Benjamin farmeando aura, imagina a los teen takeovers // Notas en mi bitácora de que(no)haceres (septiembre)
1. Adán camina hacia donde estoy mientras continúa con su delirio. Me clava los ojos, y yo entrecierro los párpados porque desde un instinto primitivo sospecho que sus argumentos tienen la capacidad de encontrar refugio para anidar en la conciencia y hacer que ella, ya de por sí fracturada, vea la resbaladilla del sinsentido y quiera arrojarse por ahí. Pero no me turba del todo, pues se trata de un viejo conocido con quien he “dialogado” ya otras veces. Por eso lo sé: a pesar de que sus conectores son definitivamente abismales, algo de sentido hay en su maquinaria de pensamiento diabólico. El café donde me encuentro tiene ese tono de las confiterías en las esquinas de los barrios de Buenos Aires. Esa, muy probablemente, ha sido su referencia para montarlo acá en la colonia Cuauhtémoc, porque es casi seguro que quien le administra sea de origen argentino. Se nota por el acento que sale de la cocina, pero sobre todo por la deliciosa factura (pan relleno de dulce de leche) que descansa aún sobre mi mesa. Pero Adán, en condiciones de indigencia radical, no ha ido a pedir eso precisamente, sino unas monedas y algo de atención. Por eso suelo pensar que tan pirado no está, pues aquella necesidad sí la comunica a la perfección. Cuando vuelvo a escuchar su perorata, fijo dos posibilidades: es lo único que le vincula al mundo —porque pedir monedas significa, por supuesto, sobrevivencia—, y además que mantiene un compromiso histriónico de algún tipo, quizá para que le den permiso de quedarse por la zona, dado que es identificado como un delirante pacífico. Mirándome con cierta dulzura, que me hace imaginar que me reconoce y sabe que puedo seguir algo de su tren, continúa hablándome: primero de meseras y de cómo algunas le agradan más que otras, para luego pasar al tema de los quiroprácticos, saltando de ahí al asunto de los hilos que tensan las máquinas y la vocación de los alambres (?)… o algo así. Le observo, mientras trato de hallar algo de sentido en lo que dice, y veo que lleva amarrado a una trabilla del pantalón un tubo retorcido que emplea como palanca para acompasar su cadencia. Es como si estuviera manejando un autobús con la forma de su cuerpo, como un baile… y ahí es que recuerdo: lxs chicxs haciendo uso de sus voluntades en las plazas de distintos países, representando el teatro de la seducción y, a la par, revalorizando el espacio común con acompasamiento y reinvención del estilo… regreso a Adán y pienso en las patologías como construcciones realizadas en el exceso de nombramiento, y me encamino a una redefinición y… funciona muy bien, trascendiendo las exigencias conservadoras, de categorizaciones neuronales precisas y conductuales, pensando poéticamente más allá de eso para decir que lo realizado por Adán es “farmeo de aura” radical.

2.- Ahora ya no estoy ahí. Tuve que irme y posponer un poco la escritura de este breve texto. Ahora me encuentro en Tepoztlán, metido en un café-panadería muy cercano a la plaza central, y en el que hace años —a finales de la pandemia—, pasaba mis días escribiendo, organizando cosas del posgrado en el que trabajaba en línea, y pensando en qué haría luego de que toda aquella pesadilla acabara. Porque, luego de lo peor, ya en esa época las cosas comenzaron a pintar bien: de Amatlán al café, y del café a Amatlán, con una que otra escala en el mercado para comer alguno de los manjares que ahí preparan. Luego de ello, básicamente lo que hice fue renunciar a todo para regresar a la ciudad, pero no quedándome encarcelado en una oficina infame, sino con el fin de comenzar a recorrer libremente las calles, que ya extrañaba. Y, claro, la vorágine volvió a atraparme, aunque yo no imaginaba que pudiera ser distinto: después del encierro, francamente lo deseaba. Pero todo es cíclico, y ahora estoy de nuevo acá, no con la intención de renunciar a nada, pero sí recuperando montaña y aire de los espíritus del bosque. Recuperando… ¿aura?
Irremediablemente para el tema he consultado a Walter Benjamin, quien responde a su propia pregunta en su clásico “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”: “¿Qué es el aura propiamente hablando? Una trama particular de espacio y tiempo: la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que ésta pueda hallarse.” Benjamin, siempre Benjamin, con precisión, alucinadamente bello. Y acá otra vez el tema del “farmeo”… y, aunque desconfío de todo fenómeno mediático que se esparza por vías de transmisión —en este sentido, prolongando al mismo Benjamin, no sólo a través de la reproducción impresa, sino luego de la radio, la TV y, por supuesto, las de redes actuales, que hacen ya parte del tecnofeudalismo presentido muchos años atrás —Orwell, et.al.—, ahora materializado en el “presente”—, al ver algunas entrevistas con los “farmeadores de aura”, percibo maravilla en sus gestos e intenciones. A pesar de las robot wars y de las IAs que comienzan a organizarse para tomar el lugar de una clase policiaca superior detrás de la cual habrá (hay), por supuesto, ciertos humanos—, a pesar de ello, digo, los gestos, los movimientos, la simplicidad convertida en ornato de la forma ritual indican el lugar al cual ir a corroborar la preexistencia de la belleza. Si, en efecto, el zombie de celular va y experimenta el mundo y “farmea su propia aura”, más allá de los sistemas que pretenden regular su conducta, ahí, en ese enclave será posible que halle una recuperación de sí mismo, en ese “farmeo” —palabra que viene de los videojuegos para describir el trabajo que hace alguien para recabar componentes y recursos—. ¿Que semejante cosa estará en peligro de desvanecimiento, de comercialización, de escamoteo? Claro. ¿Que es pasajera? Cosas así siempre lo han sido, por lo cual tales potencias suelen cambiar de nombre, de lugar, de sentido. Las Zonas Temporalmente Autónomas son eso, y su naturaleza será la ausencia luego de aquella cercanía, como lo señala su propia denominación. La llave de esa “trama particular” es una mirada irrepetible, piedra angular de la existencia con la que, por el contrario la desacralización del símbolo convertido en fetiche hacia el intercambio en su degradación, la fuerza de origen se eleva para convertirse en presente perpetuo… por unas horas. Y deliro quizá ya, imaginando un ejército evolucionado de “farmeadores de aura”, cobijados por la comprensión, de naturaleza “invencible” debido a que no se aspiraría en él a la materia sino como conducto para la superación de un estadio significante del mundo. Aquello no me resulta tan improbable, pues en realidad para eso sólo se requeriría atravesar un mínimo de éxtasis rebelde, puerta que puede comenzar siendo llamada “baile”, “fiesta”, “presente” o “gasto improductivo”, para luego extraer de ahí su sentido de perpetuidad relativa. Eso puede, también, ser llamado “aura”. Y eso que es “distintivo de una percepción cuya sensibilidad para lo homogéneo en el mundo ha crecido tanto […] que, a través de la reproducción, sobrepasa también lo irrepetible” [Benjamin], y que es el sustento de la “nueva Roma”, podría desactivarse. Porque tales imperios se sostienen solamente en el control de nuestros sentidos. Pero, nada que un buen baile alucinado no pueda sacudirse, si a la vez se comprende su lógica elevada. Como el de la Eva o el Adán que han retorcido sus cuerpos antes de engullir la manzana del conocimiento. Entonces, ¿estaremos ante un nuevo tipo de rebelión juvenil? Ojalá. Por lo pronto ¿han visto lo que son los teen takeovers? Chéquelo, quizá les interese.



