He leído un solo libro de Stephen King, y cuando se publicó ni siquiera firmaba con su nombre sino con el seudónimo Richard Bachman. Se trata de la novela Rabia, que cuenta el día en que un alumno de preparatoria que, luego de ser reprendido por el director de su escuela por haber golpeado en la cabeza a un profesor con extrema violencia, saca una pistola de su locker, entra en la clase de Álgebra II, asesina a la maestra y toma a los estudiantes de su grupo como rehenes.

El libro tuvo una repercusión ominosa entre el público adolescente y a lo largo de los años “inspiró” a algunos tiradores solitarios que, durante sus ataques o antes, tenían en posesión un ejemplar. Stephen King decidió descatalogar su novela, y en 2012, tras la masacre en la primaria Sandy Hook ―en la que murieron veintiocho personas, veinte niños y ocho adultos―, escribió un ensayo, Guns, que cuestiona el uso de armas y cuyas regalías están destinadas en su totalidad a la prevención de violencia por armas de fuego.

Tenderíamos a pensar que estamos ante un fenómeno reciente, pero Rabia apareció en el mercado editorial en 1977, y la primera vez que se encontró un vínculo entre la novela y un tirador ocurrió en 1988. El 26 de abril de aquel año, Jeffrey Lyne Cox entró en la San Gabriel High School con un rifle semiautomático, tomó a sesenta estudiantes del curso de Humanidades como rehenes, sus peticiones serían un vuelo a Brasil y un millón de dólares. Otro estudiante se lanzó sobre él y lo desarmó, lo que evitó que se contaran víctimas mortales. Un amigo cercano declaró que Cox habría estado leyendo obsesivamente Rabia y que se había identificado con el personaje.[1] Si bien el FBI define los tiroteos masivos por el número de víctimas (tres o más en un mismo incidente) y como diferentes a crímenes cometidos por pandillas o relacionados con la venta de drogas, no todos los ataques en los que Rabia tiene algún vínculo llegaron a víctimas mortales, por suerte.

En 1988 la cultura estadounidense, donde proliferó este fenómeno, no conocía todavía los términos incel o manosphere. Sin embargo, antes y después de este año se dieron tiroteos masivos en escuelas, perpetrados en 99% por hombres jóvenes, a decir del Dr. Jackson Katz, aunque según Clare S. Allely, se trata de 96% con base en un estudio que contempla tiroteos masivos ocurridos entre 2000 y 2013.[2] Este dato nos dice mucho, lo obvio, el elefante en la habitación: hay una relación entre masculinidad y tiroteos masivos/en escuelas mucho antes de que la cultura incel ―nacida a finales de los noventa― hiciera su aparición en las redes sociales, incluso antes de la existencia de estas.

En el debate que estos ataques han suscitado en Estados Unidos se suma una preocupación creciente por la salud mental de los perpetradores, además del acceso a armas, que es bastante más abierto que en otro países, México, por ejemplo. Y aquí empieza el entramado de lo que quiero pensar en realidad. En México han ocurrido al menos tres tiroteos o ataques masivos en los últimos siete meses: en el CCH Sur el 22 de septiembre de 2025 (donde no hubo armas de fuego), en Michoacán el 24 de marzo de 2026 y en Teotihuacan el 20 de abril de 2026, un tipo de violencia que no se ha estudiado como particular a pesar de tener algunos antecedentes, como el ataque en el Plantel Olímpica de la Universidad Tecnológica de Guadalajara el 6 de marzo de 2024 y el de la Preparatoria San Andrés también en Guadalajara el 30 de noviembre de 2024, por mencionar los más recientes.

El último ataque mexicano, un tiroteo “en forma”, en Teotihuacan, sacó a relucir un término propio de la cultura criminal anglosajona: copycat o “imitador”.[3] Aunque Julio César Jasso Ramírez, el perpetrador, eligió un escenario y un objetivo diferentes, tomó como inspiración la masacre de Columbine ocurrida el 20 de abril de 1999, en la que dos jóvenes, Eric Harris y Dylan Klebold, ingresaron a su escuela armados hasta los dientes y abrieron fuego. El número de víctimas mortales fue de doce estudiantes y un profesor. Jasso Ramírez eligió el 20 de abril para perpetrar su ataque y subió a la Pirámide de la Luna con una fotografía generada con inteligencia artificial en la que se le ve con Eric Harris y Dylan Klebold. Es decir que era consciente de que “imitaba” a estos dos “modelos”.

