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Acerca de un tono documental adoptado recientemente en la escena

 

Hablaré pues, acerca de un tono apocalíptico en filosofía.

Derrida

Margules no nos enseñaba a dirigir sobre géneros dramáticos. Él hablaba de tonos. Esto tenía sentido porque directoras y directores, no tratan con literatura sino con tensiones entre la escena y el espectador. Hablar del tono funcionaba para imaginar coloraturas o tonos melódicos en el montaje, puesto que involucra tanto los tiempos de la escena, la factura de los materiales, así como los gestos y hablas en la actuación.

Recuerdo que en el último año que di clase en el Instituto de Artes de Real del Monte, le pedí a un alumno montar El oso, de Chéjov, como trabajo durante el semestre. El alumno siguió la rígida metodología de análisis, diseños y libreto, y un día llegó pálido a la clase: “mi maestro de Dramaturgia me dijo que no puedo montar la obra como yo pienso”. El chico había hecho una lectura impecable: había decidido atemperar el monólogo inicial hasta volverlo una pieza; luego, como se enreda un trompo, iba dando cuerda a una comedia que de pronto se iba de las manos hasta cierto delirio fársico que dejaría exhaustos a los personajes para cerrar todo en otro tono de pieza cargado de patetismo chejoviano.

[Su maestro de Dramaturgia, vale decir, era parte de un paquete de arribistas que se habían apoderado de la Carrera una vez que nos fueron corriendo a los fundadores].

-El maestro dice que debo respetar el género, me dijo el muchacho.

-Y ¿cuál es ese, según él?, pregunté.

-El maestro dice que es un melodrama.

-Ah. Toma, por favor, tu texto (lo sacó de su mochila). Ábrelo (lo hizo). Ahora busca en la primera página. (Lo hace). Ahora léelo en voz alta.

-“El oso, humorada en un acto de Antón Chéjov”.

-Y tú qué crees que sea eso?

-Pues comedia.

-Pero no melodrama, ¿verdad?

-No.

-Bueno, ahora que tengas la clase de Dramaturgia, abres esta página, se la muestras a tu maestro y ya. Y si dice que no puedes hacer esto o aquello lo remites conmigo.

Lo que quiero señalar con este largo ejemplo, es que el tono es, sin duda, una toma de posición de quien dirige una obra de teatro, pues el tono conecta las negociaciones con el material a ficcionar (con el autor, digamos, en caso de haberlo) en un polo, y en el otro con la lectura del presente.

Pero también gustaría subrayar que el tono siempre estará allí, lo queramos o no y que, finalmente, tiene que ver con las coordenadas que le damos al espectador para, a su vez, tomar posición al respecto de lo que le presentamos.

Hay ejemplos por toneladas de obras pensadas como piezas, actuadas como melodramas y recibidas como farsas. Primero como tragedia y luego como farsa, todo puede venirse abajo. El tono está allí, pero trabajar sobre él es tan delicado que, si no lo hacemos bien, puede salirnos por la culata.

 

 

2.

El programa de mano advierte que esta obra está hecha con testimonios de los actores. Incluso, en la función, aparecen datos duros en la pantalla o en voz de los performers. Y aún más, en cualquier momento me piden moverme de mi asiento, me hacen preguntas o, de plano, comienzan un conversatorio.

Pero hay algo que no anda. Los actores declaman -hasta el vibrato- sus propios testimonios, las cadencias y anticadencias están montadas para surtir un efecto. Y peor aún han traído “víctimas” a las que les sobreponen todo un aparataje escénico, disolviendo su testimonio en la eficacia espectacular (cuando hablo de “espectáculo”, de inmediato remítanse, por favor, a Guy Debord). La dramaturgia textual se impone a la presencia, el espectáculo disuelve la ética. Y, por supuesto, no faltan las lágrimas en su lugar correcto, como decía Seki Sano, para que no se corra el maquillaje. Como espectador he sido timado. Por más que se me quiera convencer y conmover, para mí todo esto es falso, no una ficción sino una impostación.

El tono testimonial suele dejar un espacio para mi toma de posición frente a lo narrado. Ahora se me ha impuesto un pathos: no se me informa, se me fuerza a sentir. De la empatía a la patología. Y así, en obras de Norte a Sur de la República, todas llenas de buenas intenciones y que buscan, de veras, de veritas, hablar de lo que está pasando.

 

3.

Como nos enseñó desde hace años Ileana Diéguez, no sólo hay un componente ético en el quehacer artístico sino, justamente, es este componente el que aparece con mayor evidencia en cierto tipo de arte contemporáneo. En este -y siguiendo ahora a José Sánchez- ya no se trata de que la Acción se subordine a la Representación (que la Acción real de la actriz sea, digamos, tomar un poco de agua de una botellita, mientras el público lea la toma de un poderoso veneno por la Reina), sino que la Representación está en función de la Acción (cuando se arma, como en Deus ex máquina de Teatro Ojo o en Las constelaciones del deseo de Murmurante, un dispositivo ficcional para que interactuemos con las voces o presencias reales de las personas).

Cada una de estos usos de la representación implica, a su vez, su propia ética, su forma de plantarse frente al mundo. En el primer caso nos concentramos en la habilidad del performer y de la puesta en escena para construir la Representación. No nos interesa demasiado de dónde son los actores, en dónde se encuentra el teatro ni, mucho menos, cómo se ha llegado al resultado. Aquí la ética, como decía Margules, está en la propia puesta en escena, es decir, en la factura de la Representación.

En el segundo caso, la ética es sobre lo que gira todo el encuentro y se basa en otro tipo de acuerdo: dejar claro qué es real y qué no lo es, dónde se representa y dónde no. La pieza no apunta a su resultado sino a la realidad más inmediata. (Aunque después se juegue a mover los límites de la representación).

El componente ético, entonces, tiene que ver con esa carga de “realidad real” que se pone en juego durante el acto escénico.

Ahora bien, esto trae -al menos- dos niveles de trabajo. El primero se enfoca en cómo esta irrupción de lo real puede dar pie a cuestionamientos de los modos y usos que damos a las representaciones de la realidad, como en las piezas de Lagartijas tiradas al sol.

El segundo tiene que ver con el modo en que esa introducción de lo real (por medio de testigos o documentos) revelaría precisamente lo que las representaciones hegemónicas (o La representación) encubren: cuerpos, voces, discursos, imágenes.

Resumo esto último: bien se puede trabajar sobre los mecanismos que generan la representación de la realidad, o bien sobre aquello que desborda la representación al uso. Es posible, claro, trabajar sobre ambos niveles, pero lo que no es muy útil es confundirlos.

 

4.

Así, el componente ético de la representación parecería -para quien no se detiene a pensar- solamente un nuevo tipo de “herramienta artística”. Y sin embargo, el problema es muchísimo más complejo. Lo que se viene encima es una muy intrincada negociación constante entre campos de saber-hacer.

Mientras nos manteníamos en el polo de la Representación, todo se encontraba bajo el control de las herramientas artísticas. Una vez que predomina la Acción, todo se contamina: aparecen otros saberes, otras prácticas y, por supuesto, otros convenios con el espectador. Lo que antes era homogéneo, ahora se vuelve transversal (esto es, precisamente, que se atraviesan diversas disciplinas sin que ninguna subordine necesariamente a las demás).

Tratar con actores, guiones y escenografías implica una cosa; involucrar archivos, documentos o, peor, testigos, requiere no sólo la confluencia de otros saberes, sino ponerse a pensar más de una vez qué es lo que se quiere con las formas de vida involucradas. Aunque nos cueste creerlo, no es lo mismo citar a comparecer a Hamlet que a una sobreviviente de un desplazamiento forzado o a los familiares de una mujer desaparecida.

