El Mundial del fin del mundo
Aquel día de verano, encendí la televisión para ver las caricaturas del canal 5; en su lugar, encontré la imagen de una fila de señores malencarados, en ridículos pantaloncillos, y al fondo se escuchaba una solemne melodía fúnebre e incomprensible. Di un giro completo a la perilla del aparato televisor y constaté que aquella tarde había sido robada por un juego de futbol cuyo aburrimiento se anunciaba por el tono del cronista. Se trataba de la ceremonia previa al partido.
Desde aquel momento entendí que el futbol de la televisión era un monopolio injusto, comenzando porque atropellaba la diversión y el entretenimiento de los niños. Además, estaba claro que se trataba de un evento exclusivo para ciertos hombres adultos, pues mi mamá tampoco parecía interesada en dicho evento. Esta primera experiencia significó mi entrada al terreno de juego con un “gol de vestidor”, un gol en mi contra desde el arranque del partido.
El empate pareció llegar cuando comencé a jugar en las cascaritas callejeras que se organizaban entre niños de todas las edades. Mi posición preferida era la del portero, porque desde ahí podía observar y participar en el juego. Cuando un oponente venía hacia mí, yo salía a “achicar” en el uno a uno para detener un posible gol al estilo fantástico de Pablo Larios Iwasaki, un ídolo del Tricolor, o el Tri, como popularmente llamaban a la Selección Mexicana. Eso sí, desde entonces, me gustaba más el rock que el futbol y entendía que “no es lo mismo El Tri de Lora que el Tri de Bora”, como decía una leyenda en la portada del disco “Hecho en México”, de 1986; frase que iniciaría una larga disputa entre esta banda y la federación por el uso de este nombre.

II
El amor por mi padre influyó, después, en que me convirtiera en el atlantista que hasta la fecha sigo siendo. De orígenes llaneros, formado inicialmente por albañiles, la historia de este equipo está llena de altibajos derivados del negocio que representa este espectáculo deportivo. En mis casi 40 años de aficionado, ha cambiado de dueños y lo he visto descender en dos ocasiones. Hoy, después de más de una década sin poder ascender por exclusión de la Liga MX, el nuevo dueño del equipo ha conseguido comprar una plaza y que Atlante se reintegre a la élite del negocio televisivo. Una jugada extra cancha que, para la opinión de muchos, es injusta.
Del mismo modo en que aquel mítico gol de Maradona en el Mundial de México 86, conocido como “la mano de Dios”, sirvió para compensar simbólicamente el agravió de Inglaterra contra Argentina en la Guerra de las Malvinas, el ascenso del Atlante figura como un gesto de justicia de la élite del futbol hacia un equipo de tradición al que habían relegado. Siempre hay que recordar que si algo hace tan popular este espectáculo es que la justicia del futbol siempre va más allá de lo deportivo, convirtiéndolo en un drama dentro y fuera de la cancha.
Pese a todo, mantengo mi atlantismo recordando las palabras que, en 1991, fueron el mantra con el que este equipo consiguió regresar a la primera división en aquel partido tortuoso frente al Pachuca, después de 120 minutos de juego y 18 penales: “humildad, actitud, aplicación; ninguno de nosotros es tan bueno como todos juntos”.

III
La relación de la Selección Mexicana con los mundiales tiene su propia complejidad, comenzando por el primero que recuerdo con interés, Italia 90. México no asisitó gracias a que el periodista José Ramón Fernández denunció un caso de “cachirules” que derivó en su descalificación por violación del reglamento. Sin embargo, ¡cómo olvidar a la selección de Camerún con la magia de su delantero Roger Milla y de su portero Thomas N´kono! Aquel equipo le ganó a la campeona Argentina en su primer partido y luego puso a temblar a Inglaterra en cuartos de final, aunque, como era de esperarse, el equipo de los colonizadores salió ganador. Camerún, al menos, dio alegría y esperanza a aquella copa. La selección de Colombia también llenó de color aquel certamen con jugadores leyenda como el “Pibe” Valderrama y René Higuita.
México llegó a octavos de final en el Mundial del 94, tras superar a tres países europeos sólo para perder en tanda de penales contra Bulgaria. Se ha dicho que aquello obedeció a una orden presidencial, en pleno año electoral, con un candidato del partido oficial recién asesinado, un levantamiento armado en Chiapas y una elección a la vista. Yo tenía tan solo 13 años y aquello comenzaba a enseñarme que la justicia del futbol estaba emparentada con la política.
El Mundial de Francia 98 queda perfectamente ilustrado con el dicho: “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. La Selección Mexicana empató contra dos de los más poderosos equipos europeos y ganó un difícil juego frente a Corea del Sur. Pero, nuevamente, en los cuartos de final, el rival nos recordó las legendarias palabras del exfutbolista inglés Gary Lineker: “El fútbol es un juego simple: 22 hombres corren detrás de un balón durante 90 minutos y, al final, los alemanes siempre ganan”. Aunque, últimamente, los teutones tampoco le han hecho justicia a este dicho.
Cuatro años más tarde, México llegaría a octavos de final, después de dominar a la favorita selección de Italia, para perder, de nueva cuenta, frente a un pragmático y parco equipo de EEUU. Mucho se ha dicho sobre que aquel partido estaba pactado entre los presidentes de los países vecinos y que el técnico mexicano dio indicaciones para evitar que hubiera oportunidad de ganar a los estadounidenses. Como dato curioso, hoy que México comparte la justa mundialista con los gringos tiene al mismo técnico.
Tres veces fueron eliminados en los octavos de final y, en más de una ocasión, en oscuras circunstancias. Ya sea por historia, por negocios o política, ha quedado claro que la selección de nuestro país nunca ha sido “la buena”.
Las participaciones posteriores de la selección varonil de futbol en los Mundiales se mantuvieron en la misma línea. En 2006, la historia de eliminación en octavos de final se repitió en tiempos extras al recibir un golazo de oro que le dio la clasificación inmediata a Argentina. Durante los veinte años posteriores hemos visto el mismo evento: un melodrama frente a selecciones del Caribe para clasificarse a los mundiales, seleccionados que salen en comerciales y ganan millones de dólares, muchas ilusiones y el mismo resultado al finalizar cada campeonato.
De las últimas justas mundiales no parece haber grandes memorias, ni alegrías. A lo mucho, los festejos del “Piojo” Herrera en 2014 (objeto de innumerables y divertidos memes alusivos a Dragon Ball), durante el empate con la selección anfitriona de Brasil, y aquella victoria de 2018 con un gol de la entonces promesa, el “Chuky” Lozano, ante la selección de Alemania que, como más tarde se haría patente, fue su peor versión en un Mundial, lo cual restó valor al triunfo. ¿Por qué habría de esperarse una historia diferente en esta ocasión?

