Mérida
Así como Loreto, sorprendido por lo que encuentra mientras anda la Ciudad de México después de una larga travesía desde su Guanajuato, en la historia narrada por Elena Garro, ahora me encuentro caminando en una planicie donde un taxista no sabe orientarme, donde me veo obligada a bajar antes de tiempo del coche. Bajo y camino sobre el centro de una ciudad colorida y sin montañas. Nunca había pensado en lo que representan las montañas de mi ciudad más allá de ser guardianas como yo las nombro, ahora lo veo, resulta que también son rumbo y dirección. ¿Para cuánta gente habrán sido referencia mientras caminaba sobre el asfalto de Monterrey? Camino y camino en tanto sudo la gota gorda en un ambiente tranquilo donde presiento el mar, sé que está cerca, siento la humedad en el aire y la gran cantidad de oxígeno impide que mis pasos registren un esfuerzo cardiaco adicional, camino al nivel del mar. Qué maravilla vivirlo en carne propia y leer en mi marcador de pasos que no estoy esforzándome mientras el sudor me consume y mis pies comienzan a arder. Las respuestas que me dan al preguntar por un lugar no me ayudan mucho.
Para nada puedo compararme con el viaje de Loreto, yo recorro apenas una micra contrastada con su andar extenso, acaso sus pies se rasgarían por la fricción con la distancia y el zapato. En cambio, yo vine a reconocer Mérida, un lugar donde hay que hacer un juego breve de conquista para disipar los celos territoriales de nosotros los mexicanos. Mientras ando, envidio la limpieza de esta ciudad, el silencio y sus faroles, comienzo a sentir vergüenza del lugar de donde vengo por la suciedad y ruido, por su contaminación visual sin una ley efectiva que nos ampare, por esos panorámicos luminosos a veces intermitentes que me enceguecen mientras manejo el auto. Acá me remonto a lugares inexplorados con la sensación de haberlo vivido antes. Los materiales de las casas me recuerdan un pasado en el que no sé cuándo estuve pero me siento sumergida en su esencia. Tampoco recuerdo bien cuándo a esta hermandad maya llegaron a invadirla, pero dentro de mí, no me es ajeno tal suceso; miro algunos colores exuberantes y recuerdo vagamente cómo era todo esto antes de la invasión, sus chozas tan bien pensadas para el clima de este lugar, es como si abriera un libro y leyera con mis dedos porque estoy físicamente ciega y solo mi interior reconoce algo.
El contraste que hallamos sin pretenderlo al llegar a un sitio puede ser brusco e inevitable, con respecto del lugar del cual provenimos. Me ocurre con Mérida: encuentro un silencio abrumador, tiempo, luz de sol por muchas horas, mis ojos se abren desde muy temprano en lo que me acostumbro a revolucionar a un ritmo más lento y suave. Me alcanza para visitar playas, manglares y pueblos, y cada tanto escucho no solo el grito de lechuzas, sino el de la pulcritud característica de todos los lugares que conozco en Yucatán, cosa que cada tanto me recuerda la basura que encuentro a mi paso por las calles de mi ciudad. Eso sí, coincide Yucatán en algo con Nuevo León, ambos son celosos del terruño; ambos han intentado separarse del país. Pero volviendo a la pulcritud; de Yucatán, Mérida no es la única acicalada.

Valladolid
Es una ciudad muy tranquila, me dijeron hace tiempo, pero llegar y mirar la limpieza, algo muy notorio, otra vez, destroza mi ego y mi interior, siento vergüenza y culpa. Qué fregados nos hace falta para tener así de limpio, me preguntaba repetidamente. No nada más en el centro de mi ciudad y las orillas de sus calles puedo mirar como revolotean bolsas de plástico o papeles botados, o residuos de polvo negro que se acumuló, luego de una lluvia se secó en algún rincón y quedó solidificado. No, también lo hay en otros lugares distintos al centro, pero en el centro es visible a toda luz.