Pues el giro documental de las artes -históricamente-, no es sólo una innovación vanguardista, es una respuesta del lado de las artes a momentos de quiebre colectivo. Involucra a la ética para pasar a la política.

5.

Hagamos, ahora, un rodeo. El año anterior, la empresa de televisión online Netflix, se consolidó como la directriz de nuestras discusiones estéticas. De sus series sobre estrellas de los años ochenta a la película Roma, en las redes se discutieron la memoria y el gusto estético como si fuéramos historiadores o críticos de arte. Uno de los productos presentados por la plataforma fue una temporada de su serie de series llamada Narcos. Se trataba de su capítulo “México”, el cual -con estrellas consolidadas y por consolidar- se enfocaba en el “origen de la guerra del narco”. Se trataba, de manera muy poco coincidente (el espectáculo tiene ya un mercado de la nostalgia), de un salto en el tiempo hasta los años ochenta cuando el agente de la DEA Ernesto Kiki Camarena fue secuestrado y torturado supuestamente por Rafael Caro Quintero en contubernio con autoridades mexicanas, y en el marco del desarrollo del negocio de tráfico primero de marihuana y luego de cocaína con el supuesto liderazgo de Miguel Ángel Félix Gallardo.

Allí está todo: el giro documental que, supuestamente (ay, cuántos supuestos hay que suponer), nos daría coordenadas sobre el presente. No lo digo yo, lo dice el narrador de la serie. Al vuelo, sale le pregunta sobre si la industria del espectáculo es capaz de hacer esto. Y los productores lo solucionan pronto con una advertencia de la vieja escuela: “Basado en hechos reales, reconstruidos para efectos de dramatización”. En buen español esto se llama lavarse las manos (y llenárselas de dólares).

Pero en la concepción y desarrollo de la serie quedan muchas, pero muchas lagunas. Me detendré y pasaré rápidamente sobre tres:

 

1.Laguna documental. Muchas de las fuentes de la serie reproducen información que salió de las oficinas del estado norteamericano. Mencionaré dos de las falacias involucradas: uno, Kiki Camarena no fue torturado única y principalmente por la hibris de Caro Quintero. Reproduzco aquí citas del periodista Osvaldo Zavala, a quien sigo en toda esta argumentación:

 

Desde la década de 1990, reconocidos periodistas y académicos en México y Estados Unidos han denunciado la influencia de la CIA y el gobierno federal estadunidense en la planeación, tortura y asesinato de Camarena. Con la “Operación Leyenda”, una investigación sobre el crimen ordenada por la propia DEA, se ha establecido, contrario a la opinión más generalizada y reproducida en Narcos: México, que Camarena no fue asesinado en venganza por los decomisos de mariguana en el rancho El Búfalo. De hecho, ni Camarena ni la oficina de la DEA en Guadalajara contribuyeron con información que llevara a ese operativo.

 

Si seguimos otras versiones de la historia del tráfico de drogas, por ejemplo la de Anabel Hernández, en Los señores del narco, el tráfico de cocaína fue tolerado e impulsado por la administración Reagan para hacerse de recursos en su lucha contrainsurgente en Nicaragua. El destape del escándalo se conoce como el caso Irán-Contras que concluyó con Bush padre indultando a los involucrados. De manera que Camarena no les estaba bloqueando el negocio a los mexicanos, sino al mismo gobierno norteamericano:

 El verdadero móvil del crimen de Camarena, según las declaraciones de Berrellez y Jordan, fue porque trastocó los intereses de la política anticomunista estadunidense al socavar las operaciones de los traficantes mexicanos que colaboraban con la guerrilla.

La segunda falacia golpea a la misma columna del show. Pues al parecer, no era Félix Gallardo, sino el hondureño Juan Ramón Matta Ballesteros, dueño de la aerolínea SETCO quien lidereaba el tráfico de cocaína hacia los Estados Unidos.

La revista Newsweek publicó en 1985 que el “jefe de jefes de la industria de la cocaína en México” no era Félix Gallardo, como afirma Narcos: México, sino Juan Ramón Matta Ballesteros, (…) que transportaba dinero, armas y droga para la guerrilla en Nicaragua entre 1983 y 1985, todo con conocimiento y aquiescencia de la CIA.

2.Laguna política. Lo que queda claro, en toda caso, desde el lugar de la enunciación de la serie, es que la mirada nunca va a voltear hacia Estados Unidos. Es en el último capítulo que sabemos que el narrador es otro agente de la DEA, dispuesto a hacer justicia contra los “malosos” (palabras de Felipe Calderón), en el mismo tono soberbio de toda la narrativa de ficción hollywoodense. Jamás se piensa lo que es un lugar común en cualquier investigación seria: para que se mueva mercancía ilegal, hace falta corrupción en todos los niveles, en todos los puntos del tráfico. Pero esta narrativa elusiva no es privativa de la ficción. Incluso en el juicio en curso contra El Chapo en Nueva York se revelan nombres solo de un lado de la frontera.

Y es que, como argumenta impecablemente Osvaldo Zavala en su libro de elocuente título Los cárteles no existen, toda nuestra narrativa (de ficción, de periodismo, pero sobre todo de gobierno) acerca del “narco” está regida por los intereses de la política de estado gringa. El caso de Kiki Camarena no es el punto de partida del imperio de los cárteles mexicanos, sino el inicio de otro capítulo de la intervención norteamericana en asuntos de seguridad nacional mexicana. La narrativa de “los cárteles” con todo su folclore, es una ficción instrumentalizada, es decir, una estetización y una orientación política de hechos reales.

 

Juan Ramón Matta Ballesteros
Juan Ramón Matta Ballesteros

3.Laguna ética. A principios del siglo, se produjo una interesante discusión acerca de las políticas de representación del Holocausto. Resumo de manera apretada: el filósofo Georges Didi-Huberman dio a conocer una serie de fotografías hechas en el mismo campo de exterminio de Auschwitz por prisioneros del sonderkommando. Apenas podemos imaginar el doloroso drama que significó introducir el aparato y sacar las placas del campo. Ahora bien, lo interesante fue que el psicoanalista Gérard Wajcman, la escritora Élisabeth Pagnoux y el cineasta Claude Lanzmann (que había filmado Shoa, una película impecable y filmada únicamente con testimonios tomados en las afueras del campo) discutieron sobre el compromiso ético de representar lo que a ellos les parecía que debía quedar como irrepresentable. Y arremetieron contra Didi-Huberman. Todo esto, recordemos, en un momento controversial en el que Spielberg había hecho La lista de Schindler y Begnini había filmado La vida es bella afectando la sensibilidad de ciertas comunidades judías (comunitariamente, esta sensibilidad no es un asunto de gusto, sino político).

Mucho se ha escrito sobre esta discusión (consúltese el básico Imágenes pese a todo, de Didi-Huberman) y no me detendré en sus argumentos. Solo puedo señalar que personalmente no creo en los interdictos sobre lo que se puede representar, pues esa es precisamente una de las reflexiones artísticas esenciales. No creo, pues, en la policía de la representación. Pero sí me parece vital traer a cuentas la discusión estratégica, de los modos de representar y cómo eso hace o no hace política.

Cómo representar, por ejemplo en Narcos, la tortura de Camarena mientras en el país se acumulan cadáveres y familiares que buscan a sus víctimas? Qué significaría que los hijos de Camarena vieran la representación? Qué significa para quien haya sido atravesado o atravesada por un acontecimiento similar?

