La aparición de palabras “nuevas” en el español ─la lengua en la que hablo, pienso y deliro─ suele ser motivo de molestia. Igual sucede con palabras que cambian sus usos o los pierden, o cuando tomamos préstamos de otros idiomas, casi siempre del inglés pero no solamente. Que la lengua esté viva produce mucha incomodidad, sobre todo porque los hablantes somos quienes empujamos su mutación. Que estamos destruyendo el idioma, se acusa desde pináculos inverosímiles de pureza léxica.
Una intrincada red de contaminaciones venturosas ha conformado mi lengua (y la de mucha gente). Reconozco con una cierta pinchazón en la piel su origen colonial, sé que supo imponerse a sangre y fuego, que en su entonación y modulaciones se esconde la historia de miles de personas que no sobrevivieron a su embate; pero me gusta recordar que, por fortuna, no ha salido indemne de su contacto con otros idiomas y otros hablantes, que nuestra pequeña venganza ha sido infiltrarla. No voy a omitir el hecho de que ha pasado como aplanadora por entre las lenguas que se hablaban ya antes en la región, sobre todo cuando fue el estandarte de la homogeneización lingüística al menos en el Estado mexicano, como nos explica Yásnaya Aguilar, cuyo resultado fue ─y es─ el aplastamiento de las lenguas indígenas.

Como le he leído a la misma Yásnaya en algunos sitios: durante la Colonia se hablaban más lenguas indígenas que en los años que tiene el Estado mexicano, y es gracias a la resistencia lingüística de hablantes que nuestro español se ha nutrido de montones de palabras procedentes de esas lenguas. En el español de México tenemos la hermosísima palabra apapachar, por ejemplo, proveniente del náhuatl papatzoa, que significa ′ablandar′, y que se traduce como ′acariciar con el alma′, a decir de conocedores como Mardonio Carballo. Nadie diría que apapachar destruye al idioma. O chocolate, aguacate, milpa, maíz (que viene del taíno). Las usas tú, las uso yo, las usa un niño, una madre, un vecino, un desconocido. Y te suenan rico en el oído, podrías intuir que no pertenecen a la misma ruta árabe que almohada, por ejemplo, pero ahí están juntas en el diccionario del español. Es interesante, ahora que lo escribo, pensar en cómo podríamos hacer el salto inverso: pasar del español nutrido por lenguas indígenas a querer aprender esas lenguas. Descubrir el náhuatl o el maya y de ahí seguir el caminito hasta dar con otros idiomas menos conocidos. Es trabajo nuestro, digo, de quienes escribimos y trabajamos con lenguaje, acercarnos a los expertos (los hablantes) y sumar.
En ese ejercicio de arqueología de la lengua es que di con la palabra de la que voy a contarles hoy, que suena a nueva pero no lo es. De un tiempo a la fecha, podría decirse que desde el #MeToo a finales de 2017, la palabra funar es una de las recurrentes entre los léxicos que asociamos con redes sociales y a la denuncia de violencias de género. Sin embargo, su historia es un poco más larga y compleja, también guarda en ella un trayecto de justicias y palabras como dictadura, muertos, desaparecidos. Y además pertenece a una lengua indígena, el mapudungún o mapuzungún, idioma de los mapuche en Chile y Argentina. Carol Schmeisser C. nos ofrece un análisis profundo en su trabajo terminal para la Universidad de Chile: La funa. Aspectos históricos, jurídicos y sociales; como he dicho, del mapudungún funa, funar significa ′podrido′, y hacia finales de los años noventa pasó al uso más coloquial en el contexto de la detención del dictador Augusto Pinochet (Schmeisser, 2019, p. 6) cuando la gente comenzó a denunciar públicamente las violaciones a derechos humanos cometidas por el gobierno que encabezó.

Por desgracia, no soy filóloga y no poseo el conocimiento para aclarar cómo pasó de la podredumbre a la denuncia ni trazar ese árbol. Pero ¿qué es la funa en el contexto social posdictadura?
Resumido por Carol Schmeisser, una funa como mecanismo social de denuncia pública consiste en “protestas públicas en las cuales se señalaba el nombre y los datos de la persona, y los crímenes cometidos [durante la dictadura de Pinochet] por él o ella” (p. 6). La primera de ellas, nos dice también Schmeisser (2019, p. 6), se organizó en octubre de 1999 contra Alejandro Forero Álvarez, cardiólogo, quien fuera agente de la Central Nacional de Informaciones y quien facilitara y aplicara sustancias en prisioneros políticos para su tortura o para hacerlos desaparecer. La funa se llevó a cabo a la puerta de un sanatorio privado. De esta primera protesta surgió la Comisión Funa, que aceptó a integrantes no ligados por parentesco a los detenidos desaparecidos y a las personas asesinadas.
[L]as acciones de la FUNA son de carácter pacífico, consiste en la entrega de un volante con toda la información relativa al (la) “funado (a)”, contiene información jurídica respecto de los procesos judiciales donde están procesados o citados a declarar. También menciona cada uno de los casos de desaparecimiento, ejecución o torturas en que estuvo involucrado. El volante incluye una foto del represor (a), dirección y número de teléfono. En cada manifestación se procura que haya mucho colorido, algún tipo de batucada o murga, también el uso de pitos o cualquier instrumento que produzca “bulla” de tal modo de llamar la atención de quienes circulan cerca de una manifestación FUNA (Gahona, 2003 como se cita en Schmeisser, 2019, p. 7).

