0.- Abril, el de la muerte en el costado
Como en el poema de Martí, abril puede llevar la luz sobre la frente, aunque lleva la muerte en el costado. Ese Sol del que se habla ahí, quien se presta a las más vivas especulaciones, “miente” ocultando las tormentas venideras. Pero por supuesto que, para aquel que ya se la sabe, la tregua lumínica siempre será pasajera, al igual que la lluviosa o invernal. Un conocimiento útil para cuando los tiempos oscuros lleguen: al menos así los ánimos estarán advertidos. Tales asuntos no deberán quitarle, sin embargo, la dicha a los instantes luminosos. El poema de Martí lo encapsula con sagacidad, porque da todo el sol de Abril sobre la ufana / niña que pide al Sol que se la lleve. Yo no diría que el significado de ello carezca de una interpretación política, como han querido hacer ver muchos de sus lectores. La espera y lo efímero indican lo que supone adaptación a lo vivo y sus movimientos. En la época en la que probablemente fue escrito, Martí ejercía una perseverante actividad, unificando a los exiliados cubanos desde Nueva York. Con ello fundaría, poco después, el Partido Revolucionario Cubano. El poema, aparecido en la edición póstuma de Flores del destierro, de 1933, parece estar realizado para una lectura infantil. O, mejor dicho, para la de alguien capaz de observar la inocencia desde una melancólica lejanía, suficientemente dulce como para desear compartirla con seres mucho más jóvenes. Principio y fin hay ahí, pero también esperanza, que desea decir: nunca olvidemos que de ella se hace el transcurrir de los días, a pesar de que el avanzado abril de señales de una peligrosa calma climática. Porque en ese presente en el que se piensa un futuro, ya se invierte algo que no es solo deseo sino invocación consciente para lo venidero, más allá de cualquier broma fétida y sarcasmo de medio pelo. La esperanza concreta, aquella de la que habla Ernst Bloch, es una que hace eso: extiende sus brazos. Esos donde cuelgan las flores, como en las ramas cuelgan los nidos… Yo, que pertenezco a un grupo etario que percibió el mundo desde la desconfianza, veo ahora con cierto horror que nuestras pesadillas se estén haciendo realidad. Pero, esbozando media sonrisa en el rostro, porque ¿qué esperábamos? Cualquiera que no haya sido engañado por la oligofrenia mercadológica lo habría imaginado ya, ¿no? Eso es llevar la muerte en el costado… lo cual no deberá hacernos bajar los brazos: las celebraciones rituales están hechas de eso, de un entendimiento desde la inocencia, que puede esperar la latencia eterna del ciclo. Eso que lleva de nuevo a la noche a convertirse en día.

1.- La siempre bella Cuba
No conocí Cuba sino hasta un año antes de que comenzara la pandemia. Había sido invitado a un festival de poesía y mis expectativas eran mesuradas, pues las complicadas relaciones políticas luego de años de bloqueo me hacían imaginar un ánimo menguado por décadas de todo tipo de carencias. Pero estaba equivocado: aunque aquello podía percibirse de manera parcial, la potencia de vida y cercanía en mucha de la gente que ahí conocí era lo opuesto. Deseo de contacto, camaradería y cariño en las calles de La Habana Vieja, que parecen destruidas cuando las ves por primera vez, hasta que algo más, ese espíritu del que hablo te hace percibirlas como pura belleza de la resistencia. Las lecturas de poesía en distintos espacios eran el pretexto para algo mayor, más sentido y vívido. El ron, claro, ayudó. Pero lo indispensable para ese cálido empuje estaba más allá de la fiesta y la embriaguez caribeñas. Se trataba del corazón y sus remolinos de vitalidad que llenaban el ambiente de relaciones floridas. Arrojo emocionado por compartirlo todo en un territorio, sí, liberado de las influencias más nefastas del capital internacional, que permitía encontrar el ánima latinoamericana en el canto y la charla, ante las olas que reventaban en el malecón. ¿Complejidades de lo político? Claro, porque a la par había discusiones sobre los problemas del presente. No quiero excederme en la romantización, pues sé que luego de ese momento las cosas se hicieron más y más complejas y… el hambre es el hambre. Pero para nadie debería ser complicado de entender: lo que se busca con el acoso estadounidense es romper semejante ímpetu, a costa de llevar a los otros al límite. Al respecto, recuerdo un fragmento de la novela del escritor noruego Knut Hamsung, Hambre:
Dios me seguía con atenta mirada y vigilaba para que mi caída se cumpliera con todas las reglas del arte, lenta y firmemente, sin romper la cadencia. Pero en el abismo infernal, los traviesos diablos se erizaban de furor, porque yo tardaba demasiado en cometer un pecado mortal, un pecado imperdonable por el cual Dios, en su equidad, se vería obligado a precipitarme en él…
Así es como desean fragmentar el encuentro colectivo con otras y otros, para el cual se requiere de lo más sensible y simple: la compañía en el presente. Eso es lo que no deberemos, entonces, dejar perder ante ningún tipo de amedrentamiento. Y eso está entre nosotros y seguirá estando, más allá de la sempiterna tontería del Imperio.