No tengo la menor idea de cómo debió de haber sido el producto final pero, al parecer, el modo hollywoodense de montar la realidad no tiene para nosotros ningún reparo. No se discute. Queda muy lejos la máxima de Godard: “el travelling es un asunto moral”.

Así que, en este sentido, el tono documental -sus elementos, su composición, sus referentes- de Narcos crea una atmósfera de verosimilitud a los intereses del estado norteamericano.

No hay documental inocente.

6.

Es Walter Benjamin quien nos voltea la mirada hacia la estetización de la política. No es difícil entender el concepto, pues se refiere no sólo al embellecimiento de actos políticos, sino más aún: cuando bajo pretextos artísticos se bloquea toda oportunidad de hacer política.

Entendamos acá que este hacer política implica precisamente poner en crisis las representaciones hegemónicas, bien a través de su análisis, bien a través de otras formas de hacerse representar. En palabras de Jacques Rancière, hay política cuando  aparece el disenso.

Como puede verse, la entrada (me niego a decir: el uso de) del componente ético en la escena -de Piscator a Boal, o  recientemente del Desplazamiento de la moneda de Roger Bernat a Úumbal de Mariana Arteaga- cumple con uno de los dos o los dos objetivos: hacer crisis a la representación por análisis o por la entrada de otros cuerpos, voces o discursos.

De aquí el dilema del tono: al melodramatizar los testimonios o al hundir los archivos (vivos o documentales) en dispositivos espectaculares, se bloquea toda potencia disensual de los testigos o los documentos.

El teatro deja de ser plataforma para atacar la realidad (o hacerla más visible) y vuelve a ser solo lo que es: un producto que ocupa su lugar en el circuito estético.

Pero lo más grave se vuelve la instrumentalización del componente ético subordinado a juegos de prestigio, discursos normalizados o a ideologías de cualquier tipo.

Qué intereses hay detrás del tono documental recientemente usado en el teatro?: subirse a una ola estética jamás reflexionada? Dárselas de vanguardistas (cuando, de lejos, hace mucho que ya no hay vanguardia)? Limpiar la propia conciencia ciudadana? Pegar un grito? O involucrar algo de disenso cuando, como dice Marina Garcés, “el consenso es la censura”?

 

 

7.

Ya que estamos acá, pensemos un poco en las plataformas.

Arriba hablamos de Netflix y nos hemos acostumbrado a hablar de plataformas como ese espacio que ofrece contenidos para nuestra elección. En ese sentido, podemos hablar también de plataformas como todo aquel aparataje que hace posible una pieza artística y su contacto con las y los espectadores.

Estamos en un teatro privado o del Estado? De dónde viene el financiamiento? Cómo se convierten los recursos en obra? Cómo operan las metodologías de elaboración de cada pieza? El espectador paga o no? Cuáles son los mecanismos que informan a la gente de la existencia de la pieza? Como se ve, hay una serie de niveles del proceso de elaboración que, sin duda, forman parte del componente ético de una pieza artística.

Todas estas dinámicas forman lo que podemos llamar una institución. Cuando pensamos en el teatro no pensamos solo en el momento de presentación de una obra, sino que también pasan por nuestro imaginario mecanismos que hacen la pieza; muchos de ellos que hemos naturalizado.

Nos imaginamos el texto, los ensayos, la construcción de escenografía y todo lo demás. Pero se nos olvidan todas las negociaciones de gestión que van desde las convocatorias, las charlas con los técnicos o los diálogos con los directores de los teatros (juro que tuve que pasar tres años de reuniones para que Teatro Unam acogiera un proyecto por la tercera parte de presupuesto que suele dar a obras convencionales). Y tampoco solemos poner en cuestión (bueno, ahora más) las jerarquías de trabajo que se expresan no solo en quién da las órdenes y quién las sigue, sino también en los honorarios. De la desigualdad de ingresos entre el escenógrafo o la dirección a lo que reciben los actores; hasta la horizontalidad de pagos en un colectivo, hay toda una posición política de diferencia. Por no detenerme en las cuestiones de género que las compañeras han traído brillantemente a la mesa.

Desde finales del siglo anterior un malestar político se ha instalado en artistas de diversas disciplinas. Dicho malestar los ha llevado a cuestionar no únicamente los acuerdos por los que se organizan las sociedades sino que, en el transcurso, se cuestionan las formas de hacer arte: sus procesos, sus espacios de exhibición, sus financiamientos. Este gesto ha sido llamado, necesariamente, Crítica Institucional. Las y los artistas plásticos han sido quienes han ejercido esta crítica desde hace más tiempo y con mayor complejidad, y han cuestionado desde la taquilla o las dinámicas de exposición, hasta el poder que toma el artista al utilizar los lugares de enunciación. Toda la arquitectura funcional del Museo tiene, así, un gran expediente crítico.

En el teatro, esto apenas ha sido explorado, por lo menos en México. Por ejemplo, en el uso del tiempo y el espacio museístico que Teatro Ojo le ha dado al teatro el Galeón o en el recorrido imaginario de Las ciudades invisibles de Aristeo Mora, y por supuesto en la cada vez más común salida de los recintos teatrales. Algo que aquí se juega es poner en cuestión un uso normalizado y, por tanto, infecundo de ciertos aspectos de la institución teatral.

El investigador Óscar Cornago añade a lo dicho que:

Si tanto en los espacios artísticos como en la historia del arte se desarrolla un movimiento  de  desobjetualización,  en  los  medios  escénicos  se  implementa  una  tendencia  paralela a la  desactorización. Ni el objeto artístico ni los actores escénicos serán desechados definitivamente (al menos no ha sucedido aún), pero se ha inaugurado una dinámica de cuestionamiento en torno a los límites de la obra y la condición del actor (no sólo como mediación o continente físico, sino también como  sujeto y potencia  crítica  de desestabilización). Y esta reflexión sobre los lugares de actuación ha implicado, desde luego, una revisión  de  los  lugares  de  enunciación  como  espacios  de  legitimación.

Este desplazamiento, por supuesto, implica el juego del componente ético de las representaciones. Los espacios de representación, las dinámicas de trabajo, el flujo de recursos también son parte del tono de las piezas escénicas.

 

8.

En 2016, en un foro sobre arte y espacio público en el ExTeresa, luego de que yo mostrara el trabajo de La comuna que, precisamente, sucedió en compañía de algunos habitantes de vecindades del Centro Histórico, una vecina tomó la palabra y me preguntó que cómo hacíamos para hablar con la gente, cuál era el método de trabajo y qué se hacía con los resultados.

Ella, dijo, se encontraba muy molesta con la fila de artistas que habían llegado a su barrio a “trabajar” con la gente y que se habían ido sin dejar nada ni mostrar los resultados.

Le contesté entonces que nosotros, en general, o bien llegábamos a través de asociaciones civiles que nos invitaban a participar, o bien llegamos “como Avon”: tocamos la puerta y ofrecemos lo que tenemos, y si le hace sentido a la gente nos deja pasar y si no, pues no pasamos. Le conté de cómo son nuestros talleres y el tipo de colaboración que desplegamos y cómo generamos escenarios para la discusión de la memoria y el futuro.

La vecina, más tranquila, me dijo “bueno, pues enséñele a sus compañeros a trabajar así y que no somos cosas para que nos tiren después de usarlos”.

Y este es el riesgo de no tomar en cuenta el componente ético: la cosificación de la gente, de los documentos, de los testimonios. La instrumentalización que favorece a la representación normalizada. Flaco favor.

