Como parte de un poemario sin publicar todavía, escribí un fragmento referente a mis ídolos del grunge y su fin:

            Chris

                                   Staley

                                                        Weiland

                                                                              Cobain

            La X que Coupland marcó sobre su generación

            ha tornado en cruces prematuras

En varios momentos de mi vida he experimentado la muerte de un artista al que admiro: Rita Guerrero, Paul Auster, obviamente Bowie. Cada una de estas pérdidas las he vivido de manera distinta según mi estado personal, mi fanatismo o incluso mi cercanía a la figura al momento de su fallecimiento. Sin embargo, hay un hecho que unifica estas muertes del grunge: son producto de suicidios rápidos o lentos, de actos violentos o largas adicciones autodestructivas. Cuando son la edad o la enfermedad quienes se llevan a algún ídolo hay una cierta certeza de que los escollos de la vida son inescapables. Con Chris, Kurt, Scott y Layne se siente distinto porque ellos fueron los responsables principales de su fin. ¿Por qué terminar con la vida teniendo (a vista de muchos) todo de su lado? ¿Por qué terminar así?

El suicidio no suele dar respuestas, pero en muchos casos sí ofrece perfiles de personalidad que manifiestan en varios momentos un acercamiento al tema. Estas cuatro figuras son las más representativas, pero indagando más a fondo me inquieta darme cuenta de que la autodestrucción está presente desde la misma génesis del grunge, y parece no dejar a sus íconos aún años después de su auge.

Antes de “los cuatro grandes”[1] estuvo Andrew Wood, vocalista de Mother Love Bone. En una Seattle de segunda mitad de los ochenta, antes de que la industria musical viera el beneficio económico en una bola de fachosos enfranelados, dicha banda empezó a despuntar con los orígenes de ese sonido que terminaría por cautivar a una generación. Andrew era considerado un frontman poco solemne, casi bufonesco en el escenario. Aunque era conocida su adicción a las drogas, fue el primer gran impacto para los músicos de la escena cuando una sobredosis terminó con su vida a los 24 años. La tragedia —curiosamente– gestó el álbum Tempke of the Dog, donde los excompañeros de Andy, miembros de Soundgarden y un recién llegado que se hacía llamar Eddie Vedder pondrían letra y música a su dolor en una serie de piezas muy ilustrativas del género y sus alcances.

Apenas cuatro años después ocurrió el suicidio de Kurt Cobain. Teorías de la conspiración aparte, es irrefutable que el vocalista de Nirvana llevaba años dando signos de un desánimo intenso por la vida, lo cual sin duda también está presente en su legado musical. Desde “Lithium” hasta “I Hate Myself and I Wanna Die”, Kurt constantemente daba indicios de que la idea de la muerte rondaba su cabeza no como un miedo futuro, sino como una especie de fantasía que podría ponerle fin a años de padecer por su salud mental.

A los 33, Layne Staley sucumbiría tras una larga adicción a la heroína. Era abril (igual que con Kurt) de 2002, y ya había pasado el apogeo del grunge. Staley llevaba para entonces años de ser una especie de fantasma que aparecía a veces en estudios de grabación con su propia banda o para grabar colaboraciones –como el cover a “Another Brick in the Wall” de Pink Floyd junto a Tom Morello y otros músicos muy de los noventa. Estas visitas esporádicas hacían patente el mal estado en el que se encontraba el cantante, cuyas tomas vocales tenían que ser elegidas cuidadosamente para no evidenciar que la falta de varias piezas dentales afectaba su dicción. Al final, la desolación en temas de su banda Alice in Chains como “Rain When I Die” y (especialmente) “Nutshell” terminaría por alcanzarlo.

Lo de Scott Weiland vino mucho después, en 2015. Como con Staley, puede decirse también que nadie se sorprendió demasiado cuando ocurrió el deceso. El vocalista llevaba décadas lidiando con las adicciones que causaron su expulsión de la banda que lo puso en el candelero (Stone Temple Pilots), la banda con la que pretendió revivir su carrera (Velvet Revolver) y lo llevó a terminar sus días en un sucio autobús en medio de una gira donde se exponía más la lástima que el talento alguna vez incuestionable. Uno de los mayores éxitos de los STP es “Plush”, un tema inspirado por el asesinato de una joven en los noventa tempranos. Si bien la obra de Weilamd no suele abordar temas tan oscuros en comparación con los otros aludidos aquí, queda esta canción como prueba de su explicación sobre las muertes prematuras.

El ciclo cierra con Chris en mayo de 2017. Esta sí me dolió en serio. Chris es uno de mis grandes ídolos como músico, como compositor, como intérprete. Además, al igual que con Kurt, tenemos el caso de alguien que terminó con su vida por propia mano y de manera no anticipada. A pesar de que Chris llevaba años mostrando en los medios una imagen de hombre de familia (lejos de la oscuridad de antaño), a la luz de los hechos quedan temas como “Outshined” o “Fell on Black Days” que abundan sobre un espíritu de desazón respecto a la vida. Aún más, queda el hit radial “Like a Stone” (junto a Audioslave), tema que el mismo Chris confesó trata sobre esperar a la muerte sin resistir, casi añorándola:

I’ll wait for you there

Like a stone

I’ll wait for you there

Alone

Llenó de nostalgia, vuelvo a la pregunta del principio: ¿por qué? ¿Las drogas duras? ¿La lluvia de Seattle? Dudo que sea mera coincidencia que estos y otros músicos de la escena compartieran esta vibración autodestructiva, pero no hay certezas. Así nos deja el suicidio. Como único consuelo permanece la música para la posteridad, recordándonos esas voces, esas melodías, ecos de su dolor, que hacemos nuestro al entonarlas y pensar que no estamos tan solos en nuestra pena.


[1] Así se suele llamar a las cuatro bandas más populares del grunge: Nirvana, Pearl Jam, Alice in Chains y Soundgarden. Los vocalistas de tres de ellas son precisamente Kurt, Layne y Chris.