De la ideología al pensamiento

Vivir en los contextos actuales implica asumir una serie de reglas, pero sobre todo una serie de motivaciones ideológicas; unas que corresponden a la modernidad, sus tendencias, sus modas, con sus pequeños defectitos, sus premios y bondades, sus sueños y toda su personalidad.

Al paso de las décadas, el particular pensamiento social que se despliega en contexto de oficinas se lleva a cabo como ejercicio cotidiano, y se ha ido modificando de tal manera que está adquiriendo formas específicas del mundo moderno, como el valor por lo material, el consumo, la lógica de vivir rápido y con poco arraigo a tradiciones, conviviendo al mismo tiempo con intereses de capitales trasnacionales principalmente, e inmerso en un entramado complejo de elementos económicos, sociales y culturales.

El Godínez de hoy se ubica completamente en las antípodas del de antaño. En los años setenta y ochenta se laboraba en oficinas de gobierno, manteniendo de esta forma una postura cómoda y segura; el Godínez de entonces encarnaba la figura que debía ser superada para nunca llegar a serla: el mediocre. Por aquellas épocas, en los Estados Unidos para pertenecer  a esta clase media, con su objetos, su calidad de vida y todos esas lindas promesas que le juró el american dream a aquel segmento social, había que sufrir una suerte de mutilación, como, por ejemplo, los veteranos de guerra que volvían a su país como orgullosos héroes y próceres que lucharon por su patria, con marcas de ausencias y presencias tanto corporales, como simbólicas, pero que daban cuenta de la batalla, mutilaciones por las cuales debían ser compensados.

Ser parte del ejército burócrata mexicano representaba también esa seguridad de tener un empleo, un salario y una pensión de retiro, es decir, se tenía garantizada la existencia; no había que preocuparse por crisis económicas, despidos masivos o carencias. Pero también, al igual que los veteranos de guerra de otros países, se estaba bajo la lógica cotidiana del sacrificio, de estar como inválido, dadas las condiciones de dónde y cómo se vive, la manera en que se transporta y alimenta, la ausencia de poder de decisión y opinión que hace sentir que también están mutilados, en la dignidad sobre todo.

En cambio, este oficinista moderno tiene interiorizada la idea de ser un líder en potencia y busca salir de ese hombre común enquistado por la mediocridad de sus actitudes[1]. Éste es justamente el rompimiento entre ese oficinista de antaño y el de ahora, el nuevo personaje que aparece huye a toda costa de la caricatura mediocre que representaba el Godínez de antaño, más cercano al burócrata; empleado del gobierno que trabaja poco, sin aspiraciones y que vive en la aparente comodidad que brinda ser parte de la clase media mexicana.

Bajo esta lógica de pensamiento, toda persona es un líder en potencia, lo único que tiene que hacer es tener muy presente es evitar contra todo ser una persona mediocre, que no tiene claro el camino, el cual se fija claramente en el individuo y su respectiva superación personal. En esta narcisista cultura del progreso, las aspiraciones —en su mayoría materiales, como constancia fehaciente de su ascenso social—, como regla universal y aplastante, son el motor que impulsan al pensamiento de la excelencia, de un deseo por ser lo máximo y nunca llegar a ser ese personaje inferior, el que su mediocridad lo ha hecho fracasar[2].

El trabajador moderno, es decir, el Godínez de hoy, ha sido entrenado en las artes de la superación, la competencia y la calificación de objetivos alcanzados, todo ello planteado como un camino inequívoco para llegar a su máxima meta en la vida: el éxito. Mediante diversas instituciones que van de la escuela y la casa hasta el trabajo, desde corta edad se va inculcando ese espíritu que inyecta la sed por ser alguien en la vida, por salir adelante, por superarse y nunca caer en el conformismo, la resignación o la mediocridad: ser mediocre quedó atrás, son otros tiempos, otra filosofía, ahora es la época del reto, la motivación y la creatividad.

