Existen múltiples prejuicios que recaen sobre las personas gordas, los cuales suelen traducirse en formas de discriminación social. Estos prejuicios generalmente se basan en los comportamientos que las personas asocian a la gordura, en un intento de dar una explicación a la existencia de dichos cuerpos. Por ejemplo, la idea de que la insuficiente actividad física produce aumento de peso se transforma en la suposición de que las personas gordas son perezosas, inactivas, holgazanas, y que no se esfuerzan ni se cuidan a sí mismas. La idea de que la comida produce aumento de peso asocia a las personas gordas con los excesos, con los placeres, con la incapacidad de limitarse, e incluso con el pecado de la gula, y por lo tanto, con la inmoralidad. Ambas ideas, sobre el ejercicio y la comida, son tópicos que suelen venir del sentido común que tienen las personas acerca de los comportamientos apropiados para la salud; es decir, los comportamientos propios de una persona saludable. Sin embargo, este sentido común que nos indicaría que la gordura connota problemas de salud en las personas ignora que no es posible diagnosticar la salud de una persona con tan sólo mirarla. A pesar de ello, se mantiene el prejuicio que relaciona la gordura con problemas de salud e insuficientes comportamientos saludables, dando lugar a presiones sociales para rechazar y evitar la gordura a cualquier costo. Pero la evidencia médica más reciente no se condice con el temor exagerado a la gordura que prevalece entre la población, como si los kilos de más o el mero sobrepeso fueran enfermedades por sí mismas.

Este temor acerca de la gordura es reforzado, en gran medida, por los medios de comunicación masiva y la publicidad, quienes nos presionan para mantenernos “en forma”, para querer adelgazar (por motivos estéticos más que por motivos de salud), para comprar productos dietéticos y otros productos y servicios para adelgazar bajo la excusa de cuidar la salud, y tantas otras formas de lucrar con nuestras inseguridades. En la cultura de consumo moderna, los cuerpos son una expresión de nuestras identidades y nuestra salud, por lo que somos compelidos a hacerlos visibles, comparándolos con las imágenes de cuerpos perfectos e ideales a los que estamos constantemente expuestos. Pero, como vimos, el contexto consumista nos hace sentir que nuestros cuerpos son insuficientes, que estamos en constante riesgo de ser indeseables o de enfermar, y por lo tanto, somos presionados a trabajar sobre nuestros cuerpos, a optimizarlos para hacerlos válidos e incrementar su valor ante los ojos de los demás. Comparados con las imágenes que nos bombardean, los cuerpos gordos son considerados indeseables, insuficientes, y carentes de valor respecto de los cuerpos altamente trabajados para satisfacer a los ideales de belleza. Por lo tanto, surge el ímpetu de corregir los cuerpos gordos mediante el adelgazamiento, ya que el mercado nos asegura poder lograr “el cuerpo que deseamos” (y que los demás desean) si consumimos correctamente.

Subyacente a estas ideas consumistas sobre la necesidad de modificar nuestros cuerpos bajo ciertos ideales, se encuentra la idea –neoliberal por excelencia– de que cada persona puede ser dueña de su propio destino, siempre y cuando aplique suficiente esfuerzo, voluntad, emprendimiento… y dinero. De esta idea surge el supuesto de que seríamos capaces de modificar nuestros cuerpos mediante el esfuerzo, lo cual si bien es cierto en parte, también ignora deliberadamente todas las desigualdades socioeconómicas y determinaciones biológicas, psicológicas y sociales que nos pueden impedir controlar o “hacernos cargo” de nuestros cuerpos y destinos. Por lo tanto, las personas gordas pasarían a ser interpretadas como sujetos negligentes; es decir, personas que no se esfuerzan, que no han intentado hacer nada para adecuarse a las normas de belleza y salud, que no quieren moverse ni ponerse a dieta por tal o cual motivo, o bien, que serían fundamentalmente incapaces de hacerlo. Y si son incapaces, se intuye que debe ser por razones de personalidad o carácter: son inferiores, inútiles, menos inteligentes, incapaces, o –nuevamente– inmorales y desadaptadas sociales.

Pero también existen prejuicios contra la gordura originados en el género. Las mujeres gordas suelen ser consideradas menos atractivas, menos sexualmente activas, y suele decirse que “se dejan estar”. Esto se basa en las ideas patriarcales que relacionan a la feminidad con la belleza, la delgadez y la sumisión; según las cuales un cuerpo femenino gordo rompe la norma de lo deseable, es un cuerpo “poco femenino” por ser grande, fuerte, y por ocupar espacio, pero principalmente se trataría de cuerpos que no son del gusto masculino y, por lo tanto, se interpretan como cuerpos desobedientes. Por otro lado, los hombres gordos tienen significados ambiguos, ya que su gordura puede ser interpretada como un tamaño, vigor, y fuerza muy masculinos (y por lo tanto, un cuerpo “apropiado” según las ideas del género binario en clave patriarcal), sus curvas y su suavidad también pueden remitir a lo femenino, a la debilidad por ausencia de musculatura, a la feminización del cuerpo y las facciones, a la incapacidad de dominar al propio cuerpo, a la negación de fortalecerse y ser viril, y a la desventaja en la competencia patriarcal por “quién es más hombre”, constituyéndose la gordura masculina como cuerpos opuestos a la masculinidad hegemónica.