Porque, y regreso al inicio, el giro ético no está allí para simplificar nuestra representación de la realidad: aquí las víctimas (de las que esperamos el close-up que muestre sus mejillas húmedas) y acá los victimarios (de quienes esperamos su castigo o redención como en un talk-show). Se trata, por el contrario, de regresarle a la realidad su inaprehensible complejidad, que no cabe en el blanco y negro del espectáculo. Y para eso, el espectador precisa elementos sensibles y cognitivos para tomar posición y no que le demos una consigna de toma de partido.

Repito que esto hace el tono: establece las tensiones entre lo que se presenta y quien comparece. No importa si nuestro dispositivo es de inmersión, donde los espectadores navegan y toman decisiones, aún allí hace falta que el invitado o la invitada asuma su propio componente ético, hacer lo que el espectáculo no hace: dejar espacio para el disenso, para no estar de acuerdo y dudar o bien para reparar y poner a consideración los propios presupuestos, prejuicios y saberes.

De lo contrario, el tono se vuelve doctrinario, inverosímil, y la atención otra vez se desvía hacia la destreza de los artistas y no a la complejidad que compone la realidad.

9.

Mientras se rodaba la serie Narcos México, Carlos Muñoz Portal, trabajador de la producción que hacía scouting de locaciones para la serie, fue asesinado cerca de Temascalpa, en el Estado de México. Esto fue en septiembre de 2016, un año en que la tasa de feminicidios en ese estado alcanzó cifras espeluznantes.

La gran mayoría de esos asesinatos, así como el de Carlos Muñoz, no han sido aclarados.

“Lo Real, dice Eduardo Grüner, se ha vuelto demasiado desbordante, demasiado irrepresentable, como para ser disuelto en la imagen”.

 

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El devenir de un fin de época 2009-2019

Hace unos meses leí un texto titulado: “’Annus Horribilis’. El fin de la tercera ola de la democracia latinoamericana”, de Marta Lagos, experta en la región y encargada de elaborar año tras año una encuesta que mide el estado de ánimo social de Latinoamérica (LATAM en adelante). Marta Lagos decantaba un poderoso análisis que premonizaba el estado actual del sur y hacía referencia a una idea de Durkheim: los acontecimientos políticos y fenómenos sociales pueden haber sucedido mucho tiempo antes de que se tome consciencia de ellos. Y parece que así ha pasado durante esta década.

Este significante fue el detonante para pensar en esta década que acaba, e intentar conectar lo personal con lo político, lo privado con lo público, lo subjetivo con su registro simbólico-real. Una década de annus horribilis, pero también de cambios, posibilidades y devenires.

2019 repite y precipita procesos que comenzaron en 2009. Una crisis económica sistémica como mecanismo neoliberal para precarizar cada vez más la vida, la emergencia de las subjetividades fallidas, el macho progress, el deudor, el drogo, el policía, todos hombres, machos y en caída, un Estado capitalista cada vez más esquizofrénico-descodificador de cualquier código social, sexual, personal, etc.

La biopolítica conceptualizada por Foucault y desarrollada por pensadores como Agamben y Esposito y con sus vueltas de tuerca necro, gore, etc. Más allá de especificidades se ponía en la mesa el tema de la vida y su control político, los vectores que tensan la época son:

 

  • Lo que se gobierna es la vida y se trata de producir subjetividades que la conduzcan.

  • La comunidad es imposible, no hay forma que concretice una totalidad, posibilidad e imposibilidad simultáneas.

  • El empresario de sí mismo, no hay lazo social, solo competencia…

 

Giorgio Agamben, filósofo, resuena por todos lados al afirmar que el paradigma político de Occidente es el estado de excepción, la nuda vida y el homo sacer, una vida a la que se le puede dar muerte sin ningún tipo de ritual, misterio o punición, una vida desnuda, arrojada a la violencia de la anomia social. El campo de concentración extendido, hoy vemos como LATAM estalla en toques de queda, resistencia a la vida y migración que es capturada en campos de concentración.

En esta década se llevó al máximo aquel aforismo nietzcheano: “Ver sufrir produce placer, hacer sufrir aún más” en 2009 ya se hablaba y visibilizaba el problema de las muertas de Juárez, en 2019 hay muertas en todos lados, el feminicidio como expresión de la crueldad y machismo planetario.

 

 

En 2009 se anunciaba el cambio de orden geopolítico multipolar, hoy este cambio genera guerras económicas, raciales, civiles, etcétera.

En 2009 ni siquiera era consciente que un machismo estructural y una violencia masculina habitaban en mí, hoy apenas comienzo a hacerlo consciente. Ya se hablaba de deconstrucción, del binario, pero no sabíamos qué teníamos realmente que pensar en los dispositivos de dominación históricos: la colonia interior y la colonia exterior.

La colonia interior hecha de complejos de inferioridad, de dependencia al discurso del amo y su episteme, consumo y degradación de uno mismo. La colonia exterior, la más ancestral, un agenciamiento europeo con tapa rabos puestos, un agenciamiento de europeos que perdieron la memoria en América (dixit Mil Máquinas). América latinizada, agenciada. ¿Cuál es el nombre de nuestro territorio físico y existencial?

En 2009 mi padre murió y en 2019 soy padre, herencia y diferencia; un padre diferente, uno presente, constante, en momentos fallido, pero siempre con el deseo de crear un nuevo lazo con mis hijos, otra transmisión, otros nombres del padre. Mis hijos son los perfectos extranjeros, son el otro radical.

 

 

En 2009 creía que el consumo no me consumiría, en 2019 me derrotó espeluznantemente y apenas comienzo a recuperarme.

En 2009 iniciaba una vida juntos con mi compañera y amada, hoy seguimos juntos, llenos de contradicciones, con un lazo que puede deshilacharse, pero difícilmente romperse, somos padres de dos hijos atravesados inevitablemente por la subjetividad de la época. Locamente resistimos a estos annus horribilis: amar, resistir, escuchar, co-laborar, dialogar.

La ausencia del Nombre-del-padre se convirtió en presencia, con fallas, medio rota o rota, pero con un vitalismo que se afirma cada vez que la muerte, el sinsentido y la catástrofe irremediablemente hacen lo suyo. Mi padre fue un bastardo, sin padre, sin madre, sin subjetividad de primera y aun así pudo amar, falló, sí, pero algo, algo hizo bien.

Una década de análisis de lo inconsciente, atravesado en mí y en el campo social y político, hoy sé que soy hombre con la ob-ligación de responder a lo que históricamente han hecho de mí, he hecho a los otros, a las mujeres y hemos hecho de este mundo. Una década de análisis para reconocer que no soy analista y que esa posición no sé aún lo que significa, una década para reconocer que el análisis y la crítica es una cuestión de mera supervivencia, no de trascendencia.

Una década de annus horribilis para a-penas construir el primer sentido para una ética con el otro, empatía, dar al otro, escucharlo. Reconocer que el consumo me domina, vivo de él, vive de mí, el consumo es la nada. Reconocer que la nueva vida —si es que está por venir— ya no puede ser más de los hombres, que debemos dejar que las mujeres defiendan la vida y seguirlas, me dirán mangina los fachos, yo les digo impotentes, porque sé lo que es ser un fascista. La castración, por fin.

2019, annus horribilis, momentum de decisión, la vida o la muerte, la comunidad o el fascismo, el sometimiento o la sublevación ¿Cuál es la tercera posición? Ya he emprendido el análisis y la práctica sobre mi mismo y este mundo, una acción riesgosa, no hay paso atrás, quiero abrazar esto en lo que me he convertido pero el narcisismo de la pequeña diferencia me encierra. No quiero que mis hijos sean Telémacos que esperan a su padre volver.[1] Quizá se repita lo peor, quizá no, es una apuesta, la apuesta a la vida y al sentido, pues eso es lo horribilis: deseamos la muerte, gozamos con lo peor y la nada nos consume.

