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    1984 y el templo de la perdición: una bomba a punto de estallar

    En 1984 mis esfuerzos de libertad eran normalizados por las tareas escolares. En tardes agolpadas, lentas, nos sentábamos los tres hermanos en la mesa buscando respuestas matemáticas, históricas, naturales, añorando un espacio libre en la sala o en el parque. La tele estaba apagada y la luz, silente, porosa, entraba por la ventana. Nuestro canario amarillo nos cantaba de repente acompañándonos en el pesar, apostado en una jaula al lado de una de las ventanas que daba al cubo de luz del departamento, nuestra médula espinal hogareña, lumínica. De ahí corrían todas las tardes pausadas, a la espera de cerrar los cuadernos y así poder escaparnos, pero en las fracciones…