Preámbulo

Los Godínez, segmento de la clase trabajadora con oficina como escenario, que dan vida a esos personajes de diferentes latitudes de nuestro país, sobre todo en zonas urbanas y concentradas, por evidentes y densas razones poblacionales en la zona centro —punto donde emergen buena cantidad de tendencias, modas, estereotipos, protestas y personajes—, que en los últimos años se han convertido en protagonistas de conversaciones, estudios, caricaturas y demás expresiones que los miran desde un punto de vista particular: la burla, la ridiculización y hasta el desprecio.

 

Apelativo que de manera hilarante nombra a un estilo y tipo de trabajador del que cada día es más común escuchar en las conversaciones, no sólo en las que participan los que con autoridad critican todo aquello con lo que “no se sienten identificados” o los que enfocan sus estudios e investigaciones para entender su estilo de vida —léase preferencias y hábitos de consumo—, sino hasta los mismos protagonistas de esta nomenclatura, quienes cada vez han interiorizado más el término hasta asumirse e identificarse con este colectivo, sus prácticas y formas de pensamiento.

 

Sin duda se trata de un grupo social de suma relevancia en nuestro país; en la economía y el trabajo, pero sobre todo en nuestra lógica social, en el día a día, en los espacios públicos, en el transporte, las calles y los edificios, que como fieles testigos, ven pasar de lunes a viernes, de ocho de la mañana a las seis de la tarde, el transitar de estos personajes. Empero, cuando se habla de este grupo es pertinente preguntarse a qué se está refiriendo, ¿a un estereotipo, un segmento inventado por la mercadotecnia, a una serie de víctimas de las promesas nunca cumplidas por los espejismos del capitalismo, a un grupo que resiste las lógicas laborales del mercado actual, de la muestra de alienación más evidente y lastimosa en nuestros días, o simplemente gente con necesidades que “se gana la vida”?

 

El término Godinez generalmente se utiliza no sólo para hacer mofa y mirar de manera despectiva el estilo de vida de esta sociedad laboral, también representa una práctica nominativa que abona a la lógica de división, como bien se sabe que funcionan los estigmas y estereotipos, que más que construir una vida colectiva de respeto y aceptación de la diferencia, hacen más evidentes esos abismos sociales entre los “unos” y los “otros”. Efectivamente, es un actor de suma significancia no sólo en la dimensión económica-social, sino también en términos de pensamiento colectivo en contextos urbanos modernos, como reflejo de ciertas condiciones históricas laborales y culturales muy específicas.

 

Éste es justamente el tema que nos ocupa en el presente relato. Aquí pretendo hacer un breve repaso de la figura que estigmatiza a este sector social, poniendo especial énfasis en su representación cultural y manifestaciones cotidianas. Lo que busco es hacer un ejercicio reflexivo acerca de estas personas no desde ese lugar de exclusión, burla o estigma, sino como una expresión colectiva de la vida cotidiana, que no es aislada y más bien forma parte de un contexto y entramado de complejas formas culturales que se viven en esta época.

 

De la caricatura a la vida real

El origen del denominativo Godínez puede rastrearse en un personaje de una de las series televisivas mexicanas más exitosas en toda América Latina,  que lo ha sido así durante más de treinta años, como lo fue El Chavo del Ocho (1971-1980, Telesistema Mexicano, 8 temporadas, productor Enrique Segoviano y Roberto Gómez Bolaños). En dicha serie, había un segmento cómico de escenario escolar donde los protagonistas compartían aula con un alumno de apellido tal, el cual nunca alcanzó un rol protagónico pero que era necesario considerar en el guion con facultades ligeramente más activas que un mero elemento escenográfico.

