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Resbalar con el musgo de un relato
Hay libros que desde la contraportada nos avisan que el agua del riachuelo al que estamos a punto de zambullirnos es ficticia, como diciéndonos: “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, esto no es agua, esto no es un río”. Pero la línea se vuelve confusa cuando a pesar de saberlo podemos nadar, abrir los ojos dentro y sentir cómo el rostro de cada uno de nuestros dedos se arruga. Leer a K. Le Guin, sin embargo, supone, más allá del contrato de pacto ficcional que unx como lectorx firma desde que abre el libro, un estremecimiento constante provocado por el presentimiento de estar leyendo, con muchísimos más matices,…


