Advertencia: el texto contiene spoilers sobre la primera temporada de la serie Pluribus.
El “Apocalipsis zombie” es un tema que lleva unos 60 años flotando alrededor de la cultura pop. La idea de una sociedad que se vuelve una masa incontrolable e iracunda asusta y fascina porque ya ha ocurrido; varios de estos libros, películas, cómics y series de TV reflejan que un evento casual, casi inadvertido, termina por conducir al imperio del caos. Eso vino a mi mente cuando comencé a leer y escuchar sobre Pluribus: otra serie sobre el Apocalipsis zombie. Me la iba a brincar, pero el ocio de las vacaciones fue más poderoso. Terminé por adentrarme en una historia que me llevó a tres conclusiones particulares sobre nuestros tiempos.
Antes de disertar, un poco de trama. Al inicio se nos muestra a científicos confundidos por una frecuencia procedente del espacio. Dicha frecuencia termina por esparcir una especie de “virus” que infecta a la humanidad sin distingos y la integra en una conciencia “plural” —nosotros— donde cada ser humano ha perdido su individualidad. Los humanos retienen sus cuerpos, pero sus recuerdos, experiencias y habilidades terminan en una base de datos donde armonizan y actúan en busca de objetivos comunes.

El asunto de la serie es que no todos fueron integrados. Carol, nuestra protagonista, es la autora de una exitosa saga de novelas de romance quien, en cuestión de minutos, ve su mundo caerse a pedazos cuando ocurre el colapso. En la locura, Carol pierde a su pareja (Helen) y logra resguardarse en casa, donde le informan de las características del nuevo mundo que habita. También le hacen saber que, al igual que ella, hay pocos sujetos alrededor del mundo que retienen su individualidad, sin que la colectividad haya descubierto el porqué. Mientras se resuelve la manera en la que Carol podría —voluntariamente— integrarse a la masa, ellos deben hacer lo posible por tenerla satisfecha. En caso contrario, la infelicidad de Carol o de cualquiera de los otros “no asimilados” causa la muerte de un número significativo de los humanos que quedan, lo cual afecta los planes de preservación que tiene la conciencia.
En Pluribus el caos habitual en un serie de Apocalipsis zombie no pasa del primer capítulo. Como espectador, eso representa una novedad intrigante. De igual manera, la serie se toma su tiempo para presentarnos a Carol, su extrañeza, su dolor, su compleja interacción con la conciencia y con los otros “no asimilados”. Hay escenas largas, a veces sin música ni diálogos, para no perdernos en lo estético. Vemos a una protagonista dar palos de ciego por varios capítulos; compartimos su frustración al percatarse de que la posibilidad de revertir el acontecimiento parece remota.
Sin más explicaciones, doy pie a tres reflexiones que me quedan de la serie.
- Horror en el vacío
Considero que Pluribus muestra un acercamiento al horror muy en la línea de lo que la humanidad vivió en los días de pandemia. Más que el descontrol en las calles o las hordas de gente avasallándose unas a otras, la serie apela a nuestra historia reciente para mostrarnos calles desiertas, supermercados vacíos, espacios retomados por los animales al percatarse de que no hay mucho movimiento allá afuera. Hay una poderosa sensación de inquietud en ver a Carol hacer su vida cotidiana ante la mínima presencia de otros seres o incluso limitada a interacciones a través de drones, grabaciones telefónicas y mensajes de texto. Todo eso ya lo vivimos en mayor o menor medida, por eso causa escalofríos atestiguarlo en la pantalla como un recordatorio de lo que la soledad y el aislamiento causan en los seres humanos. “Regresen”, escribe nuestra protagonista en su jardín después de meses en los que sólo se veía y escuchaba a sí misma.