No me quejaré, decreté. Disfrutaré, decreté de nuevo. Y recorrimos parte del centro, los arcos de los edificios, edificios de una o máximo dos plantas que siempre llaman mi atención, extendiéndose a lo largo y no a lo alto, como donde yo vivo, donde aceleradamente van tapando más al sol y las montañas; en Valladolid la cantidad de arcos a lo largo de una cuadra prolongada, el material del piso de sus plazas y sus calles no es asfalto negro, es algo más parecido a las rocas y la tierra, de modo que el agua no deshace el pavimento sino más bien, es absorbida.
La cultura permea desde pequeños, no creo que deba ser esta la excepción. Valladolid es extendida y a colores; me tocó palpar su atardecer y tomar mis alimentos en un restaurante céntrico de techo altísimo, con vigas de madera color marrón como aquellas de la casa de mi infancia, unos candiles antiguos, colgantes del techo y el ritmo de las personas apacible, algo que en un primer instante descoloca porque la costumbre o nuestro estilo si así podemos llamarle, hiperproductivista que conduce nuestra cotidianidad, nos mantiene constantemente alertas y acelerados. Con las modificaciones hechas en la casa de mis padres, ¿siguen allí las vigas de madera? pregunté a mis hermanas, en el cuarto de papi y mami sí, respondieron.
Mientras escribo esto, recuerdo el planteamiento del pragmático y criticado filósofo, Byun Chul Han. De algún modo él dice que necesitamos ejercitar la contemplación y me sumo a tal pensamiento. Siento ahora que recorro estas calles que esta ciudad guarda las condiciones para hacerlo, [tal vez cualquier lugar, creo que hay que buscar momentos, espacios específicos] no solo por su belleza para contemplarle en forma pasiva si no por el ritmo de vida desacelerado y capaz de ofrecer la alternativa de caminar y no correr sobre ella, de escuchar el contraste entre silencio y trinos de pájaros, de charlar mientras degustamos platillos deliciosos, de tener un espacio amplio para ver el cielo sin edificios que lo impidan. Me hubiera gustado dormir en Valladolid, porque en los lugares mientras la noche va llegando se conocen sonidos y tonalidades nuevas, posiblemente los característicos y cálidos faroles habrían desempolvado la nostalgia de un ayer inexplicable, de una lámpara que mi padre encendía a base de petróleo y fósforos. Pero había que irse, después de un café y una nieve de coco con etéreo sabor vivificante, enrumbarse a Izamal.

Izamal
En el camino a este pueblo mágico, no mágico según el gobierno, [concepto que usa para turistificar un sitio], nos acompañó la delicadeza y el murmuro de lluvia o posible tormenta mientras llegábamos; a ratos pensábamos que nos caería un aguacero, a lo lejos el cielo relampagueaba rumbo a nuestro destino. Un camino desconocido implica siempre estar alerta, no se conoce a los lugareños, ni las pequeñas poblaciones intermedias así sean escasas, para nosotros forasteros cobran importancia. Llamó mi atención que durante en cada esquina, encontramos cámaras apuntando a los cuatro puntos cardinales; para mí representa un avance, por ejemplo, deben servir de apoyo a la hora de prestar ayuda; no sé cómo lo interpretarán sus habitantes puesto que también sabemos que la actualidad la vivimos en un mundo hipervigilado, y las fronteras entre lo conveniente o no de esto son difusas.
Era de tarde casi noche cuando Izamal, un pueblo jamás imaginado por mí, invitaba a ser recorrido. Primero dimos algunas vueltas en el coche para reconocer sus calles principales, otra vez, el orden y limpieza me impactaron y retaron mi sentido de aceptación de la realidad: no estamos a su nivel. Me puse a pensar, ¿de dónde viene esta cultura de cuidar el ambiente si no de lo ancestral y lo sagrado que abraza la vida cotidiana de la gente? De nuevo gran cantidad de arcos en una misma calle se extendían a lo largo, los hoteles más altos del centro eran de dos plantas. El encontronazo visual fue conocer de lejos lo que fue un convento e iglesia con el atrio más grande después de aquel en la basílica de San Pedro en Roma. Era de noche, pero se respiraba quietud y a pesar del clima caluroso, pudimos recorrer la plaza y algunas calles iluminadas por faroles y algunos anuncios sin luz neón. Sí, sin luz neón. Cuánta belleza.