Ser de la oficina es adoptar no únicamente una serie de prácticas cotidianas claramente identificadas y narradas antes, sino también es interiorizar y practicar su representación simbólica por excelencia, a saber, el lenguaje: a través de éste se va moldeando más definidamente esta moral godín. Es la vida del asap, acrónimo en inglés que significa “tan pronto como sea posible” —As Soon As Possible—, locución que habitualmente acompaña como rúbrica de sentencia en las comunicaciones escritas de los famosos e-mails. Se vive en la lógica la emergencia eterna o del bomberazo, locución comúnmente utilizada para nombrar una particular disposición para atender cualquier tema contingente (o fuera de planeación) que requiera ser atendido de inmediato o que al jefe le dé la gana asignar, lo que en palabras de Mafalda se traduce en que “lo urgente no deja tiempo para lo importante”.

Ya no son las épocas del inge, del lic o del doc, donde el grado escolar tenía un peso y un respeto per se. En estos tiempos, no es suficiente con estos estudios profesionales “para ser alguien en la vida”, ahora se vive bajo el dominio y la visión del emprendedor, el creativo, el que cumple cabalmente los objetivos fijados con una clara postura empresarial. Son los nuevos momentos del management, esta novedosa manera de ver al empleado como una pieza más de los recursos de la empresa, como parte de un organigrama de funcionamiento y procedimientos, en la que tiene más valor aquel empleado que posee destrezas sociales, competencias y habilidades de adaptarse más rápido al medio, así como a sus cambiantes y renovadas condiciones, que el que posee las técnicas necesarias para llevar a cabo el trabajo de manera eficiente.

En este montaje laboral de igual forma se pueden constatar una serie de eufemismos que dan cuenta de los deseos y las reglas del capital empresarial, que impone un pensamiento de evaluación, respuesta, objetivos a alcanzar, metas a cumplir, expectativas a llenar. De las viejas modas como las planeaciones estratégicas, a las nuevas tendencias de planeaciones prospectivas, se va colocando a estos actores en el juego que es impuesto desde “el dueño de las canicas” y su respectiva moral institucional aprendido en un taller foda —acrónimo de las palabras fortaleza, debilidades y áreas de oportunidad—. Con ello, al empleado Godínez se lo coloca como una pieza más de las propiedades y los recursos de sus respectivas empresas, práctica que idealmente debía evitar y salvaguardar esa decepcionante figura de la defensa social de los sindicatos en México.

 

Los sindicatos de trabajadores, organizaciones democráticas encargadas de cuidar y defender los derechos de sus agremiados, que habían sido una de las grandes conquistas laborales que al paso del tiempo y en contextos de prácticas priistas, se convirtieron en grupos de poder, influencia y tráfico de plazas. Charros sindicales, delegados en eterna licencia o comisión, convenciones nacionales, eventos con personajes políticos y sinfín de actividades que eran buen pretexto para no trabajar, también fueron desapareciendo, en correspondencia con el descenso en número también de trabajadores dedicados a la seguridad social.

Esta figura también devino con el desarrollo del modelo económico neoliberal, donde el Estado era dueño de empresas, bancos y ofrecía seguridad social, prestaciones, contratos de toda la vida, que garantizaban cierta estabilidad y protección a los derechohabientes. En este nuevo contexto laboral, lo que predomina es la lógica laboral outsourcing, un ejército de personas preparadas y calificadas, pero que no tienen contratos o son volátiles, tampoco cuentan con prestaciones laborales, no generan antigüedad, ni mucho menos se cubren aspectos de salud o retiro.