Entonces, tenemos prejuicios acerca de la supuesta pereza, falta de voluntad, e incapacidad de cuidarse a sí mismas. También prejuicios sobre los excesos, el pecado, la falta de disciplina, y el descontrol. Desde la salud, tenemos la suposición dominante de que se trata de personas enfermas, o bien en riesgo de una enfermedad en la que todos podríamos “caer” en cualquier momento, volviéndonos simultáneamente en enfermos, indeseables, y víctimas de prejuicio social. Finalmente, se presupone la inmoralidad de las personas gordas, en tanto personas que no serían capaces de elegir bien el curso de sus vidas, abriendo la puerta para su denigración e inferiorización.

En su totalidad, todos estos prejuicios construyen a los cuerpos gordos, desde múltiples direcciones, como cuerpos negativos, malos, indeseables, y rechazables. Estos tópicos de prejuicio circulan en virtud de discursos dominantes acerca de cómo son y cómo deben ser las personas sanas, las personas bellas, los buenos ciudadanos/consumidores, y las personas ajustadas al orden patriarcal de género.

GORDOFOBÍA

La gordofobia es la discriminación que sufren las personas gordas por el mero hecho de ser gordas. Esta discriminación es entendida como el rechazo social, los prejuicios, los estereotipos, la invisibilización y la violencia de las que son víctima cotidianamente las personas gordas. El concepto tiene su origen en el activismo gordo, que bajo el alero del feminismo ha surgido por la necesidad de denunciar la experiencia de estas opresiones, y a su vez, para combatirlas.

La gordofobia se trata de un rechazo profundo a la diversidad corporal, una intolerancia a la diferencia inherente a los cuerpos humanos, originada en la idea de que existen cuerpos “normales” a los que debemos propender. Los cuerpos que no se ajustan a estos ideales normativos deberían ser corregidos, y esto se justifica de diversas maneras, principalmente bajo argumentos relacionados a la salud y la apariencia. De no ser normalizados, estos cuerpos estarían confesando su incapacidad de adaptarse a los ideales de normalidad, volviéndolos en sujetos desviados, problemáticos, rechazables.

La gordofobia está presente en cualquier sociedad occidental, ya que nuestra exposición a los medios masivos de comunicación estadounidenses ha calado profundo en nuestras ideas acerca del gusto, los ideales corporales, el género y las formas que tenemos de evaluarnos unos a otros. La gordofobia da lugar al rechazo de las personas gordas a través de todas las etapas de su vida: en la escuela, la universidad, en el trabajo. Este rechazo es reproducido principalmente por la familia, los pares cercanos y los medios comunicacionales. Estas influencias reproducen la idea de que ser gordo o gorda está mal, que la gordura es fea, que significa cosas negativas y que es algo de lo que debemos deshacernos. Esto se refleja en la sensación de sentirse constantemente juzgado por los demás, de estar insatisfechos con nuestros cuerpos y en el deseo casi inconsciente de querer ser delgado o delgada.

ORÍGENES DE LA GORDOFOBIA

La gordofobia sería un fenómeno que surge de la necesidad profunda que tenemos como sujetos por diferenciarnos; es decir, de demostrar que “no somos” aquello que se rechaza socialmente. Como la gordura ha sido construida como el polo negativo de un sin fin de categorías (salud, belleza, género, rendimiento), hemos aprendido socialmente a rechazarla, y a su vez, a reproducir este rechazo para reforzar que no somos parte de este grupo abyecto y socialmente estigmatizado.

Distinción de clase: este proceso ha sido descrito por diversos autores de la sociología, principalmente Pierre Bourdieu, quien plantea al gusto como un mecanismo de distinción de clase: las prácticas y preferencias de la clase alta procuran alejarse de las de la clase baja, y en este proceso, los criterios de gusto adquieren valor social, por lo cual las clases bajas intentan emular dichas prácticas y preferencias para dotarse de estatus. En este sentido, el cuerpo delgado ha sido en las últimas décadas el cuerpo de las clases altas, y culturalmente se han producido las relaciones simbólicas entre este cuerpo y la forma de vida y las características atribuidas a los miembros de esta clase. Por el contrario, la gordura se ha mantenido como la corporalidad de las clases bajas, potenciando este mecanismo de distinción.

