La “función” del arte y sus defensores // Notas en mi bitácora de que(no)haceres (octubre)
07/10/2026/
A la orilla de la carretera hacia San Juan Tlacotenco hay un café. El tiempo que llevo habitando esta zona en la ladera del Tepozteco —tan solo unas cuantas semanas— lo he visto vacío. Por eso he venido acá a escribir esto, y porque tiene un balcón de madera con una mesita perfecta para mirarme mentalmente escribiendo, mientras observo la bajada de la montaña: desvarío egocéntrico u obsesión de quien se sueña a sí mismo haciendo algo. Quizá ambas cosas. El camino es transitado por vehículos que bajan y suben de vez en cuando por una ruta sinuosa que, al atravesar por vez primera, dudas de si te llevará a algún lado. La colonia que aquí se ha formado —unas cuantas casas unidas por una veredita repleta de vegetación y perros— se llama Los Ocotes, y es distinta a otras zonas de la región que son más secas y con mayor número de alacranes. Acá, sí, los he encontrado, pero en mucha menor proporción que en Amatlán, por ejemplo, donde viví casi un año. A los de allá —algunos de ellos güeros— tenías, prácticamente, que pedirles permiso para que te dejaran entrar al baño. Acá no; con esa percepción especial que poseen, si te ven —o más bien, si te sienten, porque creo que no alcanzan, propiamente, a verte— se retiran con timidez para dejarte estar en paz. Así que acá estoy. ¿Por qué? No estoy muy seguro: un día surgió la oportunidad, y al siguiente dije: sí, ¿por qué no? A alguien que me lo preguntó hace rato le dije que estaba siguiendo la consigna de Cristian Castro, en realidad robada a los taoístas: no-hacer-nada, que en realidad es el wu wei, algo que no implica holgazanería ni pasividad, sino el no forzamiento de las situaciones.
A pesar de mi personalidad neurótica que reconozco buena para guerrear y que vale para tomar postura, siempre viene bastante bien algo así, tanto como la búsqueda de intersticios para calmarse pofavó. La estulticia, fenómeno radicalmente colectivo, puede sobrellevarse si intentas comprender de dónde viene, para luego buscar un lugar al cual irte para escapar de ella: si habremos de enfrentarnos a un mundo de razones mediocres —las propias, incluidas— eso podrá ser un juego de contradicciones ante el cual conviene, claro, tomar posiciones para sumar fuerzas hacia una cierta dirección. Ninguna neutralidad, entonces. Sin embargo, saber finalmente que todo lo que hagas para combatir la necedad no será suficiente, puede sobrellevarse si se toman respiros. Y para eso es necesario encontrar las grietas, que están por todos lados. Basta percibir la inmensidad en un mapa y decir: aquí se puede estar un rato. Y ahí me encuentro, entonces, admirando el frondoso cielo y presionando los botones de mi tecladito. Sin embargo, en ese no-hacer, no puedo dejar de elaborar algunas cosas a las que les puedo llamar ¿arte?, ¿cultura? Mmmh… en todo caso, avanzo sobre algunos proyectos artísticos… Esos que, en mi caso, siempre han supuesto también un descanso ante la estulticia del nombramiento y la secuencia de sandeces en lo social, de la que yo —insisto— tampoco me puedo excluir…
2
Lao-Tsé en el Tao Te King —ese libro que parece hecho de pura ausencia—, dice:
Treinta radios convergen en el centro / de una rueda, / pero es su vacío / lo que hace útil al carro. / Se moldea la arcilla para hacer la vasija, / pero de su vacío / depende el uso de la vasija. / Se abren puertas y ventanas / en los muros de una casa, / y es el vacío lo que permite habitarla. / En el ser centramos nuestro interés, / pero del no-ser depende la utilidad.
Joya total. Porque basado en ella, creo que el arte sólo puede tener una función: ir a contrapelo de su propia función. Esto no porque pueda eliminarla por entero, sino debido a que pone en evidencia la vulnerabilidad del nombramiento, de los límites de aquello que los términos estabilizan. No hay utilidad positiva que no tenga su contraparte oculta en aquello que no es. Así como la moral extrema siempre tendrá su doble-moral, el arte no existe sin su parte oscura. Y, ¿de qué está compuesto algo que se desee imponer como ser: “el arte es… tal cosa”? De aquella negatividad —de lo que no es—, que suele estar silenciada para que lo sí nombrado se incorpore a lo social. Para decirlo más claramente: arte es, sí, conducta, pero elaborada de mala-conducta. Sin embargo, cuando se habla de él, se dicen muchas cosas que no se parecen ni caben en el mismo lugar. Nombrarle, pues, es ideología, tanto como llevarlo a cabo desde unos u otros preceptos. Esto mismo que digo acá, lo es también. Pero, ¿todo arte es ideología?
