0.- Petulancia ante la materia oscura

Primero algo sobre este desasosiego que seguramente compartimos muchxs ahora, en el comienzo de un mes dedicado a Marte, deidad romana de la Guerra y la Virtud. Virtud… el problema de una interpretación grecolatina que señala con ello a la virilidad. ¿Virilidad o estupidez? Ahí están los “hombres” virtuosos jugando a la hegemonía, que parece cosa seria hasta que se escarba un poco en sus razones terrenales. Los bienes materiales para la simulación del sentido: antes que la lectura de los signos, el deseo de dominio hacia un tipo de placer basado en la amenaza y el miedo. Leyes para las justificaciones pueriles. El “nuevo orden” es similar al “viejo”: no más que la jactancia de la supremacía cultural; competencia por la propiedad del significado; imaginar que existe un privilegio más que humano en quien dicta los dones de la riqueza y el poder. ¿Ante los ojos de quién o qué?… Hay una herramienta matemática llamada función de masa de halos que puede determinar con más precisión que nunca la cantidad de materia oscura en el universo. Y esta es muchísimo mayor que la que no lo es. Indetectable debido a que no emite ni retiene luz, resulta que esta materia oscura compone más de 85% del universo. ¿Razones? Están ahí, en aquello que no puede ser visto. Un mapa que apenas se intuye con las herramientas de la ciencia al servicio del sueño. Si queremos explicaciones que nos salven de la petulancia y la estupidez de la apropiación, de la violencia sobre otras subjetividades, el pensamiento puede elevarse y buscarlas ahí. Y si ya nos parecen despreciables los bombardeos sobre unas u otras ciudades, el éxodo de los pueblos en medio del dolor y la zozobra, ¿imaginamos estas mezquinas decisiones de los soberanos ante aquella inmensidad? Cultura de la estupidez es el no contemplarse en ello. ¿Y la otra cultura? No hay cultura que se respete sin una observación de las razones ocultas tras esa materia oscura.

1.- El “perro de la paz”

Aires de guerra en los bombardeos a Teherán. Yo seguramente correría debajo de las explosiones, cagado de miedo. Mi vejiga ya seca, y mis pantalones empapados de orín. O no. O sí: con heridas en los nudillos, mis manos, adheridas con fuerza a los pedazos de concreto seguirían temblando. Lágrimas de gelatina, mis ojillos entrecerrados en medio del polvo odiarían desde la tristeza. Y sin embargo… nunca se sabe. Porque, ¿qué alma no se habrá planteado lo voluble del destino?: “tan solo hace unas semanas todo parecía paz”. Pero, luego de la contundencia de un golpe en la cara que te hace perder el registro del mundo por unos segundos, la quijada estaría lanzando ya destellos de dolor y sangre, con la voluntad partida y la convicción de que, si te detuvieras un momento a pensarlo, podría ser uno de los últimos. ¿Paz? ¿De qué paz me hablas?… “Perro de paz”, se llama la canción del grupo de hard-post-punk The Cult que llevo desde la adolescencia conmigo: “la paz es una palabra sucia / Ella solía ser un pájaro pintado / Y la guerra es unx putx / ¿No sabes que la amamos cada vez más?”. Cuando la escucho suelo pensar en dos cosas. Guerreros comanche cabalgando sobre sus corceles a través de las llanuras del Norte. Espíritus de la danza peleando en contra de los violadores que han fornicado con los cadáveres de tu familia. Fuego en los ojos. Pero también en otra línea de la misma canción: “Un bebé B52, muy arriba en el cielo”, dejando caer su terrible “amor” sobre lo civiles. Horror, porque el canto apela no a la resignación, sino a la pulsión de muerte. Luego, quizá también en las cuevas donde la cultura de la recuperación floreció. Entonces antes de desfallecer, la lúcida locura del condenado haría que su honor se manifestara. Lo hizo François Villon a días de ser ejecutado, y lo hicieron los dadaístas en los cabarés en penumbras a lo largo de toda Europa. Si yo heredé algo de la cultura que me vio cobrar valor ante un mundo de autoritarismo imbécil que intentó eliminar mi espíritu, fue aquello. Entonces, quizá en el último de los momentos, sí pelearía.

