Mi amante budista creía en dos palabras: aquí y ahora. Una relación de tiempo/espacio que consideré afortunada para salir sigiloso por el pasillo de la cautela si se me hubiera ocurrido pedir o decir: allá/mañana/sábado/tarde o lo que fuera. Alérgico al compromiso disfrazado de mística. Convencido él, yo no. Su aquí y ahora me dan exactamente lo mismo puesto que para mí él es hace mucho y allá, que no es aquí, donde ahora estoy.

Por lo general suelo respetar las creencias de las personas, he ido a la iglesia en los últimos años dos veces: bautizo de mi sobrina, el funeral de mi padre (que era ateo) y hasta besé una cruz en una ceremonia luctuosa. Hice lo que me dijeron, obedecí, pues a falta de religión no me da conflicto tomar los rituales de los otros, no me hacen nada, no me queman la piel pero tampoco me hacen ver ninguna luz. El más reciente fue un temazcal donde gritamos el nombre de una deidad y cantamos canciones a la pachamama. Yo quiero a la pachamama, he estado en Perú y Bolivia y sé lo que significa allá amar la tierra, la madre tierra. Vi los fetos de llamas disecados colgados de los puestos, preparados para ser enterrados junto a ofrendas de dulces, porque la pachamama ama los dulces. Traté de comprender y comprendí. Traté de amar y amé. Si uno entierra un feto de llama (el valor del animal depende de su tamaño) con dulces tendrá asegurada la abundancia. Así se dice que funciona.

Así que grito, me unto lo que me ponen y por un momento estoy en sincronía. Parte de algo. Que es una de las razones para que la gente crea, rece, cante, beba, se desnude, haga cualquier cosa en colectivo.

Estábamos listas, mis amigas y yo, para el viaje de fin de semana. Pueblo mágico. Una de ellas escribe el día anterior que nos avisaba que estaba haciendo voto de silencio. Habíamos planeado ese viaje un mes. Así que era mi cumpleaños. Cuatro mujeres en un auto. En un bar. En un hotel. Lo que sea. Pero, ¿a guardar silencio? ¿Cómo para qué? Le pregunté si tenía 12 años, le dije ¿Cuál es la razón para tal cosa?. Que si los budistas se volvían budistas me daba igual pero por lo general no invitan a los que no se convierten al ritual. Habíamos hecho planes para hacer justo lo contrario: nos veríamos para contar, gritar, celebrar la puta vida que un día se irá de esta luz visible. Me pareció un desplante infantil, un sabotaje del viaje, un protagonismo insufrible. Y no entendí.  O no quise entender que da un poco lo mismo.

 

¿Qué hace a una mujer adulta avisar en su oficina su voto de silencio e ir a trabajar, claro está? ¿En su familia? Raparse el pelo para volver a empezar, sí. Si fuera en serio, pensé, se queda en su casa, no sale; pues, imagino, ese silencio debe buscarse interiormente. Estar en contacto con sus pensamientos, su plan de vida. Pero hacer la vida normal, ir a trabajar, salir a comer y salir con las amigas de fin de semana obligándolas a respetar su decisión espiritual pues no me quedaba tan claro.  Eso era forzar a los demás a tolerar una decisión que era individual, tomada en soledad. A imponernos su decisión. Eso quería hacer. Como cuando a uno lo obligan de niño a saludar, a decir por favor, a compartir, pese a que no queremos. Nos obligan porque nos educan, nos forman. Pero ¿esto?

Podría comprender que el voto de silencio se realice en la soledad. ¿O el reto sería encontrar el silencio en la multitud, en la vida cotidiana? ¿Aguantarse la risa, las ganas de compartir algo? Al final, canceló. Pero se me hizo todo tan extraño.

Deberíamos hacer votos del grito, coño (votos del coño también). Unos dos-tres días de gritar todo lo que podamos será bueno. Puto silencio el que nos espera en el sueño, la muerte, los días tristes. Este país es silenciado, secuestrado, obligado a callar. Y encima hay voluntarios.

Veo a mis primos volcarse a la religión que no atendían de chicos, veo a muchos convertirse en budistas, hacer yoga, ser vegetarianos, meditar, y así. Por supuesto que estamos solos en este valle de lágrimas y cualquier cosa que ayude es bienvenida. A desprendernos del yo, de lo material, a acercarnos a nosotros y a los demás. Si lo pueden hacer para sí yo lo agradeceré enormemente. Porque la imposición estorba, no es la acción política que procede.

Los testigos de Jehová están convencidos de adjuntar a base de toquidos de puerta almas a su causa, entonces convencen, argumentan. ¿ Cuál es la misión de cada uno? ¿Qué debemos hacer para merecer otra vida? Ya por eso los considero superiores.

Ahora, cualquiera que hace ejercicio en licras se cree budista. Bien, que lo sea. Me alegro. En verdad.

Hay diferencia entre tolerar y comprender, o hacer empatía: ponerse en lugar del otro, sentir como el otro, imaginar como el otro. Toleramos al vecino un rato, al compañero de oficina, al primo. Es decir, somos tolerantes porque nos comportamos, porque es sólo un rato. Un viaje en auto, una noche de copas con alguien insoportable, y así vamos, intercambiando el tiempo, la energía, porque tolerar es reservarse y no decir lo que uno piensa realmente, no hacer lo que uno quiere realmente, ya sea porque no vale la pena pelear o porque nos da lo mismo si esa otra persona no podrá cambiar y para qué nos revelamos.

La empatía es más elevada, espiritual. Imposible. Por más que queramos ser el otro, no somos ese otro. No podemos. Podemos imaginar el dolor, el amor, la alegría pero no podemos situarnos en la dimensión de tal situación, duelo, tragedia, felicidad.

Mi amante leía libros de encontrar el ser/centro espiritual mientras creía que llamar por teléfono al día siguiente de vernos era ofrecer algo que no podía dar. Creía fervientemente en Dejar ir. ¿cómo se deja ir algo cuando ni siquiera hacen el esfuerzo de acercarse/tocar a alguien?

Yo, en mi aquí y ahora (y espero mañana también) me dedicaré a gritar mucho tiempo. Hacer presencia es necesario. Agradecer a gritos que uno vive y que la tierra aún no nos cubre la boca.

 

* Nota:  Crónica que aparecerá en el libro: “Cubo de Rubik”, Camelot Ediciones América, 2018.

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