0.- Sísifo en buen rollo
Febrero indica la pauta que señala el ascenso de la pendiente. Es el mes del intento y su freno, y de una nostalgia por la frontera decembrina: si apenas muy poco antes celebrábamos, resulta que solo unos días después todo parece ser la misma mierda de siempre. Pero… recordemos lo de Sísifo, su piedra, cuyo castigo provino de Zeus quien le obligó a cargarla en el inframundo cuesta arriba de una montaña. Una de las transgresiones por las que se le sentenció a ello, además de la arrogancia y la revelación de secretos, fue el haber burlado dos veces a la muerte. En una de ellas encadenó a Tánatos, quien había ido a buscarle. Tal osadía les otorgó a los seres humanos la inmortalidad por un periodo extenso de tiempo. Albert Camus, por esta razón, encuentra en esa metáfora de la condición humana que, en lugar de únicamente sufrir semejante ciclo perpetuo de desgracias, existe la posibilidad de la “alegría” en un círculo infinito que es irrenunciable. Porque, vuelvo a recordarlo: una de las razones de la sanción había sido el intentar superar a la muerte…
Ante esto, a mí me gusta la idea de las fisuras: el regocijo por el hecho de asomarnos a través de ellas, aunque sea solo por instantes, para ver la luz que hay del otro lado de un muro que parece infranqueable. Tal acto puede reconfortar, solo si no creemos que las pequeñas necedades con las que armamos un argumento son la verdadera verdad verdadera. Al revolver las fichas de un dominó hecho de azar y destino, sacamos una de ellas que podría representar una cosa o la otra, dependiendo de si creemos que su significado es unívoco o no. La magia —no solo esotérica, sino política— comienza cuando ponemos en entredicho su función. Si aquello es observado como una especie de enigma que hay que descifrar, la suerte misma parece cambiar. Y cosa tan sencilla, además de extrañamente herética para las conciencias positivas, es un juego también perpetuo. La piedra de Sísifo, pero en buen rollo.

1.- “Voces para Gaza”: un acto desde la infans y sufrontera indómita
Parto en este febrero desde la infans, que etimológicamente quiere decir “el que no habla”. A mí me encanta hacerlo, en ciertas circunstancias —lo saben quienes me conocen—. Pero antes, en la niñez, difícilmente me expresaba. ¿Qué pasó? Creo que infans, en una interpretación menos literal, quizá no querría decir lo que dice su versión etimológica —porque los infantes claro que emiten palabras—, sino el que no ha fijado aún del todo los significados. Lo que podría señalar, en una traslación reversible de la interpretación, al que no se ha dejado capturar por ellos. Ahí la “frontera indómita” de la que hablara Graciela Montes en su hermoso libro con el mismo nombre, cuyo subtítulo es justamente En torno a la construcción y defensa del espacio poético. La literatura trabaja ahí, no en un territorio romantizado —aunque también, ¿por qué no? —, sino a la vez como trinchera para el sigilo y la percepción. Dice Graciela:
[…] la literatura ocupa otra clase de lugar en la vida de las personas; es verdad que hay emisor, receptor, mensaje…, pero en el fondo es todo un juego; la literatura está fuera del discurso, instalada en la magra frontera de libertad que hay entre la subjetividad y el mundo. Está ahí acompañada por el arte todo, por el equipaje simbólico de la cultura y por el juego. Al margen del mundo y también al margen de quienes se embarcan en ella, en los márgenes, justamente. En la tercera zona.