Ideales de belleza y medios: Por otro lado, desde el surgimiento de los medios de comunicación masiva que los ideales de belleza han tendido fuertemente hacia la delgadez. Prácticamente la totalidad de los medios que consumimos se protagonizan por personas de apariencia idealizada y cuerpos “perfectos”, y estas imágenes las internalizamos no sólo como gusto, sino también como las ideas sobre lo que debemos desear tener, y lo que debemos aspirar a ser. Si hemos crecido rodeados de imágenes positivas e idealizadas de cuerpos delgados, aprendemos a valorar positivamente dichos cuerpos y no otros; mientras que la representación positiva de cuerpos gordos es casi inexistente: las personas gordas que hemos visto en los medios siempre son villanos, bufones, fracasados en la vida y en el amor, o personas de bajo estatus social.

Estigma: pero también el estigma de la gordura, entendido como esta construcción social negativa de los cuerpos gordos que incluye todos los significados y prejuicios que se le atribuyen, es una razón detrás de la gordofobia. En otras palabras, el hecho de que los cuerpos gordos sean rechazados y negativizados por el discurso médico, el discurso de belleza, el discurso moral, por los medios de comunicación, e incluso por nuestros pares más cercanos, da lugar a la “necesidad” social de reproducir el rechazo a la gordura, pues para estar sano hay que adelgazar, para ser bello hay que estar delgado, para ser un buen ciudadano hay que consumir para adelgazar, para tener éxito en la vida hay que adelgazar, e incluso, para recibir un mínimo de dignidad y aceptación social, resulta necesario adelgazar. Esto da lugar a una grave forma de discriminación, donde basta la sola forma y peso del cuerpo para posicionar a la persona gorda en lo más bajo de la escala social.

ACTIVISMO Y SUPERACIÓN DE LA GORDOFOBIA

Las activistas han luchado contra la gordofobia desde los años setenta, pero en años recientes esta lucha se ha masificado notablemente. Hoy en día, las activistas contra la gordofobia intentan disputar las ideas de lo “normal” y lo “deseable” a través de la visibilización de los cuerpos gordos, como contraposición a la invisibilización mediática que han sufrido, y que es un factor importante en su rechazo social. La visibilización de los cuerpos gordos procura normalizar la diversidad corporal, con el objetivo de hacer entender a la sociedad que no hay nada de malo en la diferencia corporal, que hay cuerpos de todas formas y colores y eso está bien, y que el peso corporal no debiese condicionar la dignidad del ser humano. Así, se buscan contrarrestar las ideas sobre ideales corporales rígidos e intolerantes, que no dejan lugar a la diversidad que nos define como especie. Visibilizando cuerpos gordos se abre el debate sobre las ideas que hemos dado por sentadas desde hace tanto tiempo: ¿por qué un cuerpo gordo no puede ser considerado bello?, ¿por qué la gente siente la necesidad de denigrar a las personas gordas?, ¿por qué ignoramos que existen personas gordas perfectamente sanas?, ¿de dónde vienen los prejuicios que surgen al encontrarnos con una persona gorda?, ¿quiénes están beneficiándose de este odio?, ¿quiénes están lucrando con nuestras inseguridades?

Está comprobado que la exposición a imágenes positivas de cuerpos de mayor tamaño alivia el efecto negativo de compararnos a ideales corporales imposibles. Aumentar la cantidad de referentes gordos positivos en todos los ámbitos puede servir para reducir la sensación de inseguridad e insatisfacción corporal en las personas preocupadas de su peso, y a su vez, desafía los prejuicios de toda la sociedad al demostrar que —a diferencia de lo que nos han enseñado— existe gente gorda exitosa, capaz, luchadora, bella y feliz. Romper el estigma que recae contra las personas gordas no es sólo un trabajo que deban hacer las activistas y las personas gordas afectadas, sino que es una responsabilidad social: enseñar a aceptar la diversidad humana, rechazar la intolerancia corporal y estética, acabar con todos los prejuicios y discriminaciones, y apoyar a quienes son sometidos/as a dar una lucha por el mero hecho de existir en un cuerpo gordo. Porque nadie debe ser discriminado por ser como es.

** Este texto surge de una entrevista por correo que me hizo Zoe Armenteros, periodista de los medios españoles Telecinco y Noticias Cuatro. A partir de este y otros recursos, Zoe publicó el reportaje “La gordofobia, el acoso social que viven las personas gordas por tierra, mar y aire”.

Este artículo se publicó originalmente en:

Gordofobia: prejuicios contra las personas gordas

Lo publicamos, con mínimas correcciones, con permiso expreso de su autor.