Tanto el trabajador de gobierno como su respectivo defensor sindical que luchan por la perpetua comodidad de un contrato, han sido protagonistas en descenso, cada vez se ven menos este tipo de trabajador para ver más a uno con otra actitud, es positivo y tiene bien puesta la camiseta, es decir, representa a un buen emprendedor dispuesto a todo por la empresa, no importando las condiciones o el sacrificio. “Traer bien puesta la camiseta” si bien no es abiertamente una dinámica de servilismo, existen claros tintes de un ejercicio de poder desmedido en esta política empresarial: se debe estar dispuesto a todo el sacrificio laboral en nombre de la sagrada empresa que brinda el alimento diariamente, siendo parte de cada uno, con sus valores y colores.

El trabajo en equipo es un pilar en esta ideología de las empresas modernas, sin embargo, ya no es una labor o un ejercicio colaborativo horizontal donde participan personas de manera voluntaria y dispuestas a construir. Aunque se explota la idea de que el trabajo es “cool”, que todos son iguales y con las mismas oportunidades, con la finalidad de sacar más provecho de los empleados sin darles más beneficios, se lleva a cabo dicho trabajo colectivo bajo el principal objetivo de servir, de recibir órdenes y ser parte de ese esquema vertical de mandar y obedecer, y no tanto mirar críticamente: se pueden plantear ocurrencias, opiniones y novedades, pero no con principios, ideas o convicciones, en suma, sin poner oposición o ir profundidad en los temas y tareas laborales.[3]

Esta lógica de empleo y producción —administración de servicios— indudablemente nos lleva a pensar en las formas de trabajo de antaño, sus herramientas, sus ejercicios y prácticas, pero sobre todo su pensamiento. La forma de trabajo artesanal resulta excepcional cuando se quiere pensar en la pasión, la dedicación y la especialización de algún saber o habilidad:[4] no había regla de etiqueta que debiera cumplirse, más que el interés, la dedicación y la pasión que se le pone a esa labor que se realiza con el cuerpo, con las manos, con la cabeza, pero sobre todo con el corazón.

Todos estos ejercicios diarios del Godínez justamente se corresponden con formas modernas de pensamiento, en las que se sostiene que el progreso y el éxito, son objetivos completamente alcanzables. Ser único, adorable, moderno, creativo, hábil, asertivo y tener mucha iniciativa, es vivir a la altura de las exigencias del mercado, suerte de ideología contemporánea, con resultados comprobados (sic), que permea en el pensamiento y las prácticas cotidianas de estos trabajadores modernos. Y todo ello siempre aderezado con el paliativo posmoderno de “amar lo que se hace”, es decir, soportar ser explotado siendo positivos, contentos y con la mejor actitud, porque al final de cuentas, “gracias a Dios hay trabajo”.

Pero tampoco hay que confundir este “amar lo que se hace” del oficinista moderno con aquel artesanal de “hacer las cosas con el corazón”, mientras la primera se presenta como un mandato ideológico que conviene a intereses hegemónicos específicos, la segunda es una suerte de convicción social, interiorizada a fuerza de ver su repetición, en las costumbres y las tradiciones. Amar el trabajo en la era Godínez representa más una postura de resignación que como paliativo genera la sensación de estar haciendo lo correcto, no importando las condiciones, la adversidad o las malas rachas, siempre estará ese sentimiento profundo de amor que todo lo soporta y supera.

Efectivamente, hoy la realidad es más dura, mucho más exigente y compleja: si se quiere ser alguien en la vida, superarse, ir en ascenso económica y socialmente, no basta con saber inglés y computación, vestir formal o ponerse la camiseta de la empresa. Todo ello es un simple vehículo que llevará a obtener un buen grado en la escala del éxito empresarial, a llegar a ser jefe y poder dar órdenes, pero que tampoco garantiza la abundancia económica, ni la permanencia en esas esferas: lo que queda claro es que las fórmulas no son para todos ni siempre funcionan.