Esa tercera zona que ocurre en el margen no podrá imaginársele como apolítica ni antipolítica, sino quizá impolítica, un término que el filósofo Roberto Espósito explica en su libro “Categorías de lo impolítico” como una postura desde la cual se ponen en cuestión los límites de la misma polis. Lo que llamamos política en la modernidad, nos dice, opera desde el peligro de la inmunidad —en Immunitas: protección y negación de la vida, 2020— que en apariencia protege la vida, pero que en su lógica extrema puede derivar hacia regímenes totalitarios como el fascismo: en aras de resguardar una concepción biopolítica, se excluye a lo ajeno hasta su desaparición y muerte. Justo por ello la communitas es considerada el espacio para esa trinchera, una especie de tercera zona:
[…] según su etimología profunda, ésta no puede ser concebida ya como el producto de una voluntad compartida, y tampoco como la línea de la muerte a que los sujetos acceden en una suerte de éxtasis sacrificatorio […] más bien, es la comunidad misma si ella está pensada no como un nexo —subjetivo o, mucho menos, objetivo—, sino como el distanciamiento definido por su imposibilidad operativa.
Y eso, justamente, es lo que reúne la palabra poética, no necesariamente convertida en fetiche de la literatura, sino en un espacio para lo impolítico: aquello que no ha sido nombrado por la inmmunitas, da lugar para el extrañamiento desde la communitas.
Y así me parece que ocurrió el 17 de enero de este año, no como parte de un movimiento definido, sino como gesto para la escucha con el fin de trenzar los lazos de lo sensible. Fue Alejandra Olson, en colaboración con Manuel Illanes, quienes me han invitado para generar en conjunto este y otros eventos vinculados con el problema Palestino, a través del proyecto “Voces para Gaza”. Y en el más reciente pudo completarse un cartel donde participamos más de cincuenta poetas, cuya consigna fue el extrañamiento ante la desaparición de un pueblo entero, su exterminio y el azoro frente a unas fuerzas de ocupación que no pararán de avanzar, si no las detenemos antes. Y, aunque sabemos que la poesía no podrá hacer ese trabajo de manera directa, sí es capaz de ayudar a limpiar el terreno de significados para una interpretación desde lo sensitivo que permita, desde esa frontera no domada y no domesticada, crear condiciones para la defensa de los territorios que son de quienes los viven y llenan de sentido.
2.- Balthus, Navokov… Epstein
Los claroscuros y las penumbras en gama de ocres y colores terrosos en uno, o las piruetas del delirio moral en otro. Sugerencias ante la muerte y el erotismo, que operan en un área difusa. Bataille —siempre Bataille— describe al erotismo como la “aprobación de la vida hasta la muerte” que disuelve las separaciones objetivadas. No hay, entonces, comparación con el caso Epstein, salvo en una cosa. La descripción mediática que se ha hecho sobre el caso rebasa la ficción, que siempre supera a su vez las mentes limitadas. Porque la locura del poder siempre ha estado ahí, y solo la mediocridad del pensamiento es ciega ante ello. No se necesitaban datos puntuales: basta con ver el tipo de relaciones de dominio que existen en el capitalismo. Niños observando a través de la vitrina de los restaurantes a otros de la misma edad en estado de inanición. Solo un idiota no se daría cuenta de que aquella relación no termina ahí. Que quien está del otro lado de la vitrina no solo alimentará un odio por una situación que le rebasa, sino que a la vez será carne de cañón de un crimen que fue formado por la relación de sujeción entre quien desea mantener sus propios privilegios, con aquellos que odiaron hasta la muerte su propia condición. Mezcla perfecta para entender no solo la naturaleza de los victimarios, sino de las víctimas. Pensando metafóricamente, casos como el del llamado “Clan Gloria Trevi” son solo la punta de un iceberg mucho más siniestro y antiguo que está vinculado al poder y a la sublimación del sacrificio. ¿Alguien dudaría de que el capitalismo lo es? Bastaría con observar a los migrantes que lo arriesgan todo para huir de la pobreza. La OIM (Organización Internacional para las Migraciones) documentó, por ejemplo, que en el 2024, 8938 personas en el mundo murieron en el intento de escape de un lugar a otro. ¿Imaginamos todos esos cuerpos cayendo a una olla de fuego hirviente? Gritos que no solo hablarían del dolor físico. Es cierto que todas las sociedades poseen un cierto tipo de sacrificio que las mantiene, paradójicamente, en pie. Pero no todas esas lógicas son necesariamente funestas. Depende de muchas cosas. La pensadora Sueli Rolnik, por ejemplo, habla de la alta antropofagia como un modo cultural que regula la baja: un proceso de decantación que resiste ante la homogenización no solo de clases, sino de formas que conducen en sus tensiones a la violencia. Epstein, ni qué dudarlo, es uno de los esbirros de la lógica de la baja antropofagia: es el portador de las llaves, el corruptor. Uno de tantos. La fortuna que amasó administrando los bienes de otros peores que él, le condujo no solo a reproducir, sino a entender los métodos de franqueamiento de la ley para la instrumentalización de los comunes. Capitalismo, se llama, en su fase más descarnada y visible. Y el bien de cambio que dilapida, justamente, es ese del que tanto Balthus como Navokov hablaron en su polémica obra. Vestigios de algo mucho más desquiciado que el deseo de poder, mediante el uso de los cuerpos. Un culto perpetuo sin redención, como lo concibió Benjamin.