 

Se trataba de la Chilindrina, Quico y el Chavo quienes de manera recurrente señalan, se pitorrean y hacen evidentes los errores o desaciertos en los que habitualmente el personaje de apelativo Godínez cae, como una fórmula y ejercicio común en los diferentes episodios de la puesta en escena llamada “La escuelita”. Es el personaje que tiene atributos hilarantes, pero generados por la burla y la sátira que hacen consistentemente sus compañeros, que sin darse cuenta, son parte de este montaje agresivo donde la risa y el entretenimiento es a costa de señalar la diferencia, las fallas y defectos de los otros: lo que ahora se llama profesionalmente Bullyng.

 

 

Sucede que se populariza el término extrapolándolo al ámbito laboral porque en cada oficina suele haber un sujeto de apellido Godínez, quien cumple las mismas funciones de aquel. Ahora bien, referirse de esa manera a este gremio trabajador en tanto un grupo social, no proviene de un personaje que especialmente representara al oficinista o trabajador de gobierno. Su origen puede rastrearse a partir también de una serie televisiva mexicana protagonizada por un hombre llamado Ángel Gutiérrez conocido en su centro laboral como “Gutierritos”, apelativo diminutivo que en nada se correspondía con la magnitud de su infortunio (Gutierritos 1958, Telesistema Mexicano, 50 capítulos, productor Valentín Pimstein).

 

Pudo haber sido Lopecitos, Hernanditos, Rodriguitos o Sánchitos, siempre en diminutivo para destacar la nimiedad de su rol social, porque sin importar cuál de ellos sea el apellido más común en nuestra sociedad siempre hay un sujeto así, con un apellido fonéticamente familiar, que todos los demás compañeros de trabajo ubican como el encargado del despacho de asuntos sin importancia, sin el cual, la vida de oficina se desdibuja. Pero se difundió aquella serie televisiva en una época en que el televisor representaba la escenificación de la vida social.

 

Ser “Gutierritos” significaba encarnar un personaje con rasgos caricaturescos del típico burócrata, que trabajaba en una oficina de gobierno cualquiera, sin mucha aspiración, con poca aptitud de servicio, sin interés en el trabajo y mucho menos en las personas que debía atender. Se trataba del estereotipo del mexicano de oficina de gobierno, que es noble, trabajador, honesto, cándido y amable con sus allegados, pero sin poseer muchas habilidades —atributos señalados inquisitivamente sobre todo por su esposa— para aspirar a más, como ser lo suficientemente hábil para llevar a su familia a un nivel mayor en la escala económica-social.

 

 

Fue en las décadas de los setenta y ochenta cuando la cultura popular a través de medios de comunicación masiva, como la radio y en especial la televisión, con sus respectivos programas de melodrama jocoso, se encargaba de caricaturizar y hacer mofa de este trabajador de oficina. En la serie cómica llamada La Carabina de Ambrosio (1978-1987, El Canal de las Estrellas, 8 temporadas, productor Humberto Navarro) por ejemplo, existía un segmento en el que se reconstruía la vida de un personaje de oficina llamado Peritos, quien representaba al típico burócrata mexicano que trabaja poco, es ineficiente y no aspira a mucho: el estereotipo que comenzaba a rondar a la figura del trabajador de saco y corbata.

 

Era una mirada particular que no excluyó a las mujeres trabajadoras de este ramo productivo, a quienes generalmente sólo se las consideraba capaces de llevar a cabo tareas de secretaria o asistente. Este fenómeno fue retratado en una pintoresca serie llamada Mi Secretaria (1978-1986, El Canal de las Estrellas, 9 temporadas, productor Humberto Navarro), protagonizada de manera estereotípica por cuatro modelos de empleada: la eficiente, la sumisa, la rebelde y la ineficiente. Esta representación se extendía y en ella se democratizaba una suerte de exteriorización de un pensamiento que lleva a dividir, catalogar y estigmatizar a las personas en un contexto social que lo permite, lo aplaude y se mofa.