Tener el don de la rápida adaptación y el constante cambio es lo que la voz empresarial llamaría estar al día y ser exitoso, es decir, ir con el pensamiento y los preceptos de lo global, con sus lógicas y exigencias. De igual forma, exaltar valores del consumo, el dinero, el poder y la riqueza acumulada en manos de unas cuantas personas, siempre será bien visto en estos escenarios, y no es que se carezca de ética, sino que pasa por otra escala, una donde lo colectivo y sus respectivos integrantes tienen el menor valor y la moral de la empresa uno mayor, disposición simbólica que interpela cotidianamente para imponer una visión específica del mundo.

De la promesa a la realidad

En todo esto también se puede vislumbrar una aspiración que está más en el plano simbólico, pero que se demuestra en uno material, y que tiene que ver con el ascenso de clase social. Se podría decir que es la forma de dejar constancia socialmente de que se está jugando bajo sus reglas y pautas, que se es partícipe de esta máquina laboral y que los esfuerzos están surtiendo efecto; que las promesas de éxito y progreso se están cumpliendo: obtener objetos con un valor moderno de la pragmática, encarnan los valores y prácticas de esta sociedad de consumo, cumpliendo con las encomiendas que como marcas culturales, se deben mantener y perpetuar.

El estado de bienestar para el oficinista moderno ya no permanece en los límites de la clase media de décadas atrás, fascinados con sus autos, casas y mascotas, ahora ese deseo va mucho más allá. El deseo por objetos materiales, principalmente tecnológicos de hoy de mundos virtuales, es lo que permite estar al día, comunicado, dentro de la era global, afán material que generalmente suele estar acompañado de viajes, vacaciones, conciertos, festivales, bazares, nuevas experiencias (sic) como elementos básicos de ese combo que asegura la tranquilidad, pero que al mismo tiempo es muestra de ese ser civilizado que ha logrado superarse, ascendiendo económica y socialmente, no siendo uno más en la vida.

Lo importante es estar a al último grito de la moda, sin importar la calidad o la procedencia de los productos, si son originales, si no se descomponen o rompen al siguiente día, ni siquiera si están bien escritas sus rúbricas comerciales o  si son necesarios en realidad. Es la época de la novedad, donde la moneda corriente son las nuevas tendencias, los artículos de última generación se desean con mucho anhelo, pasando rápidamente de una tendencia a otra, de un objeto a otro, de una innovación a otra.

 

Ciertamente la lógica del consumo también nos conduce por los caminos del olvido, de la ausencia de sentido, de rupturas, de un exacerbado gusto por cambiar lo más rápido posible y dejar el pasado atrás lo más pronto posible. La novedad hace que los objetos sean obsoletos apenas salen de la tienda donde se adquirieron, siempre estará en la puerta el nuevo modelo que reemplazará el gusto por el anterior: esto permitirá salir corriendo a comprar uno nuevo que tendrá el mismo ciclo efímero de vida y emoción, sin apego, sin tradición, sin dejar algo culturalmente relevante a la sociedad además de saciar ese deseo inmediato personal de poseer cada vez más objetos de necesidad infundada.

La acumulación también es un rasgo notorio de esta lógica de consumo, no sólo en términos materiales, sino también como demostraciones simbólicas de ser rico en  experiencias, viajes, conciertos, amigos en redes sociales, expresiones cotidianas modernas de ser conocido y reconocido socialmente como alguien ejemplar. En efecto, esta abundancia y bonanza está representada por los dichos emplazamientos materiales, fieles testigos del esfuerzo y sacrificio laboral que no se ha permitido visitar el infierno de la mediocridad, el rezago o el estancamiento.

Sin embargo, esta promesa de progreso, de éxito y de ascenso social, no necesariamente llega cuando uno lo espera. Los días de quincena son excepcionales no sólo por ser el día que se recibe puntualmente el pago monetario por el tiempo laborado, por recibir dignamente lo ganado, sino también por la idea de poder que genera. Se pueden pagar las deudas —práctica más recurrente en sectores populares y que ocurre en el mejor de los casos—, o se puede asistir a los diferentes centros de consumo —bares, restaurantes, tiendas comerciales— a hacer realidad el sueño de la vida, es decir, es el día que se cumple la promesa de la modernidad, ser civilizado y tener uno de los mayores poderes, a saber, poseer la capacidad de comprar como ejercicio pleno de libertad.