 

 

No puedo dejar esto aquí, aprovecharé el impulso de un corte temporal y su posibilidad de algo nuevo para al menos bordear lo real con esta letra. Me aventuro a decir que el asunto familiar de cada uno está irremediablemente determinado por una transmisión que es histórica, por una repetición; que en cada reiteración se ofrece la posibilidad de que sea lo mismo o que tenga una variación, yo decidí repetir apostando a la variación, a lo nuevo, persiste lo mismo y me puede matar. Lo que no se puede decir, no se puede callar (Francois Davoine).

Así mismo vemos en lo político la repetición de los golpes de Estado, del fascismo, la persistencia y significancia de lo teológico, Bolsonaro y los evangelistas y variaciones perversas como la 4T.

Sabemos que se trata de no repetir más, ¿pero cómo callarlo? ¿Cómo discernir la variación en cada repetición y crear una nueva línea de sentido? Las apuestas posmodernas como la deconstrucción de Derrida pueden tener el riesgo de ser tan dispersas que caigan en las imposturas.

Jorge Alemán, militante de la política del deseo, ha entrelazado política y psicoanálisis y nos recuerda que Espectros de Marx de Derrida fue precisamente para separar la condición ética de su deconstrucción del “relativismo rortyano” que la había constituido en un nuevo tipo de liberalismo disperso y nos aporta una clave: la justicia y el deseo de emancipación no son deconstruibles, son apuestas éticas sin garantías. Por esto y otras cuestiones también muy relevantes hay momentos históricos donde la lógica de la «elección forzada» (Lacan) se impone, aún sabiendo la inevitable pérdida que la misma conlleva. No es una elección sin reflexión o análisis, es el sentido de la elección: disposición y azar que obligan a tomar una posición, herencia y diferencia, deseo singular.

¿Qué quiere decir esto? Que debemos seguir realizando la apuesta, amor fati, ir por la vida, como la apuesta que hago de ser padre con todo el riesgo de fracasar igual que mi padre lo hizo; ser padre para mí representa la “elección forzada”, las líneas históricas que me atraparon hacen de la vida para los otros mi elección, con el deseo de que mis hijos puedan recordar toda la línea filogenética y colectiva con crítica y sentido, sin culpas teológicas, sin secretos in-elaborados, etcétera.

¿Entonces qué hacemos? Cuando escribía en abstracto, podía seguir aventando más abstracciones, hoy SIENTO lo que he construido, hoy escribo desde experiencias singulares y colectivas, el motivo está aquí a mi lado, lo estoy cuidando y al mismo tiempo el goce mortífero no para, herencia y nueva posición subjetiva ¿Lo lograremos? Quizá…

 

 

 

[1] Massimo Recalcati escribe un libro llamado “El Complejo de Telémaco” para oponer al clásico complejo de Edipo un complejo que da cuenta de la caída del nombre del padre, Telémaco, el hijo de Ulises que, en la Odisea homérica, espera el regreso del padre para que vuelva a yacer con su madre y a imponer el orden y la ley en la polis. El padre débil ha dejado vacío el lugar de quien encarna la «ley de la palabra», el principio de autoridad que regía en la cultura, la economía, la educación. Recalcati no propone en modo alguno restaurar la figura del padre-patrón; al contrario, cree que su imperio se ha eclipsado para siempre. Pero, precisamente por eso, se interroga acerca de los efectos de ese cambio de régimen y de cómo se reconfiguran la sociedad y la cultura contemporáneas.

 

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Livia Ánimas: Vivir de la imagen. Post-trabajo: Derivas de la precariedad laboral. Parte III

Vivir de hacer cultura en México es difícil, se requiere perseverancia, creatividad, pero, sobre todo, mucho trabajo. El Gimnasio de Arte y Cultura es un espacio que por más de doce años ha mantenido su propuesta en el ámbito cultural de la CDMX como uno de los mejores espacios educativos especializados en la imagen, y en el que se han formado cientos de fotógrafos. Más que una Escuela de foto es una comunidad en constante transformación.

 

Hace algunas semanas tuvimos la oportunidad de platicar con Livia Ánimas, la gestora y directora de este espacio, y nos habló de lo complejo que es mantenerse por doce años, sobre los nulos apoyos a espacios culturales y las dificultades de sobrevivir en la llamada “economía naranja”.

 

 

Visita: https://gimnasiodearte.com/

 

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Chile: Por la razón o (el uso excesivo de) la fuerza

En medio de la más grande manifestación social de la historia de Chile, el presidente Piñera ha decidido sacar a los militares a la calle. De esta forma, cumple con una larga tradición de la élite chilena avalada desde siempre y en comunión con un centenario desprecio por los “rotos” –la clase popular–. En 1892, Eduardo Matte, antepasado de una de las familias más poderosas del país, escribió: “Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo; lo demás es masa influenciable y vendible”. Esta tradición se conserva en la derecha, base del actual gobierno y bastión de las élites empresariales y políticas.

Varias masacres han sido perpetradas por el ejército chileno en la contención de justas manifestaciones sociales: el mitin de la carne (1905), 250 muertos (hombres, mujeres, ancianos y niños, como en todos los casos); la matanza de la Escuela de Santa María de Iquique (1907), más de 3.000; la masacre de Marusia (1925), más de 500; la matanza de la Coruña (1927), más de 3.000; la masacre de Ránquil (1934), 477 muertos, por mencionar sólo algunas. A esto sumamos los atropellos ocurridos durante la última dictadura militar: 31.686 víctimas directas –28.459 fueron víctimas de tortura, 2.125 personas fallecidas y 1.102 desaparecidas–.

En el contexto histórico nacional, apostar a las fuerzas armadas en la calle es amenazar implícitamente, con las consecuencias que esto tiene. La imagen es peor si agregamos las declaraciones que ha hecho el presidente Piñera: “estamos en guerra contra un enemigo poderoso”. Esta frase no es solo una cita textual de Pinochet, sino que además sitúa al pueblo de Chile y sus demandas en calidad de “enemigo”. Lo cual es más grave si consideramos que Piñera se ha rodeado de ministros que colaboraron estrechamente con el dictador Pinochet, como su primo, el ministro Chadwick.

En una rueda de prensa, el 20 de octubre pasado, el ministro de Defensa, Alberto Espina, “reconocido pinochetista”, informó que a los 7.541 funcionarios del ejército, carabineros y PDI que ya están en las calles, se agregarían 1.500 más. En medio de extrañas muecas, el ministro agregó que los manifestantes estaban provocando a los militares, aunque “saben que la respuesta del militar puede tener efectos letales”. Por último, señaló que “no existen inhibiciones” para que los militares cumplan el papel que les ha asignado la ley.

Pero el ministro Espina se equivoca: las detenciones (3162 personas), los heridos (413 por armas de fuego), los múltiples casos de violencia sexual que incluyen a niños y niñas, y las 19 muertes contabilizadas al día de hoy, son totalmente ilegales.