 

 

Sin embargo, el referente actual del término Godínez es un conglomerado entre ambos personajes, y no tiene que ver fielmente con el del Chavo del Ocho o con la evocación de un personaje de las telenovelas de finales de los años 50 y principios de los 60, sino con la importancia que adquiere denostar a un sujeto de la vida cotidiana para la autoafirmación de quienes le rodean, al que se le endosa un sobrenombre como práctica recurrente en la cultura mexicana: el apodo es en efecto, una manera de apropiarse de las personas[1], pero al mismo tiempo es un vehículo con fines hilarantes, de burla, de sarcasmo o de ironía.

 

Los apelativos Godínez y Gutiérrez, si bien no tienen el mismo personaje de origen, representan ambos a ese otro que es tratado como parte de un chiste y reprendido públicamente con enérgico tono, como si todo el tiempo fallara y ameritara por eso ser sancionado, señalado y convertido en objeto de burlas.

 

Efectivamente, el escarnio público es otro de los rasgos culturales que se hacen evidentes en esta fórmula denominativa que no suele llamar a ciertas personas por su nombre, pues además de que se considera que no lo merecen, se cree que tienen capacidades inferiores, por lo que se recurre al apellido, al segundo en orden como eran considerados estos dos desafortunados personajes.

 

Sin embargo, juegan un papel sustantivo porque en ellos se deposita la insatisfacción de quienes los denostan consigo mismos, de manera impune y sin las consecuencias que pueden acarrear la introspección y la autocrítica, porque hacerles burlar funciona para distanciarse de la posibilidad de convertirse de él, la cual, por cierto, es muy factible en tanto que realizan prácticamente las mismas actividades y con el mismo enajenado espíritu.

 

El chiste en México, nos recuerda el filósofo de mediados del siglo pasado Jorge Portilla en su Fenomenología del relajo[2], ha sido usado como herramienta social, como un recurso para romper con la solemnidad y restar seriedad a los temas que no resultan ser del todo cómodos. Esa práctica de la burla bajo la característica forma mexicana de relajo tiene ese carácter de digresión; desvía la atención hacia otro eje y suspende la seriedad, quitando cierto compromiso o adhesión al tema, con lo cual se va tomando distancia restándole valor y disminuyendo responsabilidad y seriedad al vínculo que de esta relación pueda resultar.

 

 

También se debe reconocer que la risa ha ocupado un lugar central en el transcurso diario de nuestras sociedades[3] como una suerte de invitación colectiva a tomar esta postura de distancia, a ser parte de esa distención endulzada con las risas que emanan de la burla que de la negación, de la absoluta ausencia de empatía e identificación con los personajes protagonistas de esta historia, así como de las eventualidades que su dinámica cotidiana de oficina conlleva. Esta práctica podría ser denominada “la táctica de la evasión” del compromiso, de la relación formal y los posibles sentimientos negativos que provoquen tomar en serio al otro, con la finalidad de perderse en la supuesta liberación que la risa, el relajo y la burla representan para esta sociedad jovial, desenfadada y que se toma todo con humor.

 

Pero más allá de esta dimensión y representación cultural caricaturescas, se trata de personas a quienes se identifica por su estilo de vida, y en específico por la forma en que abordan y ejercen su trabajo. Oficinistas que con rígida rutina cumplen una serie de requisitos que esta dinámica de trabajo impone, exige y perpetúa al paso de las generaciones. Horarios de entrada, de salida, de comida, de descanso, de ir a la tienda; días de pago y descanso, con formas características de vestir y de expresar ese porte particular, mezcla de elegancia, mal gusto y obligación de asumir las reglas impuestas por la empresa, que sin importar si es de gobierno o privada exige portar con orgullo —hasta en escenarios extramuros— el gafete que lo identifica.

 

El oficinista en general vive en una rutina que se repite todos los días, con variaciones, pero básicamente consistente de lo mismo: contestar correos, pasar llamadas telefónicas, ir a reuniones de planeación, preparar informes semestrales, ser supervisado y evaluado por un mando superior, y otra cantidad de procesos que asegurarán que esté siendo eficiente y cumpliendo sus objetivos. Ciertamente está inmerso en una lógica de constante evaluación y medición, no de horas de trabajo, sino de las aptitudes y habilidades que dan cuenta de qué tanto perfil ejecutivo (sic) se tiene, del nivel de jerarquía y capacidad de productividad de cada oficinista.