2.- El comienzo del desastre y la cultura
Por quincuagésima vez Trump ha mencionado consecuencias infernales. Y aunque la fanfarronería hace parte de su performance de poder, puede llegar un momento en el que todo proceso ceda ante la imbecilidad extrema de quien se imagina superior. Esa sería la hora cero: aquello que podría haberse evitado por el encausamiento de las narrativas, tendiendo hacia un caos que puede ser irreversible debido a que un poder narcisista necesita demostrar superioridad a costa de lo que sea. ¿Han leído el Libro de los Hopis? Ahí está escrito. De cualquier manera, todas estas amenazas podrían ser lo que en México llamamos llamaradas de petate: mucho humo y poco incendio real. Sin embargo, el problema no radica ahí, sino en la vulnerabilidad de los sistemas de representación política que eran, supuestamente, aquello que sostenía una cultura que hoy comienza a desmoronarse. Y acá me atreveré a defender a uno de los pensadores posmodernos de quien ahora se nos están olvidando sus advertencias. Jean Baudrillard hablaba ya hace un par de décadas de esto: la guerra como espectáculo virtual que tiene su cometido en hacer caer los valores construidos por los grupos humanos en un agujero negro de sinsentido. Solo hay una diferencia, y es que las bajas provocadas por el enfrentamiento en lugar de no ocurrir, como él decía acerca de la Guerra del Golfo, ahora son intercambiadas por una cuota de inocencia sacrificial funesta. El misil Tomahawk que el 28 de febrero, en el inicio del conflicto entre Israel y Estados Unidos contra Irán, destruyó una escuela primaria en Minab y causó la muerte de entre 168 a 180 personas, en su mayoría niñas que se dirigían a una sesión de rezo. Eso, por supuesto, no fue un error. Se trató de una muestra para dejar patente que se hace caso omiso de cualquier acuerdo moral y pacto social entre lo posible y lo normado. Y si, finalmente, se llegara a cumplir la amenaza de un infierno total para Irán, estaremos ante uno de los momentos más complicados en la historia moderna respecto a la construcción de derechos civiles para regular las relaciones de poder en el mundo. Baudrillard lo decía en Las estrategias fatales: estaríamos llegado, ahora sí, a una saturación de sentido en la que la historia cede ante la inercia de la catástrofe, pero que no podrá hacer otra cosa sino seguir simulando que la supuesta “racionalidad” de sus instituciones sigue en pie. Una era de zombies políticos que se hundirán con todo y su barco de ficciones.

