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Rock y letras // El monstruo de 88 teclas

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Una banda de rock en estos tiempos se entiende como un conjunto de músicos que incluye una o dos guitarras (rítmica y principal), bajo, batería y voz, ¿cierto? Quienes afirman lo anterior seguramente citan como ejemplo a Metallica, U2, KISS, Led Zeppelin, The Who y un largo etcétera. Sin embargo, esta afirmación es imprecisa: grupos como Roxy Music, Florence + the Machine o Arcade Fire tienen (o tuvieron) instrumentistas a cargo de arpas, saxofones, xilófonos. Eso por no mencionar los experimentos sonoros del rock progresivo que a veces pecan de exotismo exagerado con la presencia de mandolinas, flautas, oboes y más; en los ochenta el sintetizador era prácticamente indispensable, y en los noventa el llamado Nü Metal integraba a un DJ como pieza esencial para el sonido de la época.

Aunado a lo anterior, debemos remontarnos a los orígenes del rock ‘n roll para recordar que, en sus inicios, podíamos encontrar al “rockero” Bill Haley al frente de una Big Band con metales y todo. Esta tradición la rescataron Chicago y Blood, Sweat and Tears —solo por mencionar un par— en años posteriores.

De entre la amplia variedad de instrumentos que ha tomado parte en las piezas de rock el que me parece más injustamente relegado es el piano. Este monstruo de 88 teclas suele asociarse con compositores como Beethoven, Chopin o Debussy; tal vez por eso en la actualidad se olvide que el piano en el rock ‘n roll temprano era ruidoso y dominante. ¿Ejemplos? Ahí estaba Little Richard desde mediados de los cincuenta haciendo rugir al monstruo con “Lucille” o “Tutti Frutti”. Además de él, Jerry Lee Lewis hacía arder al instrumento con “Great Balls of Fire”.

Explorando el asunto a detalle, el piano no ha dejado de estar presente, aunque más o menos desde los setenta la guitarra le haya robado el foco. Sin el piano no tendríamos el dramatismo de “Life on Mars” de David Bowie, la bohemia de “Piano Man” de Billy Joel y, por supuesto, esa mini-ópera caprichosa llamada “Bohemian Rhapsody”. Son precisamente Freddie Mercury y el gran Elton John a quienes podría considerarse como los embajadores del piano en el rock de los 70 y 80, recordándonos que las cuerdas pulsadas también pueden ser vivaces, intensas, furiosas.

Quizás nunca como en los noventa se consolidó la idea de la banda de rock producto de un garage donde adolescentes aburridos imaginaban la gloria con mínimos recursos a la mano. En este ideal, el piano era un instrumento impráctico y caro. De ahí que apareció mucho menos en el grunge o en el happy punk que topaban las listas de popularidad. A pesar de lo anterior, el piano no se fue, aun si muchos cuestionan que algunos músicos presentes a partir de esta década puedan ser mencionados como parte del género. Me referiré brevemente a la obra de 3 de ellos.

En 1992 fue lanzado Little Earthquakes, primer álbum de estudio de Tori Amos, cantautora y pianista con un curioso pasado como vocalista de una fallida banda de hair metal ochentero. Sólo el contenido lírico del álbum requeriría una columna aparte; por ahora, me interesa resaltar cómo Little Earthquakes es un pequeño catálogo de las posibilidades sonoras que ofrece el piano: va desde temas muy jazzy como “Happy Phantom” o “Leather” a baladas al estilo “Tear in Your Hand”, Amos inició un proceso de exploración que solo se intensificaría en sus opus posteriores.

¿Es rockera la señora Amos? Para mí no hay la menor duda. Su modo de navegar los géneros es un rasgo de rebeldía típico del rock, el cual rehúsa ceñirse a hacerse de una sola manera (pienso en The Clash al escribir esto). Por otro lado, la misma Tori ha referido buscar en varias de sus canciones la intensidad de los solos de guitarra estilo Led Zeppelin; escuchemos, por ejemplo, “Cornflake Girl” con esto en mente y muy seguramente notaremos que hay mucho de verdad en estas palabras.

Por otro lado, el rock no fue exiliado del todo de las bandas del indie estadounidense. Si bien mencionamos arriba lo impráctico del monstruo de 88 teclas, es un hecho también que en varias casas suburbanas existía algún piano y algún infante que había pasado las horas de la tarde haciendo sonar el instrumento. Ese fue el caso de Ben Folds, cuya larga carrera empezó a despuntar como frontman del trío Ben Folds Five. En esa época, el buen Ben aporreaba el piano con temas delirantes como “One Angry Dwarf (and 200 Solemn Faces)” y “Song for the Dumped” (una favorita personal). En cierta forma, Folds nos ofrece una versión renovada de Little Richard y Jerry Lee Lewis con su ataque particular del instrumento.

Otra figura más para cerrar este recuento. Apenas pasando la mitad de los 90, un disco tomó por sorpresa a la industria, críticos y melómanos: Tidal de Fiona Apple. Una joven que aún no cumplía los 20 años presentó en esta obra una decena de temas que, además de una lírica distante de los estereotipos pop, invitaba atmósferas densas en cada tecla pulsada. La carrera discográfica de Apple ha sido escasa (apenas 5 álbumes de estudio en 30 años). Sin embargo, cada nueva colección de canciones parece un salto al vacío en cuanto a sonoridades, temáticas y estructuras musicales. Apple se muestra sensual en “The First Taste”, iracunda en “Get Him Back”, disonante en “O’ Sailor” y poco complaiente en “I Want You to Love Me”. El piano acompaña a Fiona en su evolución como artista, mostrándonos de nuevo las posibilidades del monstruo de 88 teclas para llevarnos al límite, a rockear sin plena certeza de si esto se sigue llamando así.

Gracias a su versatilidad, el piano nos pone en esa disyuntiva de lo que puede o debe llamarse rock. La otra pregunta es si realmente importa catalogar a la música dentro de algún género. Para efectos de esta columna, si importa un poco, pero en realidad la música simplemente se disfruta, nada más. El piano, por su parte, sigue haciendo de las suyas en la música popular actual, se llame como se llame. Sirva este texto como homenaje al monstruo, cuyas fauces me han engullido más de una vez.

Licenciado en Literatura y Ciencias del Lenguaje por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Cursó la Maestría en Letras Modernas (Inglesas) en la UNAM. Se ha desempeñado profesionalmente como maestro de inglés, literatura y música desde hace varios años, además de haber trabajado como colaborador, editor y corrector de estilo en Registromx. Aspirante a escritor y compositor.