“Abbas Fahdel paints a sensitive and expansive portrait of a country and a people about which we had until now only the vaguest of notions, based on 25 years of news and propaganda. Little by little the clichés fall away to reveal characters, men, women and children who we become close to. Mixing a family story with an epic novel, daily life and the war, the family’s history and history with a capital H, the film takes us from Baghdad to the banks of the Tigre River. A great film.”
Jurado del premio Sesterce d’Or

Desde hace unos años, la guerra parece omnipresente en nuestras vidas. Está en las noticias, las series, las películas, los juguetes, los juegos, los libros; pero no la hemos hecho consciente, la creemos una ficción porque no la sentimos aquí, no escuchamos las bombas detonar cerca de casa, no vemos soldados pasear por nuestro barrio (¿no vemos soldados pasear por nuestro barrio?), asumimos cierta estabilidad en nuestro contexto. Por esto creo que es muy importante que tengamos acercamientos a entornos en guerra y el cine, me parece, es el medio idóneo para esto.

El cine, de ficción o documental, nos permite crear puentes y acercarnos a realidades lejanas a la nuestra, nos deja entender a ciertos sujetos que podemos considerar “otros”. Ejemplo de esto es Iraq año cero / Parte 1: antes de la caída, el cuarto largometraje (tercer documental) de Abbas Fahdel, director franco-iraquí. Un larguísimo documental (160 min.) que retrata el período de preparación de la sociedad iraquí para la guerra en 2003.

Cuando Bush anuncia que atacará Iraq, Fahdel regresa a su país a filmar “la cotidianidad” de la sociedad que sabe que será atacada. Retrata a su familia y amigos en situaciones íntimas, nos hace parte de conversaciones que revelan preocupación y asimilación; esta última, es lo que más llamó mi atención, pues todos hablan con la confianza de saber qué es lo que se debe hacer. Para el momento de la filmación, Iraq había vivido dos guerras en 20 años (1980-1988 contra Irán y 1990-1991 la Guerra del Golfo), los iraquíes creían que sabían de qué se trataba una guerra, qué debían hacer para prepararse, cómo enfrentarla y cómo reconstruirse.

El filme nos hace evidente la normalización de la guerra (no de la violencia), el país había sobrevivido dos veces, creyeron que la tercera no sería tan diferente, pero lo fue. La invasión que comenzó en marzo de 2003 (el momento en que el filme termina) fue mucho peor. No sólo cayó el régimen de Sadam Husein (uno de los más importantes motivos de la invasión), sino el desarrollo de un país que ahora se encuentra sumido en conflictos.

Esa asimilación (y cierta normalización) también está presente en la mente de aquellos que nos encontramos lejos, hemos deshumanizado al otro, incluso hemos llegado a la afirmación que así es como “ellos” viven. Como si la guerra fuera algo natural o hasta genético. En parte, creo, se debe a la propaganda que ha señalado al Islam como el enemigo definido de Occidente. Ser musulmán convierte al sujeto en violento, según las lecturas burdas que han llevado a la discriminación, sin importar que son ellos los que más sufren la violencia y los conflictos.

En Miedo líquido, Zygmunt Bauman cita una entrevista a una estadounidense que reacciona ante la destrucción por el huracán Katrina con increíble sorpresa por ver su ciudad devastada y afirma que no puede creer que esto suceda “aquí” y no en Bagdad. La reacción ante tal comentario puede ser: “claro, allá saben cómo vivir en un lugar devastado, ellos siempre han vivido así”, pero no podemos ser tan inocentes (por no decir imbéciles).

Ningún ser humano consciente puede desear vivir en esas condiciones. Iraq año cero nos demuestra que una sociedad reacciona ante su realidad y aprende a sobrevivir a ella, pero no significa que lo disfruten o deseen vivir así, el miedo es evidente. Saber que tu seguridad y cotidianidad terminarán, que el mundo que conoces será destruido por las decisiones de personas que no tienen la menor relación con tu contexto, que luchas infértiles terminarán con la vida de otros seres humanos (con quienes puedes estar relacionado), que habrá consecuencias muchas generaciones después… no es parte de ninguna sociedad o ideología.

Me parece que la mejor (y peor) forma de ejemplificar esta afirmación nos la da el filme mismo, pues el estreno ocurrió muchos años después de su filmación, debido a que el director decidió no acercarse al material de filmación porque tuvo 10 años de luto por su sobrino, asesinado en la guerra. Un daño colateral más.

Tal vez Haider es diferente, pues el filme lo humaniza, nos acerca a un niño encantador con opiniones fuertes en torno a la guerra y una valentía impresionante, pero como él hay miles de niños muertos en guerras injustas y estériles.

Estas reflexiones inexorablemente me llevaron a la Siria contemporánea y las ideas en torno a ella en el inconsciente colectivo. Primero porque, de este lado del mundo, se ve al Medio Oriente como una nata de países y personas que piensan, y actúan igual, sin importar si es el extremo oriental u occidental de la región; si son árabes, kurdos, drusos, azeríes; musulmanes suníes, chiíes, cristianos, judíos; sin importar si son los más afectados por la violencia. Después, porque se trata de una guerra en la que casi cualquier persona cree que puede opinar y la opinión suele estar relacionada a las reacciones antes mencionadas.

Siria es un país en guerra desde hace casi una década, más de 7 años en que todos hemos sido testigos de la destrucción de un país y en que no hemos sido capaces de hacer algo para evitar la muerte de miles de inocentes (civiles o no). Los daños colaterales son mucho más que números: son humanos muertos, son familias sin hogar, son niños sin futuro, son adolescentes sin posibilidades de educación, son personas como cualquiera de nosotros ante una realidad desesperanzadora.

La deshumanización del otro no sólo ocurre cuando se le señala como enemigo, sino cuando se le encasilla en una realidad de violencia normalizada. Cuando dejamos de verlo como igual y eliminamos la posibilidad de empatía, pues “a nosotros nunca nos va a pasar porque en mi país nunca va a haber una guerra, no una así”. Nunca podemos descartar una posibilidad así (mucho menos en un país sumido en la violencia), pero no es necesario vivir rodeados de bombas para saber que no podemos permitir que otro ser humano viva así.

Me parece que tenemos suficientes experiencias, análisis, estudios, víctimas como para saber que un conflicto armado sólo trae destrucción. No sólo la evidente y material, sino en el devenir y las posibilidades de quienes la viven. La guerra va tocando a cada una de las personas de los contextos donde se viven y más allá. No hace falta morir, que alguien cercano muera, que una bomba destruya nuestro hogar, que unos soldados invadan nuestra ciudad, para vivir una guerra. La violencia nos toca como humanidad, la guerra destruye nuestras consciencias y nos vuelve egoístas, egocentristas, nos separa del resto.

La guerra destruye mucho más que las ciudades que la viven, la guerra nos destruye como humanidad.

 

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