3.- Futbol y porquería
Nunca me habían resultado tan banales los anuncios que promocionan la llamada “fiesta del futbol” como ahora, con sus grandes fotos de aficionados compartiendo la emoción de un trofeo de plástico en las manos, serpentinas y gotas de champaña en el aire, o abuelitas tomando sodas, mientras observan en una pantalla un penalti a punto de ser cobrado. Quizá porque hoy más que nunca las imágenes de anuncios comerciales aparecen en todos lados, provocando una hipersaturación de razones simplísimas que tergiversan los sentidos, y que debemos tolerar si deseamos seguir viendo el contenido de Youtube. Y eso está incorporándose al actuar cotidiano de todo ciudadano. ¿Imaginamos la clase de imbéciles que podremos esperar en el futuro si la información que prevalece es la emanada de semejante estulticia? En aras de la ganancia, ciudades enteras sometidas a la lectura rutinaria de la banalidad en cada esquina, en cada anuncio en los dispositivos y papelito impreso. Luego, ¿no es suficiente esa sensación de empalagamiento en cada uno de los actos cotidianos que ahora presenciamos, para exigir que todo esto pare? Nop, claro que no. Porque existe a la par una suerte de imitación en el comportamiento cotidiano de tales argumentos cortitos y chatos, similares a un reel o anuncio de plataforma. En todo tipo de relación, semejante pantomima: lo que impide siempre ir más allá de cualquier mensaje chistoso o de un paroxismo tontorrón, para no producir aburrimiento, es el preámbulo de la incomprensión. Maniquíes que se comunican, carentes de alma, entregados a los vínculos más superficiales con los otros. Un espectáculo para la buena onda sostenido por el esqueleto de la instrumentalización con el fin de ganar billetito y comprar… vida. Y, el futbol: una batalla simulada llevada al delirio que impide ver lo otro, aquello que está más allá y más acá de él. Nada que ver con lo llanero, lo espontáneo y lo comunitario. Pura sacralización de la trivialidad. Lo dice muy bien Fernando Buen Abad: un negocio para la distorsión de la realidad, pensando en la cantidad de dinero y de influencia política que con ello se pone en juego. Una condena al servicio de la ilusión, de una trascendencia vacua y hecha del hartazgo de las masas para su insano esparcimiento.

4.- ¿Calladito me veo más bonito? Incidentes que dan cosita en el Consejo de Cultura de la CDMX
¡Plooop! —un sonido que preformaría Condorito en el acto, acá. Y es que, en una reunión del Consejo de Fomento y Desarrollo Cultural de la CDMX percibí un cierto peligro cuando se me dijo así, que yo “calladito me veía más bonito”. ¿Ah sí…? No, pus’ qué padre —pensé, pero no dije, luego de recordar el tipo de argumentos que se suelen sostener ahí—… Pero, ojo, porque esto no me lo dijo nadie de la Secretaría de Cultura de la CDMX, sino alguien que integra el consejo, a quien respeto por su trayectoria y preocupación legítima para que los espacios culturales mejoren sus condiciones materiales. ¿Entonces? Yo, cuando le escuché, me detuve por instantes, hasta que en mi cabeza eso sonó: ¡plop! Pues, ¿qué pachó? Afortunadamente, de inmediato acudió a mi mente el sabio meme que dice: ¡Run! ¡It’s a trap! Es una trampa, así que ¡aguas! Luego, solo dije, casi en modo Zen, pero de manera lo suficientemente audible: nop, para así continuar hablando. Yo, cabe decirlo, no estaba diciendo nada que pusiera a nadie en problemas, ni siquiera había sido sarcástico, ni algo parecido. Tampoco lancé ningún juicio al que le faltara análisis documentado. Pero, más allá de las interpretaciones que pueda hacer de ello vinculadas a un deseo por provocar en mí sojuzgamiento, un intento para denigrarme o el empleo de alguna estrategia para el amedrentamiento, me dispuse mejor a pensar qué cosas de las que digo ahí pueden resultar, al menos, incómodas. Porque acá limitar la libertad de expresión puede ocurrir si pensamos que ello es producto de una contrariedad provocada por un juicio independizado. Algo que no contribuya con una artificiosa centralidad de bloque. Y es que la falta de crítica puede estar dada por una suerte de exigencia, casi rayana en la adivinación, que impone el silencio para no otorgar razones a ningún opositor con el fin de no darle cabida a argumentos que contradigan el supuesto “bienestar” planificado para las mayorías. Lo entiendo y, cuando no es demasiado oneroso para el pensamiento, yo también puedo jugar ese juego: nada me interesa menos que ver a las derechas —ni a nada que se les parezca— recuperar un lugar al que, par favar, no deberían regresar jamás. Pero no desde el silencio: comportamiento que implica formas serviles a una diplomacia que se emplea para la