Volvimos al hotel a instalarnos, reconocimos el lugar cálido y agradable, de hecho, este edificio colinda con una pequeña pirámide. Sí, una pequeña pirámide al lado, parece inverosímil, pero es cierto. Dimos un vistazo hacia adentro, pero al ser de noche ya no pudimos, aunque lo queríamos, entrar a la piscina. Una cuadra antes de llegar a la plaza principal, hay un árbol enorme: «allí quiero una foto mañana que sea de día», indicó una de mis hermanas. Y así fue al siguiente día, capturamos ese árbol enorme y frondoso con mi hermana bajo su sombra.
Seguía adentrándose la noche y llegamos a un restaurante blanco; dentro, el techo altísimo y su decoración de otra época, antigua, lo único que contrastaba y que considero un error, fue una pantalla, para mi gusto innecesariamente colocada en una pared. Nuestro asesor gastronómico, así se presentó quien nos atendería en la mesa un muchacho veinteañero, nos habló de los platillos que ofrecían y luego de un buen rato, recordando que el tiempo acá corre más despacio, disfrutamos de unos tacos deliciosos y otras exquisiteces. No alcanzamos a apreciar tanto el pueblo por la hora, pero se notaba que hacia la tarde había llovido y luego se había levantado el calor.

Por la mañana, antes de las seis, el sol ya iba en ascenso, había que ir a desayunar y visitar la famosa pirámide principal desde donde se puede ver el pueblo entero. Ubicado en el patio, en una terraza, para las siete de la mañana estábamos listas en el restaurante del hotel que comenzaba a servir a esa hora, fue un espectáculo tomar nuestros alimentos con la naturaleza alrededor. Frente a mí se extendía una gran vista, allá abajo la pequeña piscina y al fondo por encima del mismo hotel sobresalía la edificación del convento y la iglesia.
Pero había tiempo para disfrutar los columpios y los árboles frondosos que estaban en el jardín antes de salir, caminamos en el pasto y nos columpiamos, luego tomamos camino a la pirámide, usamos el coche sin saber que estaba a tan solo unas cuadras. En la búsqueda del lugar, erramos en una calle al tomarla en contra de su sentido habitual, entendimos perfectamente que esa sociedad funciona en orden porque todos en su medida contribuyen a que así sea. Nos equivocamos y una moto nos señaló que habíamos doblado en sentido contrario, un auto que pasaba también nos alertó con el claxon, gente que iba pasando también, los taxistas por igual, todo el que vio, nos lo señaló; por supuesto corregimos de inmediato, por fortuna, aunque fue estresante el momento, la enmienda también fue bastante rápida. Estacionamos frente al portón de acceso a la pirámide. Entramos y comenzamos a ascender, primero el área que rodea la pirámide con cierto grado de inclinación, luego la pirámide en sí. Como la mayoría de estas, sus escalones altísimos ahora sí lograrían el registro de los pasos dados en el marcador; a mitad del camino se comenzaba a sentir el esfuerzo cardiaco; quizás de todo el viaje esto haya sido lo que mayor fuerza física implicó. La experiencia, excepcional: llegar arriba, desde allí divisar el pueblo entero, respirar aire fresco a pesar de estar en un lugar caluroso, tomar algunas fotos panorámicas, descansar. Era temprano, quizá fuimos de las primeras visitas al lugar, bajamos y al cruzar la calle un pequeño negocio de “recuerdos” nos ofreció agua, eso fue lo que compramos.

