Recibo un mensaje de Slim, argelino de 18 años. No recuerdo sus palabras exactas, pero me parecieron como las de un infomercial ofreciendo píldoras milagro: “te conviene practicar conmigo, no te arrepentirás”. Me dio muchísima ternura. Después de los saludos de ocasión, vienen los “rompe-hielo”.

―¿De dónde eres?

―De México? y ¿tú?

Yo ya sabía la respuesta. Además de la imagen del usuario en la aplicación, hay un pequeño recuadro en el extremo inferior izquierdo que muestra la bandera de su país de procedencia, o donde viven actualmente (o donde ellos dicen que viven o de dónde proceden, ya que compartir la geolocalización aproximada es opcional). Mi banco de memoria de las banderas del mundo suele ser bastante atinado.

―De Argelia.

―¡Qué bien! Me gustan los países árabes.

―Ah, pero yo no soy árabe. Soy amazigh.

Fue la primera vez que leí esa palabra en mi vida. Me avergonzó mi ignorancia. Slim no tomó a mal mi comentario, sino que aprovechó la oportunidad para darme una breve introducción sobre aquella cultura previa a la llegada de los árabes que ha vivido por siglos en el norte de África. Más adelante me tocó una sopa de mi propio chocolate cuando Slim dijo:

―Me gustan los países españoles.

Touché.

La plática con Slim no fue suficiente para aclarar mis dudas. Por lo tanto, fue necesario acudir al santo señor de las redes (Google) para tener más información sobre esa palabra que desconocía del todo. No es que sea experto en culturas, pero me sorprendió no tener ni siquiera un mínimo de referencia sobre lo que Slim me hablaba. Mi búsqueda arrojó una palabra que ya no me pareció tan desconocida: “La cultura amazigh, también conocida como berebere…”.

Bandera amazigh

Se me iluminó el rostro, aliviado por hallar un vínculo entre el concepto nuevo y uno preexistente en mi base de datos. Sin embargo, entre en un nuevo conflicto, ya que mi referencia de los bereberes no correspondía con la foto de usuario de Slim ni con el contexto en el que nos habíamos encontrado. Slim no vestía túnica ni turbante, no parecía vivir en medio del desierto, manejaba un aparato electrónico con acceso a internet, asistía a la universidad. Sí, lo sé, yo tampoco soy un sombrerudo bebiendo tequila sentado junto a un cactus (touchéx2). Es precisamente por eso que Slim no usó esa palabra (berebere) como término de auto-definición. Amazigh es un vocablo que no trae consigo la carga estereotípica que berebere sí; aún más, berebere es un término conferido por los extranjeros, tal como los griegos llamaban “bárbaros” a quienes no compartían su lengua. Mi curiosidad, por supuesto, no terminó ahí.

Me remití a otra fuente fidedigna (YouTube) en busca de videos sobre la cultura amazigh. Quedé, de nuevo, sorprendido al hallar otro revés a mi visión híperoccidentalizada de aquello que, a partir de aquí, dejaré de llamar berebere. Los amazigh no se componen por grupúsculos marginales de nómadas que vagan por el desierto, sino que son una cultura consolidada por todo el norte de África, especialmente en Túnez, Libia, Argelia y Marruecos (la zona del Magreb). Los amazigh tienen su propio idioma, escritura, bandera y tradiciones. Todavía más, la cultura amazigh ha resistido sucesivos procesos de colonización y dominio por extranjeros que, a pesar de su poderío, no han logrado terminar con las bases de este pueblo originario.

El tema sale a colación con Anas, marroquí radicado en Marrakech, quien me explica todo el asunto con manzanas y naranjas. “La cultura amazigh estaba establecida en la región del Magreb. Luego, llegaron los árabes con el Islam a colonizar la zona. Luego, se instalaron los franceses”. Esto fue revelador para mí; la colonización europea de África en el siglo XIX no era novedad, pero no tenía en cuenta que los árabes también habían hecho uso de su destreza militar para ocupar esos territorios e imponerse sobre las culturas norafricanas. Seres humanos, al fin y al cabo.

Conquista sobre conquista, dominio sobre dominio. ¿Cuál es la consecuencia de esto? De entrada, Anas me cuenta de un juego lingüístico al que los amazigh se enfrentan todos los días: “En casa hablamos amazigh, mientras que en la escuela nos enseñan árabe y francés. Al llegar al lycée (la media superior, la “prepa”) también tenemos que aprender inglés”. Como suele suceder con las historias de dominio, el conquistador llega e impone su lengua y estructura, lo cual puede verse multiplicado por tres en la historia que me cuenta Anas: el conquistador que impone su lengua y religión, suplantado por otro que impone también su lengua y sistema, para luego sufrir otra especie de dominio global que empuja (u obliga) a aprender otro código extranjero.

Lycée Marrakech

En varios países árabes no es raro encontrar bilingüismo o trilingüismo en la vida diaria, aunque los motivos son distintos a los que podemos encontrar en países europeos (como Suiza, por mencionar el caso más evidente). Aquí, la cultura originaria es forzada por otra para cumplir con sus imposiciones. Países como Marruecos y Argelia siguen el sistema educativo francés (con su rarísima escala de 20 puntos que ni los galos mismos entienden); gran parte de la vida diaria gira alrededor de francés y árabe, sin que ninguna de las dos lenguas sea realmente “propia”. Mi sensei MK (quien no es amazigh, pero comparte en Mauritania este contexto multilingüe) me dijo alguna vez: “No me gusta el francés, tampoco el inglés porque tuve que aprenderlos a fuerza. El español lo aprendo porque quiero”.

¿Y México qué? También aquí podemos citar una matrushka de dominios a mayor o menor escala que inciden en nuestra forma de gobierno, nuestra educación y nuestra perspectiva del mundo. Incluso antes de la llegada de los españoles, la lógica de pueblos imponiéndose a otros es uno de los patrones que parece caracterizar al ser humano, no solo al “demonio blanco” (Malcolm X dixit). A pesar de lo terrible que suene, no dejo de pensar al mismo tiempo que tales imposiciones terminan por ser un medio para la generación de culturas más ricas y diversas. ¿Por qué? Porque no obstante los intentos, la cultura preexistente nunca será borrada del todo, en algunos casos como trazas casi invisibles, en otros (como con los amazigh) como una fuerza vigorosa que sigue resistiendo los estereotipos, el desconocimiento y la incomprensión. “La cultura sigue”, le escribo a Anas. “Y seguirá”, me responde, antes de despedirse y desaparecer, como muchos otros de mis interlocutores. Ojalá las redes nos hagan coincidir de nuevo algún día.