 

 

Y así como los fines de semana representan una gran oportunidad de volverse y vivirse a plenitud, lo son también los llamados puentes, los días feriados, de asueto y los periodos vacacionales. Escapar de la rutina diaria como comúnmente se dice, es algo que se espera con ansia, que se plantea como una posibilidad de disfrute, de sentirse apapachado y darse un merecido descanso. Sin embargo, los gustos y las autocomplacencias generalizadas de este colectivo laboral, no necesariamente pasan por el placer y el gozo, ya que por lo común son episodios por los cuales hay que pagar un alto costo, tanto aglomeraciones carreteras y en aeropuertos para transportarse a otros lugares de esparcimiento, como el hospedaje a su máxima capacidad, la mala comida y todo el servicio en general, por la alta afluencia de Godínez que siguieron el mismo camino.

 

Todo esto no resulta ser un inconveniente ni mucho menos motivo de incomodidad, es parte de la experiencia, porque el esquema de la hipoteca, la acumulación de objetos y bienes ya no está de moda, ya no interesa más que acumular vivencias. El precio se paga sin remordimientos aunque implique muchos días de rutina, tal como ocurre con el desafortunado y poco digno transporte público de este país, en el cual todos los días se sufren delitos, acoso sexual, hacinamiento, violencia y hostilidad emanada de una lucha por la sobrevivencia personal que representa la necesidad de llegar a tiempo al trabajo.

Aunque se porte elegantemente el traje y la mejor percha, se lleven los zapatos limpios, el peinado muy mono y hasta orgullosamente la credencial del trabajo, el estilo se perderá en esta batalla con los miles de trabajadores que comparten los pocos privilegios económicos de esta pirámide de desigualdad. Ese trayecto, que como batalla épica se caracteriza por sus periodos prolongados, representa ante todo una pérdida, no únicamente del espacio vital, también de la dignidad, las buenas costumbres y la creencia de una sociedad consciente, que piensa como comunidad.

Y es que aunque las empresas modernas de escala global cuentan con grandes capitales, en general las condiciones laborales y sobre todo de remuneración económica no son del todo favorables. Esos grandes sueldos se concentran en bolsillos de los altos mandos, generando un esquema de salario con grandes brechas, donde el ejército laboral mayoritario es el menos beneficiado. Estar en un mercado laboral en el que se es mal remunerado, además con la incertidumbre y el peligro latente de ser despedido sin el más mínimo reparo ni remordimiento en cualquier momento, hace que este ímpetu y deseo de consumo sea más complicado y difícil de acceder, como un privilegio, seguridad y comodidad de unos cuantos.

Los meses sin intereses son el pan nuestro de cada día. Para el típico Godínez representa una oportunidad invaluable “de irse haciendo de sus cositas”, de tener la capacidad de poder comprar esos objetos deseados a los cuales sería imposible acceder pagándolos de contado. Es común esta incapacidad financiera familiar; la única manera de acceder a uno los objetos más deseados y significativos para esta clase trabajadora, como el automóvil recién salido de agencia, es mediante este método de pago. Los cochehabientes sufren una dolorosa dosis mensual de intereses que tienen que irse cubriendo junto con el costo del automóvil durante varios años, pagando, en algunos casos, casi el doble del precio por “gastos financieros” y demás cobros establecidos.

Ciertamente nos encontramos con un sistema financiero que en apariencia sirve para enmendar los malos cálculos cotidianos, producidos por ese permanente deseo de vivir en la lógica del consumo, no parar ni inhibir esos profundos anhelos de ser parte de este esquema y dinámica social.[5] Los préstamos bancarios a los que de manera inmediata se puede acceder mediante las tarjetas de crédito, es uno de los métodos por excelencia que se utilizan en estos contextos, como un remedio a esta mala situación económica que se mezcla con el buen deseo y derecho de toda persona que reivindique ser parte de una sociedad moderna y actual, a saber, poder trabajar para poder comprar.