 

 

Se trata de un modus vivendi de ganarse la vida con el sudor de su trasero, aposentado la tercera parte de cada día hábil sobre una silla apareada a un escritorio por donde circulan cantidad de documentos, convertidos en el fetiche de la tecnificación del lenguaje que disfruta de comunicar, con frases hechas y lugares comunes, formatos y formularios, no las respuestas ni las soluciones que les demandan los solicitantes, sino la justificación de cada lugar en el organigrama. El Godínez es el asalariado decidido a cumplir una jornada laboral, por lo común de 8 horas/oficina, con el propósito de acumular antigüedad y prestaciones que le aseguren una pensión suficiente para sufragar los gatos le resulte su vejez, al cabo de haber invertido casi la mitad de su expectativa de vida en el mismo lugar y con la misma gente, y que configuran su tiempo y sus actividades convirtiendo a su empleo ya no en el medio de subsistencia, sino en el centro mismo de su quehacer en la sociedad.

 

Los tiempos y los espacios adquieren significados múltiples, se expanden, se modifican, se generan algunos muy específicos y característicos del entorno de la oficina. Existen horas y momentos para todo: el desayuno, el lunch, salir a la tienda, ir al baño, pedir el almuerzo, tomar el café, fumar el cigarro en las escaleras y hasta darse el tiempo para padecer el llamado “mal del puerco” —malestar estomacal causado por el exceso de alimento—.

 

La hora de la comida, por ejemplo, es un periodo de muchas posibilidades, no es únicamente el momento donde se hace una pausa para saciar esta necesidad vital; es el momento de las convivencias, de las complicidades y compadrazgos, pero al mismo tiempo representa también la oportunidad de poder llevar a cabo actividades y labores personales, desde pagos de bancos y servicios, hacer mandados a la tintorería o la lavandería, ir a entrevistas en busca de mejor trabajo hasta ver de rapidito al novio o novia o amante. Y cuando los números rojos asechan la quincena, es el momentos de los tuppers con las viandas, donde se comparte el alimento y cada quien se entera o comunica quién cocina en su casa, donde se comparten las recetas y los consejos para ahorrar o bajar de peso, donde la sazón casera exhibe la falta de tiempo, de dinero y de sal.

 

 

Como se puede constatar, el sitio de la clase trabajadora de esta época resulta ser particularmente compleja, en tanto desaparecen los medios de producción en términos del capital del que hablaba Marx; en lugar de ellos, nos encontramos hoy en estas lógicas laborales en que se atiende y responde a un mercado de servicios. En términos materiales, además del imperativo necesario tecnológico virtual —es decir, la computadora con internet con la que debe contar toda oficina que se precie de ser alguien en el mercado—, se fue más allá del mundo material para pasar al de las ideas y las estrategias.

 

Con lo que nos encontramos en nuestros tiempos es que ya no se trata de ese personaje de la clase trabajadora representado por el campesino o el obrero, cuyas destrezas físicas son desarrolladas en alto grado, ahora el trabajador de oficina moderno lo que cultiva no es el desarrollo de la capacidad física que involucra al cuerpo, por el contrario, lo que con más ahínco se busca, es ser una persona que sea un buen apóstol de una filosofía, la de la empresa. Alguien que cultive la parcela del otro con suficiencia a cambio de recibir las mermas de esa cosecha.

 

Riega objetivos de trabajo, ara procedimientos y deshoja resultados esperados, porque en esas tareas siempre presentes, termómetro de su efectividad y productividad, se mide la habilidad que tenga para operar siempre igual, y, por lo tanto, deja de construir. Lo paradójico es que se alienta que las actividades siempre sean las mismas, a pesar de que se persigan resultados distintos, mayores, mejores.

