Pensamiento

Anticomunismo sin comunismo // Marx en la estaca*

Nikola Krstić*

Resulta extrañamente inquietante que la persona más poderosa al frente de los Estados Unidos de América (EE. UU.), Donald Trump, afirme durante la celebración del 250 aniversario de la fundación del país que el comunismo representa una amenaza mortal para la libertad estadounidense. En la ceremonia, declara que estas ideas son totalmente contrarias a su éxito y estilo de vida: “Se puede ser leal a Karl Marx o a Estados Unidos. Se puede ser comunista o patriota. No se pueden ser ambas cosas”, declaró el estricto multimillonario de Manhattan y gran amigo de Jeffrey Epstein.

No podemos evitar preguntarnos dónde ven exactamente nuestras élites oligárquicas los fantasmas rojos que, al parecer, rondan el mundo. La Unión Soviética colapsó estrepitosamente a principios de la década de 1990, y los vestigios de aquella época pasada quizás solo se encuentren en Cuba. No incluiremos a China, ya que su trayectoria de desarrollo trascendió hace tiempo las categorías simplistas del conflicto de la Guerra Fría y representa una combinación específica de capitalismo de Estado y mecanismos de mercado para el control del capital. Nos adentraremos en los Balcanes, concretamente en Serbia, donde tanto representantes del gobierno como ciertos miembros del grupo anti-Vučić ven ocultistas marxistas por doquier, esperando el momento oportuno para tomar el control de la sociedad.

Cuando aquel primer oleaje de rebelión comenzó tras el derrumbe de la marquesina en Novi Sad en 2024, el presidente de Serbia, Aleksandar Vučić, no paraba de hablar de los Estudiantes en bloqueo llamándolos: “bolcheviques de plenum”. Miloš Vučević, Ana Brnabić, Vladimir Đukanović, Maja Gojković, Dragan J. Vučićević y otros de sus chiquillos del barco llamaban a la juventud rebelde “anarquistas”. Y todo ello, por supuesto, con connotación claramente negativa.

Estas correcciones, porque no fue el derrumbe del gobierno sino de la marquesina en la estación central de autobuses recién remodelada en la segunda ciudad más grande de Serbia, Novi Sad, y mató 19 personas. Lo que provocó protestas espontáneas masivas y posteriormente el bloqueo de universidades serbias por los estudiantes que pedían justicia. Sin embargo, hasta la fecha no se conocen los responsables ni culpables.

En esa misma línea, su aliado intelectual y profesor Čedomir Antić todavía no suelta la presa y sigue atacando por las cloacas propagandísticas a las distintas fracciones de izquierda, a pesar de que la revuelta en Serbia tiene actualmente mucha menor intensidad e, incluso, ha pasado a ser una especie de kitsch reaccionario después del Memorándum sobre Kosovo y los discursos del Vidovdan (28 de junio) en Kraljevo, en comparación con lo que era antes.

Por otro lado del espejo, desde el bando opositor, el profesor y director Stevan Filipović también tuvo su propia campaña kamikaze buscando Jemeres Rojos entre los estudiantes, acusando a todo tipo de radicales izquierdistas de perforar o sabotear el Movimiento Estudiantil.

También está el economista liberal empedernido y defensor del gran capital, Miša Brkić, quien en el programa estudiantil, muy a grosso modo liberal de izquierda, respecto a la clase trabajadora de Serbia, ve un anacronismo en el que, según él, el obrero no debería ser el centro de la modernidad.

No hace falta profundizar más; esto basta para llegar a la cuestión clave. ¿De dónde surge semejante frenesí en la caza de brujas rojas donde no existen? ¿Por qué, en medio de este pantano de la derecha, tanto en Serbia como a nivel mundial, encontramos Caciques que temen un asalto al Palacio de Invierno, si ese comunismo histórico ha sido completamente aniquilado? ¿Temen las élites que el socialismo, pese a todo, llame dos veces? En los Balcanes, este temor adquiere una dimensión adicional, porque, además de la posible alternativa, se libra una guerra contra la memoria de la Yugoslavia socialista.

El temor a lo (des)conocido

El filósofo y comunicador  Boris Buden ha afirmado repetidamente en sus discursos públicos que el anticomunismo nunca ha sido mayor, mientras que el comunismo no se vislumbra en el horizonte. En una entrevista con el diario serbio NIN, declaró que la gente debería recurrir a: “la idea de un cambio radical en el mundo, que hoy no solo está completamente olvidada, sino también deslegitimada moral, política e ideológicamente”.