Vendían gran variedad de souvenirs que un grupo de turistas europeos entraron a comprar, a nosotras la alberca del hotel nos esperaba. Usamos hamaca y los camastros bajo la sombra y nos dimos un chapuzón en la ya muy calurosa media mañana. Algo muy notorio en estos lugares es el uso de motocicletas, pocos automóviles y peatones. Nos preguntábamos por qué si andar aquí no implica tanto esfuerzo físico, pero luego de caminar unas cuadras ya de día, concluimos que las motos fungen como solución de traslado más rápido bajo el sol calcinante. Partimos hacia Mérida luego de medio día después de visitar la iglesia en donde corroboramos que efectivamente el atrio era enorme, el más grande que yo he visto, dentro la iglesia muy parecida a todas las que conozco, recé por mis hermanos y al salir un montón de turistas del noreste de México iban llegando, sudando la gota gorda, ¿serán de Nuevo León?, mejor pregunto: ¿vienen de Monterrey?, no, somos de Coahuila; no fallé por mucho, tenemos el acento muy parecido, entraron al templo y nosotras alcanzamos a tomar algunas fotos de tan grande construcción.
Regresar a la realidad
Pasaron algunos días y se iba acabando el viaje a la península. El check out del lugar donde nos hospedamos era muy temprano, las once de la mañana, intenté negociar una salida más tarde y no se pudo, esperaban más huéspedes. Salimos a las once en punto hacia la casa de una amiga por un libro que me había guardado desde marzo que había comprado para mí en la FILEY, en su casa conoció a mis hermanas, recibí un libro y le entregué mi donativo de dos para un club de lectura de otras amigas por allá: «el secreto de las zonas azules» y «mi primera vez, historias de mujeres en carne propia», antología en donde junto a otras mujeres, también soy autora. Jimena nos recomendó algunos lugares a donde ir luego de pasar por el trabajo de Elvia, otra amiga, a donde debía llevar un encargo para ella. Nos costó llegar, nos perdimos un poco y al fin lo logramos, conocimos a su hijo y también le presenté a mis hermanas. Nos recomendó un lugar para hacer tiempo y comer algo mientras daba la hora de ir a entregar el coche y llegar al aeropuerto.
Entramos a un estacionamiento techado, subimos directo a un restaurante, hicimos tiempo antes de ordenar comida, cargamos batería de celulares, conversamos, intercambiamos mensajes con gente querida, leímos un poco, hablamos de temas familiares y finalmente luego de comer nos fuimos al aeropuerto. Luego de entregar el coche, llegamos al aeropuerto y allá, sobradas de tiempo tomamos café hasta que llegó la hora del abordaje. Como puede leerse en estos últimos párrafos, las revoluciones de nuestro tiempo giran más rápido en lo que nos vamos yendo de Yucatán. Adiós Mérida, adiós península, no me quiero ir.
Sé bien que aquí no termina mi historia con la península, me falta conocer a los flamingos en temporada alta, recorrer Las Coloradas, sumergirme por primera vez en Bacalar y regresar a los lugares que esta vez no mencioné, pero sí conocí: San Crisanto, Celestún, Progreso, Ik Kill y Chichén Itzá. Al principio de este largo texto mencioné a Loreto, su imaginación y sus pies lo llevaron a un lugar donde la esperanza parecía posible y su corazón y su hambre encontrarían alivio y para su sorpresa encontró más de lo buscado, encontró otra realidad. Como él, yo buscaba mi propio alivio en la península y hallé más de lo buscado, otra realidad que aloja su belleza en mis ojos y respiración. Y es esta experiencia la que me mueve a reconocer con cierta aflicción, que, aunque nuestras guardianas las montañas son orientación y guía natural, mi ciudad y todos quienes la habitamos tenemos una deuda evidente con esas montañas, su valle y sus ancestros: cultura de limpieza, de pulcritud de orden.
Referencias:
Garro, Elena. Cuentos completos. Alfaguara, 2017, pp. 42.
Han, B. -C. (2023). Vida contemplativa. Taurus Editorial.
