Escribo este texto a unas semanas del lanzamiento de “Streets of Minneapolis”, tema compuesto por Bruce Springsteen como respuesta a las protestas —en particular, al asesinato de dos ciudadanos estadounidenses– en la ciudad aludida en el título. Este acto resalta por la importancia del músico, el ambiente crispado en los EE. UU. y una reticencia del medio artístico estadounidense a expresar puntos de vista que podrían traer hacia ellos la atención no deseada de Trump, su camarilla y sus seguidores.

A partir de la llegada del presidente actual de los Estados Unidos, ha ocurrido el empoderamiento de la división del gobierno conocida como ICE, una agencia encargada de ubicar y detener a quienes potencialmente residen sin documentos en el país. Fue una promesa de Trump expulsar de su nación a todos los inmigrantes que carecen de la documentación que avale su permanencia. Con el paso de los meses y tras hacer patente su presencia en Los Ángeles y Chicago, ICE ha ido adquiriendo relevancia frente a otros organismos gubernamentales. Aún más, se ha registrado un conjunto de actos cada vez más violentos y abusivos que muestran cómo este brazo de la ley ha ido ganando facultades para actuar impunemente.

La gota que derramó el vaso tuvo lugar con los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti perpetrados por agentes de ICE en Minneapolis: el actual foco de la intervención de la organización. Estos hechos han motivado que cineastas, reporteros y artistas de todo tipo alcen la voz para pedir el cese de tanta violencia. Aunque hayan sido varias las personalidades que manifestaron su descontento, es cierto que el entretenimiento estadounidense se ha mantenido más bien cauto ante el presente período presidencial. Mientras que en años anteriores Hollywood era el primero en exponer críticas al líder supremo, ahora los comentarios parece que se hacen a media voz, casi pidiendo a los medios registro del hecho, pero no demasiada difusión para evitar la persecución del mismo presidente y de seguidores irascibles que no aceptan el mínimo atisbo de crítica al mandamás. Recordemos, por ejemplo, el despido temporal del conductor Jimmy Kimmel a raíz de una serie de comentarios emitidos en su show televisivo. Aunque la salida del aire duró apenas algunos días, es un reflejo del miedo presente en los medios a salirse demasiado de la línea.

Ante una atmósfera tan volátil, el tema de Springsteen es, probablemente, el primer tema que critica de manera abierta la administración Trump y su discurso segregacionista. Springsteen no recurre a la metáfora o a alusiones indirectas, sino que describe los hechos en Minneapolis con toda su brutalidad, incluyendo los nombres de las víctimas. Para el músico parece ser necesario dejar de lado las ambigüedades dada la gravedad de los hechos y la importancia de denunciarlos con pelos y señales.

And there were bloody footprints

Where mercy should have stood

And two dead, left to die on snow-filled streets

Alex Pretti and Renée Good

No es menor que haya sido Springsteen quien pusiera tinta y acordes a estas palabras. El nativo de New Jersey ha forjado una carrera desde sus inicios como una voz de la clase trabajadora, tratando en varios de sus temas más conocidos historias de injusticia, abuso de poder y demás luchas sociales. Uno de los puntos más altos de Springsteen a la cabeza del sentir estadounidense vino con el lanzamiento de The Rising (2002). Este álbum está concebido como una respuesta a los ataques del 9/11 sin virulencia ni venganza; más bien, los temas abordan la herida causada por tales acontecimientos, una herida que necesariamente tiene que sanar y conducir a la población a levantarse. Así como en el caso de “The Streets of Minneapolis”, la obra del cantautor no sublima ni sugiere, sino que va directo a los temas y los nombres; de igual manera, Springsteen no quiere dejar que pase demasiado tiempo para que el hecho se olvide y se apague: es importante transmitir el sentimiento en carne viva para que agite las conciencias y, en el mejor de los casos, motive al cambio.

Por otro lado, el tema de “el Jefe” se inserta en una tradición de la canción de protesta que data desde varias décadas antes. Ya en los años treinta y cuarenta Woody Guthrie denunciaba en sus canciones el maltrato a los trabajadores acompañado de una guitarra rústica. Sus alumnos Bob Dylan y Joan Báez, entre otros, llevarían este espíritu al mainstream en los años sesenta cuando el descontento político y social necesitaba un desfogue equivalente al punto álgido que tal desencanto había alcanzado. Es probable que nuestro presente comparta esto último con la década de los cambios sociales: un tremendo coraje con el estado de cosas y un deseo por no pasar por alto las afrentas cometidas contra los ciudadanos.

Como podía anticiparse, la respuesta desde el poder fue inmediata. Poco tardaron los voceros de la presidencia en llamar al tema de Springsteen “irrelevante”. Sin embargo, la propia respuesta es significativa. El encargado actual del poder suele desacreditar a los críticos llamándolos “sobrevalorados” (como lo hiciera con Meryl Streep) u otros calificativos que buscan reducir al enemigo con el fin de neutralizarlo. La pregunta que viene a continuación es ¿por qué responderle a alguien que no vale la pena? Pese a lo que diga el “rey”, el tema sigue circulando, molestando a los seguidores del régimen y recordando a los ciudadanos que hay lugares del territorio de los EE. UU. donde también caen “los de casa”.

Hay mucho de valentía en lanzar este tema, especialmente en un contexto donde –como mencioné arriba– hablar implica riesgos. A pesar de lo anterior, Springsteen, me parece, aparece al frente de varios otros que empiezan a manifestarse con menos timidez, afrontando el potencial daño de las represalias. No dudo que más temas salgan sobre Minneapolis, Los Ángeles, Chicago y otros lugares donde la persecución de los migrantes ha mostrado las fauces con lujo de violencia. No sé si el arte nos salve o si en él radique la semilla del cambio, pero sí me queda claro que hay posibilidad de la belleza hasta en la convulsión. Tengamos los oídos atentos, pues, para no perdernos el (no tan) nuevo compás del presente.