El domingo 11 de marzo de 2018 se estrenó RITA, el documental, el día que se cumplieron 7 años de su muerte. Aquel día que quedó “un vacío mar en nuestro corazón”.

 

El filme es un homenaje a una mujer que rompió paradigmas, que cambió la forma de hacer música, que era extraordinaria y coherente con sus ideas, que siempre luchó por lograr un México mejor, una mujer generosa en todos los sentidos.

 

 

Rita Guerrero era una persona sumamente compleja, así debía ser su película, por ello el documental trata de abordar todas sus las etapas desde distintas perspectivas. Los entrevistados cuentan su parte de la historia compartida, narran su parte de la vida con ella, cantan su soundtrack y describen su relación con Rita. Explican cómo ella se volvió parte de ellos.

 

Arturo Díaz Santa nos regaló un filme desde y para el corazón. No sé cómo lo vivirán aquellos que no la conocieron, a quienes no les tocó el alma, a quienes no les cambió la vida; pero yo puedo hablar desde el cariño y todos los sentimientos que me provocó recordar a mi maestra.

 

 

Cuando comenzaron los créditos (además de unas tremendas ganas de llorar) me abordó la compasión de sentir lo mismo que muchos de los que hablaron; muchas frases que los entrevistados enuncian, yo las he pronunciado. Muchos de los sentimientos son compartidos: creo que todos coincidimos con Adriana Díaz Enciso en que: “una parte de ti se muere, cuando se muere una persona así”, todo lo que sólo compartías con ella se quedará sin compartir, las pláticas que nunca serán, las risas que no se escucharán; pero también (y probablemente esté íntimamente relacionado), como Alex Otaola afirma: “lo que más extraño son pendejadas” no son las grandes creaciones o los conciertos, sino la cotidianidad, los pequeños momentos. Estos recuerdos cotidianos me hacen sentir/nos, hacen sentir, David Hevia lo menciona, que podremos llamarla en cualquier momento para platicar o proponerle algo.

 

 

Entonces, para mí, es muy importante recordar todo lo que Rita hizo en la esfera pública, pero es mucho más trascendente recordar a la gran persona y fue la música lo que nos unió. Yo recuerdo a esa alma generosa que compartía sin buscar retribución. Como Manuel Mejía explica: “la música y el arte se multiplican cuando los compartes”, porque no es un bien que se puede poseer, es algo etéreo que nos une y nos eleva. Afín a esto, Belén Ruiz Guerrero habla sobre lo efímero de la música, pues la interpretas y se va, el momento se acaba, es un continuo dejar de ser, pero permanece. La música es efímera y permanente.

 

 

En este sentido, varios de los entrevistados recuerdan que Rita decía que la música no entra por los oídos, pues es algo etéreo. Ella nos enseñó que hacer música no es interpretar partituras, sino vivir las piezas, entenderlas, hacerlas nuestras y compartirlas.

 

También  nos enseñó a respetar nuestras labores (cotidianas y extraordinarias), a cumplir a cabalidad con los acuerdos (“la única razón para faltar a un ensayo es que me estoy muriendo o que mi mamá se está muriendo, todo lo demás son pretextos inaceptables”) (y así fue, nunca faltó a un ensayo, sólo hasta que el cáncer se lo impidió). Su respeto por el escenario era una cualidad única, jamás permitió que una esquina del escenario fallara, no importó si era una brevísima intervención en un callejón del Centro o un juego teatral en el exTemplo de san Jerónimo (ahora Auditorio Divino Narciso).

 

Ese respeto es, en parte, lo que hizo la diferencia entre sólo una artista talentosa y la artista que rompió paradigmas. Sí, Rita tenía un talento impresionante, pero no se conformó con él, exploró distintas disciplinas, trabajó y estudió para mejorar su técnica y desempeño, no tenía miedo a equivocarse (“es mejor equivocarte segura que dar la nota insegura”) o experimentar, al contrario, creo que parte importante de su trascendencia es su gusto por explorar nuevas posibilidades. Incluso con nosotros, un coro universitario, nunca paró de experimentar. Gracias a ello llegamos a Música divina, humanas letras, un juego teatral en torno a villancicos de sor Juana musicalizados por compositores del barroco. Uno de los más bellos e interesantes proyectos en los que he participado.

 

 

Durante los años que compartí con ella y con mis compañeros descubrí que ciertamente la música no entra por los oídos, pero también que la música te hermana con quienes te acompañan en el proceso de crearla (o intentar crearla). Esa hermandad es inmanente y permanece aún años después de haber dejado de cantar.

 

Uno de estos “hermanos”, para mí el más especial, es Oswaldo, quien también murió y que aparece en el documental, al inicio de la narración del coro (en ese momento supe que podría dejar de contenerme y llorar). Rita y Oswaldo tenían una relación especial, tal vez por lo increíblemente maternal que era Rita con nosotros o sólo porque eran seres maravillosos.

 

 

Conocí a Rita en el inicio de la vida adulta, a los 19 años, cuando ya debes ser responsable de ti, pero sigues siendo una imbécil completa. Tener a Rita tan cerca me ayudó a ser mejor adulta, sus consejos me ayudaron a no equivocarme tanto (igual la cagué y sigo cagándola monumentalmente).

 

Rita fue oficialmente mi maestra de canto, pero significa mucho más: fue mi maestra como ejemplo de disciplina, pasión, ansias por saber y aprender, generosidad y muchas más cualidades que muchos (o todos) deberíamos imitar; pero mucho más importante: Rita fue mi amiga. Compartí con ella muy pocos años, aunque suficientes para que me ayudara a delinear la idea de lo que sí quiero ser.

 

Me quedo con una de las frases de Poncho Figueroa que más me impactó, “Rita era tanta luz que se quemó”.

 

 

Te extraño, miss.

 

 

Nota: las citas son aproximaciones a las reales, pues son lo que recuerdo que dijeron.

 

 

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