Regresemos a los sentidos del Tao: no importa cómo estén colocados los radios de una rueda antes que el vacío en el que serán distribuidos. El vacío no tiene nombre: es ahí donde cabe toda práctica negativa. Las paredes de la vasija soportan el contenido, y no a sí mismas. Ahí puede depositarse vino, orines o veneno. La fuerza o el tipo de líquido vertido está definido por las prácticas y su función, pero si ellas desaparecen, los principios físicos continuarán sosteniendo aquel vacío para que sea útil, según otros órdenes y preceptos. Otras ideologías. Se puede agregar aquí, entonces, que decir: soy artista, también es ideología, pero no necesariamente la fuerza de la que se valen expresiones cuya subjetividad no siempre cabe en la norma y les pertenecen a todxs.
Por supuesto no voy a intentar agotar estas reflexiones, sobre las que hay sendos tratados, en unas pocas páginas redactadas a la orilla de la carretera. Hacia donde deseo acercarme es a algo mucho menos filosófico, pero que determina lo anterior: las pobres defensas del arte —y, por añadidura, de la cultura— que luego se escuchan por ahí y por acá. Consignas del lugar común que nunca se detienen a tomar precauciones mínimas en lo reflexivo, y que dan por sentada su necesidad, a veces ni siquiera asumiendo la multiplicidad de las definiciones, imaginando que la base de lo dicho está asimilada de antemano. Porque si no se hace una pausa y se piensa y se lee, queda la mera politiquería que denota falta de indagación, juegos de sombras, iteraciones de la representación que son lamentables en su positividad más engañosa. No me refiero solo a los tópicos que el mercado pone por delante, que de sí ya tiene francas limitaciones, aunque al menos ahí sea claro que en el proceso de incorporación de los productos para lo social, todo ornato implica ya aquellos significados complejos, en términos de valor y sus contenidos. Lo que me da repelús —¿cringe?—, son las defensas generalizadoras y superficiales con las que, finalmente, termina por justificarse su necesidad. Porque si se piensa que el artista o el productor cultural es un agente sensible y especial que realiza cosas consideradas estéticamente buenas o meramente deseables, promotor de la paz y la justicia positiva, y no el subproducto de toda contradicción en la percepción pública, su parte negativa, estamos fritos por todos los costados. Pablo de Rokha, por ejemplo, dice en uno de sus poemas algo que me parece bueno para cerrar estas notas, antes de que me caiga el chubasco, que ya se ve venir en el cielo:
Hacer arte es hacer lenguaje, amados míos, / lenguaje extraño, trunco, espantoso, deforme, / dinámico, flexible y claro como un río / para aquellos que tienen la luz puesta en sí mismos, / la realidad de un cerro y el talento de un hombre.
Escritor y artista multidisciplinario. Algunos de sus libros publicados son «No tocar. Anotaciones sobre el riesgo posmexicano» (ensayo, Ediciones Periféricas); «Calibán no ha muerto” (ensayo, Colores primarios); «Poetas esclavos, máquinas soberanas» (ensayo, Centro de Cultura Digital); «Tanuki y las ranas» (novela, Librosampleados); «Abandona Silicia» (novela, Amphibia editorial); «Espejo-ojepse» (noveleta experimental, Puntodata); «Periferias y mentiras. Textos sobre arte, banalidad y cultura» (ensayo, Fomento a la Cultura Ecatepac); «Arx poética» (poesía, Editorial Literal); o «Reven» (XX Premio Interamericano de Poesía Navachiste, 2012). Ha compilado los libros “Textos postautónomos: para comer las nuevas ficciones”; “Citas caníbales”; “Anti-Pro canibalia”; “La ternura de Georges Bataille” de Juan García Ponce y “Pensamiento y poesía” de María Zambrano, entre otros. Coordina la editorial Cinocéfalo. Ha presentado obra visual en México, España, Japón, Irlanda y Dinamarca. Actualmente es presidente de la Asociación de Escritores de México. http://cesarcortesvega.com