Esto, como evidentemente se puede vislumbrar, sólo generará un beneficiado de esta habitual remedial relación: un sistema financiero global que de manera sistemática, ambiciosa y engañosa, genera cautivos y esclavos económicos. Se vive para pagar las deudas y las cuentas generadas por los excesivas tasas de interés que imponen los bancos; la mensualidad y el pago fijo o mínimo, son métodos comunes de vivir y administrar la economía familiar, que todo buen ciudadano ha interiorizado como única posibilidad de tener ese valioso poder adquisitivo.

De esta forma, los recursos de esta clase trabajadora se concentran en las arcas de las instituciones bancarias, de grandes capitales y lógicas globales, capaces de mover y determinar los rumbos de economías de países y continentes. En resumidas cuentas, esta máxima del buen Godínez de trabajar para poder vivir, se convierte en una operación complicada, dolorosa, tortuosa, cada vez más alejada de sus sueños e ideales, y cada vez más cerca de la lista negra de morosos también conocida como buró de crédito.

Pero también de manera paralela se han creado y construido sistemas económicos alternativos y de corte grupal, los cuales prescinden de las instituciones financieras oficiales para generar las suyas por cuenta propia: tandas, préstamos con “ajiotistas” —estafadores—, rifas escolares, compras a pagos semanales, ventas por catálogo, quinielas, entre otra serie de mecanismos de intercambio que surgen de la convención, la confianza y cercanía de sus fieles participantes y animosos organizadores.

Ropa, productos de belleza, joyería de oro y plata, zapatos, comida, catálogos, botanas, bebidas son alojadas en gabinetes y cajones de la oficina, para después ser comercializados y distribuidos entre “los de la oficina”. Como una manera de apropiación y reconstrucción, estos espacios laborales se vuelven pequeños mercados con economías, lógicas y reglas propias, pero que al final funcionan como un buen instrumento de consumo y acceso a objetos de deseo.

En suma, los centros de trabajo rompen sus límites funcionales para convertirse en centros de comercio, comedores colectivos, puntos de partida a otros lugares, que esos sí serán más lúdicos y dignos del disfrute. Como una suerte de lógica alternativa, con reglas y actores fuera de lo común, pero que de cierta manera también encarnan parte de las tradicionales prácticas de compra, venta, confianza, adaptación, empatía, cercanía y comunidad, valores que no tienen un reconocimiento oficial por parte de los patrones. Serán los empleados quienes nos recuerden que también su presencia se siente, que tienen una voz social.

 

Cierre

Cada época se cuenta a posteriori, cuando ya se supo qué valores, prácticas y costumbres generó. No se puede inaugurar épocas, esa es tarea de la historia, porque las formas de ser, de pensar, de comportarse se generan en la praxis, cuya puesta en marcha puede obedecer a promesas, deseos, necesidades generadas desde determinados ámbitos de poder, pero que no tienen control de lo que se vaya a producir en términos de tendencias sociales y, sin embargo, son suficientemente capaces de adaptarse a lo que se genera para sacarle provecho.

Lo que inaugura una época es la decepción de las promesas incumplidas del periodo anterior, la evidencia de que las metas planteadas no fueron viables de alcanzar, como ocurrió con la clase trabajadora el siglo pasado, que confió en su organización llamada sindicato, terminando en un penoso instrumento de control, corrupción, venta de plazas, tráfico de influencias y tantas conocidas prácticas fuera de ley, pero sobre todo, alejado de todo aquello que prometió. Por infortunio para este segmento laboral, esta no fue la única promesa que el sistema económico-social no ha cumplido, pues los desencantos y cosas que han salido mal se han ido sumando y agravando con el tiempo.

