Uno de los modos de referirse al cantante de una banda en inglés es frontman o frontwoman. Estos términos enfatizan la presencia del cantante como quien está “frente” a los otros,” el/la que da la cara. No es que los demás músicos no importen, pero quien canta sí termina por volverse el centro de las miradas y el ser responsable por perfilar la personalidad del grupo. ¿Qué hubiera sido de Queen sin Freddie Mercury? ¿O de Garbage sin Shirley Manson? ¿Soundgarden sin Chris Cornell? Espero que las menciones anteriores sean suficientes para ejemplificar el punto, aunque también tengo la tentación de seguir nombrando bandas y cantantes sólo para que pensemos por un momento en un mundo alterno donde ellos y ellas no estuvieran al “frente”, y la banda muy probablemente hubiera sido completamente distinta.

El tema de la voz de los cantantes, por lo tanto, tiene una relevancia fundamental para la actuación del conjunto completo. La voz puede estar apoyada por los mejores intérpretes en su instrumento, pero si ésta no suena bien, el comentario de la mayoría será “qué feo cantó”, “qué mal estuvo el/la vocalista”.

Ya que hablamos de la presión de tener el foco encima, refirámonos ahora a las afectaciones con las que lidia un cantante. La voz es un instrumento particularmente sensible, el cual puede verse en problemas hasta por el estado emocional del intérprete. Mientras un guitarrista, bajista o baterista tiene la posibilidad de confiar en su coordinación y capacidad de improvisación para salvar un mal día, los vocalistas no la tienen tan fácil: aun siendo los más profesionales del mundo, un día de mal humor puede convertir su actuación del día en un espanto; esto por no mencionar no hacer los ejercicios vocales adecuados, no cubrirse la garganta después de una presentación, desvelos y exceso de fiesta y sustancias, tener una técnica vocal dañina para las cuerdas, exceso de trabajo y un largo etcétera.

Yo no soy experto en los temas de la voz. Mi gurú al respecto es el coach vocal y youtubero Areh, quien aborda el tema desde la parte técnica del movimiento corporal que implica emitir una nota con las cuerdas vocales hasta el aspecto interpretativo, el cual involucra cómo estas emisiones sonoras nos conmueven, fascinan o nos dejan indiferentes. Gracias a él, actualmente respeto el trabajo con la voz de cantantes, locutores, maestros, lo cual antes me parecía un talento “natural” más motivado por la genética que por una disciplina o un cuidado específico. Ahora me doy cuenta de mi error.

Siendo un instrumento tan susceptible a una multitud de factores, Areh aborda en sus videos distintas formas en las que los cantantes defienden un tema frente al público cuando no están en las mejores condiciones. Una de las más comunes es bajar el tono de una canción; es decir, en lugar de forzar al vocalista a llegar a las notas más altas, se toca la pieza más grave. El coach aclara que no se puede bajar demasiado el tono para que el tema siga siendo reconocible a los oídos del espectador, habiendo incluso quienes ni siquiera lo noten. Otro apoyo muy común en estos tiempos son los coros pregradados, con los cuales se puede disimular una actuación no tan brillante. En últimas, queda el recurso favorito de Luis Miguel: dirigir el micrófono al público para que llene los vacíos que deja el cantante. Se debe sacar la chamba, sea como sea.

Hay públicos que pasan por alto estos medios para enchular una presentación mientras el resultado sea un buen show de luces, coreografías y parafernalia. Sin embargo, particularmente en el rock los espectadores se decantan por la “autenticidad” del evento: ver a una banda dándolo todo en el escenario, especialmente al vocalista, por las razones que mencioné al principio. De ahí que se reciba con cierto grado de desilusión cuando el cantante echa mano de estas “trampas” para sacar adelante un concierto. Recuerdo, por ejemplo, el desánimo en mi compa Moy y en mí cuando Damon Albarn casi recitaba las canciones de Blur (tocadas cuando menos un tono y medio abajo respecto a las versiones originales) en una edición reciente del Corona Capital. Existen también críticas de unos rockeros a otros sobre el uso de coros pregrabados en el escenario.

Es por eso que, cuando circulan videos de Axl Rose o Jon Bon Jovi exhibiendo en actuaciones de hace poco que sus capacidades vocales distan de sus mejores días, la gente es implacable: “ya no cantan”. Somos un tanto injustos como público porque precisamente esos temas de agudos demandantes y gritos desgarradores que nos emocionan terminaron por cobrar factura a intérpretes carentes de la técnica vocal adecuada para darle larga vida a sus voces. Sumémosle a esto giras extenuantes, excesos y desconocimiento en el cuidado apropiado de su instrumento y tenemos a cantantes queriendo cumplir con un espectáculo ante audiencias a veces muy crueles regocijándose con el desastre ante sí. Por hablar de un caso, está documentado que las últimas presentaciones de Whitney Houston estaban llenas de gente esperando abuchearla cuando ella no alcanzaba la nota en el icónico “And I… will always love youuuu”

¿Cómo puede enfrentar un cantante las amenazas a su voz? Areh insiste en que el instrumento puede conservarse en la medida que el intérprete lo conozca y lo procure —como lo he mencionado en párrafos previos—con una buena técnica, cuidados particulares, ejercicio. Por otro lado, hay quienes ven en los cambios de su voz un paso evolutivo hacia otra etapa en sus vidas en lo personal y lo artístico. Hablemos aquí de Robert Plant, quien después de fundirse la garganta con las notas altísimas de Led Zeppelin, ha mantenido una carrera interesante con incursiones en folk y country, para los cuales su voz añosa encaja muy bien. Su contemporánea Marianne Faithfull perdió su canto angelical tras años desordenados, pero volvió en los 80 con una voz desgarrada para denunciar el imperialismo británico en Broken English. En México, el cantautor Jaime López refiere a sus temas de juventud como los interpretados por un castratti, aludiendo a que su tono maduro le permite dar otros matices a sus creaciones. Esto me lleva a concluir que la voz tiene más vidas que un gato; aun así, no la menospreciemos incluso si no somos obreros de la voz: cuidémosla como la preciosa compañera de vida que es.