Según una comisión de DDHH del Congreso Nacional, efectuada hace unos días, “la situación actual es un estado de sitio de facto”. Añade que la autoridad militar está actuando como si estuviera “en estado de sitio”, ya que no posee “ninguna habilitación normativa” y opera “sin ningún tipo de control”. La comisión se apoya en la Constitución de Chile, e indica, en primer lugar, que esta solo habilita al presidente de la República para limitar la libertad de reunión y de locomoción, así como decretar toques de queda, y no al jefe de Defensa Nacional. En el artículo 4º de la Ley Orgánica Constitucional 18.415, se señala que una vez “declarado el estado de emergencia, las facultades conferidas al presidente de la República podrán ser delegadas, total o parcialmente, en los jefes de la Defensa Nacional que él designe”. Pero en el decreto supremo que designa a Iturriaga como jefe de Defensa, señala que el militar “tendrá” las facultades del presidente, pero no las delega. Es el uso del verbo tener es lo que legalmente hace toda la diferencia. Según Jaime Bassa, el experto de la comisión, en este momento “el jefe de Defensa cuenta con siete atribuciones que, en estricto rigor, no son aplicables en tanto el presidente de la República no ha delegado dicho mando”.

Carabineros de Chile ha repuesto una comisaría en desuso en la estación de Metro Baquedano, en Plaza Italia, centro neurálgico de la manifestación. Un detenido denunció que dicha estación de Metro se convirtió en un centro de torturas: vio personas amarradas y colgadas del techo del lugar. Los jueces de la fiscalía visitaron el sitio y comprobaron que concuerda con la descripción de la víctima. El juez Daniel Urrutia ha declarado que “no es posible descartar que haya sido centro de tortura”, porque en el lugar se encontraron “siete cartuchos percutados de escopeta, además de dos amarras usadas por el Ejército para inmovilizar a los detenidos”. Al término del día de hoy, se ha hecho pública una denuncia de un segundo manifestante alegando que, estando detenido en dicho cuartel, recibió un escopetazo en la pierna. Urrutia declara tajante que “esa situación es inaceptable y hay una responsabilidad política de parte de quien establece esa orden […] es una absoluta violación de los derechos humanos y […] eso es constitutivo de terrorismo de estado”.

Son numerosos los registros de todo tipo que atestiguan la violencia ejercida por las fuerzas de orden contra civiles: un hombre es colocado en el portamaletas de una patrulla policial, policías disparando a baja altura, disparos con balines de goma (a la fecha se registran 60 personas con daño ocular grave), disparos desde el “cuartel” Baquedano, detenciones a personas por manifestarse desde su domicilio en toque de queda, atropellos con vehículos policiales, restricciones a la libertad de prensa, detenciones y maltrato a manifestantes desarmados, entre otros. Por otra parte, también hay registros de la policía haciendo montajes de robos y saqueos a farmacias, ocasionando incendios en supermercados, etc. El material audiovisual que ha generado esta crisis dará pie a muchas investigaciones.

Por ahora importa aclarar a la brevedad las circunstancias en que han muerto ya 19 personas, en todo Chile, de las cuales al menos cinco, comprobadamente, ha fallecido en manos de las fuerzas policiales: atropellados, golpeados y disparados. A pesar de estas cifras oficiales todavía hay más víctimas sobre las cuales el gobierno no ha entregado información clara: una mujer secuestrada por militares cuyo cadáver apareció con señas de violación, una mujer que recibió una bala en una protesta y un hombre supuestamente “suicidado” en un calabozo en momentos que las cámaras no funcionaban.

Tampoco ha sido posible aclarar las circunstancias del fallecimiento de al menos dos de las catorce personas calcinadas en diferentes incendios. Para hacer aún más complejo el panorama, el gobierno acaba de remover de su cargo a la jefa del Servicio Médico Legal, organismo encargado de las autopsias, quien se negó a abandonar sus funciones mediante un video que difundió en redes sociales.

A causa de la compleja situación, el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) se encuentra investigando “denuncias por presuntos desnudamientos, torturas, disparos contra civiles, maltrato físico y verbal”. Por su parte, la presidenta del Colegio Médico, Izkia Siches, ha denunciado un cerco informativo por parte de los servicios públicos de salud, que “han dado orden a gran parte de nuestros médicos de no dar datos de los heridos”, además de prohibirles a funcionarios del INDH de entrar a los recintos de salud para constatar el estado de los heridos durante las manifestaciones. Actualmente, el INDH está conduciendo gestiones, junto con la Fiscalía Nacional, para dar con el paradero de al menos 20 personas, la mayoría jóvenes, todas desaparecidas desde el 17 de octubre en adelante. Uno de ellos, Francisco Reyes, fue secuestrado violentamente por la policía desde su domicilio el día 21 de octubre. Reyes es un conocido líder contra la escasez hídrica de la región, provocada por las grandes empresas.

Un elemento que agrava la situación es que el movimiento social carece de representatividad; la pérdida de legitimidad de los partidos es muy profunda. Al tratarse de un movimiento espontáneo, que aglutina a ciudadanos de diferentes realidades políticas y sociales contra el 1% más rico del país –que capta 33% del PIB–, no existe un interlocutor que pueda canalizar todas las demandas. Solo medidas radicales y estructurales de las élites pueden resolver a corto plazo el conflicto, para lo cual se necesita, en primer lugar, que el Ejecutivo lleve adelante un proceso participativo para cambiar la Constitución redactada en dictadura. Esto requeriría ir en contra del sentido de la historia chilena, en un país donde la clase dominante prefiere antes que ceder parte de sus privilegios, salir a disparar a una masa que desprecia.

Tras una manifestación que congregó a más de un millón y medio de personas en las calles de todo Chile, el presidente ha pedido públicamente a los ministros que pongan sus cargos a disposición, aunque no todos han renunciado. Para el nuevo gabinete se barajan nombres que incluyen partidarios de la DC, partido de centro, lo que no augura el esperado cambio radical. Las movilizaciones siguen, con la misma represión, pero ahora sin la cobertura mediática que han tenido hasta ahora. La gran pregunta que nos queda es: ¿cómo responderá el gobierno ante la ilegalidad de los crímenes cometidos? Tal vez la respuesta la entrega un hashtag que se ha popularizado en las últimas horas: #EstoNoHaTerminado.

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Vivian Abenshushan: Vivir de las palabras. Post-trabajo: Derivas de la precariedad laboral. Parte II

Hace unas semanas la cooperativa editorial Tumbona Ediciones, dirigida por Vivian Abenshushan, Verónica Gerber y Luigi Amara, informó a sus lector*s, por redes sociales, que se mudarían a la web. O sea, que pasarían buena parte de sus libros al formato digital, libre, por lo que decidieron hacer una venta con todo lo que quedaba en su stock físico.

Desde hace algunos años que Tumbona duerme el sueño de los demasiados libros y han dejado de publicar, algo que también es el sueño de l*s precari*s. Tumbona es una de cientas de editoriales independientes, chiquitas, autogestionadas que pasan por momentos críticos ante las políticas públicas culturales del actual gobierno (y pasados), y en general, del modelo económico actual.

Vivian Abenshushan tiene un diagnóstico que viene pensando en voz alta hace mucho tiempo, y le pedimos que lo compartiera con nosotros.

 

Cámara y edición: Viviana Zúñiga Rojas

Entrevista: Isaura Leonardo y Edgar Rivas

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Todas las pecas del mundo // Entrevista a Yibran Asuad

Un cine dirigido a niños y adolescentes que se pueda ver, que sea diferente, no existe. En los ochenta y noventa sí, aunque bajo el sello de la época, muy lejos de la moral actual, películas de Hughes, Seltzer o J. Cameron; o bien, las películas mexicanas o españolas de los sesenta y setenta que se televisaban décadas después, como: Hugo el niño de piedra de Ruvalcaba que junto con la Dimensión desconocida contribuía a tus peores pesadillas. Sin olvidar la influencia del animé japonés y sus terrores melodramáticos que arruinaron a generaciones.

