de manera interdependiente, aceptar “la dimensión relacional del género permite dirigir la mirada a la construcción de las relaciones. (Alencar y Cantera 120)

En su autobiografía escrita en 1965 y publicada con la de otros en Los narradores ante el público, la joven Dávila no habla de compromiso social sino que resalta una temática universal: “Mi meta es siempre el hombre, su incógnita, lo que hay en él de vida, de gozo, de sufrimiento, preocupación y desesperación.” (Dávila Los narradores p. 146) No obstante, dado que ella misma afirma que cree en “la literatura vivencial”, en aquella que “comunica a la obra la clara sensación de lo conocido, de lo ya vivido” se podrá observar la manera en que sus personajes están impulsados por motivaciones provenientes de la forma de concebir los roles de género. El objetivo es proponer una lectura que devela una realidad social generadora de una violencia estructural que concierne a mujeres y varones. Una realidad social heredada desde hace siglos, pero que llega al México urbano moderno.

* Adelanto del libro de Carmen Dolores Carrillo Juárez, Amparo Dávila en su proceso de recepción. México: Eón/ UAQ, 2023, pp. 75-79.


[1] José Luis González escribió en su artículo: “La ‘literatura fantástica’ artepurista de que venimos hablando ha surgido en los momentos en que la intelligenzia burguesa ya no puede darse el lujo de mirar de frente a la realidad, porque la realidad sólo puede revelarse que sus días están contados. No se trata, pues, de una manera ‘distinta’ y ‘superior’ de expresar la realidad; se trata lisa y llanamente de no expresar la realidad. La ‘literatura fantástica de nuestros días es la literatura de avestruz”. “Cuatro cuestiones: literatura realista y literatura fantástica”, “México en la Cultura”, suplemento de Novedades, 28 de agosto de 1955, núm. 336, p. 3.

[2] Toda esta historia de recepción de Los días enmascarados está expuesta pormenorizadamente por Rafael Olea Franco en el apartado “Carlos Fuentes: la significación de lo fantástico” de su libro El reino fantástico de los aparecidos: Roa Bárcena, Fuentes y Pacheco. México: El Colegio de México, 2004.

[3] Enrique López Aguilar, “Carlos Fuentes y la ruptura con una tradición en la década de los cincuenta”, en José Francisco Conde Ortega y Arturo Trejo Villafuerte (coords.), Carlos Fuentes: 40 años de escritor. México: UAM-Azcapotzalco, 1993, p. 28.

[4] Marisol Nava, “Creando el embrujo (el cuento fantástico mexicano de los cincuenta: temas y discurso”, p. 274 consultado en

https://e-archivo.uc3m.es/bitstream/handle/10016/8666/creando_nava_LITERATURA_2008.pdf (15 de mayo de 2021)