0.- ¿Fin del recomienzo?

No, no exactamente, aunque se le parezca un poco. Aunque sí era posible albergar una no-tan-sana sospecha, lo que creo no me pasó solo a mí. Y es que fuimos depositarios de un desasosiego suficiente como para no poder hacernos tan de la vista gorda este fin de año: una particular desazón, un ánimo atribulado para toda celebración, sospecha de que esa melancolía no era gratuita, sino intuitiva. Cada vez más atrapados, más ensimismados en las micropolíticas de un capitalismo que está infectándolo todo: la inteligencia y también la liberada sensibilidad; la razón y la sana sinrazón. Pero es que el problema, quizá, nunca fue el del fin de la historia, sino su repetición estancada, su comedia al infinito. ¿Pensábamos que Auschwitz estaba superado, por ejemplo? En la pachorra que da la ingenuidad lo pensamos, imaginando que cantar mi veces el nunca más era suficiente. Y ¡no! Al contrario, Auschwitz fue un modelo para que en el futuro todos tuviéramos el límite de la cultura claramente en nuestra memoria. Un “límite” apocalíptico reproducido una y mil veces en dispositivos celulares cada tres o cuatro swipeos, mezclado con chistes idiotas e imágenes de toda clase de actos basados en burlas estandarizadas y gatitos. Y ahora la reconfiguración del miedo nos ha colocado más cerca de la pared: el liberalismo había sido capaz de construir fraudes compartimentados donde el malestar pudiera al menos apoltronarse en un sillón cada vez más cómodo, de materiales baratos y en oferta, pero cómodo. Sin embargo, eso siempre tuvo un costo que el capitalismo más moralista no iba a dejar de cobrar. Y, entonces, resulta que la moneda de cambio de esta nueva amenaza es la integración a una sola norma cultural, a una sola línea de filiación: la de un capitalismo imperial que nos amaga con el robo de territorios desde justificaciones raquíticas, pero populares, basadas en razones simples mil veces repetidas en los medios de microdifusión masiva. Pero, lo saben los más avispados: detrás de ello están los intereses económicos de la ganancia y el odio a la diferencia no “funcional” que pretenda negar las aparentes ventajas de la plusvalía. Si lo “otro” no paga, que se largue. El ejemplo contemporáneo, el medidor para tal mediación fue Gaza, y ahora en el reciente comienzo de año, le toca a Venezuela. El horror. ¿Alternativas? Por supuesto debe haberlas. Pero… hay que pensarlas en conjunto. En-con-jun-to. Y, según veo el panorama, eso parece difícil. Primer problema.

1.- El espeluznante decreto de Milei prefiguraba lo de Venezuela

¿Dónde está? ¿Alguien ha visto a la cultura? Yo, digamos, sí, pero en todos lados. No hay lugar en donde eso a lo que se le llama así no exista. Hasta en los “cardonales” está, pensando en aquel vallenato “La gota fría” de Emiliano Zuleta, popularizado por Juan Carlos Vives, donde en una de las tradicionales “piquerías” le imputa a Lorenzo Morales la imposibilidad de que sea buen acordeonista, si es que ha pasado su vida en esas zonas alejadas de la cultura de las grandes ciudades. Ahí el prejuicio y la pugna por el dominio de los símbolos sociales. Porque basta con que quien ha nacido en cualquier “cardonal” simbólico reivindique en el combate su mirada, su fuerza para indicar que lo suyo vale también, más allá del control de los discursos. De hecho, ese ha sido, a muy grandes rasgos, el sino de una cultura posmoderna que acondicionó su crítica pensando que aquellas constantes eran el escalafón último, el sesgo neoliberal que se había encontrado perdido en el vacío. Pero la ausencia de las grandes ideologías y compromisos sociales que tendieran a una desestabilización de las costumbres, mencionada por autores como Lipovetsky, no era la descripción de una realidad estable, sino un preámbulo para el autoritarismo. Hoy, que los centros de las ciudades parecen más malls que repúblicas, se asoman las particularidades de un nuevo fascismo con rasgos siniestros. Y, justo cuando comenzaba a escribir esto, apareció una nota en el diario sobre cómo Milei ha propuesto la ampliación de los poderes de los servicios de inteligencia en Argentina, lo cual les otorga la facultad de detener personas y generar investigaciones encubiertas. Ello implica políticas de vigilancia sobre cualquier ciudadano que no necesariamente esté relacionado con una denuncia en curso. Una policía secreta por decreto… Minuto de silencio. Argentina, no debería olvidársele a nadie, sufrió una de las peores represiones de América en el siglo XX. La advertencia estaba puesta sobre el tablero, junto a muchas otras. Luego, un día después de que leí aquella nota, el sucedió el bombardeo a la capital de Venezuela y la sustracción del país de Maduro por tropas estadounidenses. Un día de silencio, porque eso es exactamente lo que propone Milei para su país, pero a escala planetaria… Justo una de las inquietantes afirmaciones de Lipovetsky en su famoso ensayo “La era del vacío” era que la sociedad posmoderna no funcionaba ya por represión directa, sino por seducción al entretenimiento y a la moda. Pero uno de los grandes problemas de la actualidad es una evolución paradójica de ello: que ambos polos, el neoliberal y el neoconservador, han unido más cabalmente sus fuerzas. Ahora la seducción opera hacia un deseo de represión como nunca ha habido, según el ritmo de las violencias y amenazas que aparecen todos los días en nuestros cels. Y eso, no hay que obviarlo, genera crueldad contra toda diferencia que represente un límite cultural al hedonismo tontorrón contemporáneo.