IV
El interés por el Mundial de Futbol como evento deportivo, a últimas fechas, se ha desplazado hacia las noticias de corrupción y explotación por parte de la FIFA. Rusia, en 2018, y sobre todo Qatar, en 2022, fueron eventos anómalos y opacos en sus procesos de organización. En el último, hubo críticas sobre los términos de contratación de los trabajadores que construyeron los estadios; se mencionó incluso que habían sido esclavizados. Aunque hay que tomar en cuenta que la visión política y cultural de occidente suele recurrir al juicio extremo cuando se trata de países que no son del todo afines con ella y los mide con una vara que no se aplica a sí misma.
Ahora, después de que la FIFA entregó el recién creado (y, al parecer, ex profeso) Premio de la Paz a Donald Trump, durante el sorteo para definir los grupos donde jugarán las selecciones nacionales que participarán en el Mundial del 2026, yo comprendería que toda la expectativa y atención de los aficionados se viniera abajo, mas no es así.
¿Cómo es posible creer en una “competencia” o “torneo” que, sin siquiera haber comenzado, ya otorgó un premio manipulado y contradictorio? Normalmente, hay alguna justificación o mérito para ganar algo, pero en este caso se trata simplemente de un millonario, arrogante y autoritario, cuyo actuar, desde que inició su período presidencial en EEUU ha sido todo lo opuesto a la procuración de la paz, no en un solo lugar, sino en todo el mundo.
Ya puede uno imaginarse el sentir de los líderes europeos al ver al presidente de FIFA, Gianni Infantino, entregarse de esta manera a un plutócrata que les ha chantajeado con la imposición de aranceles y les ha llevado a una crisis y tensión permanente ante un escenario de posible guerra en todo el territorio, además de Ucrania y los países aledaños. Horas más tarde, sería aún más evidente la posición sumisa y complaciente del presidente de la FIFA tras las declaraciones trumpistas acerca del “fin de la civilización europea” acusando sus políticas migratorias, calificandolos de ser débiles e insinuando su incompetencia e inconveniencia como aliados en su intención de dominar al mundo a través de la fuerza y la violencia. El mismo día, el gobierno estadounidense reconoció abiertamente haber retomado la Doctrina Monroe, “América para los americanos”, y haberle añadido un corolario Trump que pretende extender su dominio e intervención política y militar en los países de América Latina.