Estos personajes a quienes de manera despectiva se les ha llamado Godínez, encarnan una sociedad que al tiempo que muestra, encanta y promete, miente y no cumple. Esa ideología de éxito, progreso y ascenso social son parte de la escala de valores de épocas actuales que bien representa este colectivo laboral, pero que no han sido suficientes para alcanzar la felicidad de llevar una vida plena, tranquila y segura en términos económicos. Por ello es que es inevitable evocar la figura de la víctima, de quien ha sido engañado bajo una falsa promesa, de una oferta e invitación que no resultó lo ofrecido, inconclusa y más promisoria de lo que en realidad ha sido.

Lo que tenemos es un complejo personaje que se fue reinventando en este nuevo entorno del mundo y las empresas globales. Ya no es el Godínez de antaño que se identificaba con la regla del mínimo esfuerzo, por el contrario, con todo orgullo y con todo ahínco se emula al buen emprendedor: amar el trabajo y la pasión por lo que se hace, máscaras que ocultan y soportan esas condiciones adversas que actualmente representa el trabajo, laborar tiempos extra sin prestaciones o muy pocas, mal pagados, en el mejor de los casos que se consiga que a tiempo y forma se entregue dicha remuneración, en resumen, ser explotado, pero con la camiseta bien puesta.

 

Pero es que tampoco se puede afirmar que en estas épocas se tenga la posibilidad o capacidad de acceder a la libertad de decisión o al poder de la elección, en tanto que dinámicas cotidianas apremiantes en convivencia con pensamientos de aspiración material están dadas por un medio social que deja poco espacio para ello. Se podría argumentar en favor de estos asalariados, que tampoco es que se hayan conocido otras formas de vida, o que tengan muchas referencias de su existencia[6].

 

Efectivamente, para esta clase trabajadora tampoco es que pueda presumir de tener otras opciones de vida y trabajo: han sufrido una suerte de alienación a un sistema que más que asumirlos como personas los consideran parte de ese ejército de recursos, humanos claro, que sirven a las empresas para cumplir sus objetivos y llegar a sus metas. Ahora sin importar tanto los derechos laborales y otros beneficios que históricamente se habían conquistado en este terreno, el trabajador de oficina de hoy está jugando en un terreno donde las condiciones son totalmente desfavorables.

 

Y además de todo ello, casi como mal chiste, el Godínez es un personaje del que se puede hacer caricatura, mofa y burla, ya que tampoco representa a un actor social que claramente se reconozca como una víctima o parte de un sector vulnerable de la sociedad: no es un campesino o un obrero a quien el sistema económico no ha beneficiado históricamente, o que haya sido explotado y relegado en este nivel social. Para sumar a este infortunio, al ser señalados y  nombrados bajo ese apelativo, claramente se está abonando al estigma, a la etiqueta y el estereotipo que divide, que hace latentes las diferencias burlándose y haciendo una caricatura del otro, restando seriedad no únicamente a su figura, sino a las condiciones laborales que los grandes consorcios practican en alevosa e inmoral ventaja.

 

 

Esa caricatura se convierte en realidad latente día a día, en los espacios públicos, en sus respectivas oficinas que son como una segunda casa, en las conversaciones, pero sobre todo en las prácticas cotidianas en donde cada uno de estas personas trabajadoras muestra lo más profundo de su cultura. En todo este complejo entramado de elementos que se entremezclan en el mundo Godín, también hay algo muy suyo que adapta espacios y dinámicas, que lo hace más amable y que ayuda a enfrentar esta lógica empresarial.

 

Es un personaje que tiene sus particularidades maneras de hacer frente a esta realidad adversa, pues también se vale de jugar en el terreno de lo lúdico, la burla y la simulación, no únicamente en el contexto limitado de los memes y redes sociales posmos, sino en el mismo discurso cotidiano que construye sus realidades; es como una suerte de un necesario equilibrio: “ellos hacen como que me pagan y yo hago como que trabajo”. Dialéctica cotidiana que deja clara constancia de esa conciencia-reclamo de ser mal pagado y de las condiciones laborales poco favorables, como un argumento de justificación —ajusticiamiento— para llevar a cabo las tareas de manera menos eficiente, con desánimo, poco interés o muy a su manera.