3.- La “cultura” de los “incultos” y el parlamento de “cultura”
Hay una muy buena novela de Vargas Llosa llamada El hablador —lo detestable del autor es algo distinto: su postura como político, lo cual no implica que su literatura sea mala—. En ella se relata la historia de Mascarita, un excompañero de estudios del narrador, quien defiende las tradiciones del grupo amazónico michiguengas (el pueblo de los Urubamba). Una de sus características es que poseen una figura llamada, justamente, los habladores, dedicados a mantener la unidad cultural del relato de las tradiciones entre los grupos que se han dispersado. Se trata de una suerte narradores orales que cuentan las historias de su cosmovisión y costumbres. Y hay un momento memorable en la novela en el que se define una posición ante el racionalismo de nuestra cultura vacía:
Algunas cosas saben su historia y las historias de las demás; otras, sólo la suya. El que sabe todas las historias tendrá la sabiduría, sin duda. De algunos animales yo aprendí su historia. Todos fueron hombres, antes. Nacieron hablando, o, mejor dicho, del hablar. La palabra existió antes que ellos. Después, lo que la palabra decía. El hombre hablaba y lo que iba diciendo, aparecía. Eso era antes. Ahora, el hablador habla, nomás. Los animales y las cosas ya existen. Eso fue después.
No sé si yo haya visto a “las mejores mentes de mi generación en busca desesperada de una droga”, como decía Ginsberg en su célebre poema “Aullido”. No sé, de hecho, si he conocido a las “mejores mentes” de mi generación. Puede ser que sí, pero quizá no haya sido en las filas del ambiente cultural o artístico. Parto, primero, sobre la base de que lo que el capitalismo cultural llama las “mejores” mentes de una generación, son aquellas que tienen mayor acceso a la información que otras. Y que otras “mentes” extraordinarias pueden germinar en cualquier lado más allá de eso: en una oficina de correos o sobre el lomo de un tren de carga que escapa hacia el Norte.
