El agujero negro: Proyecto Panamá, absorber, procesar y desaparecer
En 1967, El físico John Wheeler (1911-2008) usó por primera vez el término moderno: «agujero negro» en una conferencia pública, esta definición de la física moderna nos enseña que un agujero negro es una región del espacio-tiempo con una gravedad tan intensa que nada, ni siquiera la luz, puede escapar de ella. Todo lo que atraviesa su horizonte de sucesos desaparece para siempre, y la información sobre lo que cayó en él se pierde, disuelta en una singularidad donde las leyes conocidas dejan de aplicarse.
El «Proyecto Panamá» de Anthropic, una empresa estadounidense de investigación y desarrollo de inteligencia artificial, fundada en 2021 por ex investigadores de OpenAI (Dario y Daniela Amodei) y creadora de Claude, comenzó a principios de 2024 su operación más siniestra y ambiciosa: la compra masiva, el escaneo destructivo y la posterior destrucción de entre 500.000 y 2 millones de libros físicos para entrenar al chatbot Claude, ya que no querían que ésta imitara la jerga de internet; así, este proyecto se convirtió en un agujero negro del conocimiento.
Según la física, los agujeros negros están compuestos de tres partes: el horizonte de sucesos, que es la parte limítrofe; la singularidad, el punto central donde se concentra toda la masa y la materia se comprime al máximo, y por último, el disco de acreción: el remolino de gas y polvo brillante que gira velozmente alrededor del agujero antes de ser tragado. En el caso del proyecto Panamá, su horizonte de sucesos es el lomo del libro que se corta, una vez traspasado, el objeto físico deja de existir para el mundo, su contenido, siglos de conocimiento, narrativa y pensamiento, es “succionado” hacia el interior de la máquina, convertido en datos, en matriz digital. Siguiendo con la metáfora, la singularidad es el modelo Claude: un punto de densidad informática extrema donde todo ese conocimiento se comprime, se funde y se vuelve inaccesible para el resto de la humanidad, por último, tendríamos que el disco de acreción sería todo el material reciclado de miles de libros.

La analogía se profundiza en la famosa paradoja de la información de los agujeros negros: ¿qué ocurre con la información que cae en ellos? ¿Se destruye realmente, o queda de alguna manera codificada? El Proyecto Panamá ofrece su propia versión de esta paradoja. Los libros destruidos no desaparecen del todo: su información sobrevive en los pesos y sesgos de Claude, pero esa supervivencia es una forma de muerte digital ya que el conocimiento ya no es accesible como libro, como objeto de lectura lineal, como obra con autor, contexto y materialidad, este ya ha sido absorbido por un sistema que lo ha licuado, despojándolo de su forma para convertirlo en puro combustible de conocimiento.
El «Proyecto Panamá» de Anthropic no es un simple escándalo empresarial, es la manifestación de una paradoja que define nuestro tiempo: la inteligencia artificial, para volverse más humana, destruye los vestigios físicos de la humanidad. En un contexto donde los modelos de iA se contaminan con contenido generado por ellas mismas, los libros impresos anteriores a la era de los LLM (por sus siglas en inglés, Large Language Model, o modelo de lenguaje grande) representan un tesoro de lenguaje humano puro, no adulterado, pero el método elegido para obtener ese tesoro fue la aniquilación del objeto que lo contenía. Si bien Borges, en su conferencia sobre el libro, decía que el libro iba más allá del objeto y que era una extensión de la imaginación, ésta está siendo absorbida por los mecanismos de inteligencia artificial.
las dimensiones de este proyecto nos llevan a pensar en varias cuestionaste sobre el entrenamiento, uso y manejo de las IA, por ejemplo, una es ver como la memoria es devorada sin distinción: libreros de toda Europa, Australia y Nueva Zelanda han denunciado pedidos masivos y patrones de compra extraños; se han adquirido no solo bestsellers, sino libros raros, antiguos y descatalogados que quizá no existan en otro ejemplar, muchos de ellos son los últimos ejemplares únicos del mundo, y ahora han desaparecido para siempre. El agujero negro de la IA no distingue entre lo común y lo irreemplazable; devora todo por igual, haciendo imposible saber qué se ha perdido realmente.

Otra dimensión que hay que mencionar es la impunidad legal como coste operativo, Anthropic acordó pagar 1.500 millones de dólares para resolver una demanda de autores. Para una empresa valorada en 183.000 millones, esta multa es un mero coste operativo, es solo el peaje que se paga por infringir las normas. Además, un juez dictaminó que Anthropic tenía derecho a usar los libros porque los procesa, y la doctrina de primera venta permite al comprador de un libro físico destruirlo. El mensaje es preocupante: las grandes tecnológicas pueden destruir patrimonio cultural y vulnerar derechos siempre que tengan suficiente capital para pagar el precio. La ley, ante el agujero negro corporativo, no ofrece una barrera efectiva, sino un simple trámite burocrático; pero, quizá la dimensión más grande es el secuestro del conocimiento, el corpus digital creado por Anthropic es privado e inaccesible al público, la empresa creó una biblioteca digital de escala mundial que pertenece exclusivamente a una corporación, lo cual nos deja ver que no es democratización del conocimiento, si no un secuestro en el que el saber humano, destilado de millones de libros aniquilados, queda prisionero de un modelo de negocio, sirviendo únicamente para aumentar el valor bursátil de la empresa y la eficacia de su producto. Esto nos devela la hipocresía ética de la marca, ya que Anthropic se ha presentado sistemáticamente como la empresa de IA «responsable» y «segura», la alternativa ética a OpenAI; sin embargo, los documentos revelan que, antes del Proyecto Panamá, la empresa ya había pirateado millones de libros de bibliotecas fantasma como LibGen; el cofundador, Ben Mann pasó 11 días descargando ficción y no ficción de estas fuentes. Esta doble moral, predicar la ética mientras se piratean obras y se destruyen físicamente los originales, es el verdadero horizonte de sucesos de su credibilidad: un discurso que absorbe y anula cualquier crítica, protegiendo a la compañía de la responsabilidad pública.

El problema que plantea el Proyecto Panamá no solo reside en la cantidad de libros destruidos, sino en la transformación de nuestra relación con el conocimiento. Durante siglos, las bibliotecas, los archivos y los libros han funcionado como espacios de preservación, circulación y acceso colectivo a la memoria; ahora, la IA introduce una lógica distinta: absorber, procesar y concentrar grandes cantidades de información en sistemas privados cuyo funcionamiento y contenido resultan, en buena medida, inaccesibles. Asi, mientras la IA promete ampliar las posibilidades de acceso al conocimiento, algunos de sus mecanismos de desarrollo pueden producir exactamente lo contrario, al convertir una memoria cultural compartida en un recurso concentrado bajo el control de unas cuantas empresas. Es cierto que el conocimiento no desaparece, pero cambia de naturaleza: deja de ser un patrimonio que todos podemos consultar, cuestionar y conservar para convertirse en una materia prima que alimenta sistemas cuyo valor económico pertenece a otros.
Si un libro puede ser destruido para alimentar una inteligencia artificial, entonces debemos preguntar: ¿qué otras formas de patrimonio estamos dispuestos a entregar a cambio de eficiencia tecnológica?, quizá el agujero negro no sea Claude ni ninguna otra IA, sino una cultura que acepta que la memoria puede ser absorbida siempre que después regrese convertida en producto.


