La defensa de la culturita // Notas en mi bitácora de que(no)haceres / junio
Voy a modificar un poco la estrategia de estas entregas porque, aunque mi costal mensual siempre va repleto de temas vinculados a los acontecimientos de los que quiero hablar —lo cual ha sido el centro de esta bitácora malandrina—, también me está pasando lo mismo con las diligencias y prontitudes cotidianas (así nos tiene la velocidad de nuestra nomofobia[1] de lo instantáneo: resolviéndolo todo por Whatsapp, enfilando los mensajes para contestarlos uno a uno, mandando audios mientras evadimos con los tecnológicos nuevos dispositivos tecnocráticos. ¿Cuántos textitos redactamos en una jornada para darle cauce a esos pendientes, que al día siguiente caerán en el olvido? No los quiero contar).
Lo primero que deseo hacer, entonces, es decir dónde estoy escribiendo lo dicho: y ahora me encuentro en un cafecito ubicado en el cruce de Cuauhtémoc y Chapultepec en la CDMX, dándole a esta especie de diario delirante. El otro día la estimada Isaura Leonardo, que junto a Edgar Rivas edita de esta revista, me agradecía por la constancia en mis entregas mes a mes. Y mi respuesta fue que casi no reparo al hacerlo, porque se trata de un ejercicio para carearme con mi propio pensamiento que, si no hace uso tales cauces, estallaría como en el conocido emoji. Luego, concibo estos textos a la manera de una red que captura al menos algunas de las ideas que revolotean, jodiendo como lo hace la mosca detrás de la oreja —Redonditos dixit—. Pero, en tal acumulación de imágenes, me tardo más al unir los fragmentos, para terminar “tirando para todos lados”. Así que por eso el cambio consistirá en: 1) escribir esta sección de una sola sentada; 2) en máximo dos cuartillas y media y 3) sobre un solo tema. Aunque, otro objetivo se esconde detrás de ello: que los pocos que me leen, puedan llegar al final del escrito sin abandonarlo antes (jaja).

La cábala que me mueve para este mes, entonces, es el de la cultura y sus “defensores”. Porque, por razones que no podría explicar fácilmente, estoy ahora involucrado con varios grupos que se dedican, de una u otra manera, a algo similar. Unas asambleas, otros consejos o asociaciones, congregados alrededor de lo que imaginan tener claro: la idea de “cultura”. Luego, el casi delirio que implica que eso que se piensa sobre ella es muy similar a lo que el vecino concibe; un acuerdo tácito nunca puesto en juego. Por supuesto, es difícil no aceptar la idea de que “cultura” se refiere a toda manifestación. Lo que aparenta objetividad para un hacer práctico —reparar algo o, incluso, alimentarse—, se concibe como necesario. Y lo será, claro, pero no sin una noción antecedente sobre lo que significa aquella urgencia. Porque todo cuanto se produce, aunque implique una técnica muy definida, posee una dimensión cultural que nos convence de sus propias condiciones. El mundo se hace de esas certidumbres. Es decir: nuestra idea de que algo debe hacerse de una manera es cultural, y nunca absolutamente objetiva. Pero, entonces, si todo puede leerse desde ahí, eso no requeriría ser defendido, puesto que sucedería sin que nadie pudiera determinarlo del todo. De hecho, es así como ocurre, más allá de toda planeación. Entonces lo que en realidad sí se defiende cuando se iza la bandera de la cultura, es algo que se imagina trascendente o importante, según un consenso que tiene que ver con el poder y sus manifestaciones.
El punto, entonces, es ese: ¿qué se hace cuando se dice que se protege la “cultura”? Encuentros e intercambios, largas jornadas para discurrir sobre condiciones materiales que difícilmente pueden delimitar puntualmente lo defendido. ¿Y las ideas? Nadie habla mucho de ellas, ¡como si no se precisaran! Y eso ocurre porque no se está salvaguardando un derecho general a la expresión, sino ciertas condiciones discursivas de ello: la posibilidad de manifestar unas nociones sobre las otras. ¿De todos? No, no siempre. Por mucho que se trate de hacer llegar ciertas cosas a sectores prescritos, eso estará marcado por el poder —cultural— en turno. Y es ahí donde se trata de omitir la discusión o, sencillamente, censurarse —como me ha pasado cuando intento plantear semejante temas—, porque entrarle desde ahí, desarticula el discurso hegemónico incorporado —inoculado, diría Foucault—. Es fácil navegar con una idea diminuta de lo que la cultura es y requiere cuando se hace pasar la parte —eso que una persona piensa sobre su deber ser— por el todo —lo que, se supone, los otros necesitan o, incluso, lo que quiere imponérseles sin mucha discusión—. Pero, no se trata de no ser influenciados por ideas distintas. La cuestión es si los mecanismos para conseguir hegemonía así, operan consciente o inconscientemente. En sus Cuadernos de la cárcel, Antonio Gramsci apunta:
La guerra de posiciones, en política, es el concepto de hegemonía, que sólo puede nacer después del advenimiento de ciertas premisas, a saber las grandes organizaciones populares de tipo moderno, que representan como las ‘trincheras’ y las fortificaciones permanentes de la guerra de posiciones. (Cuaderno 13, Tomo III, pp. 243-244)

Esta “guerra de posiciones” determina el “campo” para la batalla cultural. Existen marcos interpretativos que regulan los gustos de una cantidad de personas en una época. Y eso se ha construido primero de manera orgánica, pero a la vez desde una ingeniería para la manipulación de las subjetividades que tiene el fin de infundir ciertos códigos, formas de pensamiento y acción. Eso, por ejemplo, ocurre en el mercado regido por el espectáculo. Entonces, defender la “cultura”, así en abstracto, es no defender nada. O, en todo caso, el intento de preservación de una “culturita”: eso que aquel o yo mismo pensamos que todos deben consumir, sin pasarlo por el tamiz de la crítica. Y ahí una última: cuando, por ejemplo, escucho algunos argumentos vertidos en muchos de estos grupos a los que me he integrado, me quedo pasmado y pienso que hay que seguir y seguir y seguir discutiendo cosas como estas…
[1] Del inglés no-mobile-phone phobia, es el miedo o la ansiedad irracional que experimenta una persona al no poder usar o no tener consigo su teléfono móvil.