Partiendo de esto, estuve revisando las diversas intervenciones del reciente “Primer parlamento de participación de la vida cultural” realizado el 19 y 20 de enero, y el gusto fue agridulce. Lo dulce es que, sin duda, hay que suscribir la reiterada petición sobre el presupuesto del Estado a las diversas áreas culturales, lo que asegure no solo la creación, sino la subsistencia de quienes llevamos a cabo el ejercicio de la cultura en… TODOS LADOS. No únicamente del que se dice “artista”, sino de aquel que, no entrando en esa categoría del intercambio representacional, de cualquier modo, lo es. Ahí comienza lo agrio, cuando se obvia a quiénes irían dirigidos tales recursos: a los “artistas” que imaginan —y quieren que se imagine así como ellos lo imaginan— su función estabilizada. Una división entre los “otros” y “nosotros”: “tú, papá ingeniero, que me escupiste a la cara que me moriría de hambre, respétame porque soy como tú: ¡cumplo funciones tan importantes como las tuyas!”. Por eso se habla de rentabilidad en esos discursos: el sostén del capitalismo necesita reconocer a sus hijos putativos. ¿Por qué no se reivindica lo otrx? Por eso. Porque, si en el fondo todxs fuésemos susceptibles de ser “creadores” con los mismos derechos, y se prescindiera del argumento acerca de “las mejores mentes” para hacerlo, de lo que estaríamos hablando no sería de arte o cultura nada más, sino de una renta universal para todos los ciudadanos, que tuviera como fin el acceder a una vida no atada a la producción de bienes para el mercado financiero y su deseo. Luego, resulta un tanto chocante que, en aras del sustento personal, se hable de producciones basadas en las “economías creativas” —término popularizado por entidades como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID)—, en lugar de una colectivización de los bienes y su disfrute por todxs. Y, entonces, viene la pregunta: ¿será que ese es el único argumento que nos queda a los creadores para hacer valer nuestro trabajo? ¿El de convertirnos en mercachifles tontorrones al servicio del capital? Yo creo que no.

4.- Por fin, la primera reunión formal del Consejo
Se hizo la cercanía, el intercambio, la luz —en términos no esotéricos—. Convivir es transcurrir el mundo a pesar de la diferencia. O, justamente, disfrutándola e integrándola como el demiurgo nos dé a entender. Si ella es celebrable, es gracias a que, a costa de todas las muinas y corajinas que es posible hacer ante opiniones que uno supone mal fundadas, equivocadas, limitadas, etc, etc, adaptarse implica tomarse en cuenta en ellas y aceptar que, seguramente, los otros piensan algo muy similar de las propias. Y yo decía, en la entrega anterior, que en el Consejo de Cultura de la CDMX pagaba por ver. Es decir que, con mis expectativas muy bajas sobre su operatividad, el esfuerzo, sin embargo, vale la pena para prestar la mirada y… pensar para seguir haciendo algo que me encanta: el aporreo de teclas. ¿Pensar “bien” o “mal”?: no lo sé. Pero pensar el pensamiento, y hacer algo con eso —que para mí es un jardín, porque en los laberintos de la conciencia, resulta que me la paso muy bien—.
En esta primera reunión la cosa fue formal, llevada rigurosamente como lo marca el protocolo y el orden del día. Perfecto, muy correctou. Caras, sí, de seriedad, porque en el territorio de la política real cualquier gesto, toda gesticulación indica algo. Uno sabe que está ante políticos en su ejercicio profesional, cuando no se les nota lo que piensan en los gestos, sino en el tipo de silencio que ejercen. Y es que, imagino la experiencia de una sola semana en los laberintos de la burocracia y la atención, tratando con mil personas, cada una con una necesidad distinta. Lo dice el mero sentido común, pero no puede evidenciarse en el gesto: no hay para todos, ni todos están para uno. Los tres mosqueteros, que se vayan a freír patatas. Luego, claro, estos procesos son lentos porque exigen una atención que no podrá darse de inmediato debido a que cada decisión tomada velozmente implica su multiplicación al infinito. Y ¿qué pobre ser es capaz de recordarlo todo, hacerse cargo, darle cauce? Acabarían locos, como le pasó a Funes, el memorioso de Borges. Sin embargo, esto avanza y ya lleva, al menos, en su morralito temporal varios temas: el de la Universidad de las Artes; el de la precariedad laboral del “sector”; el de la inclusión social como revalorización de producciones culturales diversas y no solo sectorizadas; el de la digitalización y la inteligencia artificial, etc. Y uno, que me interesa particularmente a mí como consejero y del cual daré mayor cuenta en otros espacios: el necesario abandono de políticas justificadas solo desde la sustentabilidad —que es una forma velada de extractivismo de mercado—, por otras que remitan a los procesos y a las posibilidades de la restauración de la memoria en territorios vulnerados.