unificación clientelar. Cosío Villegas, cuando hablaba del “estilo personal de gobernar” decía que era aquel centrado en la figura de una autoridad que uniformaba el discurso con la intención de regular la vida pública para que no hubiese contrapesos. Todo ese tema de las bancadas, lo que suele concebirse como una política pragmática, posee una lógica similar. Es como decir: si la crítica no ayuda al proceso, mejor se hará en guardarla. Y se entiende que hay veces que no hay de otra. Pero ¿siempre y ante cada necedad sostenida? No lo creo. Por eso, ante un examen de conciencia, coloco acá dos ideas que quizá han resultado incómodas en mi función como consejero. O que, probablemente, no se han comprendido muy bien:
- La idea de autonomía: cuando la he mencionado en de las discusiones del Consejo, se suele interpretarme como si estuviera proponiendo una balcanización de los proyectos culturales, que deberían ser ajenos al Estado. No hay traducción más simplista. Acá explico, de manera muy sucinta, mi punto. Tal como la concibe Pierre Bourdieu, toda autonomía es relativa. Sin embargo, cada campo de conocimiento tiene normas internas que, si bien están reguladas por los flujos sociales y económicos, poseen sus nomenclaturas y procesos internos desde los cuales negocian con lo que ocurre en sistemas externos o generales. Eso es lo que él llama la «acumulación de capitales» vinculados a símbolos. De este modo, el problema no es solo económico, ni de condiciones meramente materiales, sino de posiciones de poder que generan rutas de comportamiento colectivo. En la literatura, por ejemplo, se establecen sistemas internos de valoración que dependen de las propias relaciones del medio y sus estrategias vinculantes. Y acá hay un asunto muy interesante: una mayor autonomía, suele defender a quienes integran el campo de las vicisitudes económicas generadas por las relaciones de producción comunes, desde la construcción de idearios que se diferencian de una preceptiva general. Por ello el Estado tiende a parcializar dicha autonomía, a veces, desde la violencia simbólica, pues ahí se gestan maneras que desregulan la normalización del poder. Cuando se habla de arte y cultura, no tener en cuenta esto, es estar haciéndolo frente a la pared.
- La idea de restitución, en lugar de la de sustentabilidad: La noción de sustentabilidad se emplea normalmente en el territorio de la ecología, pero es un buen ejemplo para tratar otros rubros como el económico o el político. A grandes rasgos, cuando se habla desde ella, se considera que se debe limitar un daño que ya ha creado el sistema desde la industria o la distribución de recursos. Implica, entonces, una continuidad que mesura el perjuicio, pero no detiene ni le pone freno al extractivismo. Una lógica funcional para no poner en cuestión al mismo orden que ha propulsado el deterioro. Por el contrario, la idea de restitución se enfrenta a los procedimientos que generan estos problemas y revisa sus narrativas desde una disidencia que desea comprender aquello que ha sido afectado, analizando y criticando a los mecanismos que lo han hecho posible. Y eso implica repensar los sistemas político-económicos, de modo que se puedan proponer nuevas rutas para la organización y la resistencia.
Aunque pertenecen a ámbitos conceptuales distintos, tanto la autonomía como la restitución pueden estar vinculadas. Se trata de imaginar el futuro pensando en conceptos diferenciados de la norma. Y, en los mejores casos, los Estados pueden contribuir paralelamente a ello, impulsando desde su espacio de privilegio las propuestas que parten de una imaginación creativa de los métodos para no solo limitar, sino detener e intentar revertir el desarrollo del capitalismo que engulle y banaliza todo aquello que toca. ¿Ejemplos? Acá, en los apartados anteriores, se han mencionado ya.
5.- Posdata para Semana Santa
El viacrucis en América siempre implica algo más allá. Una liturgia alterada, profanación e inversión. Eso, lejos de ser una cancelación del valor, es obra creativa en desarrollo, maravilla del subconsciente y ensueño. El reverso de la versión es la potencia con la que el arte se mueve para indicar caminos nuevos. Artista no es el que vive del arte. Eso es una tontería. Artista es aquel que usa sus potencias y fuerzas para el desarrollo de una imaginación desbordada, que todos los seres sintientes poseemos, para modificar el rumbo de los acontecimientos a favor de lxs otrxs. Ahí el encuentro y la comunión silenciosa. No bien ni mal, sino el camino marcado por los símbolos del exceso: la cruzada de los niños. Profanación —dice Agamben— es devolver a lo profano lo que fue separado en la esfera de lo sagrado.