Todas las pecas del mundo es la historia de un niño que llega a una nueva escuela y quiere conquistar el amor de una niña, con pecas, cueste lo que cueste, rodeado de una serie de personajes que conviven en este particular universo juvenil. Esta es la última entrega de Yibran Asuad, con guion de Gibrán Portela y Javier Peñaloza, tras casi 15 años de no haber dirigido un largometraje (El Caco, 2003 antes Coapa Heights, 1999), que además distan mucho de ser coming of age stories y están más en el terreno “experimental”.

La película me sorprendió y me surgió la idea de esta entrevista. Asuad lleva trabajando como editor desde 1997, ha editado cerca de 40 películas además de producir, actuar y tocar ¾ —me llegan recuerdos de la adolescencia tardía— con bandas como Mazinger Z, Intestino Grueso en la Perla, la Faena… la pregunta es: cómo llegó a hacer esta película.

La conversación tuvo lugar en un café con el sonido ambiental típico de una mañana en la ciudad. Entre otras cosas hablamos de ciertas referencias cinematográficas, desde la comedia clásica, Billy Wilder, Tatti, el Western, hasta de Xavier Dolán pensado en un personaje que dentro de una historia llega a romper el orden establecido; y también de su crew, con quienes ha trabajado desde hace tiempo, y, sobre todo, del proceso de edición y adaptación de un guion tan distinto a su línea de trabajo para un público que, contrario a lo que parece, es muy exigente.

 

 

Jessica Díaz: En los créditos finales de la película aparece un agradecimiento a los miembros del Taller de la Bella Sobriedad, un taller de guion que formaron, según entiendo, ¿es de ahí de donde sale este proyecto?

Yibran Asuad: Formamos el taller de guion la Bella Sobriedad para compartir proyectos, casi todos los integrantes eran directores que traían sus proyectos bajo el brazo, en un momento vimos que no había ningún guionista, alguien que realmente aportara a la estructura clásica del guion, y así fue como llegaron y conocí a Javier Peñaloza y a Gibrán Portela. Hasta ese momento casi todos sus guiones eran de encargo, yo traía la idea de una película, peloteamos algunas ideas mías, pero no avanzábamos ni quedábamos convencidos. En algún momento les pregunté si tenían alguna historia por ahí, sus ojos brillaron y sacaron este argumento, no tenían el guion, solo la idea. En cuanto leí me relacioné, es lo que vivimos en la secundaria, “yo era ese niño que tenía novias mayores que yo”. Y de ahí partimos. Hicimos una escaleta. Me gustaba la idea de pensar que este es un niño que llegaba a romper el orden social, como pasa en los westerns, una especie de antihéroe, más cercano a Lucas, mi primer amor.

 

JD: ¿Cómo te apropias de esta historia, del guion?

Y: Como editor fue fácil trabajar este guion, había cosas que no funcionaban, hay escenas que cambié, escenas que reescribí, y claro, Javier y Gibrán siempre estuvieron cerca. Además, casi todo se filmó en interiores, si una escena no funcionaba, reescribía y ese día se filmaba algo más; tenía mucha libertad y sentí la separación entre el guionista; director; productor, porque también era productor (éramos cinco) y el editor, tenía muy clara la idea del lenguaje que quería hacer. Es cierto que hay un lenguaje muy clásico al estilo Billy Wilder y para mí era importante que a los chicos les gustara que se relacionaran y jugaran con los arquetipos y los personajes.

El guion me permitió buscar esos acentos de lo que a mí me gustaba, pero también de una historia que fuera clásica, derecha, una historia redonda, no podía hacer yo una comedia tan libre y luego pretender que les gustara a los chicos.

 

JD: Pareciera que nos enfrentamos a una historia con un sola línea, pero  tiene un subtexto “oscuro” que en estos tiempos de corrección política podría ser “mal visto”.

Y – No creo en la corrección política, esto hace que mucho del cine mexicano de comedia y el cine gringo actual no sean tan buenas como lo fueron por estar pensando en cómo va ser recibido, el hecho de que la película sea de época y ocurra en 1994 un poco nos ampara, pues era otro tiempo con otras formas, por ejemplo, de la niña, Liliana hermana de José Miguel (el protagonista) que es fan de Zaghe, la historia de Malo, interpretado por Alejandro Flores, un personaje secundario (parte del equipo de futbol) que tiene una extraña relación con la maestra que acotamos por la lectura que pudieran darle los niños para que no fuera algo velado, de abuso o acuerdo común. Malo es un personaje de quien los otros abusan, lo hace José Miguel, el director: él es como dirían, un pan de dios.

 

JD: Malo se salva al estar en su propio mundo y aunque es secundario, se distingue de los demás personajes, mientras que José Miguel es el gran pequeño tirano de la historia.

Y: A Hanssel Casillas, que interpreta a José Miguel, le dije: “tu personaje es el malo, el tirano de los otros, y estás llegando a romper todo”. Me parece que eso es cierto en esos momentos de la adolescencia, en que te llevas a todos entre las piernas por conseguir lo que quieres. A esa edad no piensas en si el país se cae a pedazos—que fue de los comentarios que recibí previó al rodaje, por qué no mostrar el contexto sociopolítico— él lo único que quiere es conquistar a la niña aun pasando por encima de quien sea.

JD: Por un momento pensé, revisando tu trayectoria, que el azar te había llevado hasta aquí, hasta realizar una película para los más jóvenes, ¿fue así?

Y: No, nada de azar, hay una razón grande, una búsqueda, mis hijos querían ver algo que yo había hecho y de todas las películas, las dos que dirigí, o como editor, no hay nada que puedan ver, salvo dos, una es: Bosque de Niebla, de una comunidad indígena y la otra es Cochochi hablada en raramuri, que por el lenguaje y la estética todavía no les llama la atención. Creo que es un público joven muy desatendido, quería una película con dos capas de lectura, que nos gustara a nosotros, pero también a los chicos, que tuviera unos dejos de western, que tuviera malicia, que los niños la pudieran ver…

 

JD: Me parece una película particular, es accesible, no sé si comercial, pero tiene algo que no acaba de convertirla en unos de estos productos, no sé si de autor…

Y: No creo que sea de autor, sí quería que fuera accesible a un público más grande, pero que tuviera una factura alejada del lenguaje de las series y la televisión la gran mayoría de estas pelis para niños son, en realidad, capítulos de una serie que duran una hora y media.

 

JD: Es decir, no se percibe que responda a las necesidades del estudio.

Y: Sí, es cierto, justo, no hubo presión de situaciones ajenas, pudimos diseñar esto, y hacer lo que queríamos con el presupuesto que había. Queríamos que saliera directo al cine, sin ir a festivales, y que fuera rentable aunque en el cine no lo fue tanto, nos quedamos cortos, salir a cines es dificilísimo, el cine siempre gana. Los recursos que necesitas para darle una exposición son mucho más de lo que puedes tener. Si grabas con Netflix te dicen, ten dinero, haz lo que quieras pero solo sale en Netflix. 

 

JD: Para muchos niños y jóvenes, Netflix es quizá su manera de ver cine.  Nos guste o no, creo que es una realidad, aparte, la película tuvo una recepción diferente en los estados.

Y: Sí, no había tanto dinero para hacer una campaña publicitaria masiva, aunque en los estados le fue mejor, en Michoacán por ejemplo; me entusiasma pensar que es sostenible hacer una película con una campaña digital preámbulo y olvidarse de los viejos medios, por el momento Netflix, con lo polémico que es, lo es para mí, y que la película está hecha para verse en pantalla grande, es una opción para que un público más amplio la vea.