2.- Shakira facturando sentido

El espectáculo nunca es gratis. ¿Habrá que decir más sobre él, que no se intuya ya? ¿No se intuye ya? ¿No?… No, quizá porque la medianía se cubre de luces, y en aras del respeto, debemos hacer pasar los productos para el consumo rápido como una mera cuestión de gustos. ¡Ninguna confrontación! La permisividad realzada por la indiferencia. Luego, no es fácil así poner sobre las manos reflexiones críticas como las de Debord, si es que hemos de asumir que el analfabetismo funcional se basa en esa permisividad de papel de terciopelo. Pero ¿ni un mísero cuchillo entre los dientes?: flores de babosada buenaondita, para que nadie se enoje y haya “paz”. Paz: esa sucia palabra. Ninguna traducción, entonces, de aquellos momentos de inflexión que fundaran sentido sedicioso en las juventudes. Bueno, acá sí. Guy Debord decía, recién salido de la Internacional Letrista y ya en la Situacionista:

El espectáculo señala el momento en que la mercancía ha alcanzado la ocupación total de la vida social. La relación con la mercancía no sólo es visible, sino que es lo único visible: el mundo que se ve es su mundo. La producción económica moderna extiende su dictadura extensiva e intensivamente. Su reinado ya está presente a través de algunas mercancías vedettes en los lugares menos industrializados, en tanto que dominación imperialista de las zonas que encabezan el desarrollo de la productividad. En estas zonas avanzadas el espacio social es invadido por una superposición continua de capas geológicas de mercancías. […] Todo el trabajo vendido de una sociedad se transforma globalmente en mercancía total cuyo ciclo debe proseguirse. Para ello es necesario que esta mercancía total retorne fragmentariamente al individuo fragmentado, absolutamente separado de las fuerzas productivas que operan como un conjunto.

¿Shakira? Shakira me da igual. Cualquier cosa puede bailarse, y las razones de su presencia en el Zócalo capitalino el pasado 1° de marzo pueden seguirse discutiendo fallidamente en términos de gustos. O también en los de los costes del deseo en el capitalismo tardío: ¡el pueblo no podría pagar los altos precios de un concierto en el mercado convencional! Algo así como: si las cosas están a ese nivel, si hemos de aceptar el que el gusto de una masa sea natural (natural a las leyes de seducción impuestas por la oferta y la ganancia, se omite con bajeza), entonces todas y todos podemos tener el derecho a disfrutar lo que aparentemente es una simple preferencia: ¡para eso está la democracia! Pero ¿y lo escrito arriba? […] una superposición continua de capas geológicas de mercancías. Debido a que la discusión se mantiene en esas regiones de la superficie, parece que toda cuestión se encuentra saldada. Y no. Un gusto es ideología emanada del sistema de producción que lo engendra. Y su adoración no implica solo la inclinación ante una predilección —aunque sea culposa—, sino al trabajo gastado que se transforma en la facturación de un sistema de entretenimiento espectacular, y de los individuos fragmentados que le refrendan. O ¿le preguntamos cosas sobre sus vidas a cualquier asistente al concierto de la Diosa? ¿Qué creen que hallaríamos?

3.- Taniel Morales

Y acá, ligado a lo anterior, va un pequeño réquiem para el artista Taniel Morales, porque a raíz de su triste fallecimiento el 13 de febrero pasado, comenzó a circular un texto publicado en la revista de Estudios 17, llamado “Una revolución de baja intensidad” en el que plantea una interesante subdivisión del arte a partir de la posguerra originada en los años cincuenta. El primer grupo estaría compuesto por el arte moderno, que reivindica el dominio de las técnicas en su hechura, lo cual tiene como misión la creación de objetos novedosos. El segundo es un arte dedicado a la construcción de relatos identitarios de orden estético, que dio cabida a una industria pujante preocupada por la generación de emblemas individuales organizados desde distintos sistemas de símbolos, incluido el de los costos de las propias obras. Y, por último, una tendencia a la que él mismo se inscribía: un arte de propensión crítica, cuyo cometido es el de la transformación social. Luego, un poco más abajo Taniel agrega:

Quizá tengo un problema con el público porque éste suele encontrarse sometido por el artista; el público vive una injusticia. Pienso en la frase “el espectáculo es un premio que se le otorga a alguien por no participar” y caigo en cuenta de que el problema con otros paradigmas del arte es que quieren vivir el arte como un espectáculo.