V
A pocos días del inicio del Mundial, lo más comentado es la suma de afectaciones derivadas de una especulación sin límites que se refleja en costos de boletos y de alojamientos que nadie puede pagar en México ni en EEUU. La anunciada y celebrada derrama económica que suponía un evento como éste se revela ya como una mera farsa para justificar la intromisión de FIFA y sus marcas registradas en las ciudades sede. Está claro, ahora, que no habrá grandes ganancias para el comercio local y que tanto el gobierno federal como el de la CDMX han implementado estrategias de desplazamiento de la población para darle prioridad a la imagen de una ciudad limpia y segura mediante el proceso que popularmente ya se conoce como “ajolotización”, que consiste en recubrir las calles pintando ajolotes y paredes de color morado por todas partes.
El futbol de la televisión y, por consiguiente, el Mundial, no es sólo un deporte popular; es un instrumento de inversión para los magnates que sólo se divierten haciendo más dinero. Basta con mirar el incremento de plataformas de juegos de apuesta y su notable presencia durante las transmisiones televisivas. Mientras tanto, los aficionados y la población en general somos sometidos a sus planes sin consideración y sin tener la posibilidad de entretenernos, al menos, con el supuesto torneo.
La “fiesta del futbol”, el Mundial, es actualmente un espectáculo que los plutócratas utilizan para hacer negocios y celebrar sus especulaciones financieras con el dinero que podría emplearse en uno que otro beneficio humanitario de los que hacen mucha falta. Puedo imaginar a Infantino con la misma actitud de Javi Noble, personaje de la película “Nosotros los nobles”, junto a sus amigos juniors,planeando hacer de este evento un negociazo como el de “la cuba más grande del mundo” en el Estadio Azteca (hoy Estadio Banorte): “¿por qué no organizamos un Mundial en tres países con miles de kilómetros de distancia de por medio, con crisis económicas y políticas entre sí en torno a temas de migración, violencia y crimen organizado y con una desigualdad socioeconómica enorme? ¡Sería un negociazo!”. Tanto, que para el de 2030 ya tienen proyectado realizarlo en seis países y tres continentes.

VI
Irán, Irak, Marruecos, Congo, Cabo Verde, Curazao, entre otros países, participarán en el Mundial de 2026 con sus selecciones en medio de crisis políticas, sociales, sanitarias y humanitarias. Donald Trump observa complacido cómo todo el mundo obedece sus reglas restrictivas contra los visitantes de aquellos países que él considera non gratos o como amenazas para la seguridad de su país entre otras tantas falsas y torpes acusaciones racistas y segregacionistas. Para su mayor beneplácito, China, culturalmente lejana a este deporte, no logró clasificarse en un sistema complejo y sesgado para los países orientales; Rusia, por otra parte, ha sido conveniente e hipócritamente excluida por la FIFA por su intervención bélica en Ucrania.
¿Por qué y para qué ver el Mundial, entonces? Es un torneo parcial, injusto, excluyente, explotador, etc. Por ello, se convierte en un escenario donde se replican las relaciones de poder entre los países y las potencias mundiales. El Mundial no es el Mundo, funciona como un mapa de dichas relaciones y, como tal, deja de lado la mayor parte del territorio. En medio del desarrollo del guión establecido por los dueños del tablero y de las reglas de juego, los relieves y depresiones del terreno pueden dar lugar a cualquier tropiezo que contravenga la narrativa oficial: Camerún y Colombia en el 90; Rumania y Bulgaria en 94; Marruecos en 2022. ¿Qué tipo de emergencias pueden surgir desde las naciones menos poderosas? ¿Cómo van a contrarrestarlas las grandes potencias? ¿Qué mensajes nos estarán lanzando en cada encuentro y con cada resultado? Este tipo de preguntas deberían interesarnos para tratar de entender lo que en otras cúpulas están negociando.
Por contraste, tenemos ejemplos recientes de alegrías honestas como la del Rayo Vallecano, que resiste a las ideas ultraconservadoras y alineadas a los intereses plutocráticos de Isabel Díaz Ayuso, actual presidenta de la comunidad de Madrid. Un equipo defensor de su estadio y de la tradición que reúne a sus fieles aficionados, vecinos oriundos de este barrio de trabajadores obreros, hogar de muchos migrantes latinos y en resistencia contra la voraz gentrificación. Este 2026, el Rayo salió de la oscuridad para brillar en lo alto de la final de uno de los torneos más importantes de Europa, y nos hizo recordar que el verdadero origen del futbol está en las calles, en lo popular, en reunirse a divertirse y celebrar sin violencia y sin importar el resultado.
Realidades como la del equipo representativo del barrio de Vallecas me hacen recordar aquel mantra atlantista que hizo que once jugadores desconocidos cumplieran el sueño de una afición proveniente de Tepito, de la Morelos, de Ciudad Nezahualcóyotl y de mucha gente de los barrios de la Ciudad de México y el área conurbada: “humildad, actitud, aplicación; ninguno de nosotros es tan bueno como todos juntos”.
Deseo que durante este Mundial haya oportunidad de presenciar alguna de estas maravillas que reivindican lo colectivo sobre lo privado, el barrio sobre el estadio, la defensa de los derechos frente al ataque de los abusos y autoritarismos. Desde hace tiempo el Mundial viene comiéndose la cola en la medida que su codicia le lleva al agotamiento de sí mismo sin darse cuenta, creyendo que mientras no mire hacia el suelo no habrá posibilidad de caer. En tal estado de ceguera, éste puede ser el fin de su concepción del mundo; el Mundial como fin del mundo inhóspito y destructivo para quienes no aparecemos y pretende representarnos con un equipo de veintiséis en sus listas y calendarios oficiales. Al margen de ello están los otros muchos mundos en los que miles de millones vivimos y resistimos, el mundo de los deseos y de los sueños auténticos que transforman y generan su realidad con dos piedras de portería, entre el tránsito y carros estacionados, y cuando alguien mete su gol, para, o sea, le toca ponerse de portero.