¿Se han preguntado de dónde surge hoy este anticomunismo tan fuerte, cada vez más estridente y agresivo, cuando ya no existen comunistas y el comunismo es tan solo un insulto burlón y no una amenaza real? Recientemente, en una entrevista con Elon Musk, Alice Weidel, líder de Alternativa para Alemania, afirmó que Adolf Hitler era comunista. No solo llevó al absurdo la teoría revisionista de los dos totalitarismos, según la cual el fascismo es solo una reacción exagerada a la amenaza del comunismo, sin siquiera contradecir los hechos, sino que más bien le susurró al oído a Musk: “No teme a los fascistas, sino a quienes, en nombre de ideales igualitarios, cuestionan las relaciones de propiedad sobre las que construyó su enorme riqueza y poder”, explica, añadiendo que: “el anticomunismo sin comunismo es una especie de ataque ideológico preventivo contra la mera idea de una alternativa al orden existente”.

Pero la perspectiva también está distorsionada aquí, porque la revolución no está a la vuelta de la esquina, ni las ideas marxistas conquistaron repentinamente el espacio público; la paradoja es precisamente la opuesta. La izquierda radical y la política de clases han sido sistemáticamente marginadas, destruidas y estigmatizadas durante décadas, y en todos los niveles posibles, razón por la cual hoy cualquier cuestionamiento serio de la acumulación de ganancias y poder se tacha de comunismo.

En cuanto alguien menciona la nacionalización, la confiscación de propiedades y temas similares, incluso en conversaciones informales, se le tacha de Lenin, Tito o Pol Pot, según lo que resulte más conveniente para la propaganda del momento. Las ideas igualitarias, aparentemente también en la propia Serbia, debido a los intentos de hacer política desde abajo durante el levantamiento contra el régimen progresista, se presentan como el mayor peligro para la sociedad; por lo tanto, coquetear abiertamente con la extrema derecha se está aceptando cada vez más como una opción política legítima.

En esta región, esta retórica no es nada nuevo. El anticomunismo se ha ido gestando gradualmente durante décadas, suprimiendo cualquier recuerdo de una sociedad que intentó ofrecer un modelo de desarrollo diferente. Hoy, el nombre de Yugoslavia, junto con el de Tito y Marx, ha sido prácticamente desterrado del discurso público y de cualquier debate serio. Lo único con lo que se le permite asociarse es con una especie de cuento de hadas navideño de aquella época, pero no debe ser contextualizado ni analizado con mayor profundidad.

Y que esto no es solo una mera prevención ideológica, continúa Buden, Musk lo ha demostrado con su apoyo al ultraderechista británico Tommy Robinson. El año pasado, anunció actos de violencia ante cien mil de sus seguidores ultraderechistas por videoconferencia. En la actualidad, ha incitado a la violencia contra la turba antiinmigrante de Belfast en su sitio web X ante 240 millones de seguidores.

Resulta difícil encontrar una descripción más precisa del momento político actual. En Serbia, bastaba con tomar decisiones en plenos y convocar a los ciudadanos a asambleas para ser declarado bolchevique. Cabe aclarar que no se trata de una democracia imaginaria defendida contra el comunismo, sino que, tras todo esto, se esconde la defensa del gran capital, de los privilegios que le otorga el sistema y de la idea misma del capitalismo frente a cualquier crítica seria.

El monstruo sigue aquí

Si Buden tiene razón al afirmar que el anticomunismo actual se dirige contra la mera posibilidad de una alternativa, entonces inevitablemente volvemos a Karl Marx. Aunque parezca surrealista, Marx es hoy como un espantapájaros. Se puede afirmar con seguridad que sus oponentes ni siquiera lo leen como autor.

No es casualidad que la primera frase del «Manifiesto Comunista» siga provocando pesadillas casi dos siglos después: «Un espectro recorre Europa: el espectro del comunismo». Cuando Marx y Engels escribieron esto, simplemente ironizaban sobre el hecho de que la burguesía europea de la época viera en cada rebelión una conspiración que amenazaba con derrocar el orden establecido. El comunismo no era dominante entonces, sino todo lo contrario, quizás de forma similar a la situación actual. Dos siglos después, el monstruo acecha no solo a este continente, sino también a Washington, Belgrado y otros numerosos epicentros de mayor o menor poder.

Aunque Marx y Engels escribieron sobre todo esto en el mundo con la frase: «En cada época, las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes; es decir, la clase que representa la fuerza material dominante de la sociedad es, al mismo tiempo, su fuerza espiritual dominante» (La ideología alemana), Es precisamente ahí donde radica aquello a lo que las élites y sus seguidores temen: a esas preguntas incómodas que la crítica de Marx sigue planteando, y que a menudo se intentan sepultar bajo clichés moralistas y guerras culturales, e incluso, en última instancia, mediante el apoyo a falanges de derecha que se introducen para, paradójicamente, violar las reglas con el fin de preservarlas.