Asumiendo que se trata de un caso de copycat, preguntemos ahora: ¿lo que es cierto para el perfil y los patrones de tiroteos/ataques masivos en Estados Unidos es cierto para México? Con esta pregunta me dispuse a buscar trabajos escritos en el país y encontré este capítulo de reciente publicación: “Violencia de los incel: retribución y restitución de un lugar”, de Gabriela Patricia Mejía Zellner, que, junto con el volumen general Los incels: la emergencia de un problema político. Conversación a once voces, me ayudará a delinear mejor el asunto, aun cuando he dicho que los tiroteos masivos/escolares anteceden a la existencia de la cultura incel.[4] Así pues, esto que escribo peca de esbozar apenas unas líneas generales de una inquietud que he tenido por largo tiempo y que he compartido en este espacio: la relación entre masculinidad y procesos de “automilitarización” que buscan legitimzar la violencia indiscriminada y autorreafirmante basada en la jerarquización de la masculinidad.

La elección de los tiradores de Columbine como sujetos de imitación constituye ya una especie de posicionamiento que no es del todo evidente, salvo cuando se visitan sus particularidades. Gabriela Patricia Mejía Zellner lo pone así:

La intención explícita de ser vistos, recordados y comprendidos, así como el uso de símbolos, escritos y grabaciones, anticipa una forma de violencia que no busca únicamente dañar cuerpos, sino producir sentido, inscribirse en la memoria colectiva y disputar un lugar en el orden social. En este nivel, la masacre comienza a adquirir rasgos de un acto político, en tanto comunica una visión del mundo, jerarquiza vidas y legitima la violencia como forma de restaurar el poder perdido.[5]

Los imitadores incel de Harris y Klebold pueden ser leídos en clave black piller, que conlleva una cierta ingeniería eugenésica en la que según su lectura, genéticamente “los mejores hombres” acceden a las mujeres, mientras que los hombres menos propicios biológicamente son rechazados. Este odio que, a decir de Gabriela Patricia Mejía Zellner, se configura contra las mujeres, pero no se ejerce sobre ellas al momento de los ataques, sigue la lógica de recuperar un lugar perdido en la jerarquía de la masculinidad:

La black pill interpreta este sistema como profundamente injusto. Los cambios impulsados por el feminismo, junto con el uso de herramientas tecnológicas, habrían otorgado a las mujeres la capacidad de elegir libremente y de abandonar un modelo que, desde su perspectiva, distribuía el mercado sexual de forma equilibrada. De ahí que en estos espacios aparezcan propuestas que abogan por algún tipo de control estatal sobre el acceso sexual, entendido como una regulación del acceso y mercado sexual basado en el valor genético. Así, las mujeres concebidas como meros objetos de acceso, se convierten en el territorio central de la disputa masculina.[6]

Es verdad que el atacante de Teotihuacan no se define como incel, pero también reclama para sí la “reivindicación” de Harris y Klebold y opera según un trasfondo de “retribución” de posibles injusticias “recolectadas”.[7] Aun cuando su ataque no es eminentemente misógino, en los videos que se viralizaron en redes se puede escuchar cómo le indica a una mujer de entre sus rehenes que se mueva “como si fuera a follar”. La exacerbada masculinidad que se busca “recuperar” o poner en acción mediante estos ataques no puede sino conllevar una misoginia de fondo que se expresa abierta o sutilmente.

