Por ahí de 2014, cuando el feminismo explotaba en Twitter, un tipo que solía insultarme con frecuencia me dijo: “deberías sacar la cabeza de tu culo, morra”. Y bueno, lo bloqueé e hice todo eso que se hace con esos personajes. Varios años después comprobé que el tipo tenía razón, sólo que por otros motivos.
Durante años creí que mi mundo era suficiente y que tenía todas mis relaciones en su lugar. Tenía conversaciones significativas, libros subrayados, proyectos creativos, cinco amigas de toda la vida, dos amigos inamovibles, mis padres orbitando como siempre han orbitado. Me parecía una red sólida, confiable, necesaria e, incluso, sofisticada. Aunque tengo muchos conocidos y conocidas porque soy fácil de palabra y de saludo, nunca necesité mucho esfuerzo para hacer amistades. Fue algo que se me dio natural, casi como una consecuencia de existir.
Mi vida era una habitación bien amueblada: cómoda, coherente, llena de referencias compartidas. Yo sabía quién era ahí dentro. Sabía cómo sonar inteligente, cómo ser interesante y divertida. Había una obstinación por ser yo; me fascina cómo nuestras relaciones crean ese personaje que nos escribimos y cómo contribuyen a ese gran proyecto del “yo”. Luego nació mi hija y el proyecto se fracturó.

De un día para otro ya no era el centro geométrico de mi experiencia. Mi hija me obligó a desplazarme. Y no en términos abstractos, sino físicos, inconvenientes, domésticos. Ahora me veo en necesidad de cruzar la calle, tocar puertas y pedir favores. Aceptar ayuda o, peor, pedirla. Tengo que meterme a la casa de mis vecinas. Hundirme en su cotidianidad. En sus ollas con guisado en la estufa. En sus aguacates en su punto perfecto, arriba del refri, como si fueran un secreto que yo no sabía que existía.
Esos aguacates y ese guisado me hicieron replantearme la idea de intimidad: le confiamos miles de anécdotas personales a nuestras amistades, pero quizá nunca conozcan nuestras cocinas de media mañana un martes y nuestros atuendos que están entre la pijama y lo mínimamente aceptado para ir al cajero.
Antes yo elegía a quién ver, ahora me veo obligada a convivir. La maternidad me expulsó del monólogo. Me hizo participar en un tejido que no controlo: las maestras de la guardería, otras mamás, la mujer que vende pañales en la tiendita y que ahora me pregunta por el peso de mi hija con una familiaridad que antes me habría incomodado. Esa misma que a veces me fía porque salí sin mi monedero.

Antes pensaba que había algo profundamente humillante en necesitar a otros. Lo primero que te dice la gente (mujeres) cuando vas a parir es: acepta toda la ayuda que te ofrezcan. Es uno de esos ritos de iniciación invisibles cuando te conviertes en madre. De ahora en adelante vas a tener que pedir ayuda. Es una ley.
Con el tiempo entendí que eso que llamamos “comunidad” se aprende así: pides ayuda, te la dan; a veces no, y no pasa nada; te la piden a ti, la das; a veces no puedes, y no pasa nada. Y así, en un flujo infinito. La comunidad suena a un ideal apacible, pero en realidad es una práctica obligada e incómoda.
Se nos llena la boca cuando hablamos de comunidad, red, tribu. Casi que si la nombro, aparece. Pero en la práctica se parece más a interrumpirse, a no coincidir, a no entenderse del todo. A repetir conversaciones, a negociar cosas mínimas, a depender de tiempos que no son los tuyos.
Hay algo muy incómodo en lo colectivo: no fluye, no se organiza solo, no produce necesariamente mejores decisiones. No nos vuelve más inteligentes; más bien nos expone. A la torpeza de los otros, a la propia, a la diferencia. A la frustración de no poder imponer el propio ritmo, la propia lógica, el propio criterio.
Quizá por eso durante tanto tiempo preferí mi habitación bien amueblada. Ahí todo tenía sentido. Afuera, en cambio, las cosas no se alinean. Las personas no responden como una espera. Los acuerdos son lentos, parciales, a veces mediocres.

Me pensaba una persona autónoma, autosuficiente, crítica. Capaz de sostenerse sola en sus ideas y decisiones. Y de pronto me descubrí pidiendo ayuda para sostener una puerta mientras cargo una mochila, una niña dormida y una bolsa con ropa sucia.
Se siente extraño dejar de ser el eje y tener que salir de ese espacio en el que una, en apariencia, se entiende perfectamente. Duele aceptar que tu mundo íntimo era, en realidad, estrecho.
Mi hija me ha forzado a mirar rostros que antes no miraba. A aprender nombres que no pertenecen a mi biografía original. A interesarme genuinamente por dinámicas que no me resultaban propias.
Hace poco leí una frase de Nere que se me quedó: “Me gustan los amigos disímiles, recordatorio de que la diversidad es necesaria para la prosperidad de lo vivo”. Pensé en eso por esta otra forma de vínculo que llegó con mi hija. Personas que no habría buscado, vidas que no se parecen a la mía, pero con las que ahora comparto algo concreto: el cuidado, el tiempo y la rutina.

Cuando mis amigas empezaron a parir, yo me seguí de largo. No fue un acto cruel ni consciente: simplemente apareció un mejor plan en mi agenda, o asumí que estorbaría si me aparecía en sus vidas, que estarían ocupadas en cosas más importantes. Las dejé ir parcialmente, y confieso que eso aún me atormenta. Ahora que estoy del otro lado entiendo el mecanismo: las juergas y las confesiones de los veintitantos crean una intimidad tan intensa que parece irrompible, pero rara vez es la que te da la mano cuando tu mente necesita reposar en otro lado que no sean las cacas y los reflujos. O cuando necesitas un plan que incluya un parque y mucha paciencia. No siempre la mentada “familia elegida” es quien sostiene la vida real, y a veces una descubre que sostuvo menos de lo que cree.
Hay algo que se acomodó en mi cabeza: para crear un mundo para mi hija, tuve que descentrar el mío. Para que ella exista en un núcleo social más sólido, tuve que soltar esa obsesión silenciosa por ser la protagonista absoluta de mi narrativa. La maternidad me curó del mal de estar siempre fascinada conmigo misma.
Sí extraño por momentos mi vida pasada: regodearme en mis argumentos, fanfarronear en un bar después de las nueve de la noche, hacer mi versión personal de un retiro de silencio. Pero agradezco que la existencia de mi hija me haya obligado a aceptar que vivir no es un proyecto individual, y que madurar no era “ser más tú misma”, sino, al contrario, aprender a salirte de ti, como bien me lo dijo aquel troll de Twitter.