Porque ninguno de ellos quiere que se les pregunte quién crea realmente la riqueza social, quién se la apropia, por qué el progreso tecnológico y el aumento de la productividad no implican, a la vez, menos trabajo y una vida más digna para la mayoría. ¿Y por qué, en el fondo, cualquier debate sobre estos temas se tacha inmediatamente de ataque a la libertad? O, para decirlo en nuestro idioma: ¿cómo es posible que alguien tenga ciento treinta y cinco apartamentos y otro no tenga techo? ¿Cómo es posible que alguien vaya a la playa tres veces y otro no vaya en diez años, o nunca? ¿Cómo es posible que antes pudiéramos permitirnos cosas como un techo y las vacaciones, y ahora eso sea un lujo?

Saliendo de la alucinación

Si nuestras élites ven constantemente garras rojas y conspiraciones comunistas, esto indica claramente que algo anda mal con los cimientos mismos de este sistema económico global. Los gritos del uno por ciento y sus sirvientes en todo el mundo señalan que algo está profundamente podrido en el Estado mundial. Quizás Marx le sirve a Trump para desviar la atención de los problemas reales y vuelve locos a sus ciudadanos con fantasmas, pero una cosa es segura: existe un profundo temor entre los testigos de Epstein de que su mundo se tambalea.

Asimismo, las alucinaciones de Aleksandar Vučić y otros jinetes del apocalipsis, así como las de aquellos en las filas de la oposición que despotrican sobre los Jemeres Rojos, conllevan un fuerte impulso intuitivo que sugiere que, quizás en algún momento, la articulación política se enmarque en un contexto diferente al que predomina hoy en día. Independientemente de estos altibajos actuales de la rebelión contra los genios progresistas.

Pues, incluso 46 años después de la muerte de Tito, no se sosiega el anhelo vampírico de saldar cuentas con ese hombre muerto y su legado. También molesta Yugoslavia —la socialista, por supuesto, ¿cuál otra?—, ella también debe ser arrasada en nuestra imaginación. No es suficiente con que se haya ahogado en sangre.

 Es necesario poner la memoria completamente al revés, reducirla a una caricatura, el recuerdo de que aquí, de hecho, tuvimos nuestra propia democracia auténtica nuestro propio proyecto con elementos de participación, autogestión y solidaridad social, con todos sus defectos y virtudes, pero lo tuvimos. Pues bien, debemos importar las experiencias de otros, porque se nos reprocha no conocerlas ni comprenderlas, porque perdimos el tren a Nunca Jamás.

No debemos olvidar que el anticomunismo se extendió por esta zona tanto por conservadores como por liberales. Los primeros veían en él la defensa de la tradición, la nación y la religión; los segundos, un medio para desmantelar el orden socialista e introducir un modelo económico diferente. El hecho de que los nacionalistas tomaran posteriormente la iniciativa en este proceso, dejando tras de sí fosas comunes y devastación, no exime de responsabilidad a aquellos círculos liberales que, en los ámbitos cultural, académico y político, participaron en la deslegitimación de toda una experiencia social, a menudo porque no la consideraban, a juzgar por su sensibilidad de clase, suficientemente libre y orientada al mercado.

Pero aquí estamos, en este preciso momento: no hay Yugoslavia, no hay Unión Soviética, no hay Marx, no hay Engels, no hay Tito; pronto no habrá Cuba; no hay absolutamente nadie, pero aún así persisten. Esos nombres todavía se pronuncian con disgusto y temor. Por eso el Imperio está aquí: hay administradores coloniales, hay fascistas de todas las tendencias para mantener el orden, hay brechas de clase cada vez mayores bajo el pretexto del progreso, hay fábricas con trabajadores y trabajadoras marginadas, hay campañas de exterminio y conquistas imperialistas, hay de nuevo pueblos salvajes y atrasados ​​y civilizaciones sublimes. Todo está ahí, como manda el capital, pero estos muertos aún molestan. Quizás las palabras de Gavrilo Princip, el anarquista yugoslavo y archienemigo del Imperio, aún resuenen. Quizás las sombras realmente deambulen por el palacio, asustando a los señores. Quizás el socialismo, en una noche silenciosa e insomne, vuelva a tocar a su puerta.

*Este texto se publicó originalmente en el portala slobode NOMAD el 9 de julio de 2026. Agradecemos a los editores y al autor el permiso para su publicación en español.

El texto original se pude consultar en:

https://nomad.ba/krstic-marksa-na-kolac?fbclid=IwY2xjawTHTrhleHRuA2FlbQIxMABicmlkETFWN2RPTVFkRWtEVGFPZ3lmc3J0YwZhcHBfaWQQMjIyMDM5MTc4ODIwMDg5MgABHgV6fQR1JWdiShz9dhZIxdMEkDXp4rzgwParfRbhwGJtGPd3GUYugXcdVRaP_aem_DJx-14rB4U0lZ_MAC81VrA

Agradecemos la revisión y ayuda en la traducción a:  Helena Braunštajn Himelsbah