2.- Loas al megahuateque de fin de año en El Ángel

Un salto hacia atrás sobre la llamada “Fiesta electrónica más grande del mundo” como rito liberador, o como pan y circo. Mmmh… ambas cosas, porque así es el espectáculo: un universo especulativo, como diría Debord, una afirmación omnipresente de la elección ya hecha en la producción y el consumo. Sin embargo… lo que de las celebraciones es siempre preferible es la alegría renovada, las mallas de energía común que se forman en el aire mientras se baila y se liberan las secreciones del cuerpo. Fluidos, sudor y sangre. Redes neuronales ligadas a la euforia. Toda fiesta integra y regula, de alguna forma, tales elementos. Y por eso es por lo que el megahuateque de música electrónica del 31 de enero de este 2025 me gustó, porque el “mal” —no el mal malo de malolandia, sino el “mal” como espacio de posibilidad, como insurgencia que resiste ante “bien” positivo, que es un mal disfrazado de bien e introyectado e las “buenas” conciencias— estaba integrado ahí… Yo llegué cuando tocaba el francés Kavinsky, y la cosa estaba de lo mejor, porque acercarse caminando por Avenida Reforma hasta encontrarse con gente nadando en medio de luces de todo tipo, auguraba algo bueno. Yo había tomado antes unos wiskis, así que iba —como dice la ruquiza a la que ya pertenezco— entonado. Cuando logré colarme a un espacio lo suficientemente cercano para no perdérmelo todo, compré dos cervezas que unos repartidores entregados al emprendedurismo de avanzada estaban vendiendo clandestinamente entre la multitud. Precio módico de 50 pesitos, pensando en que, en uno de esos festivales de carteles variopintos, una cerveza puede alcanzar hasta los $200 (¡). Fue ahí que el baile comenzó a fluir. Justo cuando comenzaba a tocar ARCA, en medio de esa multitud compuesta por gente que reduce su existencia a un diámetro de quince centímetros, para ahí ¡bailar!, me encontré a Uriel: un amigo que llevaba consigo un termo con ¡más whisky! y agua mineral. Nos dedicamos a conversar y a hablar mal, con justicia, de personajes deleznables que tenemos el disgusto de conocer. ¡Chisme! Dije: “quizá esto se vaya a poner mejor”. ARCA, la sexi trans robótica prostésica experimental, mandaba ya sus extraños sonidos, mientras comenzaba la cuenta regresiva para la hora cero del 26. Y terminaron por volar las serpentinas entre gritos y loas a quiénsabequé, en tanto yo pensaba en Fray Servando dentro de ese mundo alucinante que describe Reynaldo Arenas en medio de un siglo XVIII enloquecido por el dominio español en América. Continuaba el baile, que no desenfrenado, pero sí profuso, hecho de saltos y brincos y gritos de liberación de las tensiones de cuerpos maltrechos por el intento de adaptación a un mundo de estupidez, infamia y precarización de la vida. Ritos, breves, concisos, de rebelión ante el Ángel de la Independencia —que, por cierto, un par de días después se tambalearía en el temblor del 2. MGTM tomaron entonces el escenario, y las mezclas de VJ operaban como le perfecta ensalada de referentes mexicanos. Un Quetzalcóatl que se dispersaba y se reintegraba después, como en una matrix hecha de constantes tenochcas. A Uriel lo perdí ahí, porque tuvo que ir a depositar sus restos orínicos: voy a hacer aquí mismo—me había dicho. ¿Cómo crees güey? ¡Búscate un arbolito!—. Adiós whisky. Pero, extraña no-tan-extraña sorpresa: unos segundos después me convidó a integrarme a un pequeño grupo de bailadores seráficos, ante al poder de la nación independiente. A partir de ese momento la noche comenzó a ponerse más y más intensa. Diré dos cosas para no relatar el resto de la electro-juerga: antes del temblor del 2 de enero, yo estuve el 1° ya tembelequeando debajo de las sábanas. Y otra: una nación necesita de vías de salida de tanta representación, que en el fondo siempre tiene profusas muestras de simulación. Así, no hablaré de lo que le pudo haber costado al Gobierno de la CDMX la fiesta —que ya podrá ser información para otros debates— justo porque algo pondero favorablemente: se entiende que entre poder popular y el de la representación de Estado debe existir un guiño no productivo que le permita a los ciudadanos ser locos, aunque sea por un día. Un gesto sacrificial para la restitución de las cosas —Bataille dixit—. Y eventos como este, terminan siéndolo, sin duda.