En el fondo del ataque en la Pirámide de la Luna, sin embargo, se juegan otras complejidades. El perpetrador habla conjugando la segunda persona del plural vosotros, un uso del español de España y no de México, y al mismo tiempo reivindica a Teotihuacan como un sitio sagrado destinado a los sacrificios y no al turismo. Esta conjunción de elementos ha confundido mucho en redes sociales, pero nos deja ver que Jasso Ramírez ha omitido el tercer elemento: la mexicanidad. Entre el pasado ancestral indígena y la presencia de lo español (aunque vocifere contra los europeos) queda la presencia fantasmal de lo mexicano, que es, según se nos ha repetido hasta el cansancio, una mezcla de ambos mundos. Entro en un terreno peligroso, de especulaciones y psicoanálisis de bolsillo, lo sé, pero es verdad que resuena una expresión cuando menos tirante de la identidad “nacional” que parece querer defender el perpetrador, aun si no logra tener consistencia al comunicar su mensaje. Su discurso y su performance son delirantes, pero eso que lo moviliza anuda fuertemente en su interior. Hay un dolor allí que se configura más allá de los síntomas del DSM. Es tan profundo que estuvo dispuesto a morir por ello. ¿Qué es?, si a los incels los ha descolocado el avance del feminismo, si a Harris y a Klebold los ha nutrido el deseo de venganza frente al bullying (y las referencias siempre contaminantes del neonazismo), ¿qué se expresa en el joven de 27 años que sube a la Pirámide de la Luna a “ajusticiar” extranjeros por defenestrar a sus ojos un sitio sagrado de sacrificio?

Volvamos a Stephen King. ¿Qué hizo, qué dijo, qué mostró el autor por medio de su personaje, Charlie Decker, que tocó intensamente la fibra de algunos adolescentes y los impulsó a tomar acción como posibles o consumados perpetradores? Charlie Decker podría resumirlo en estas líneas:

Como probablemente habrás advertido, Tom, no me caes muy bien, pero hasta ahora no has tenido que preocuparte de verdad por mis sentimientos. En este momento, en cambio, y a no soy un mero expediente en el archivo, Tom. ¿Lo entiendes bien? No soy un historial que puedes cerrar cuando termina la jornada laboral, ¿te enteras? —Mi voz se había alzado hasta convertirse en un grito—. ¿Te has enterado, Tom? ¿Has asimilado ese detalle?[8]

Un grito. ¿De qué? ¿Qué se acumula en la garganta de estos jóvenes que solo encuentra salida en violencia homicida? ¿Qué hay en este performance que se ha replicado en Estados Unidos y fuera de allí? Sé que un libro no produce la violencia, pero en la existencia de esta representación y su masificación por medio del libro se juegan otros factores: la fama y la réplica. Es una afirmación de los estudios originados en Estados Unidos sobre el tema que existe el “fenómeno contagio” o “mass shooting contagion” que decía arriba, y que una de las motivaciones de estos jóvenes es la fama.[9] El fenómeno contagio básicamente sucede cuando después de una cobertura mediática intensa de un ataque, se producen otros en las semanas subsecuentes. Un tiroteo rompe el tabú de otro potencial tirador, y el efecto se desata. Sobre el delirio de grandeza y el deseo de fama, dice Clare Allely, tenemos al menos cuarenta años de estudios. [10]

De hecho, el ataque de Teotihuacan del 20 de abril de 2026, además de tratarse de un caso de copycat, podría responder también al efecto contagio del ataque del 24 de marzo de 2026 en Michoacán, en el que Osmar “N” asesinó a dos maestras de su escuela. Entre el caso de Michoacán y el del CCH Sur en septiembre de 2025, cuando Lex Ashton Cañedo ingresó a las instalaciones escolares y asesinó a un estudiante, pasaron seis meses. Si bien la poca recurrencia de estos hechos en comparación con la de Estados Unidos nos impide afirmar con total certeza que el fenómeno contagio pudiera estar operando, los actuales acontecimientos nos indican que, aunque lento, el contagio crece.