La funa equivale, pues, a lo que en Argentina se conoce como escrache, y que encabezara la asociación H.I.J.O.S (Hijos por la Identidad, Justicia y contra el Olvido y el Silencio). Dos movimientos análogos, aunque con especificidades que operan una justicia social restaurativa o reparativa, como prefiere decir Carol Schmeisser.
Entonces, llegó el #MeToo y con él una nueva forma de presentar denuncias, sobre todo de violencia de género, en el espacio que ofrecen las redes sociales. Sin una organización formal como la de la Comisión Funa, miles de mujeres viralizaron la etiqueta, y los casos proliferaron por la red. Algunos de ellos salieron a la justicia del mundo físico, como el de Harvey Wenstein (perpetrador de los primeros abusos denunciados en #MeToo por la actriz Alyssa Milano).
Hoy una funa podría entenderse, a decir de Schmeisser (2019, p. 21) como: (i) una manifestación en redes sociales (ii) ejercida hacia quien ha cometido un acto considerado injusto o ilegal (iii) utilizada desde la proliferación de los medios de comunicación masiva y la Web 2.0, desde la segunda década de los dos mil (iv) por cualquiera quien considera que se ha visto vulnerado”.

En los últimos días el término funa ha logrado preservar su sentido de denuncia, específicamente de género, pero ha ampliado su uso hasta tocar casi cualquier conducta que alguien considere reprobable. No me voy a poner en el papel de miembro de la RAE, solo quiero poder pensar si este trayecto, orgánico, redunda en ganancias o pérdidas para el lenguaje, sí, pero sobre todo para la preservación también de una memoria que las palabras cifran y ayudan a preservar. Incluso quiero poder cuestionarme si es debido poner el asunto en término de ganancia/pérdida o no.
Ahora ¿cómo es que la palabra escrache es tan conocida y funa hubo de esperar al despunte de las denuncias contra la violencia de género en internet? La verdad es que estos movimientos son recurrentes en la lengua, al menos en el español; muchos de ellos han solido tomar siglos y otros, como los actuales, corren a la velocidad del algoritmo. Insisto, no soy filóloga y no puedo hacer el trazado exacto ni el comparativo entre escrache y funa (seguramente ya hay investigaciones hechas; si no, espero que se estén gestando), sólo puedo alcanzar a contar esta historia y a percibir que el sentido no se ha perdido del todo: quien es funado pasa a una categoría social que bien podría relacionarse con estar “echado a perder”, “podrido”; una metáfora dura, pero contundente que el mapudungún nos lega sin que hayamos hasta ahora retribuido ese regalo (por ejemplo, acompañando la lucha de los mapuches por la defensa de la tierra y el territorio).
Las lenguas cambian, se nutren, ganan y pierden. Pero incluso aquí hay desigualdad: es mucho más lo que una lengua indígena pierde cuando sus palabras se ven obligadas a desvanecerse o cuando los préstamos se acomodan demasiado a sus anchas (además, claro, de todo lo que institucionalmente se hace o deja de hacer para su preservación o desaparición). Hay palabras de justicia que nos legaron otras lenguas, otras culturas, que adoptamos al calor de los tiempos, como funa. Palabras que hemos adoptado. No es mi intención moralizar, más bien es mi deseo que podamos reconocer ese origen, tener en mente que tomamos una palabra prestada y la metimos a nuestro lenguaje para ayudarnos a decir de un acontecimiento del mundo que nos vulnera. Me gusta pensar en que podemos, algún día, devolver al pueblo mapuche el gesto, funando con ellos a quienes atentan contra su territorio; que ese también sería un acto de justicia en el corazón de su palabra.

Referencia
Schmeisser, Carol. (2019). La funa. Aspectos históricos, jurídicos y sociales. [Memoria para optar al grado de Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales]. Universidad de Chile, Facultad de Derecho, Departamento de Ciencias del Derecho.