JD: ¿Filmaron en digital?

Y: Filmamos en digital con unos lentes de 35mm como los que usaron en el Padrino, con esto le rompe toda esta idea de calidad del HD, que es muy prístina. Tiene muchas aberraciones, fantasmas, si hubiéramos usado lentes de los que más usan hoy día, todo se vería en foco, más artificioso.

 

JD: ¿Cómo es el proceso?, ¿cómo es que la edición transforma o hace a una película? ¿cómo usas al guion, es una guía solamente?

Y: La película se reescribe en la edición, ahora con un oficio más claro de editor ya me llegan las películas desde antes, desde el guion, antes llegaban con la peli filmada y querían que la editara, no tenía chance de meterme al guion desde antes y empezar a ver las cosas que iban a ser problemáticas, entonces veía todo el material y armaba por la enumeración de claqueta, mi primer armado, y luego empezaba a mover la estructura. De hecho esto es lo que pasa en el 90% de las películas, nunca queda la estructura como estaba planteada, en mi caso, creo que solo una película uruaguaya que hice, Tanta Agua, fue el 80% del guion que estaba escrito, solo quitamos escenas y lo demás funcionó linealmente como estaba planteado. En la mayoría siempre hay un proceso de reescritura, esta frase cliché: “una imagen vale más que mil palabras”, ocurre en la edición, ves como una secuencia ya lo contó todo aunque tenías planteadas otras tres. Entonces sí hay un proceso de reescritura grande, y con Todas las pecas del mundo también lo hubo.

 

JD: Algunos directores son famosos por reescribir y replantear escenas en el set, en rodaje, aunque otros no, Hitchkock, Herzog… ¿Tú resuelves in situ?

Y: Sí, claro, una ventaja de haber sido el editor es que en el set me daba cuenta que si algo no funcionaba lo dejaba de hacer, paraba, replanteaba y cambiaba rápido. Como editor me pasa con autores de óperas primas,  y es que no tienes la experiencia para recular, aunque hayas hecho 50 tomas de lo mismo, pensar “esto no está funcionando, va para afuera y a ver qué hacemos”. En el rodaje me di chance de hacer esto, pero luego en la edición fue cambiar el switch de director a editor y  decir, que está funcionando y qué no y entonces, remover toda la peli y tener que reescribir ahí.

JD: ¿Cómo te sientes más cómodo, o en dónde estás tú, ¿dirigiendo; dirigiendo y editando; dirigiendo, editando y escribiendo?

Y: Yo no quería editar esta película, quería que otro editor que tuviera este oficio llegara, viera le material, que tuviera otra lectura, inyectara otra visión, pues lo ves más rápido…

JD: ¿Un editor lleva nueva luz a la peli?

Y: Sí, siempre.

JD: ¿Un editor también define una película, la puede llevar a otro lugar?

Y: Sí, sí, la puede llevar a un mejor lugar porque se cuenta mejor o podría ser que no… Los editores somos como médiums, traducimos la visión del director con lo que quedó en el material de esa visión. Estamos obligados a darle una apertura al director y decirle mira, es mejor si la cuentas así, o a dar opciones, no digo que la manera que yo planteo es la ideal pero tienes estás opciones, no es un rompecabezas que está predeterminado que está pieza va aquí y sólo aquí… se acomoda de distintas maneras. Igual me gustó dirigir, pero tienes un tiempo determinado, cuando diriges estás bajo presión y ejecutando y resolviendo todo el tiempo, necesidades del crew, horarios que cumplir, en Todas pecas… el rodaje fue largo (siete semanas) principalmente por los chicos… cuando editas estás relajado, para mí es cómodo estar reflexionando qué queda y qué no, como se acomoda.

 

 

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Data: 1° Encuentro Internacional de Arte Digital Transdisciplinario en Xalapa // Entrevista

@datamedialab / Data: es una plataforma creativa con la finalidad de incentivar la producción y promoción de proyectos de arte contemporáneo, vinculados a la danza, el arte sonoro, la música experimental y el arte electrónico en la ciudad de Xalapa, Veracruz. Este fin de semana, del 18 al 20 de octubre, se presentará por primera vez en la Casa de nadie y tuvimos la oportunidad de platicar con su organizador Mario Hernández.

 

Edgar Rivas: ¿Cómo nace la Casa de nadie?

Mario Hernández: El nombre de la Casa de Nadie se retoma del Café de Nadie, espacio que la generación de estridentistas frecuentaba y que posteriormente se volvió un icónico dentro del movimiento. La Casa de Nadie es un espacio de intervención cultural que nace de la necesidad de tener un lugar de creación y desarrollo artístico en la ciudad de Xalapa. En un principio era un espacio colectivo en el que varios artistas residentes en Xalapa colaboraban para desarrollar proyectos vinculados a la música, la fotografía, el video, etc. Con un par de máquinas y en uno de los cuartos de la antigua casa, los fundadores crean el “Sonido de Nadie”, un pequeño estudio de grabación que sirve como semillero para lo que más adelante se convertiría en los grupos musicales más representativos de la escena local y del Son Jarocho (Los Cojolites, Sonex y Los aguas aguas).

 

ER: Háblanos de Data: Encuentro Internacional Arte Digital: ¿cómo se origina, ¿cómo está articulado?

MH: Lo que detona o crea Data es el contacto que tuve con María Judova. La conocí el año pasado en Connecting the Dots, el Foro Internacional sobre Creatividad, Arte y Cultura Digital, y platicando sobre el contexto Xalapeño y casi una década de violencia que se ha vivido en el estado, ella me comentó que vendría y la idea fue ir articulando este encuentro, con presentaciones, talleres y pláticas, sobre todo para que se hable de arte digital, la interdisciplina y cómo el conjunto de varios saberes pueden llevar a una propuesta artística. Y un poco si querer se va conformando este encuentro/festival y veo que es necesario darle identidad y nace el nombre de Data, que es conjunto de datos para crear un mensaje, un contenido.

ER: Xalapa es cuna de artistas en todas las disciplinas, lo cual hace que estas se conecten y se expandan, en ese sentido ¿cómo se ve vincula Data?

MH:  Data se inscribe en este contexto como un espacio para las propuestas artísticas de todos los jóvenes creadores que ahorita no tienen un espacio donde crear o exponer y adquirir conocimiento sobre el desarrollo del arte digital, sonoro, multimedia; entonces, lo que queremos es vincularnos de esa manera, buscar a los jóvenes artistas que están creados piezas más arriesgadas y presentarles este espacio.

 

ER:  En esta primera edición los artistas invitados son María Judova y Juan José Rivas: ¿qué vamos a ver?

MH:   La pieza de María está conformada por un grupo de mujeres, en su mayoría, que vincula danza, arte sonoro y multimedia para crear una pieza performática, es un performance oscuro, depresivo y cautivador que habla sobre la recurrencia alrededor de la historia, es decir, cómo podemos ser críticos con nuestras propias cosmovisiones. Por otra parte, la pieza de Juanjosé Rivas es una experiencia audiovisual inmersiva, un recorrido por el fondo y la superficie de los significados (datos), como un modelo de aprendizaje en construcción. Esta generada a partir de un ejercicio de natación, en el cual se procesan en vivo una serie de datos para su visualización y sonificación, así como el proceso de edición de video 360º y la espacialización del sonido en sistema cuadrafónico.

 

Encuentro Internacional de Arte Digital Transdisciplinario: Data.

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Visiten la cuenta de @datamedialab en IG para conocer la programación completa del encuentro y compartan