¿Cómo mirar allende los conceptos, las culturas digitales, los perfiles y los patrones (que sin duda resultan útiles) para prevenir que más hombres jóvenes en nuestro país se impulsen a cometer ataques de este tipo y que se “sacrifiquen” en ellos? Sin duda, debemos comenzar por reconocer el componente de género: la masculinidad, sus dinámicas y jerarquías funcionan de manera muy importante en este fenómeno. Pero no solamente, y quizá voy a caer en un cierre repetitivo y superficial, urge que miremos a los adolescentes y jóvenes de nuestro país que crecen, sí, con las influencias culturales estadounidenses, pero también en un contexto de violencia cruda, precariedad laboral, identidades rotas y el flagelo de la desaparición forzada.

Sé que este texto no responde nada, pero los sucesos de estos meses me obligaron a pensar en los perpetradores, en las víctimas actuales y posteriores. Escuchar el grito antes de que venga acompañado de balas.


[1] Un segundo ataque inspirado en la novela de Stephen King sucedió en 1989 en la Jackson County High School, en Kentucky, cuando Dustin L. Pierce entró armado, tomó de rehenes a los estudiantes de una clase de álgebra y sostuvo un tiroteo con la policía que terminó sin víctimas. Un ejemplar de Rabia estaba en su habitación. Y un tercer ataque se dio en 1997 en Heath High School en West Paducah, también en Kentucky, a donde Michael Carneal entró con una escopeta y un rifle, abrió fuego y asesinó a tres de sus compañeras; un ejemplar de Rabia estaba en su locker.

[2] Clare S. Allely, The Psychology of Extreme Violence. A Case Study Approach to Serial Homicide, Mass Shooting, School Shooting and Lone-actor Terrorism, Nueva York, Routledge, 2020.

[3] “Lo más importante para afirmar que se trata de un caso de “copycat” es que el asesino tenga la intención de imitar, es decir, que sea consciente de que está imitando a otro asesino que le precede. No sirve únicamente con que haya habido una mera influencia”. Lucía Bort Lorenzo y Mónica Ballester González, ‘Criminología Psicológica. Copycat’: imitando al asesino», en Archivos de Criminología, Seguridad y Criminalística, núm. 19, 2017, p. 71.

[4] Gabriela Patricia Mejía Zellner, “Violencia de los incel: retribución y restitución de un lugar”, en Los incels: la emergencia de un problema político. Conversación a once voces, Editorial Fray Bartolomé de las Casas A. C., Cuadernos de Batalla 6, Chiapas, 2026, pp. 119-138.

[5] Ibídem, p. 124.

[6] Ibídem, p. 133.

[7] “La tendencia a acumular injusticias suele ser un patrón que dura toda la vida y que implica la percepción de ser víctima de los demás a través de desaires que pueden ser pequeños e insignificantes. Estos desaires pueden ser tanto reales como imaginarios. La persona que acumula injusticias exagera y percibe estos desaires, ya sean reales o imaginarios, como algo intencionado, personal y deliberado”, Clare S. Allely, op. cit., p. 115. Traducción libre.

[8] Stephen King, Rabia, de alguna versión que se encuentra en línea. Alguna vez desistí de reseñar esta novela por no continuar distribuyéndola y contrariar los deseos del autor. Me arriesgo ahora porque quizá es un documento en el que podemos encontrar signos de ese algo que estamos intentando entender cuando tratamos con este tipo de violencia.

[9] “En este contexto, algunos autores de tiroteos masivos sucumben a «delirios de grandeza» y buscan la fama mediante actos de violencia extrema, como los tiroteos indiscriminados. El estudio de Lankford (2016b) indica que los autores de tiroteos indiscriminados que buscan la fama llevan más de 40 años entre nosotros. Sin embargo, en Estados Unidos, en las últimas décadas, se han vuelto más habituales. Curiosamente, los autores que buscan la fama parecen, en promedio, más jóvenes en comparación con otros tipos de autores de tiroteos indiscriminados, y suelen causar un mayor número de muertos y herir a más víctimas”, Clare S. Allely, op. cit., p. 89. Traducción libre

[10] Cfr. Peter Langman,»Role Models, Contagions, and Copycats: An Exploration of the Influence of Prior Killers on Subsequent Attacks». Disponible en https://schoolshooters.info/sites/default/files/role_models_3.1.pdf