 

Pero las funciones reproductoras del status quo de cualquier organización resultan básicas para quienes se ubican en la cima de esa microescala social. Dirigir a expertos en la reproducción de procesos, permite su control y su alienación. En esta nueva configuración de las lógicas laborales, dada la caída del Estado protector y proveedor de seguridad social en beneficio de la ciudadanía, la reducción del ejército laboral perteneciente a la burocracia de gobierno fue notoria y significativa. Con ello también devino esta máxima del mínimo esfuerzo encarnada en su tiempo por el personaje “Gutierritos”.

 

Dominar las funciones propias, lejos de inspirar la búsqueda de otros retos, genera una zona de confort de la que no es “necesario” escapar. Ahora lo que rige es el decálogo empresarial, el de las inversiones privadas y fines de lucro explícitos, erigidas sucintamente para la generación de capital, riqueza que quedará en manos del pequeño número de propietarios que siempre lo han sido. La capacidad de los propietarios para adaptarse a los cambios sociales es mayor que la de quienes los producen para aprovecharlos.

 

 

En esta nueva configuración de las lógicas laborales, dada la caída del Estado protector y proveedor de seguridad social en beneficio de la ciudadanía, la reducción del ejército laboral perteneciente a la burocracia de gobierno fue notoria y significativa, con ello también devino esta máxima del mínimo esfuerzo encarnada en su tiempo por el personaje “Gutierritos”. Ahora lo que rige es el decálogo empresarial, el de las inversiones privadas y fines de lucro explícitos, erigidas sucintamente para la generación de capital, riqueza que quedará en manos del pequeño número de propietarios.

 

Es la era de las habilidades gerenciales y las áreas de oportunidad, esquema de trabajo construido principalmente por este nuevo oficinista que responde al trabajo de sectores de alta tecnología, finanzas y servicios. En general, se trata de empresas de capital y control trasnacional que imponen ideologías para estar “a la vanguardia del mundo”: ser global es también asumir, sobre todo, las reglas de este nuevo tipo de trabajo, cuyos fundamentos y esencia son el capital financiero, junto con todos sus respectivos procesos para premiar a quien cultiva este pensamiento, así como para castigar con el despido a quien no lo haga.

 

Ser Godínez se expresa mediante diferentes rasgos, pero su dimensión corporal es una de las más evidentes y contundentes. No se quitan el gafete ni cuando salen a comer, pues es parte de ellos, algo naturalizado, un artefacto que ha sido perfectamente bien interiorizado, diseñado para que como pasaporte impuesto por empresas y oficias de gobierno sea portado en todo momento, rebasa las fronteras espaciales de la “ofi” para ser llevado con cierto orgullo por las calles y transporte público.

 

Esta figura de traje corte sastre, corbata y peinado refinado en el mejor de los casos no sólo representa a esa clase que dignamente se gana la vida, también es imagen del individuo civilizado que ha superado la barbarie por medio del esfuerzo que representa el trabajo, aspira a ser un ciudadano que come, viste y vive dignamente, porque come, vive y se viste a imagen y semejanza del superior jerárquico, en quien aspira convertirse, aunque en ello se gaste porcentualmente el doble o el triple de su salario de lo que se gasta aquel.

 

Sin embargo, como se puede constatar y palmar dialécticamente, no se cumple este deseo de tener el mejor trabajo, el ideal, ni mucho menos llagar al soñado éxito. Para ser más claros, basta con pensar el aburrimiento y el hastío que provoca el trabajo de oficina, los cuales se hacen latentes todos los días y de manera recurrente se genera un lenguaje que lo manifiesta: el amor a los viernes y el odio a los lunes. El amor al fin de semana no es únicamente por la flexibilidad permitida de poder ir a trabajar con ropa casual, es la posibilidad de ser otra persona desde el “juebebes” —o “viernes chiquito”— y el “beviernes” comienza el gusanito de la emoción por pensar en dar rienda suelta a los más salvajes deseos, para ir a centros de reunión o centros comerciales, con el fin de ejercer el libre derecho inalienable de todos los Godínez: poder vivir a plenitud su vida de consumo, la pregunta que lo detona siempre es: “¿de aquí a dónde?”.