2. El debate sobre la individualidad
Hasta este punto de Pluribus (la primera temporada) no parece existir una razón poderosa para resistirse a la asimilación: los humanos colaboran entre sí, no hay guerras, hay objetivos específicos que la conciencia busca sin distingos. En varios puntos de la serie, es la protagonista quien se muestra como un ser egoísta, violento, descortés. ¿Dónde estaría realmente lo malo en ceder el control individual para trabajar con miras a una colectividad funcional? La mayoría del tiempo, Carol se manifiesta como una recalcitrante detractora a dejarse asimilar, e incluso reclama la pasividad de los otros “no asimilados” (con el escudo de los Eae.UU, tras ella) ante los hechos.
En buena medida, ceder la individualidad también significa ceder el placer. Aquí recuerdo al personaje Mr. Diabaté, para quien su situación como “no asimilado” es ideal para vivir una famtasía de espía seductor que —podemos imaginar— es muy distinta a su vida pre-colapso. Ser un individuo le permite sacar ventaja de los recursos y la gente, satisfacerse en todo sentido; abusar, pues. Curiosamente, este personaje es quien termina informándose de la conciencia con mayor detalle, como un método de persuasión por parte de ella, o quizás como un medio del mismo Diabaté para sacar mayores ventajas de ella en un futuro.
A pesar de la imagen utópica que podría representar un mundo sin individualidades, Carol insiste en que los intentos previos de algo parecido “han salido mal”. La mayoría de los espectadores (supongo) vio con horror cuando una de las “no asimiladas” termina por aceptar la integración y se vuelve una más. ¿Por qué es tan inquietante pensar que habrá menos gente grosera como Carol, menos abusadores como Diabaté? Honestamente, no lo sé, pero creo que la serie busca llevarnos ahí: a cuestionar si la individualidad es algo tan bueno, a debatir si el ego y las pasiones personales valen más que el bien común.

3. La IA en todo
Aquí va lo que más ruido me causó de la serie. Como lo dije antes, Pluribus nos plantea un mundo donde los individuos ceden su autonomía a una conciencia colectiva que acumula tanto memorias personales como conocimientos de cualquier índole. Esto hace que el acceso a información de la colectividad sea vasto, casi absoluto. Cualquier pregunta de los “no asimilados” es respondida en segundos, aun cuando a veces la conciencia opta por no dar respuestas directas, o busca distraer al preguntón para no revelar datos sensibles.
Si bien lo anterior ya suena mucho a la programación de las plataformas de IA inescapableS en el presente, esto se vuelve más evidente en las interacciones de Carol con la conciencia. Ésta busca que Carol siempre esté complacida con las respuestas que recibe, incluso cuando podría revelar demasiado sobre su funcionamiento y planes. Al preguntar sobre su labor como autora, la protagonista recibe reseñas positivas, pero si la escritora indaga más, la conciencia usará la mayor cantidad de eufemismos posibles para decorar la verdad sin tergiversarla. “No pueden mentir”, concluye nuestra protagonista .
Todavía más interesante es cuando Carol nota que la conciencia limita su voluntad y su criterio al de los “no asimilados”. “Zosia”, el vínculo de Carol con la conciencia, no tiene la capacidad de elegir por sí sola si quiere seguir a nuestra protagonista o prefiere aceptar la invitación de Diabaté para formar parte de su harén. Más adelante, la misma Zosia provée a Carol una granada de mano ante la peticiòn de esta última “sospechando que lo hizo de manera sarcástica., pero no dispuestos a correr el riesgo”.

Me parece que está de más explicar punto por punto por qué los ejemplos anteriores se asemejan a nuestras “charlas” con ChatGPT, Gemini o DeepSeek. La serie también nos plantea vínculos emocionales entre “no asimilados” y la conciencia (como sucede con la propia Carol), lo cual me recuerda a la variedad de historias que hay por ahí sobre gente que recurre a la IA como apoyo emocional, consejera de problemas románticos, o sólo para dar los ‘buenos días’ cuando otro no lo va a hacer. Considerando todo lo anterior, pienso que el proceso por el cual muchos humanos pasan en su relación con la IA —si bien llevado al límitee— es muy similar a las relaciones entre los “no integrados” y la colectividad en Pluribus.
Aún me quedan cosas sobre la serie volando en la cabeza, pero ya es momento de cerrar. Apenas tenemos 9 episodios en la plataforma Apple+, la promesa de más para este 2026 y un cúmulo de eventos que trajo muy poco en cuanto a resolución de conflictos. Parece que Pluribus tiene un largo camino por delante. Por mientras, a mí ya me trajo un texto y un par de pesadillas distópicas: a eso llamo yo buena televisión.