 

Tener que vivir bajo las reglas y dinámicas de los tiempos actuales no es una tarea sencilla, compromete adoptar formas de ser, de pensar y de actuar todos los días. Todo este pensamiento está relacionado con el mundo material, con el deseo de vivir con comodidades y lujos, rodeado de tecnología y objetos de comunicación de última generación, combinado con la exigencia de la moral colectiva de hacer lo que amamos, convertirnos en triunfadores, pero al mismo tiempo formar parte de esa sociedad que ha fracasado, que está en decadencia, que es violenta, sin tradiciones, sin memoria, sin ética, sin sentido de comunidad y sin confianza[7].

 

Y es que filosofía, ideología, estrategia, pensamiento, valores, estilo de vestir y de comprar en estas épocas representan lo mismo, superficiales maneras de ver un mundo material por medio del deseo y la aspiración eterna. Ciertamente ser Godínez en nuestros días, adaptar su forma de vida, lógicas, formas de vestir, comer y divertirse, ya no es garantía de nada. Poder acceder a todas las promesas del trabajo moderno, requiere mucho más que vestir saco, corbata, traje sastre o haber cursado una licenciatura o tener estudios profesionales, se requiere pensar y vivir bajo las reglas del intrincado negocio del permanente cambio en el mundo global.

 

En suma, podríamos afirmar que este personaje de la vida real llamado Godínez es sobre todo una suerte de víctima, no sólo de las divisiones y estereotipos que naturalmente conlleva cualquier apelativo gremial hilarante, sino por una serie de promesas que nunca se cumplieron. Estudiar una carrera, ser licenciado, ingeniero o secretaria ejecutiva, vivir en un mundo de oficina, vestirse de Godínez, asumir su estilo de vida y de pensamiento, no son garantías de absolutamente nada, todo ha resultado ser un engaño, generando una falsa ilusión de poder llegar a “ser alguien en la vida”. Se trata de valores del consumo que promueven lo rápido, la acumulación monetaria y material, pero sobre todo la novedad, lo efímero y ligero de la vida moderna: que vengan otras modas, segmentos más para la mercadotecnia, que ya hará falta venderles cosas que no necesiten.

 

 

Nota:  La siguiente serie de textos nacen de la necesidad de reflexionar conjuntamente sobre las condiciones laborales de las empresas en esta época—sus lógicas, su pensamiento y sus prácticas. Hablar de los Godínez para nosotros representa una invaluable oportunidad de pensar el trabajo en otras dimensiones, sobre todo desde nuestra propia experiencia, sin ese acartonamiento académico que resultan los textos confeccionados en universidades en lenguajes eruditos. Al final, generosamente, Jahir Navalles ha elaborado un postfacio que da cierre y conclusión a este viaje que representa una aproximación experiencial al mundo laboral actual instalado en las grandes ciudades, con sus consorcios, empresas y corporativos globales. Adrián, Alfonso y Andrés.

 

 

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[1] Gabriel Zaid (2009). El secreto de la fama. México: Lumen.

[2] José Ingenieros (2015). El hombre mediocre. México: Grupo Editorial Tomo.

[3] Pablo Fernández Christlieb (2016). “La divertida sociedad”. Revista El Alma Pública. México: unam.

[4] Richard Sennett (2013). Artesanía, tecnología y nuevas formas de trabajo. Barcelona: cccb.

[5] Zygmunt Bauman (2005). Trabajo, consumismo y nuevos pobres. Barcelona: Gedisa.

[6] Amartya Goffman (2000). Desarrollo y libertad. Barcelona: Planeta.

[7] Fernández (2016), ibídem.

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