Fetiche nacionalista y la “épica sordina” de Velarde // Notas en mi bitácora de que(no)haceres / Julio
1.-Fut y patria: Escribo esto al día siguiente de la derrota de la selección mexicana en el Mundial. Me encuentro en un café ubicado en el cruce de López y Ayuntamiento al que vengo a menudo. Esta esquina del Centro Histórico es una de mis preferidas, pues desde el balcón del lugar pueden observarse sucesos donde el rimo es relativamente sosegado. Eso permite seguir con la mirada a muchos de quienes deambulan por ahí: gente con cajas sobre la espalda o en diablitos; bicicletas en sentido contrario; uniformados con ropa de motivos fluorescentes; mendigos delirantes que se cuidan de no ser atropellados; niños que caminan en compañía o sin ella, etc. Y hoy, luego de una pifia más en la que se cumple nuestro eterno dilema de haber jugado como nunca, pero perdido como siempre, se percibe una melancolía particular. Por eso quise venir, para ver en tales condiciones el desarrollo de ese temperamento y empalmarlo con la imagen de calles de hace siglos. Se dice que quizá una de estas vías lleva su nombre debido a que en ella habitó Martín López, un carpintero constructor de bergantines quien había participado a las órdenes de Hernán Cortés en la conquista de México. Sin embargo, antes de ello, las calles ya formaban parte de un barrio indígena llamado Moyotlán poblado por familias de clase trabajadora: esta arteria es una de las pocas que ya estaban trazadas antes del dominio hispano. También fue en ella donde, siglos después, los primeros exiliados de la guerra civil española se asentarían para comenzar a hacer parte de la vida urbana de la ciudad. Justo en el ángulo donde me encuentro puedo observar el famoso Café Villarías que despide humo debido al tostado de la semilla, fundado por refugiados republicanos. Y, buscando más referencias para lo que deseo hablar a continuación, extraigo un verso de León Felipe de su libro “Ganarás la luz”, que dice: “Ahora: mi patria está donde se encuentre aquel pájaro luminoso que vivió hace ya tiempo en mi heredad”. Joya.

2.- Fetiche velardiano, conservadurismo y an-arkhé: Llevado por esa misma sensación, luego de una nueva debacle nacionalista futbolera en la que lo más destacable de la participación mexicana suele siempre ser la tergiversación maravillosa de lo patrio en las expresiones populares —corridas de toros improvisadas donde el capote de brega es la bandera tricolor; cuerpos arrojados a lo Juan Escutia hacia las fauces de una eufórica multitud; ajolotes humanos que nadan en charcos de sudor tenochca; y una embriaguez infinita que administra la violencia con la pericia de toda Festum fatuorum (Fiesta de los Locos)—, recuerdo ahora la polémica reciente en la que se vio inmiscuido el inmueble donde se ubica la aún llamada Casa del Poeta Ramón López Velarde. No voy acá a repasar nada de lo que está mil veces documentado, que me parece una discusión poco robusta, atravesada por muchas contradicciones. De lo que quiero hablar acá, así, “inspirado” por la calamidad y la honrosa deshonra, es del fetiche como cosa seria, cosa bonita, cosa mutante… El antropólogo Michel Taussig concibe al fetiche moderno como una respuesta a la angustia provocada por la preeminencia del capital. Si para Marx el fetichismo de la mercancía se concibe como la apariencia adquirida por los objetos, como si los vínculos sociales que los generan fueran cosas, haciendo que su valor parezca una propiedad natural, Taussig lleva esta operación a su contraparte argumentando que el fetiche también ha sido utilizado para la comprensión descentralizada de fenómenos como el colonialismo y las relaciones de explotación.
Y por eso, porque el empleo de la figura de Ramón López Velarde me ha parecido la apropiación de un símbolo literario que pone en el centro una discusión más amplia, me he dado a la tarea —como imagino que han hecho muchos de aquellos que pretenden defender su legado—, de releer algunos de sus versos. Luego, por supuesto, uno de los trabajos que le colocaron en el centro de un nacionalismo que parecía afianzarse más allá de la solemnidad posrevolucionaria: su “Suave Patria”. Se trata de una formulación de imágenes que recaban lo sutil en lo que puede ser pasado por alto cuando lo que se intenta es de defender, a regañadientes, el territorio perdido. Y ahí el punto que, desde la conservación puede señalar nuevos problemas. Se ha dicho varias veces que las virtudes de este poema trascienden la épica nacionalista o el ensalzamiento voraz de la grandeza mexicana. Octavio Paz, por ejemplo, en “El camino de la pasión”, menciona que el poeta zacatecano explora un fervor erótico particular, pero desde un moralismo provinciano y marcadamente religioso. Su potencia se encontraría, según él, en la levedad de algo que, de manera “sordina” apacigua los ánimos de la contienda y la violencia. Aunque Gabriel Zaid en el libro “Tres poetas católicos” lo sitúa dentro del espectro de la democracia moderna haciendo énfasis en su militancia maderista, Monsiváis es quien denuncia con agudeza una intentona conservadora que lo ha condicionado a ser un “gran poeta menor” —como el mismo Paz lo nombró— de corte casi costumbrista. A diferencia de ello, Monsi dice se trata de una propuesta mayor de una formulación estética que señala una carga neurótica vinculada a las contradicciones de lo sexual y lo político.

Puntos de más o de menos, siempre me parece preocupante el conservadurismo que hace que objetos y conceptos permanezcan estáticos. Derrida, justamente, denuncia dicho problema: en “Mal de archivo” señala que el intento de conservación implicará una pulsión de muerte cuando ese resguardo termina por ser olvidado debido al exceso de cuidado. Una casa, un nombre, una propuesta, por ejemplo. Y lo único que hace que eso no ocurra es la desactivación de tal mesura, lo cual suscita la aparición de nuevas maneras de interpretación de lo colocado entre muros, libreros o archiveros. Romper la norma es evitar la normalización de esas operaciones. Por eso la lectura de Monsiváis sobre Velarde es importante, pues puede empatarse muy bien con las imágenes derridianas. Algo así dicen: contre el arkhé (origen de archivo que quiere decir ley, mandato, origen), dislocar lo guardado, desarchivarlo en un an-arkhé (origen anarquía). Pienso que si de algo ha servido tal polémica es para preguntarnos qué hacemos con nuestras estatuas, y demás figuras tranquilizadoras, más allá de la decoración de la conciencia.