 

 

Los centros laborales se convierten en escenarios donde se desarrollan los montajes de las más diversas pasiones. Se generan lazos emocionales de todo tipo, compañeros que son amigos, amigos que son enemigos, compadres que son compañeros de trabajo, secretarias que son amantes, y así, prácticamente se podría decir que los de la oficina son parte de la familia, así con sus defectos y sus cosas buenas, pero con el rigor cotidiano de la convivencia. Esto evidentemente también merma y repercute en lo que congrega a esta sociedad: el trabajo.

 

Es un espacio monocromático que podría percibirse como triste y aburrido, y que, sin embargo, se va transformando con el día a día y va adquiriendo rasgos propios de las personas que lo habitan: adornos, fotos, postales, muñecos, recuerditos traídos por otros compañeros en sus últimas vacaciones, tazas de conciertos, tuppers con comida, así como cantidad de objetos que van convirtiendo las oficinas en barrocos centros de exposición y vitrinas de vidas personales, íntimas, muy suyas. De esta manera, ocurre una suerte de apropiación y firma personal que atenúa esa frialdad y hace para el trabajador un espacio más cálido y más suyo, como si fuera su hogar.

 

Pero esta apropiación y adaptación no únicamente se despliegan en un plano espacial, sino que esa figura de pertenencia a la oficina también se configura a través de cierto tipo de prácticas. Ser amable, sonreír, hacer amigos, hacer equipo, saludar y decir “provechito” cada que alguien come —práctica común durante todo el día—, son ejercicios que se deben llevar a cabo para cumplir con la etiqueta y las buenas costumbres del Godín, como un manual no escrito que han aprendido a base de imitación, pero ante todo, de repetición.

 

En suma, lo que tenemos en estas épocas de empresas e intercambios globales, es un actor social que labora y vive en un contexto que lo determina, pero que al mismo tiempo le permite hacer frente a esa dinámica de ser Godínez; en su andar cotidiano va significando de manera muy particular tanto las dimensiones temporales como las espaciales, ya sea en sus representaciones simbólicas o de pensamiento, así como en las prácticas sociales que le van correspondiendo. Por voluntad cuenta propia este trabajador de oficina genera una lógica que no sólo doméstica y hace más llevadera su complicada realidad rechazando ser esa caricatura de burla y humor, volviéndose un actor que con dignidad sostiene su día a día, con la esperanza de que no siempre será así, de que su sacrificio cotidiano le permitirá, al menos pensar en un futuro que será mejor.

 

 

Nota:  La siguiente serie de textos nacen de la necesidad de reflexionar conjuntamente sobre las condiciones laborales de las empresas en esta época—sus lógicas, su pensamiento y sus prácticas. Hablar de los Godínez para nosotros representa una invaluable oportunidad de pensar el trabajo en otras dimensiones, sobre todo desde nuestra propia experiencia, sin ese acartonamiento académico que resultan los textos confeccionados en universidades en lenguajes eruditos. Al final, generosamente, Jahir Navalles ha elaborado un postfacio que da cierre y conclusión a este viaje que representa una aproximación experiencial al mundo laboral actual instalado en las grandes ciudades, con sus consorcios, empresas y corporativos globales. Adrián, Alfonso y Andrés.

 

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[1] Milan Kundera (1978). El libro de la risa y el olvido. Barcelona: Tusquets Editores.

[2] Jorge Portilla (1966). Fenomenología del relajo. México: fce.

[3] Georges Minois (2015). Historia de la risa y de la burla. De la Antigüedad a la Edad Media. México: Ficticia Editorial.

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