3.- Adiós a Cecilia Giménez, ícono de la restauración punk contemporánea

No lo diré con pleno sarcasmo: se nos fue una grande contemporánea. El 29 de diciembre falleció Cecilia Giménez. Porque eso es lo que era verdad, si pensamos en cómo se construye el valor en la actualidad, y en nuestros sistemas hipermercantilizados y tendientes a la simplificación de las razones en aras de la voracidad política. Ya se conoce la anécdota: en el 2012 Cecilia Giménez, de 81 años, habitante del pueblo de Borja, en Zaragoza, España, se ofreció para restaurar un fresco de un Ecce Homo, realizado en 1930 por un pintor llamado Elías García Martínez en el Santuario de la Misericordia. ¿Por qué lo hizo, con las pocas herramientas técnicas que poseía para realizar el trabajo? ¿Y por qué la dejaron hacerlo? Quizá poco importe. Lo que sí ocurrió es que echó a perder la imagen original, y en el lugar del rostro de Cristo pintó el de una patata o el de un muppet o el de un ser de ultratumba. Cuando tal cosa se hizo noticia, los herederos se quejaron y comenzaron a hacer los trámites para una demanda, hasta que el caso se volvió viral. Porque de mediático, todo se tornó turístico: cientos de aficionados de la simplicidad arribaron a la zona para contemplar la magna tergiversación… Recordemos que el pasaje del Ecce Homo se refiere un episodio narrado en el Evangelio de Juan: Poncio Pilato presenta a Jesús ante la multitud, luego de que lo han humillado, azotado y coronado para burlarse de él con un atado de espinas y vestido con un manto púrpura. Pilato, entonces, pronuncia las palabras «Ecce Homo», que quieren decir “¡He aquí el hombre!” para intentar despertar compasión en la multitud y así evitar su crucifixión… Así que el tiro de Cecilia le dio al clavo de la viralidad contemporánea, aunque en realidad mediada por los procesos masivos desencadenados por el mito. Una intuición humana, más “inteligente” que las razones obtusas del individualismo. Porque su equívoco ingenuo señala, a mi parecer, dos cosas. Por un lado, los procesos fuera de registro de la cultura como fenómenos emanados de las masas, y que rebasan cualquier planificación conservadora y “bien organizada”, que suele establecerse según intereses de sectores acotados. Por otro lado, la verdadera verdad verdadera de la viralidad colectiva: masas de almas arrastradas por la ola de la conectividad, haciendo de un chistorete trascendencia histórica. Pero, a quienes nos toca desbrozar semejante siembra, es a los que nos llamamos artistas. Muchos de ellos —yo no— pretenden “beneficiar” a la sociedad con ocurrencias e iluminaciones desde un púlpito creativo que no les pertenece, lo cual justificaría su existencia. No la revelación de lo que no tiene nombre, sino el mero cuidado paliativo de los otros. No hay cosa para mí más mensa. Porque acá, ¿quién es el artista? ¿Tú —yo—, o Cecilia? Por supuesto que, sin duda, prefiero la intuición destructiva de Cecilia, que es instigadora de múltiples lecturas. Una de ellas es que su ser maldito ha manchado la pureza de las representaciones, lo cual ha llenado de pan a un pueblo olvidado. ¡He ahí la lógica mística del Ecce Homo, sin ir más lejos!