Esto señala ya una tendencia a la que se le ha puesto poca atención, principalmente porque no vende necesariamente nada, pues su producción está centrada en la discusión sobre los sistemas políticos dominantes. Si se revisa el trabajo de Taniel, hay algo que muchos creadores compartimos generacionalmente en términos de fabricación efímera, no para la grandilocuencia que obedece a mitologizaciones personales sino, por el contrario, a la posibilidad de cooperar con otrxs en el disfrute del presente. Recuerdo entonces alguna breve plática que tuve con Taniel, mientras él instalaba una pieza en Casa Talavera. Se trataba de un péndulo, cuya oscilación estaba intentando calibrar para la inauguración. Hablamos del problema entre técnica y ruptura del tiempo, de la manera para generar movimientos de baja intensidad con el fin de modificar lo que la gente piensa del espacio. Y de eso: de sus usos políticos. Trabajos como el suyo señalan algo que, esperemos, continue una línea de investigación y creación en toda disciplina artística.

4.- En los reacomodos del discurso en el Consejo, a un pelito de la exclusión

Ahí y allá jugamos a que no jugamos, a que somos gente seria intentando arreglar las cosas del mundo. Y eso está bien, aunque está mucho mejor saber que cuando se toma la cosa muy circunspectamente, eso es también parte de las reglas de un juego. Pero no hay sorna en ello: el juego —quizá haya que repetirlo—, es cosa comprometida. De hecho, se trata de una de las prácticas más respetables que existen en este mundo maraquero. Porque a través de él se aprende a vivir, pero también a perder con honor. Seguir, entonces, hablando del Consejo de Fomento y Desarrollo Cultural de la Ciudad de México, que es como eso: un juego de posiciones y disposiciones de muy diversa tendencia. Uno pequeñito que apuesta, sin embargo, por decir algo. Y ahí comienzan los reacomodos. Porque lo que me parece bien poco importante es hablar de las convenciones en las artes y la cultura, como si se tratara de su todo. De eso que entendemos por “campo cultural”, pero sin poros, sin vasos comunicantes con otras prácticas subjetivas que supuestamente no hacen parte del territorio, y sin embargo se mueven. Porque por eso se oferta “gratuitamente” a Shakira: para que el obrero que tiene que cumplir sus horas de trabajo, siga concentrado en su labor: “ellos son los artistas, nosotros sostenemos el escenario sobre el cual bailan”. Ese es su premio por no participar. Y luego ¿no sería, acaso, más importante resolver cómo se les paga a los trabajadores de decenas de dependencias los salarios adeudados?…

Veníamos hablando de la clasificación que hacía Taniel Morales en su artículo ya citado, donde además agrega que en realidad en esos tres ejes que él distingue, no se comparte ideología. Y, el primer resultado de ello es que hablar como generalidad del deseo de apoyar a la cultura, así en abstracto, es casi decir que con los cacahuates podemos hacer crema de maní. Claro que queremos más recursos para la cultura, pero la discusión no puede ni terminar ni comenzar ahí: como si el apoyo a sus manifestaciones —así generalizadas, abstractas, de mil cabezas ideológicas—, ¡fuese la base que nos sitúa del lado correcto de la historia… Pfffff! No hay nada más nocivo que esa superficialidad de los conceptos. Luego, deberé documentar un hecho curioso. Cuando en una de las múltiples reuniones organizativas del Consejo yo propuse la revisión de proyectos autónomos que no dependieran del centro gravitatorio de la Secretaría, para que nosotros, constituidos alrededor de las necesidades de toda la Ciudad de México, documentáramos sus puntos de vista sobre el trabajo realizado por la dependencia, hubo un primer momento de exclusión que parecía no entender las lógicas de ese eje nodal: la ciudadanía gestando proyectos alejados del centro, documentables y reconocibles en esos términos de independencia. Luego, un consejo “orgánico” que no atienda tales puntos de vista, implicaría en estos casos uno a modo. Lo que me parece un pobre favor a la misma Secretaría, si lo que en verdad desea es un panorama real de la cultura que se ejerce con libertad, con o sin privilegios. Ahí la fuerza, ahí la necesidad. ¿Qué pasó? Que luego de una interesante deliberación, se accedió a agregar el eje que propuse, llamado: “Escucha activa y reconocimiento del ecosistema cultural”. Entonces, un correspondencia obligada a la voluntad colectivista de lxs otrxs consejeros que, finalmente, accedieron a la escucha y al consenso. Enhorabuena. Y aprovecho este tierno final para compartir una dirección de Substack donde estamos comenzando a subir algunas citas y artículos vinculadas a todo ello: https://consejoculturacdmx.substack.com/