4.- Pago por ver (un pienso a propósito del Consejo de Cultura)

Abrir una ventanita, y desde ahí contemplar el mundo. ¿Es eso suficiente? Por supuesto que no. Pero a veces, puede ser un comienzo. Y, en todo caso, eso ya sería alentador para no quedarse quieto: tomar una posición ante eso que se ve a través de ella. Eso es la cultura, porque cuando las raíces de una planta crecen pueden colarse en todo resquicio o hendidura. Observar desde el principio de incertidumbre es algo así: Werner Heisenberg, científico alemán, decía que —en mecánica cuántica, pero creo que también en la “historia general de las cosas”— era imposible conocer, al mismo tiempo y con precisión total, ciertas propiedades de una partícula. Por más métodos cerrados que los sufrientes positivistas del mundo quieran imponernos para conectar con la verdadera verdad verdadera, siempre habrá un margen de error que, justamente, determine cualidades múltiples, multidimensionalidad. Yo siempre he pertenecido a eso. Y, por ventura, no soy el único. Rechazada mi función por una familia productivista, el arte fue el refugio para entablar una relación operante con el mundo y sus inmensos pasadizos subjetivos. Fui vilipendiado y ofendido. Fui lo peor del mundo, en un lugar que deseaba negarme la palabra y la voluntad. Hasta que me largué para encontrar las otras palabras, las de lo otrx, muy parecidas a las mías. Entonces charlé y, sobre todo, leí las voces de los muertos que están en los libros. Luego comprendí algo: si estás tirado, como un indigente en medio de la ciudad, apestando a mierda y odio, enfermo y triste, nadie te va a ayudar. Lo hacemos todos los días, no queriendo darnos cuenta. Eso es política. Entonces, ¿la cultura? Sí, puede servir para encontrar sentido desde el sinsentido. La de los cardonales de esa canción de vallenato que mencionaba arriba, por ejemplo, porque ahí también es posible leer las ideas más bellas, las inocencias del “mal” y las maldiciones del “bien”. ¿Cultura? ¿Para quién? No me interesa la mera circulación como si de un bien inalterable se tratara, si ha de vender estupidez no reflexiva. No me interesa la “buena onda”, si ha de clausurar la palabra de lxs otrxs. En el reino de la subjetividad, opera el dispendio sin sentido. El amor loco, el despilfarro y el exceso son las leyes de una abundancia que nos ha sido denegada en su brillo y luz, a cambio de mendrugos. Pero los no pragmáticos, los “afuncionales” para la ganancia hemos de volver a reinar un día. La potestad del vacío, el «amor fati» mencionado por Nietzsche en su interpretación del “Ecce homo”, justamente, como amor al destino, que se vincula a su crítica del pensamiento de occidente y su pretensión de recetarnos verdades absolutas. Entonces, caminar con fuerza contra el racionalismo simplón, pero con la precaución inscrita en aquella famosa frase en su libro Más allá del bien y del mal: “Quien lucha con monstruos debe cuidarse de no convertirse en monstruo. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.»

5.- “Feliz”…

…año de la catástrofe. Pero: no pasarán.